LETTERS TO MY BELOVED, PROSA

LOVE LETTER [2]: “Detrás del velo”

Un corazón libre. Libre. Una mente que se expande de aquí hasta los confines del universo que tanto admiro, que tanto amo. Un invierno que se acaba y una primavera que comienza. Un desierto que se vuelve oasis: la cuna de en quién me he convertido hoy por hoy. Una mariposa a quien no pudieron cortarle las alas, así que vuelo hacia un propósito sin misterios, porque tu presencia gloriosa alumbra el camino en el aire de mi destino. Un silencio que me hizo fuerte. Un abrazo que me derrumbó. Los poemas de la noche y las canciones de la madrugada, —nuestras canciones, nuestros poemas. Caminar contigo no fue mi elección: tú ya me habías escogido desde antes de que mis ojos experimentaran la luz del sol. Tus latidos me pertenecen: por eso los busco con afán desbordante. Fui ideada en el centro de tu corazón: por eso quiero volver allí desesperadamente. Ya no soy ciega, pues he logrado ver allá donde ni el tiempo existía. Detrás del velo se escondía mi tesoro. Y ahí, detrás del velo, es donde he puesto mi corazón.

—Lihem ben Sayel…

PERSONAL

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¡Un fuerte abrazo!

Lihem Ben Sayel [Nejath L. Hidalgo]

CONFESIONES :o, PROSA

LOVESONG [2]: El secreto de la noche.

He probado el sabor de tu paladar, más dulce que la miel, que destila las palabras de vida por las cuales yo subsisto. Me he internado en lo profundo de tus cámaras, para hallarte a solas, donde ningunos otros ojos puedan posarse sobre nuestros encuentros de intimidad y comunión ferviente.

Me has pedido, en sueños, que corra hacia ti, y mi devoción hacia ti se ha exacerbado. Yo dormía, pero mi corazón palpitaba con la fuerza de un huracán porque mi subconsciente escuchó tu voz, y yo corrí tras ella, aunque para ello tuve que abandonar la calidez de mi cama, la seguridad de mis aposentos. Y cuando fui en pos de ti —porque me llamabas, y me decías “ven conmigo, amiga mía”— me encontré con lo más cruel de la nocturnidad. Estaba sola, y tenía frío. Hombres malvados me rodearon y me despojaron de mi honra.

La única pureza que tenía para ofrecerte fue mancillada en la noche más oscura de mi vida. Ellos me golpearon porque a sus ojos yo no valía nada. El velo con el que cubría mi rostro y lo guardaba para ti me fue arrebatado. Fui herida y tuve miedo. Sus palabras fueron dardos que menoscabaron mi integridad. Sus golpes fueron actos de crueldad que subyugaron mi dignidad. Me sentía completamente indefensa y tan pequeña como un grano de arena en el desierto.

Pensé que no volvería a amar jamás. Pero el calor de tu voz me sedujo, y yo fui tras ella sin pensarlo. Porque, mi Amado, nada tiene más poder sobre mi corazón que el timbre de tu voz llamándome por mi nombre. ¡Soy como el débil metal atraído por el imán de tus palabras! Mi corazón es hielo que se derrite ante el fuego de tu mirada. Y cuando intenté resistirme, tu llamada se hizo aún más fuerte.

Cuando las doncellas de Jerusalén  me preguntaron <¿qué tiene de especial tu Amado que no puedes apartarte de Él ni aún en las frías madrugadas, ni aún a pesar de lo que has sufrido por ir tras su corazón?> Yo las mire, y sonreí —aún doliéndome mis recientes heridas—, y les dije: oh, doncellas, ustedes desconocen lo que mi Amado y yo hemos vivido en el secreto de la noche. He probado su fragancia de incienso, canela y mirra, y de todo tipo de especias aromáticas. ¡Eso no se olvida jamás!

Mi amado ha derramado sobre mí el aceite más puro, y ha hecho resplandecer mi rostro. Ha destilado su amor en forma de gotas de sangre solo para que yo pudiera sentirme otra vez amada, y a salvo. Sí, he sido herida. Sí, he sido golpeada. Sí, he sido mancillada por ir tras su corazón. Pero el recuerdo de la fragancia de su presencia lo ha impregnado todo en mí, aún mis temores y mis malas vivencias.

El sufrimiento que experimento cuando no estoy con Él, cuando no le siento cerca, es peor tormento que cualquier herida que me pudiese infringir el hombre. ¿Acaso no lo entendéis? ¿No habéis sentido algo así jamás…? Mi temor a perderle es mayor que mi temor a la violenta persecución de los que me odian.  Mi recompensa es ser bañada en el aceite fresco de su presencia, y oler tanto a Él, que mis aromas se escondan detrás del efecto omnipresente de su fragancia. Y ahí, mi gozo será completo. Ahí, mi corazón herido encontrará su tierno reposo, y los efectos reconfortantes de su perfecta sanidad.

Por eso, doncellas, amigas, dejen que continúe mi camino, dejen que siga las huellas de mi Amado, dejen que me adentre en las cámaras secretas de mi Rey, y dejen que Él y yo volvamos a recrear Edén, donde empezó todo, donde nuestro amor fue perfecto y sublime. Déjenme habitar en el secreto de la noche, porque ese es el lugar —el ambiente de eternidad— al cual pertenezco.

Lihem ben Sayel…

[Inspired by “Song of songs”, chapter 5.]

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POESÍA

Carta 1

Hoy recordé los viajes que antaño hicimos

de los cuales no tuvimos el detalle de regresar enteros.

Los libros que leíamos —recostados sobre la hierba muerta—

mientras se oía, a lo lejos, una queja proveniente de no sé dónde.

Reíamos como posesos, como niños excedidos en azúcares

pero sin padres demasiado próximos a ellos que pudieran regañarles. 

Así reíamos. Bien lo recuerdo.

Mi sombrero. Tu corbata. 

Las tazas de té a los lados de la manta, de colores vivos y engañosos,

como el sol que se escondía para dejarnos expuestos ante la luna,

llena y exquisita.

Me tomaste de la mano para prometerme

relojes sin tiempo,

orillas sin olas, 

vestidos sin hilos,

y noches sin sombra.

Yo me lo creía todo, como una paloma indefensa

o como un anciano decrépito que ya nada exige,

salvo la indiferencia.

Hoy recordé nuestros viajes.

¡Lástima que no volvimos enteros!

 

—Lihem Ben Sayel 

 

POESÍA

Oda al tiempo perdido

Allí, donde huyen las voces

y el silencio te atrapa

—como telaraña,

allí;

donde la suavidad de la seda es

mero espejismo.

Allí claudicó el tiempo;

se convirtió en gran abismo.

Las luciérnagas apagaron la Luz.

 

—Lihem Ben Sayel.

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PROSA

EL ENCUENTRO

 

Contengo la respiración: jamás había visto algo tan hermoso. Su fuerza se prolonga  aún más allá de mis debilidades. Su sonrisa, me obliga a seguirle adonde va. De pronto, me doy cuenta de que mis pies no tocan el suelo; mis brazos parecen alas —ligeras y hermosas— extendiéndose en un temerario pero delicioso vuelo por encima de la nube de mis pensamientos —y de las opiniones, de los “no”; del dolor—. Se han caído pesadas cargas, y las cadenas se han roto, así, de repente. No consigo saber exactamente qué ocurre, pero una cosa sé: soy libre. Y jamás me habían amado de tal manera, haciéndome sentir que, a pesar de la multitud de mis defectos, yo soy mucho más que eso. Sus delicadas palabras consuelan. Sus abrazos me fortalecen hasta el punto de hacerme sentir invencible. Su mirada se clava como estaca en lo profundo de un corazón que antes solo conoció lo penetrante y macerante de las espinas. No hace falta articular frases pomposas, ni es necesario aferrarme a las cosas de antes para sentirme más segura en tierra. No. Prefiero volar junto a él. Porque de todas formas, fue él quien me enseñó el verdadero significado de lo que es vivir. A plenitud.

—Lihem Ben Sayel
PROSA

TESOROS ANTIGUOS

Busco un tesoro antiguo en las páginas de un libro sagrado. El silencio se vuelve mi sombra, y en mi amiga, la quietud. Una esperanza me sobreviene: ¿será que podré encontrarlo? Busco, en palabras secretas, descifrar un código de luz. En las horas que trascurren —tan lento—, me sumerjo en lo profundo de su ser. He habitado demasiado tiempo en la superficie, como para saber que no es allí donde quiero permanecer. Busco algo más que verdades, busco algo más que poesía. Busco una revelación certera que sea capaz de transformar por completo mi vida. Tanto busco, que me he convertido —y no me avergüenzo de ello— en una caza tesoros como los de aquellos lejanos tiempos. Busco la llave maestra que abra las puertas secretas de un conocimiento superior. Sí, he dejado muchas cosas atrás. Sí, aún seguiré despojándome de unas cuantas más. Pero no descansaré hasta que mis ojos se enceguezcan a causa del destello de su gloria, la gloria que desprenden los tesoros más valiosos. Aquellos que, finalmente, son los que terminan atrapándote a ti.

—Lihem ben Sayel.
POESÍA

MUJER AL OTRO LADO DEL MUNDO

Mujer al otro lado del mundo,

tus penas y mis penas

no son las mismas, no.

Por más que intento imaginar

a la orilla del sueño profundo

cómo será tu vida, cómo te las arreglarás,

yo no lo consigo, no.

Tú te despiertas en la incertidumbre

del hambre, del frío y las bombas,

de tus hijos gritando “mamá, mamá”.

No hay hombres en casa: todos muertos.

Ellos se rehusaron a capitular.

Pero tú, arrastrada en tu única dignidad,

humillada y mullida como el corazón de una flor rota

hallaste la fuerza en el palpitar de sus ojos,

porque los niños te miran, no quieren morir.

Recorres aldeas y pueblos fantasma

donde solo reina una estela de destrucción.

Nadie te da nada si no les brindas algo a cambio.

E incluso hasta a “eso” te ha llevado tu desesperación.

Atrás quedaron los años cuando al pasar te llamaban “dama”.

Poco queda de esa mujer; el resto, sencillamente murió.

No logro imaginarte al otro lado del mundo

suplicando al cielo un poco de consolación.

Lejana mujer, amiga y hermana,

tus penas y las mías

no son las mismas.

No.

 

—Lihem Ben Sayel.

POESÍA

[RESUCITARÁ]

Eres como un ramillete
de canciones secas
desgastadas
de lo mucho que se han entonado
en los parajes distantes
de recuerdos absurdos,
fugaces;
letales.
Nube arrancada del cielo con
silencios que rompen ocasos.
Nada resurge. Nadie respira.
Contémplalo todo una vez más.
Y en medio de la muerte
habrá poesía extinta.
En lo oscuro, la luz,
resucitará.

 

—Lihem Ben Sayel

 

PROSA

UN VIAJE HERMOSO

 

La vida es un viaje hermoso, cargado de experiencias inimaginables. Un sendero a alguna parte entre los sueños, las desilusiones y las delicadas sombras de un pasado que nos persigue al ritmo de un corredor de resistencia. Encontramos cartas de nuestra infancia, imágenes de letras en nuestro corazón, tatuadas en verso, prosa o historias fascinantes y envolventes, que nos arrancan una sonrisa inesperada, e incluso, a veces, una lágrima de añoranza y melancolía. La poesía está en nuestros labios, como un beso perpetuo pero encadenado a un dolor profundo, porque, esta vez, el ser amado se ha marchado antes de tiempo. Las emociones se disparan a raudales, y escogen diversos caminos de agua hacia rumbos inciertos. Y, luego, tomamos decisiones. Buscamos la paz, sin un límite, sin una restricción, sin una sentencia prohibitiva que divida nuestros sentidos entre lo que queremos, y entre lo que nos dicen que debemos querer. Un espacio vacío entre consciencia y peldaño, entre juego y rotundidad, entre cristales rotos y amargura, entre la luna y el té de manzana, entre el libro y la piedrecilla dorada. Y podríamos hablar durante horas [e incluso eternidades] acerca de las veces que se escondió el sol, y creíamos que no amanecería, pero de pronto sus rayos se deslizaron por el alféizar de nuestra ventana, y el llanto se tornó en una carcajada burlesca y reprensiva, porque sentíamos que nada ni nadie tenía el derecho a hacernos sentir como si el mundo se hubiese acabado. Y bailábamos hasta el amanecer, como poseídos por una sed de vida plausible y audaz, y se nos quitaban las ganas de morir ahogados en las penas y en las azules desdichas. El olor de tu pensamiento impregna el invierno de un aroma distinto, mientras esperas que el bus [o el taxi] pare a tu primera llamada. Tú, en esa ciudad tan grande. Yo, sintiéndome invisible frente a mis propios anhelos. Donde quiera que busques, puede que encuentres un papel amarillento, ya roto en las esquinas, que contengan mis líneas, escritas con mi puño y letra.

Y la nostalgia se reirá de nosotros, porque el tiempo ha pasado.

Tan rápido.

Pero seguiré aquí, de alguna forma tangible o abstracta, según se preste la ocasión. Y volveremos a caminar frente a la playa, charlando y dejando vagar los sentimientos de una ingenuidad que ahora es memoria.

Porque, amigo, la vida es un viaje hermoso, y al final del mismo, nos encontraremos, algún día.

—Lihem Ben Sayel.

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