CONFESIONES :o

Frases que —supuestamente— sólo yo entiendo.

💒Nueva iglesia. Nueva etapa.

📚«Born for significance», Bill Johnson.

👩🏻‍🎓BSSM Student.

👩‍🔬Currículum.

🧆Vegetariana, —aunque con días excepcionales.🤣

⛑Empecé a servir.

🔥Revivalist.

🇬🇧English!

👨‍👩‍👧‍👦 Familia.

🇦🇫Afganistán.

💇‍♀️Estoy harta: llega el verano, no soporto el calor, me corto mi larga e incómoda melena, y luego me doy cuenta de que es mi sello de identidad y me siento rarísima, o sea, no me siento yo. «¿Quién es esa mujer?». Y luego, siempre digo que “jamás lo volveré a hacer”, pero llega el siguiente verano y… BOOM! Necesito ayuda terapéutica con esto, por favor.

CONFESIONES :o, PERSONAL

Algunos pensamientos secretos.

Eternidad

Tengo una consciencia eterna; he expandido mis límites más allá del aquí y del ahora. Miro al cielo —en las típicas noches en las que debo subir a la azotea—, y lo veo lleno de estrellas, con una luna colgando —no al azar— en la escena. Para mí, es una invitación. Ese cielo me grita “aquí está tu hogar”. Intento diferenciar a los planetas de las estrellas. “Aquel que brilla más, es Marte”. Júpiter y Saturno siempre suelen estar cerca el uno del otro. Yo sé de dónde vengo, y sé a dónde voy.

Creatividad

No soporto la idea de que pase un día sin un splash de creatividad, porque me sentiría como muerta, como un cadáver inútil que ocupa un espacio pero no produce nada. Partiendo de un Dios Creador, —la misma palabra “creador” ya lo indica todo—, no puedo permitir que un día, de mi cuenta personal de días asignados aquí en la tierra, se me escape sin un libro entre mis manos, o sin una frase escrita, o sin música. La creatividad le aporta a mi vida un halo de sobrenaturalidad. La creatividad no es un escape. Es mi origen y mi esencia.

Silencio

Lo que más valoro de las madrugadas es el silencio. Las actividades que más amo —leer y escribir— requieren de un ambiente propicio, tranquilo, en el cual pueda evadirme sin proyectar esa incómoda sensación de ausencia que los demás perciben cuando estoy absorta en ellas. En la madrugada no ofendo a nadie, no ignoro a nadie, ni tampoco tengo que complacer a nadie. Simplemente puedo esconderme detrás del velo del silencio, y esperar a encontrarme luciérnagas de pensamientos y palabras que iluminan un jardín solitario y misterioso, al que, curiosamente, sólo yo tengo acceso.

Tiempo

En los últimos años, tengo un pensamiento recurrente: ¿cuánto tiempo me queda? Sin ponerme dramática, y, más bien, siendo pragmática, quiero aprovecharlo bien. Quiero hacer pequeñas cosas que me hagan sentir viva, en lugar de esperar “algo grande” que quizás nunca llegue. Sé las emociones que quiero en mi corazón: quiero amor, quiero pasión, compromiso, lealtad, valentía, integridad. Quiero mis neuronas despiertas y mi corazón puro. Quiero mi cuerpo sano y mi espíritu limpio. Quiero ser compasiva y generosa, humilde y mansa. Sí, quiero muchos milagros. Pero es que yo creo en los milagros.

Leer y escribir

Uno de mis problemas —confesables—, es mi incapacidad para leer sólo un libro a la vez. Creo que es mi carrera particular contra el tiempo: ¡debo leer tanto como pueda! Me es prácticamente imposible pasar un día sin leer. Nunca pensé que, en mi día a día, la lectura reemplazaría a la escritura, pero sí. Porque para mí, leer es como atravesar una puerta que me lleva a cierto destino. Pero escribir se parece más a coger una pala y cavar —y cavar, y cavar…—. Y en esta etapa de mi vida, esto requiere de un tiempo y esfuerzo de los cuales ahora no dispongo.

Lihem ben Sayel.

MUY PERSONAL, PROSA

La insignificancia.

¿Puede alguien cambiar el mundo? ¿Puede, acaso, un ser irrelevante propiciar una revolución que resuene más allá de las edades de los tiempos? Este ha sido, en sí mismo, un estímulo equivocado a las razones del porqué hacemos lo que hacemos, y del porqué somos quienes somos. Puedes sumergir una botella en un océano y llenarlo de agua, pero jamás podrás envasar todo el océano dentro de esa botella. Desde mi vida —común y corriente, presente y ausente— he avistado la necesidad de advertir lo obvio de mi insignificancia. Aún así, no viviré mi vida esperando algo abstracto, iluso. No planificaré. Seré irresponsable —por esta vez. Me dejaré llevar sobre las ondas de un viento [Ruah], en cuyo profundo conocimiento me he embarcado. Es mi propio viaje, es mi propia aventura. Mi duelo y mi celebración. Mi sendero y mi precipicio. Mi vida y, al mismo tiempo, la ineludible consistencia de una muerte segura.

—Lihem ben Sayel.

“At the Window”, una pintura de 1881 del pintor del realismo noruego, Hans Heyerdahl.
PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

Amar lo roto.

Ningún camino me lleva a lo seguro, sólo sus brazos. Aún así, el trayecto no está exento de los riesgos más insospechados. Caminar con Él —junto a Él— siempre fue más parecido a dar pasos en el vacío, que a darlos en tierra firme. Pero es que en lo absoluto de su verdad está la maravilla de sus propias incongruencias; el mundo al revés. Los demás se quedarían felices con las noventa y nueve ovejas, mas Él las abandona para ir tras la perdida. Los demás blandirían con grotesco exhibicionismo la superioridad de su perfección; sin embargo, Él prefiere amar lo roto. Mientras los demás nos inhiben para no mostrar nuestras cicatrices, Él nos enseña sus manos, sus pies y su costado herido. Y es por eso que, en medio de mis crisis más profundas, mi corazón sigue clamando por Él como un ciervo que brama por corrientes de agua viva: sediento, desesperado, frágil. Porque su voz me guía hacia su corazón; y donde esté su corazón, ahí estará mi hogar.

—Lihem ben Sayel.

František Dvořák (Chequia, 1862 – 1927)
– Lectora pensativa, 1906
MIS AMIGOS LOS GENIOS, PERSONAL, REFLEXIONES

¿Por qué escribo?

“¿Por qué escribo? Para indagar en el misterio de la existencia, para tolerarme a mí misma, para acercar todo lo que se encuentra fuera de mí. Si quiero entender lo que me afecta, lo que me confunde, lo que me angustia, en suma, todo lo que me hace reaccionar, tengo que ponerlo en palabras: la escritura es mi única manera de absorber y ordenar la vida, de otra forma sería presa de la consternación, me alteraría en grado sumo. Lo que me sucede sin que luego lo ponga en palabras, sin que lo transforme y, en cierto sentido, lo purifique con el crisol de la escritura, no significa nada para mí. Sólo las palabras que duran me parecen reales; tienen un poder, un valor superior a nosotros.

–Jhumpa Lahiri [En otras palabras, Salamandra]

Jhumpa Lahiri.
CONFESIONES :o

La mala de la película.

Noté que había algo distinto en mí bastante pronto. Yo no era como las demás. Había sido una niña dulce, –como la mayoría. Pero no tardaría en darme cuenta de que, mi naturaleza más básica, distaba mucho de los ideales proyectados hacia mí, y de la imagen que yo misma deseaba proyectar.

En las cavernas oscuras de mis malos recuerdos, de historias de lobos –de afilados colmillos–, y de la soledad amarga que supone el trepidante caos, se fue forjando una identidad paralela: alguien que fue todo lo que se supone que no debía ser.

Aprendí a decorar mis defectos, en lugar de lucir con nobleza mis vulnerabilidades. Descubrí el secreto para pasar desapercibida, y que nadie note tus heridas y todo lo que está mal en ti: el silencio.

El silencio, per se, se convirtió en mi mayor rebeldía. No, nunca salí de fiesta. No, nunca estuve con hombres antes del matrimonio. No, la vida bohemia nunca fue mi estilo de vida. Yo, simplemente callé. No le permití a nadie acceder a mis secretos, a mis despreciables historias. Nunca le permití a alguien descifrar esos códigos, tocar esas teclas, colocar ese pieza del puzzle que haría que todo cuadrase.

Misterio. Silencio. Al fin y al cabo, soledad.

Me rodeé de libros porque con las personas no podía ser yo misma. Me disfrazaba según la ocasión, según el entorno, según lo que hiciera falta. La amabilidad y la sonrisa en mi rostro eran mi principal arma de distracción.

Sí, lo supe muy pronto: yo no era la protagonista buena, a la que todo le iría bien. Yo era la antagonista. La adversaria. Mi vanidad, mi egoísmo, mi necesidad imperiosa de diferenciarme de otros por la profundidad del intelecto, de la sofisticación y la falta abusiva de naturalidad, –y mil cosas más que no pienso decir por aquí…–, no podrían ser contenidos dentro de mí durante mucho, mucho tiempo.

Todos entienden al bueno. Todos quieren al bueno. Pero, ¿quién entiende al malo? ¿Quién le apoya cuando éste hace uso de sus más bajos recursos y muestra la malvada realidad de su ser interior…?

Yo era la mala. Siempre lo había sido. Y aún hoy, cuando veo alguna película o leo alguna historia, mi atención es dirigida hacia la antagonista. “¿Cuál será su final…?” “¿Podrá salvarse esta vez…?” “¿Qué posibilidades reales tiene de convertirse en la buena…?”

Y así lo supe. Supe que yo no sería nunca la Madre Teresa de Calcuta. Jamás mi vientre podría ser considerado tan honorable como para llevar en él al Mesías. Tampoco llego a ser la dulce María de Betania que, en un acto de adoración sumamente profético, da todo lo que tiene, y lo entrega a los pies del Maestro. No, tampoco he llegado allí.

Pero la Biblia menciona a una mujer pecadora, cuyo nombre ni siquiera es revelado, y posiblemente esto sea porque su reputación estaba tan por los suelos, que hablaba por sí misma. Ella también lloró a los pies del Maestro. Ella también derramó un perfume costoso, impregnando todo aquel lugar con un fuerte aroma oriental. Aunque ni aquel perfume pudo superar el intenso olor a quebrantamiento, arrepentimiento y humillación. Sí, talvez sea ella.

He tardado en llegar a esta conclusión, puesto que mi desmedido ego no aceptaba su horrorosa realidad. Yo quería ser “la buena”. La que hacía lo correcto en el momento correcto, y sorprendía a todos con su nobleza y su generoso corazón. Pero, vamos… ¿a quién voy a engañar? Ya no tengo edad para maquillar quién soy. Talvez sea el momento para rendirme, en un acto último de valentía y dignidad, como quien sabe que morirá, pero quiere hacerlo mirando a los ojos a su enemigo.

Y así, me miro a mí misma al espejo. Veo a esa mujer y sus tormentos. Veo a esa mujer y sus fortalezas. Veo su fragilidad, también. Veo que aún es presa del silencio, por temor, por dolor, por orgullo. Veo que las decepciones de personas muy amadas aún le provocan un nudo en la garganta. Pero también veo que ya no quiere ser más “la buena”.

Lo acepto. Lo admito. Jamás seré “la buena”. No estoy hecha de ese material.

Sin embargo, le amo… Le amo con todo mi corazón. Le amo, porque sé cómo Él me ha amado a mí. El bueno se enamoró de la mala. Y por eso le amo, porque Él se ha adentrado en mi oscuridad, y con la autoridad de un Rey, se ha ido haciendo espacio en mi pantanoso corazón, en mis reprochables pensamientos. Me ha dignificado, porque Él es Digno. Me ha mirado a los ojos y me ha invitado a ir detrás de Él, de su corazón, pero no por las razones que yo podría pensar. No es mi capacidad lo que le hace invitarme. No es mi vana belleza. No es mi fútil intelecto. No es mi endeble pensamiento. La única razón, es su Amor.

Talvez eso signifique algo: quizás no esté todo perdido en mí. Si Él ha sido capaz de mirar a una mujer pecadora como yo, talvez aún haya algo rescatable dentro de mí. Entiendo, hoy por hoy, que yo no debo ser la buena. Simplemente debo seguir a Aquel que es bueno. Y al final, quién sabe… ¿Quién lo puede saber…?

–Lihem ben Sayel.

Cuadro del pintor impresionista ruso Vladimir Volegov.
PROSA, REFLEXIONES

Esfinge

Ocultamos nuestros miedos detrás de grandes muros, tan altos como gélidas montañas. Escondemos secretos que realmente queremos contar, –pero nadie nos pregunta. Hasta que un día, el hielo se funde. Lo oculto, finalmente se revela. La luz llega y se apodera de lo más recóndito del alma. Algunos, somos una especie de jeroglífico viviente. Talvez el enigma forme parte de nuestro plan rutinario de escape. Una antigua técnica de supervivencia para sobrevivir en territorios hostiles. Ese es el arte de convertirnos en una suerte de esfinge: no querer mostrarlo todo, pero a la vez, tener la necesidad de derrumbarnos en algunos brazos que sean capaces de sostenernos en el desgaste de nuestros peores días.

Baile en el Moulin de la Galette por Pierre-Auguste Renoir 1876 Óleo sobre lienzo Musee D’Orsay Galería de Arte,
Museo d’Orsay en París.
CONFESIONES :o

Un cumpleaños algo atropellado.

Pregunto: ¿quién –un día antes de cumplir años–, atropella a otra persona que cumplía años ese mismo día…? Exacto. Yo.

Todo comenzó cuando, después de haber decorado mi casa para mi (no) fiesta de cumpleaños, mis hijos tuvieron la imperiosa necesidad de ir al parque. Marcamos un rumbo lejano, y allí nos proponíamos llegar, cuando de pronto, ni un minuto después de salir de casa…

(Pum, puuum, puum… ¡¡¡plasss!!!) Oh, sí, querida. Un hombre acaba de dar volteretas por encima de tu parabrisas, y fue a dar al otro lado de la calle.

Ok, antes de que me juzguen, quiero decir que IT WAS NOT MY FAULT, –at all. El pobre chico se había saltado una señal de stop yendo en monopatín, o como se llamen aquellos chismes eléctricos que la gente se empeña en conducir como si fueran una Ducati.

Anyway, estuve a punto de colisionar contra otro vehículo aparcado pero, gracias a Dios, frené a tiempo. Me bajé inmediatamente y fui a ver cómo estaba el chico. Se quejaba, pero resultaba obvio que estaba en plenas facultades, y no paraba de repetir que había sido su culpa por saltarse el stop.

En fin, me tocó protagonizar el clásico “¡que alguien llame a una ambulancia!”. Mis hijos, en el coche. Yo, llamando a mi madre para que venga a recogerlos. La gente, aglutinada. La ambulancia, que no viene. El chico, quejándose. El monopatín eléctrico –o como se llame– debajo de mi coche. El chico, diciéndome que no me preocupe, que me paga los daños. Yo, diciéndole –educadamente– que se calle, que a mí qué me importa el coche, que lo importante es que esté bien. [Oh, dear Jesus, against all odds, it seems that I am a nice human being, after all.]

Llegó la policía. Llegó la ambulancia. El padre del chico. Mi primera prueba de alcoholemia. “Soy abstemia, señor agente número 81”. “Tranquila, es sólo una prueba rutinaria”.

Bien, admito que es la forma más terrorífica de comenzar un cumpleaños. Admito que el ruido de la colisión y la imagen del chico [por cierto, feliz cumpleaños número 25, chico; lamento no recordar tu nombre…] no se me ha quitado aún de la cabeza. Pero, dentro de lo que cabe y pudo haber sido, no hubo que lamentar grandes daños ni pérdidas. Sólo tuvo un par de rasguños. Y, claro, le estropeé el cumpleaños…

En fin, que si es tu cumpleaños y estás por la calle, mira bien a ambos lados: puedo aparecer yo.

Happy birthday to me…

[Sonidos cutres de matasuegras.]

CARTAS, MUY PERSONAL

En honor a mi abuela, Celia Elisa.

La calle décima octava y Vicente Rocafuerte de la ciudadela San José, no volverá a ser la misma, jamás. Su estrella más brillante se elevó al cielo para brillar de manera infinita al lado del Creador. Sin embargo, mientras esta hermosa estrella estuvo en la tierra, su luz se esparció como polvo de oro sobre todos aquellos que pudimos entrar en contacto con ella.

Abuelita, cuando pienso en ti, el primer recuerdo que aflora en mi memoria, es el de verte en el hall de tu casa, sentada sobre una de tus inseparables sillas, con La Biblia en tu regazo. En mi recuerdo, yo me acerco a ti, me siento a tu lado, y te pregunto qué estás leyendo. Me cuentas, con tu característica solemnidad, que lees acerca de la tentación de nuestro Señor Jesús, y de cómo Él resistió a cada una de ellas.

Te observo y te escucho con toda mi atención, y es en una de esas tantas veces en las que te acompañé en tu diaria lectura de La Biblia, que yo, siendo una niña, decido servir a Dios enteramente, con todo mi ser, con todas mis fuerzas. Tal como tú.

Mami Elisa, fuiste tú mi primera mentora, quien me introdujo en los caminos de Dios. Fuiste tú quien me prestó su Biblia para que yo pudiera sumergirme en sus líneas. Fuiste tú quien, desde temprana edad, me enseñó la devoción sincera y apasionada por Jesús. Lo hiciste con el ejemplo y con la perseverancia de quien entiende que sólo en el reverenciar a Dios y en el guardar sus mandamientos, está el todo del hombre, tal como dijese el sabio rey Salomón.

Tú sembraste en mí el amor por la palabra de Dios, y fuiste mi primer referente de quien dedica su vida a nuestro Señor Jesús con todo su ser. Ese ha sido y será el legado más grandioso y sublime que has podido dejar en mí. Es una huella indeleble que perdurará para siempre en mi corazón.

Hoy, como tu nieta, honro tu memoria y tu legado, y doy gracias a Dios por usarte como instrumento en mi vida para seguir las pisadas de nuestro Señor. Hoy, Mami Elisa, tomo el relevo, y me esforzaré cada día en hacer lo que tú hiciste conmigo: extender la luz de Cristo a todos los que estén a mi alcance, para que ellos puedan también abrazar la fe verdadera, y hallar esperanza y salvación para sus vidas y sus hogares.

Celebro tu vida, mi amada abuelita, porque fuiste un faro que irradió luz en nuestros corazones, y nos guió al puerto seguro de una vida digna y honrada, y fuiste también un ancla que nos permitió permanecer firmes en medio de las más terribles tempestades. Ahora tú estás en los brazos de tu Dios, de Aquel a quien tanto amaste y al cual dedicaste toda tu vida, sirviéndole con fervor.

Tu legado continuará vivo en mí, porque seré tu mejor discípula.

Te amo y te amaré por siempre;

tu nieta, Nejath Lizett Hidalgo Mahmud.

CONFESIONES :o

La roca vuelve a caer.

Es mejor escribir en silencio, cuando la taza de té aún está llena. Aguardas, despacio, a que un pequeño desliz en tu memoria te recuerde algún sentimiento al amparo de la nostalgia. Es mejor escribir cuando nadie te lee, y tu corazón arde en desgracia. Ellos piensan que lo entienden, que son capaces de desglosar tus palabras y desentrañar tus líneas. Creen —con cierta indulgencia— que te hacen un favor si te leen.

Eso es ridículo.

¿Quién, en su sano juicio, contemplaría en la mano de alguien un corazón sangrante…? ¿Quién metería la mano en las entrañas de un moribundo?

Es mejor escribir cuando no hay nada que perder, cuando lo que sientes está vivo y es real. Cuando no tienes que responder a las preguntas de nadie, sino simplemente desbaratar tus propios conceptos de la vida perfecta.

Sí, desbaratarlo todo.

Empujar al vacío la sequedad de la hipocresía y la vanidad de esas palabras que están llenas de segundas intenciones maliciosas. Es mejor escribir cuando la sangre hierve y cuando no estás del todo consciente de cuál será tu próximo paso.

Es mejor escribirlo todo y no guardarse nada… bueno, talvez es sabio guardarse un poco, sólo un poco, porque las aves de rapiña no merecen ser alimentadas gratuitamente.

Es mejor romper la hoja en blanco —en lugar de corregir sólo la palabra mal escrita. Es mejor hacer añicos el espejo y devorar el libro. Así, todo en grandes proporciones, en grandes tempestades. Voltear la habitación —el corazón— intentando averiguar cuándo fue la última vez que te atreviste a soñar sin miedo.

Pero la vida a veces se traduce en algo simple y sagrado, como un rayo de luz que se cuela por la ventana o una gota de agua que se desliza en tus sienes. A veces resulta cruel, como Heracles intentando vencer al león de Nemea, o Sísifo teniendo que regresar a la base de la montaña para volver a empujar la enorme roca.

Sísifo.

Talvez así me siento: como cuando estás a punto de llegar a la cima, pero la roca vuelve a caer.

—Lihem ben Sayel.