CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

“Nuestro nombre escrito en la pared” [Parte II]

Fui creciendo en mi vida cristiana a pesar de múltiples obstáculos. Siendo honesta, hubiera sido más fácil para mí dejar de seguir a Jesús, y hasta parece que habría tenido las excusas perfectas para hacerlo. Sin embargo, me sentí tal como Jesús dijo a sus discípulos: “ustedes no me eligieron así, sino que yo los elegía ustedes”. Me sentí así, escogida, elegida, predestinada. Me sentí rescatada de todo lo que me rodeaba, que bien podría haberme matado en múltiples maneras. Y, en efecto, las circunstancias que viví no me mataron. Pero me hirieron de muerte. Me costaría años y años sobre años poder recuperarme de un alma completamente quebrada y subyugada al miedo y la intimidación. En fin, de muchas sensaciones que prefiero no recordar. Es pasado.

En todo ese proceso de mi nueva pasión [Jesús], cuando hubiese preferido morir, y me sentía la persona más sola sobre la faz de la tierra, sentía la presencia de Espíritu Santo. ¡Wow! ¡Realmente no estaba sola! Ahí, junto con las lágrimas y las preguntas, junto con el dolor y las heridas, estaba Él. Él era ese abrazo. Ese amigo que lloraba conmigo. Ese que entendía mi dolor, y me pedía permiso para poder sanarlo.

Nuestra relación —como ocurre con nuestras relaciones con las personas, cuando pasamos juntas por terribles situaciones— se tornó más y más profunda. Había un halo de intimidad que me acompañaba siempre. Sin embargo, en algún momento perdimos la conexión. Y supongo que ocurrió cuando creía que, por estar en otra posición —de victoria— ya no le necesitaba tanto como antes.

Hacía cosas para Él, pero no necesariamente tenía una relación profunda con Él. Sin embargo, la anhelaba con todo mi corazón. Si me conoces un poco, sabrás que siempre he estado apasionada por Dios. DE eso no hay duda.

Pero… el hacer cosas para Él, en algún punto de mi vida, sustituyó al ESTAR con Él. El resultado de eso es que, por más que lo intentara, parecía que al dar un paso hacia delante daba dos hacia atrás. Mi relación no era constante, por lo tanto, tampoco podía ser muy profunda.

A finales de 2015, me desesperé. Me desesperé DE VERDAD. Y le dije: da igual lo que tenga hacer o dejar de hacer, ¡voy a tenerte! ¡Voy a perseguir tu corazón tan profundo como tenga que perseguirlo! Fue tan grande mi determinación, que, al entrar a 2016, mi vida giraba en torno a esto: PERSEGUIR EL CORAZÓN de Dios. Y, por ende, tener una relación más profunda con Espíritu Santo. CONOCERLE DE VERDAD. Porque en realidad ¡no lo conocía lo suficiente!

Estamos en 2019, y solo puedo decir que cada año, desde que tomé aquella determinación en 2015, ha sido mejor y mejor y mejor. De hecho, este año está siendo sencillamente perfecto. No solo celebro el nacimiento [en enero] de mi segunda hija, sino que, además, muchísimas de las cosas que me impedían seguir más profundo en mi relación con Espíritu Santo, desaparecieron. Estoy rodeada de profetas. Los tengo como amigos íntimos. Y con relación a ello, hoy me di cuenta que siempre he tenido amigos íntimos que son profetas. Este año, Dios ha confirmado muchas cosas en mi corazón por boca de sus profetas. ¡Y me prepararé en torno a ello!

No estoy donde quisiera estar aún, pero vaya si te digo que estoy en el camino correcto. Perseguir a Dios es lo que hago todo el día. Buscar su rostro es mi estilo de vida. Todo en mi vida gira en torno a ello. T O D O.

Cuando haya llegado al cumplimiento de mi destino, y vea muchas más cosas de las que jamás imaginé, y me pregunte: “pero, ¿cómo llegué hasta aquí…?”, leeré estas entradas, y lo recordaré: JUST BEING HERE, AT YOUR FEET. JUST BEING HERE, ON MY KNEES.

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MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

A mi pequeña, N. Sahar.

Veo la fuerza en tus ojos. Tu rostro se ilumina cuando sonríes. Me muestras tus tiernas encías, pero a la vez, eres capaz de revelarme en tu sonrisa la pureza de tu alma. Claro, es que hace solo seis meses nacías. Pero llevabas ya nueve meses con vida. Y viste el rostro de Dios. Quisiera ser como tú: estar en ese grado de inocencia y confianza, en la que todo lo demás es paja y heno. Solo me miras, y confías. Confías en que te cuidaré. Confías en que —por mucho que peses— yo no te dejaré caer. Confías en que te alimentaré siempre que lo necesites. Confías en que procuraré que el mal no te toque. De hecho, confías en que yo sea tu conductora del bien. ¿El mal? ¿Qué es el mal? Para ti, tal cosa, ni siquiera existe. Confías en que te amo. Y esa confianza, lo cambia todo. Tengo muchísimas preguntas. Tu mirada, me las responde todas. Solo yo sé lo mucho que te gusta estar en mi regazo. Solo yo sé que no importan las horas sin dormir, o que deje de hacer otras cosas por atenderte —cosas que antes me eran de suma importancia—. Solo yo sé, que, por encima del esfuerzo, está la recompensa de tu sonrisa, de tu mirada, de tu desesperación por volver a mis brazos cuando sientes que nos hemos separado unos segundos. Solo yo sé, que todo mi esfuerzo no pagará el premio del vínculo tan hermoso y fuerte que se está formando entre nosotras. Solo yo sé cuánto te deseaba. Solo Él sabía cuán feliz me haría enviándote a mi lado. Entre todas las cosas que tu nombre significa, mi favorita es “delicia”, porque ciertamente viniste para deleitarnos. «Ella será lo que tú habrías sido sin todas aquellas heridas», fue lo que escuché hoy, talvez desde el cielo. Y mi corazón sonrió. Porque serás tú misma, pero a la vez, me veré reflejada en ti. ¿Acaso no es eso maravilloso…? Sí. Es todo un milagro.

—Lihem Ben Sayel.

Te amo, mi pequeña.

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MDUP II: “El anillo de los siete Espíritus de YHWH y del pacto con Menahem”

MEMORIAS DE UNA PRINCESA
[SEGUNDA PARTE]

«El anillo de los siete espíritus de YHWH  y de mi pacto con Menahem»

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En esta nueva etapa, en este nuevo tiempo, finalizando tres años de una dura travesía, llena de incertidumbres y desasosiego, un tiempo de sinuosas cuestiones y dudas sembradas en lo profundo de mi corazón, Menahem me ha recordado un anillo que dormía plácidamente olvidado en un pequeño cofre. Es un gran anillo conformado, a su vez, por siete aros, unidos por una delgada placa en la cual va tallado mi nombre. Al verlo, instantáneamente, recordé la Escritura del profeta Isaías:

«Y reposará sobre él el Espíritu de YHWH; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de YHWH.»

‭‭—Isaías‬ ‭11:2‬ ‭

En ese momento, comprendí que Menahem me guiaba a llevar este anillo en la mano izquierda, ya que en la derecha llevo el anillo de mis pactos con YHWH, cuyo nombre está tatuado en el interior de tal anillo.

Mi nuevo anillo de los siete tratados, representará la plenitud de Menahem, los siete espíritus del Dios viviente, sobre mí: Espíritu de YHWH, espíritu de sabiduría e inteligencia, de consejo y poder, de conocimiento y temor de YHWH. Será la representación física de mi pacto y mi relación con Menahem.

Ahora, solo me falta la estrella, que me identificará como ciudadana del Reino de los Cielos, la cual debe proceder exclusivamente de Yerushalayim.

Lihem Ben Sayel,

The princess of the Lord…🌹

CONFESIONES :o, MDUP2, MUY PERSONAL, VIVENCIAS DE UNA ESCRITORA

Acerca de “Memorias de una princesa”

Resulta que, con los años, me he vuelto aún más recelosa de mi intimidad. Y ya que, de alguna forma casi sobrenatural, he retomado esta especie de historia, he tomado también la decisión de no publicar vía Facebook este contenido, sino únicamente por otros medios más personales. No quiero pasar por lo que ya pasé en aquella primera parte escrita hace muchos años, en la que la gente examinaba minuciosamente lo que yo escribía, y lo comparaba con aspectos de mi vida, paralelamente. Es evidente que esta historia es un reflejo de mis estados de ánimo, percepciones, luchas y victorias diarias, pero en ningún caso se puede interpretar de manera literal. También sé que no es de lectura fácil, por muchos motivos: primero, porque a muchas personas no les gusta leer este tipo de historias; segundo, porque no sé qué ritmo tendré, a veces escribiré seguido, a veces pasarán varios días entre una y otra publicación, y eso lo hace complicado. De todos modos, como cuando empecé a escribirla en 2007, esta historia es para mí más que para nadie, como todo en este blog, donde hablo de mi fe en Dios, de mi código de valores y principios, de mis frustraciones y cuestiones, y donde no estoy dispuesta a prostituir lo que pienso y creo por obtener más feedbacks. Me mantendré, en todo caso, siempre fiel a mi estilo personal, y a mi prosa, porque en esta etapa de mi vida, quiero ser acompañada por mi escritura. Dicho esto, no espero comentarios de alabanza, pero sí espero respeto a algo que para mí tiene suma importancia, aunque pueda carecer de muchas otras cosas. Y sí, Lihem Ben Sayel, además de ser mi seudónimo con el que firmo mis escritos, es, también, mi álter ego desde 2007. Y lo será por siempre.

Lihem Ben Sayel,

The princess of the Lord…🌹

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MDUP II PARTE. Capítulo dos: «La noticia»

«MEMORIAS DE UNA PRINCESA»

[SEGUNDA PARTE]

Capítulo dos:

«La noticia»

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Lihem recorrió los metros que separaban su carruaje de Sod Bayith, la tienda donde se encontraría secretamente con Menahem. Miró hacia atrás, y asintió; la carroza se alejó varios metros más. Su vestido arrastró con él las pequeñas ramas que yacían en el suelo cubierto por aquella noche estrellada. Levantó la mirada, y disfrutó una vez más de esa luna que desprendía una tenue y delicada luz, esa luz que siempre la había acompañado en buenos y malos momentos, desde su niñez, hasta ahora, su madurez como mujer. Se aseguró de llevar consigo la carta dirigida a Tarios, su amigo, quien también estaba bajo la instrucción de Menahem. Se la entregaría a su Consejero, quien, a su vez, la haría llegar al Príncipe de las tierras del Este.

Mientras caminaba, Lihem pudo percibir un aroma particular que conoce tanto como a sí misma: era el perfume de Menahem, una mezcla entre mirra, canela, cálamo, casia y aceite de oliva. Él ya estaba allí, esperándola. Y ella solo tuvo que entrar para comprobar la presencia de su fiel Consejero. Lihem sonreía. Sin embargo, cuando entró, Menahem presentaba un aspecto acongojado, y, además, sostenía en su mano un pergamino que, aparentemente, acababa de releer.

Lihem demudó su rostro.

—Menahem, qué… ¿qué ha pasado?

Ella caminó lentamente hasta aproximarse a Menahem, quien le extendió el pergamino. Lihem lo tomó con temor, mirando con inquietud el rostro triste de Menahem.

—Le han apresado, Lihem.

—No, ¡no! ¡Tarios! ¿Cómo es posible…?

Lihem soltó el pergamino llevándose las manos a la boca, intentando, estérilmente, contener un sollozo. Las lágrimas sencillamente comenzaron a fluir por sus mejillas. Menahem la abrazó, queriendo tranquilizarla.

—Debes desahogar tus emociones, o éstas no te dejaran pensar con claridad.

Lihem se apartó de Menahem.

—¿Por qué estás aquí conmigo? ¿Por qué no estás con él? Si alguien puede sacarle de ahí, ¡ese eres tú!, —replicó ella, angustiada.

—No, Lihem. No me has entendido, Tarios mismo se entregó a Krêttos.

Lihem empezó a negar con la cabeza, completamente incrédula de lo que oía de los labios de Menahem.

—Eso no tiene ningún sentido… ¡Tarios jamás se rendiría! ¡Él sabe mejor que yo que este exilio es temporal, que tarde o temprano podremos volver a Noor y remover a Krêttos del trono que ha usurpado! Además, ¿qué ganaría con…?

De pronto, se hizo el silencio en Sod Bayith. Menahem la miró tiernamente, y suspiró.

—Claro, ganaría el trono…, —concluyó Lihem, mientras se sentaba en un sillón cercano.

—No pudo aguantar la presión de mantenerse en estas condiciones, —le explicó el Consejero—, y, además, le ofrecieron que, si se dejaba apresar voluntariamente, mostrando así que renunciaba a sus votos a YHWH, no solo podría gobernar junto con Krêttos, si no que lo heredaría cuando éste falleciese.

Lihem, anonadada, no podía comprender por qué Tarios, un noble discípulo de Menahem, al igual que muchos otros antecesores, había decidido dejar de luchar. Pero, perdida en esos pensamientos, Menahem la interrumpió.

—Lihem, eso no es todo. Nada de esto podrá ser factible, a no ser que él…

—Que él desvele mi ubicación.

Menahem asintió.

Luego de un breve silencio por parte de ambos, Lihem se incorporó.

—Pues bien, supongo que esto ya no servirá de nada, —concluyó Lihem, mientras rompía la carta que había escrito a Tarios.

—Sígueme, —le apuró Menahem—, tenemos un carruaje esperándonos en la parte de atrás. No hay tiempo  que perder. Es posible que Krêttos ya se esté dirigiendo hacia aquí con su comitiva para apresarte.

Lihem asintió, y siguió a Menahem. Y a su paso, su vestido dispersó los restos de aquella carta, que ahora no llegaría a ninguna parte.

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MDUP: SEGUNDA PARTE. Capítulo uno: «La profecía»

«MEMORIAS DE UNA PRINCESA»

[SEGUNDA PARTE]

Capítulo uno:

«La profecía»

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La luna asoma, tímidamente, por una esquina del horizonte estrellado. No recuerdo una noche así, desde hace mucho tiempo. Me encuentro completamente embelesada por esa belleza, tan difícil de ignorar. Sin embargo, aunque lo deseo, no puedo permanecer mucho más tiempo aquí, observando la luz palpitante de aquellas incontables lucecitas lejanas: tengo una cita con Menahem. Por lo visto, hay algo importante de lo que quiere hablarme, y no puede esperar. Así que, acompañada por el sonido de los grillos y la silueta de una luna creciente, recorreré la media distancia que me separa de mi lugar de reunión con Menahem, mi amado y fiel consejero desde hace tantos años, al que tú tan bien conoces, al igual que yo. Estoy de camino hacia el luminoso Sod bayith, la hermosa tienda, de toques púrpura e hilos de oro, orientada hacia Yerushalayim, en donde me encuentro siempre, secretamente, con Menahem. Me he detenido a mitad de camino con mi carruaje para escribirte esta carta; sencillamente no he podido evitarlo. La luna, las estrellas, todo me ha recordado a ti. Leäna, la compañera que Menahem me asignó para serme de gran ayuda, siempre se preocupa de que tenga mis pergaminos y mi tintero a mano. Como bien sabes, Sod bayith significa «lugar secreto» en la lengua de Menahem. Y allí, en ese pequeño rincón a las afueras del pueblo donde me escondo ahora, se han gestado mil y una conversaciones con mi Consejero, sobre todo, a raíz de los últimos acontecimientos, en los que mi vida ha transitado por correntosas situaciones, difíciles de explicar en una sola carta. Sé que no te gusta que te deje con la incógnita, sin embargo, por tu seguridad, prefiero no darte demasiada información, querido amigo. Prometo volver a escribir con más detalles. De momento, solo te adelanto que, talvez, antes de que recibas mi siguiente escrito, —y, repito, solo talvez—, no estemos tan lejos el uno del otro. Hay demasiado que tengo para decirte. Estos tres años lejos de ti no han sido nada fáciles. Pero Menahem ya nos había advertido de lo importante que era hacerlo de esta forma. Confío plenamente en que, tanto tú como yo, hemos madurado lo suficiente como para poder enfrentarnos al enorme desafío que representa regresar al Palacio Noor, y recuperar lo que aquel Dragón, —esta vez, representado por Krêttos, en carne y hueso—, ha usurpado de forma ilegítima, aún a sabiendas de la gran destrucción que esto acarrearía a todo el reino de mi Padre. No te preocupes por mí: sabes que nunca estoy sola. Menahem siempre está presente en mi vida, y yo, a su vez, estoy pendiente de cada instrucción que Él se asegura de hacerme llegar —de una u otra forma. Querido amigo, mi carta termina aquí, ya que el carruaje me deja a pocos metros de Sod Bayith. Metros que tengo que recorrer a pie en total soledad. Y debo darme prisa, ya que la hora de mi encuentro con Menahem se aproxima. ¡Él sigue siendo igual de puntual, como siempre! Y debo estar allí cuando él aparezca en la tienda. Te envío  todo mi afecto, como siempre. Debemos seguir fielmente las instrucciones de Menahem, como hasta ahora. El día de nuestra reaparición en Palacio Noor se acerca, y debemos estar a la altura de la situación. No permitiremos que Krêttos, manipulado por el espíritu del Dragón, destruya el reino de mi Padre. Como ya me ha dicho Menahem: «Todo lo que te ha pasado —tu encierro en la Torre, tu sanidad, tu tiempo escondida en el desierto—, te ha reconducido hasta aquí, para que seas la Vocera de YHWH. Solo mantente obediente, Lihem, y La Profecía se cumplirá.»

Siempre tuya, tu fiel amiga, Lihem Ben Sayel, —la exiliada y escondida— Amira al-Yerushalayim.

Shalom, querido Turios, Príncipe de las tierras del Este.

CONFESIONES :o

Lo hermoso —y arriesgado— de la vulnerabilidad.

Recojo gotas de tiempo que se deslizan por el cristal de mi ventana, cual lluvia en invierno, bajo los ojos de la noche cerrada. Ahí, apoyada en la mesa, con actitud de desgano, cosecho un poco de los recuerdos que sembré antes de que las primeras notas de melancolía   comenzaran a aparecer; antes del desvanecimiento de mi sonrisa desenfadada y presuntuosa. Los cuadernos frente a mí, me invitan —encarecidamente— a plasmar sentimientos más allá de letras y verbos correctamente conjugados. Pero yo declino tal invitación. Mi sombra se proyecta con enormidad en la pared del fondo, a causa de la lámpara de tenue luz que alumbra, a mis espaldas, una habitación vacía y fría, que solía ocupar la sensatez en mis mejores años. Ahora, solo hay sitio para el arrepentimiento: tanto que quise hacer, tanto que pude haber callado. ¿Quién nos acompaña en este viaje de altos y bajos, que es la vida? ¿Quién nos susurra al oído “todo estará bien” aún en la peor de las tormentas? ¿Quién nos seduce bajo las sábanas de la alegría, y nos sacude de los hombros la rigidez emocional, tan propia de aquellos que alguna vez fuimos heridos a profundidad? Somos más fuertes, porque tenemos cicatrices; y no morimos. Talvez, simplemente sea eso. Intuyo, pues, que quedarán muchas preguntas sin responder.

He tenido grandes decepciones en relaciones que consideraba importantes en mi vida. Me hice más fuerte a expensas de ese enorme dolor. Pero no por ello renuncio a lo hermoso y  a lo valiente de la vulnerabilidad. Es un riesgo, sí. Un riesgo de esos que no me gusta tomar. Pero lo necesito; o de lo contrario, me convertiré en aquellos que me dañaron. Y me lo he prometido a mí misma: no seré como ellos.

Por eso te pido, si te consideras mi amigo, o mi amiga, no me dejes caer. Créeme que me cuesta dar el primer paso, pero no por arrogancia, sino por miedo. Un miedo constante que me persigue; una pesadilla en la que me imagino a mí misma sonriendo y queriendo abrazar a la gente que me rodea, pero en la que ellos me miran de soslayo y me ignoran, dándome la espalda. Son consecuencias de heridas pasadas, que en lo profundo de mi corazón, aún necesitan ser rociadas con bálsamo. Y talvez mi amistad contigo sea ese bálsamo.

Sé que estamos en unos tiempos en los que casi todo se ha vuelto demasiado superficial. Sé que nuestras vidas están demasiado saturadas como para añadirle componentes emotivos y casi dramáticos, pero, supongo, que esto iba de hacer raíces; no de mudarnos a conveniencia. Eso nos lo enseña la amistad. Eso, nos lo enseña el Amor.

Y, fíjate, no me importaría si piensas que esto es una súplica, aunque créeme si te digo que no es mi estilo. Simplemente es una invitación a que seamos reales, auténticos. A que nos importemos de verdad, y no solo en la imaginación.

Rayos, qué rabia me da. Estas son cosas que uno escribe pensando que hace lo correcto. En mi caso, estoy influenciada por el libro de Kim, en el que habla de ser vulnerables y no renunciar a ello pese a las consecuencias. ¡Esa es mi mayor prueba en las relaciones! Por eso, intentaré hacer este ejercicio. El perfecto amor, echa fuera el temor. Es la única manera. (¡Pero cuánto me cuesta!)

—L.B.S…

 

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA, VIVENCIAS

“Nuestro nombre en la pared” [Parte I]

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Ecuador, año 2002.

Recuerdo que era de mañana, y que yo llevaba puesto el uniforme de mi instituto: nos habían dado horas libres, así que aproveché y visité a un matrimonio de amigos de la iglesia a la que yo asistía. Yo, una adolescente con 17 años, ya tenía 5 caminando en la fe, desde mi encuentro personal y real con Jesús, cuando solo contaba con 12.

Nadie que me conozca ahora, comprenderá la magnitud de mi sufrimiento al haber emprendido mi salvaje y profunda aventura con Jesús. Yo era católica de nacimiento, y mi anhelo era servir a Dios como monja. Sí, eso lo había decidido antes de los doce años. No hay ninguna duda que mi corazón infante estaba desesperado desde ya por Dios, y quería servirle; entregar mi vida por completo a Él, y no dedicarme a otra cosa que estar enteramente dispuesta a su voluntad. Sin embargo, y, aunque no hable mucho de esto actualmente, los años más tormentosos de mi vida comenzaron justo allí, cuando rendí mi vida a Jesús. Estaba claro que tenía un enemigo —caído, pero poderoso— que perturbaría cada paso que yo intentara dar en pos de mi amado Jesús. Lo que pasaba era que yo ignoraba el alcance de su poder.

Creía que, por amar a Dios y servirle como le servía, ciertas cosas no podrían pasarme. Pero me pasaban. Aún hoy, no soy enteramente capaz de descifrar cómo una niña de 12 años pudo hacer frente a ese tipo de tormentos y situaciones más que complicadas, y aún así no terminar como un barco a la deriva. Aún así, no desistir de esa fe tan grande a la que se había aferrado, pero que parecía insuficiente a la hora de protegerla del peligro, de los daños y, sobre todo, de la ruptura constante de su corazón sensible.

Mi refugio eran las noches, la música, la luna, y, por supuesto, Él. Talvez en el fondo, simplemente intuía que alguien procuraba separarnos. Alguien quería hollar aquella pequeña semilla de amor sembrada en mí. Destruirla por completo, hasta que no quedase nada, ni siquiera un buen recuerdo, de lo que había sido mi encuentro con Jesús. Pero lo que sin duda mi enemigo ignoraba, era que, mientras más golpeaba mi corazón, mientras más me hería en lo profundo de mi identidad y mi confianza, por otro lado, estaba Él, que con el cálido ungüento de su presencia me consolaba, aún cuando yo no comprendía nada.

Así fueron pasando los años. Trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete… y volvemos a aquella mañana, donde me situaba en casa de un matrimonio de amigos de la iglesia a la que asistía. Aquel día, casi por casualidad, encontré un libro en una mesilla. Le pregunté a mi amigo que cuál libro era ese. “Buenos días, Espíritu Santo”, me respondió él.

Lo empecé a leer mientras estuve con ellos un par de horas. Había llegado el momento de marcharme y, sencillamente, no podía desprenderme de aquellas cosas tan maravillosas y misteriosas que contaba Benny Hinn con respecto a ese “Dios” desconocido para mí, el Espíritu Santo. Hasta ese momento, creo que lo único que sabía/entendía del Espíritu Santo, era que por medio de Él había sido engendrado Jesús en el vientre de María. Nada más. Ni relación, ni intención de relacionarme.

Al terminar de leer aquel sorprendente libro, se abrió un nuevo panorama para mí con respecto a la persona del Espíritu Santo: no solo era una persona activa en la Trinidad, sino que, además Él quería relacionarse conmigo; quería ser “mi amigo”. Reconozco que a partir de ese momento, intenté con todas mis fuerzas hacerle lo más real posible en mi vida. Por ejemplo, le llamaba “Partner” (compañero, en inglés). Y además, teníamos nuestro rinconcito en la iglesia, en unas escaleras. Ahí iba yo y quedaba con Él como quien queda con su mejor amigo. Le “miraba”, le contaba lo generalmente malo que había sido mi día, o le relataba los sueños que quería cumplir más adelante, de su mano. Ahí, en ese rincón, en cierta ocasión rayé nuestro nombre en la pared con unas llaves. Era imperceptible para cualquier otra persona, ya que no se notaban demasiado las delgadísimas líneas que intentaban imitar letras. Pero ahí, en esa pared, decía: “E.S. y yo“. Era uno de nuestros pequeños secretos, como los que guardan para siempre los enamorados.

Incluso, antes de salir de mi país [algo que ocurrió pocos meses después de la lectura de ese libro], tomé una fotografía de esa pared. Una vez más, si viesen la foto, nadie podría notar nada. No obstante, allí estaba tatuado el inicio de un romance que tendría sus altos y sus bajos, pero que nunca dejaría de estar presente en cada instante de mi vida, aún cuando llegaría el momento en el que le daría la espalda en pos de otras cosas que ocupaban mi atención.

Continuará…

 

CONFESIONES :o, REFLEXIONES

La razón de mi “locura”

c4eb700fdb7ae9bd3dfe84b73dec9d6eLlevo varios minutos frente al ordenador sin saber realmente qué es lo que quiero expresar. Hoy es uno de esos días milagrosos en los que cuento con más tiempo de lo habitual, a estas horas. Estoy escuchando una sencilla oración convertida en canción, de Kim Walker-Smith, “Just be”, donde le dice a Dios “todo lo demás puede esperar, he venido a buscar tu rostro.” Y, ¿sabes qué?, la entiendo, la entiendo perfectamente. Sé que algunos de ustedes —talvez muchos— estén un poco cansados de mis publicaciones en este sentido. Talvez crean que soy “una pesada”, que estoy exagerando, o que simplemente esto es postureo, y nada más. PERO NO. ¡No lo es! No me sentía tan viva en mi fe, desde aquella madrugada del 30 de Enero de 1998, en el que tuve mi encuentro personal —radical, brutal— con Jesús. Recuerdo que, en ese entonces, sentí por primera vez “la presencia de Dios”, sí, justo en el instante en que dije “amén” al terminar de hacer la oración en la que recibía a Jesús como mi salvador y mi Señor. Lo recuerdo vívidamente, porque esa misma presencia es la que persigo día tras día. Pero también he pasado por temporadas en las que no la sentía. ¡Nefasto! Es como sería para un pez estar fuera del agua. Es adictiva su presencia, porque me indica nada más y nada menos que estoy conectada con Él. Con Dios.

Casi puedo esuchar los rumores: ¿qué le pasa a ella? ¿Por qué habla tanto del Espíritu Santo? ¿Con quién se está juntando? ¿Qué locura tiene ahora? ¡Oh, si supieran lo que estoy sintiendo! ¡Si supieran que todos los días, en cualquier momento del día, su presencia es tan fuerte sobre mí que solo puedo llorar!¡Estoy desesperada por Él! ¡Y no por más de Él, sino por TODO DE ÉL!

Y para disipar vuestras dudas, sí, me estoy “juntando” con alguien, y cada vez me estoy juntando más: y es a la persona del Espíritu Santo. ¡Sí! Porque creía que lo conocía, pero no era cierto. Me había acomodado a una vida cristiana mediocre, y tenía justificaciones teológicas y bien razonadas para vivir así de engañada. Así que no puedo hacer otra cosa que hablar de aquello que busco y persigo, y de aquello en lo que pienso todo el tiempo. Pienso en el Espíritu Santo. Pienso en el corazón de Dios. Pienso en que anhelo desesperadamente ser discipulada por mi Señor Jesús a través del Espíritu de Dios que nos guía a toda verdad y nos revela lo que está por venir.

Me alegro por todos ustedes que están contentos con vuestras vidas cristianas. Me alegro por ustedes que, por hacer mil cosas dentro de la iglesia, ya creen que Le conocen. Me alegro por ustedes que, al ostentar sendos títulos eclesiásticos, ya piensan que “lo han logrado”. ¡De verdad, Dios sabe que me alegro! Pero hermanos y hermanas, ese no es mi caso. ¡Yo no estoy conforme! Y ahora mismo, no soy más que una ama de casa y mamá de dos bebés a los que tengo que cuidar todo el día. Mi situación actual me “limita” de estar haciendo las cosas que ustedes me veían hacer todo el tiempo —cosas que, seguramente, en su momento, volveré a hacer si así Dios lo quiere—.

Pero he decidido abrazar esta temporada como la abrazó David detrás de las ovejas, o como la abrazó Juan el bautista en el desierto. O Pablo, cuando se ocultó después de su encuentro sobrenatural con Jesús en Damasco. O incluso como Juan, desterrado en aquella terrible isla de Patmos. ¿Pero saben qué hay en común en estos ejemplos? Que todos, en medio de esas circunstancias, se encontraron con Jesús, y desarrollaron una profunda intimidad con Dios.

No estoy conforme. Y estoy desesperada. No descansaré hasta estar tan cerca del Señor, que pueda recostar mi cabeza en su regazo, impregnarme de su fragancia y juguetear con sus cabellos, incluso sentir con la yema de mis dedos el tacto de sus vestiduras. No descansaré hasta que su voz retumbe en mi pecho. No descansaré hasta que Él me mire de forma confidente, como quien mira a su mejor amigo o amiga.

En la canción de Kim —que sigue sonando sin parar—, hay otra línea que dice “nada quiero más, porque nada importa más, solo estar aquí a tus pies, solo estar aquí de rodillas. Aquí en tu presencia estoy completa. Jesús, eres todo lo que necesito”. 

Esta sencilla canción, acompañada al piano, resume toda mi vida. Todo lo que deseo, anhelo y persigo. Si no lo puedes entender, oraré para que lo entiendas, y llegues a sentirte tan desesperado como yo. Porque al final, Dios te lleva al desierto únicamente con el propósito de que puedas volver a la Fuente de Vida. Que puedas volver a Él. Y que, como dice Kim, estés tan enamorado y loco por su presencia, que realmente NADA quieras más —que estar con Él—, porque NADA te importa más.

Y si algo del precio que tengo que pagar por expresar cómo me siento, es vuestro rechazo o escepticismo, lo pagaré con mucho gusto.

¡El premio es demasiado grande!

[Risas estridentes, “yujus”, y saltos de alegría hasta el techo.]

CONFESIONES :o

Cosas personales, abril 2019.

[Largo, largo suspiro…]

Digamos que solo tengo tiempo/ganas de escribir este post de esta manera. Así que, aquí voy:

Últimamente me he dado cuenta de que alguien revisa mis posts, mis blogs, casi que entrada por entrada. No tengo manera de saber quién es, aunque despertó mi curiosidad. Mientras no sea un plagio a mis escritos… está bien.

He leído muchos libros en el periodo de estos tres años, en los que me sumergí en una aventura sin igual: una búsqueda por tener mayor profundidad en mi relación con Dios y en vivir mi vida como una verdadera discípula de Jesús. Tuve que quitarme la etiqueta de “buena cristiana”, y sencillamente empezar de cero. Nunca he sido tan auténtica como ahora, cuando mi fe se basa única y específicamente en mi intimidad con Dios y todo lo que esto conlleva (impregnarme de su esencia y adoptar sus cualidades mientras me despojo de todo el orgullo, la vanidad y el egoísmo que puedo albergar). Suena como si me estuviera convirtiendo en una monja o algo por el estilo. No. Simplemente me cansé de las apariencias, de los fingimientos, de las pretensiones. ¡Quiero vivir una fe auténtica! Y eso solo pasa por las palabras de Jesús: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Sí, vale, estoy obsesionada. Felizmente obsesionada.

Encontré a una persona con la que puedo hablar sin parar. ¡Yo, hablar sin parar! No soy amante de usar la palabra “amiga”, pero supongo que es eso. Aunque está tan apasionada por Dios como yo, y eso marca la diferencia. Somos dos apasionadas por Dios. Es una mujer de Dios tremenda, una profeta y además pastora. Es, después de mi esposo, posiblemente la persona que más esté pendiente de mí. La maternidad te aísla, esto es una realidad. Y donde muchas amigas han seguido con sus vidas, Dios puso en mi camino a esta mujer para estar a mi lado de una manera especial. Si me hubiesen dicho un par de años atrás que esta mujer sería mi amiga y vendría a mi casa, me habría reído a carcajadas. Y sí, nos reímos mucho cuando lo pensamos.

Por otra parte, llegó el tiempo de tomar decisiones. Decisiones crudas. Esas en las que intuyes y deseas que no haya vuelta atrás. Necesito romper con algo desgastado para comenzar algo nuevo, esperanzador. Les he hablado antes que estoy en busca de lo auténtico. Solo quiero lo auténtico. Y en estos últimos tres años me he dado cuenta que estoy mezclada con cosas que no lo son. Miro a mi alrededor y ya no me identifico con tales cosas. Tampoco con nadie. No quiero formar parte de ellas. No buscamos lo mismo. Es hora de partir  y salir en dirección a un nuevo destino vivo, auténtico y veraz. Eso pienso yo. Vamos a ver qué pasa. Donde hay esterilidad no puede nacer nada nuevo. Tampoco nada bueno. ¿Terminó un ciclo? Probablemente, sí.

Me compré el libro autobiográfico de Kim Walker-Smith, mi cantante favorita. Espero que no tarde mucho en llegar. Estoy tan ansiosa por leerlo que lo he comprado en inglés. Necesitaré el traductor para un par de palabras seguramente, pero valdrá el esfuerzo.

Ahora mismo estoy con dos libros, como siempre. Terminando uno, y comenzando otro. No he leído nada secular, aunque me ha apetecido e incluso he comprado algún libro. Pero bueno, esa es otra historia.

Y finalmente, he descubierto que no es que la familia sea lo más importante. Es que es lo más bonito.

—Lihem ben Sayel.

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