POESÍA

Carta 1

Hoy recordé los viajes que antaño hicimos

de los cuales no tuvimos el detalle de regresar enteros.

Los libros que leíamos —recostados sobre la hierba muerta—

mientras se oía, a lo lejos, una queja proveniente de no sé dónde.

Reíamos como posesos, como niños excedidos en azúcares

pero sin padres demasiado próximos a ellos que pudieran regañarles. 

Así reíamos. Bien lo recuerdo.

Mi sombrero. Tu corbata. 

Las tazas de té a los lados de la manta, de colores vivos y engañosos,

como el sol que se escondía para dejarnos expuestos ante la luna,

llena y exquisita.

Me tomaste de la mano para prometerme

relojes sin tiempo,

orillas sin olas, 

vestidos sin hilos,

y noches sin sombra.

Yo me lo creía todo, como una paloma indefensa

o como un anciano decrépito que ya nada exige,

salvo la indiferencia.

Hoy recordé nuestros viajes.

¡Lástima que no volvimos enteros!

 

—Lihem Ben Sayel 

 

POESÍA

Oda al tiempo perdido

Allí, donde huyen las voces

y el silencio te atrapa

—como telaraña,

allí;

donde la suavidad de la seda es

mero espejismo.

Allí claudicó el tiempo;

se convirtió en gran abismo.

Las luciérnagas apagaron la Luz.

 

—Lihem Ben Sayel.

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PROSA

EL ENCUENTRO

 

Contengo la respiración: jamás había visto algo tan hermoso. Su fuerza se prolonga  aún más allá de mis debilidades. Su sonrisa, me obliga a seguirle adonde va. De pronto, me doy cuenta de que mis pies no tocan el suelo; mis brazos parecen alas —ligeras y hermosas— extendiéndose en un temerario pero delicioso vuelo por encima de la nube de mis pensamientos —y de las opiniones, de los “no”; del dolor—. Se han caído pesadas cargas, y las cadenas se han roto, así, de repente. No consigo saber exactamente qué ocurre, pero una cosa sé: soy libre. Y jamás me habían amado de tal manera, haciéndome sentir que, a pesar de la multitud de mis defectos, yo soy mucho más que eso. Sus delicadas palabras consuelan. Sus abrazos me fortalecen hasta el punto de hacerme sentir invencible. Su mirada se clava como estaca en lo profundo de un corazón que antes solo conoció lo penetrante y macerante de las espinas. No hace falta articular frases pomposas, ni es necesario aferrarme a las cosas de antes para sentirme más segura en tierra. No. Prefiero volar junto a él. Porque de todas formas, fue él quien me enseñó el verdadero significado de lo que es vivir. A plenitud.

—Lihem Ben Sayel
PROSA

TESOROS ANTIGUOS

Busco un tesoro antiguo en las páginas de un libro sagrado. El silencio se vuelve mi sombra, y en mi amiga, la quietud. Una esperanza me sobreviene: ¿será que podré encontrarlo? Busco, en palabras secretas, descifrar un código de luz. En las horas que trascurren —tan lento—, me sumerjo en lo profundo de su ser. He habitado demasiado tiempo en la superficie, como para saber que no es allí donde quiero permanecer. Busco algo más que verdades, busco algo más que poesía. Busco una revelación certera que sea capaz de transformar por completo mi vida. Tanto busco, que me he convertido —y no me avergüenzo de ello— en una caza tesoros como los de aquellos lejanos tiempos. Busco la llave maestra que abra las puertas secretas de un conocimiento superior. Sí, he dejado muchas cosas atrás. Sí, aún seguiré despojándome de unas cuantas más. Pero no descansaré hasta que mis ojos se enceguezcan a causa del destello de su gloria, la gloria que desprenden los tesoros más valiosos. Aquellos que, finalmente, son los que terminan atrapándote a ti.

—Lihem ben Sayel.
POESÍA

MUJER AL OTRO LADO DEL MUNDO

Mujer al otro lado del mundo,

tus penas y mis penas

no son las mismas, no.

Por más que intento imaginar

a la orilla del sueño profundo

cómo será tu vida, cómo te las arreglarás,

yo no lo consigo, no.

Tú te despiertas en la incertidumbre

del hambre, del frío y las bombas,

de tus hijos gritando “mamá, mamá”.

No hay hombres en casa: todos muertos.

Ellos se rehusaron a capitular.

Pero tú, arrastrada en tu única dignidad,

humillada y mullida como el corazón de una flor rota

hallaste la fuerza en el palpitar de sus ojos,

porque los niños te miran, no quieren morir.

Recorres aldeas y pueblos fantasma

donde solo reina una estela de destrucción.

Nadie te da nada si no les brindas algo a cambio.

E incluso hasta a “eso” te ha llevado tu desesperación.

Atrás quedaron los años cuando al pasar te llamaban “dama”.

Poco queda de esa mujer; el resto, sencillamente murió.

No logro imaginarte al otro lado del mundo

suplicando al cielo un poco de consolación.

Lejana mujer, amiga y hermana,

tus penas y las mías

no son las mismas.

No.

 

—Lihem Ben Sayel.

POESÍA

[RESUCITARÁ]

Eres como un ramillete
de canciones secas
desgastadas
de lo mucho que se han entonado
en los parajes distantes
de recuerdos absurdos,
fugaces;
letales.
Nube arrancada del cielo con
silencios que rompen ocasos.
Nada resurge. Nadie respira.
Contémplalo todo una vez más.
Y en medio de la muerte
habrá poesía extinta.
En lo oscuro, la luz,
resucitará.

 

—Lihem Ben Sayel

 

PROSA

UN VIAJE HERMOSO

 

La vida es un viaje hermoso, cargado de experiencias inimaginables. Un sendero a alguna parte entre los sueños, las desilusiones y las delicadas sombras de un pasado que nos persigue al ritmo de un corredor de resistencia. Encontramos cartas de nuestra infancia, imágenes de letras en nuestro corazón, tatuadas en verso, prosa o historias fascinantes y envolventes, que nos arrancan una sonrisa inesperada, e incluso, a veces, una lágrima de añoranza y melancolía. La poesía está en nuestros labios, como un beso perpetuo pero encadenado a un dolor profundo, porque, esta vez, el ser amado se ha marchado antes de tiempo. Las emociones se disparan a raudales, y escogen diversos caminos de agua hacia rumbos inciertos. Y, luego, tomamos decisiones. Buscamos la paz, sin un límite, sin una restricción, sin una sentencia prohibitiva que divida nuestros sentidos entre lo que queremos, y entre lo que nos dicen que debemos querer. Un espacio vacío entre consciencia y peldaño, entre juego y rotundidad, entre cristales rotos y amargura, entre la luna y el té de manzana, entre el libro y la piedrecilla dorada. Y podríamos hablar durante horas [e incluso eternidades] acerca de las veces que se escondió el sol, y creíamos que no amanecería, pero de pronto sus rayos se deslizaron por el alféizar de nuestra ventana, y el llanto se tornó en una carcajada burlesca y reprensiva, porque sentíamos que nada ni nadie tenía el derecho a hacernos sentir como si el mundo se hubiese acabado. Y bailábamos hasta el amanecer, como poseídos por una sed de vida plausible y audaz, y se nos quitaban las ganas de morir ahogados en las penas y en las azules desdichas. El olor de tu pensamiento impregna el invierno de un aroma distinto, mientras esperas que el bus [o el taxi] pare a tu primera llamada. Tú, en esa ciudad tan grande. Yo, sintiéndome invisible frente a mis propios anhelos. Donde quiera que busques, puede que encuentres un papel amarillento, ya roto en las esquinas, que contengan mis líneas, escritas con mi puño y letra.

Y la nostalgia se reirá de nosotros, porque el tiempo ha pasado.

Tan rápido.

Pero seguiré aquí, de alguna forma tangible o abstracta, según se preste la ocasión. Y volveremos a caminar frente a la playa, charlando y dejando vagar los sentimientos de una ingenuidad que ahora es memoria.

Porque, amigo, la vida es un viaje hermoso, y al final del mismo, nos encontraremos, algún día.

—Lihem Ben Sayel.

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PROSA

A ÉL [شغف الصحراء]

c242f58a2dafa112dd8d5a1fcc4ef6fa--arabian-eyes-arabian-beautyEn la sombra rasgada de tu memoria me detengo, a orillas de ti, esperando tu risa en las esquinas de mi consciencia: el despertar sigiloso de nuestra historia. Se reanudan entre algodones los asuntos que dejamos a medias, entre ellos, un café a medio beber. Nos miramos —como se miran los enamorados las primeras veces—, desconcertados entre lo que observan y lo que esperan encontrar. Tú deslizas tus palabras de terciopelo, y a mí me parece que alguna especie de encantamiento me rodea. No te miento, mírame: me gustas. Observo los rasgos finos de tu rostro. Tus labios, tus ojos, tus pestañas. Tus brazos de acero. Tu pecho de hormigón. Y de pronto, sólo quiero sentirte plenamente, más allá de la noche, donde se oscurecen los caminos, como en el desierto, donde no existen las huellas a causa del viento. Como los guijarros, que se pulen entre ellos siendo suaves al tacto. Como el tiempo, que pasa, y ni juramentos ni ingenios lo detienen. No tengo dueño, y mi corazón no es presa de amo alguno. Pero escogería mil veces vivir en la prisión de nuestro amor: una pasión que se enciende. Una llama que arde.
—Lihem Ben Sayel.
PROSA

DONDE NO EXISTA EL MIEDO

En otra barca nos encontraremos, amor. Talvez, lejos del ruido insípido de las opiniones que nunca pedimos; talvez, cerca de cálidas aguas que nos abracen, más allá de la luna. Viajaremos en el tiempo, como los poemas de Gilgamesh. Y al final de todo, existirá el beso apropiado, la caricia temida, el susurro fugaz de nuestro eterno deseo. Y ¿quién sabe? Quizás en otros sueños, volvamos a estar juntos; allí, donde no exista el miedo.

—Lihem Ben Sayel

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POESÍA

RÉVOLUTION

Recorro en mil pedazos 

los silencios de tu risa,

la débil y díscola hazaña

de tus labios fragmentados.

Un tesoro que se esconde,

un recuerdo enlatado, que

resurge de un pasado

estancado en el horizonte.

Y cabalgo contra todo

pronóstico mal establecido,

pues de lugares donde había caído 

ya logré levantarme, entonces.

Y sin prisas ni temores, hoy

elijo la libertad. 

Porque de todas formas no me irá bien.

Porque de todas formas, no me va mal.

—Lihem Ben Sayel