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MDUP II: “Perdida”

MEMORIAS DE UNA PRINCESA
[SEGUNDA PARTE]

«Perdida»

El mundo gira alrededor de mí. El malestar es exagerado. No sé exactamente dónde estoy, ni tampoco, a ciencia cierta, hacia dónde debo ir. Ojalá hubiese una mano amiga que me llevara más allá de lo que ven mis ojos, y me mostrara, con una sonrisa de calma en el rostro, que finalmente llegaré. Allí. Dondequiera que sea ese lugar. Así, al menos, me sentiría un poco más segura. Un poco menos fuera de sitio. Supongo que es normal sentirse así, al menos después de que el suelo bajo mis pies desapareciera por completo, y no encontrara nada firme en lo cual pudiese afianzarme. Excepto Él. Su mirada. Sus palabras, resonando como eco en medio de la tempestad más abrumadora y ensordecedora. Tempestad que, a la vez, me ha enseñado a confiar más en Él. Aún así, me siento perdida. ¿Cómo es posible experimentar esta sensación de exilio? Fácil. Porque el lugar al que pertenezco no es terrenal. Aquí, no soy más que un caminante pasajero.

Lihem Ben Sayel,

The princess of the Lord…

🌹

 

PROSA

Carta 4: La noche perfecta.

Es de madrugada. Y yo despierta, escribiendo, cómo no. Pero es que hace muchísimo que no vivía una noche como esta, donde la luna está llena, y se asoma por mi ventana, con prepotencia y melancolía. Estoy en una casa enorme, preciosa, la casa de los abuelos, donde toda la familia se reúne.  Está llena de espejos, y yo pienso que, definitivamente, podría ser muy feliz aquí, —sí, entre otras cosas, por los espejos. Esta noche es perfecta: yo, muy lejos de la rutina, bañada por la luz de la luna; de fondo, los grillos, algún ladrido. Y a lo lejos, un bosque frondoso, con inimaginables tonalidades de verde, por el que atraviesa un río helado. Qué bella es Noia. Qué bella es Galicia. 

—Lihem Ben Sayel.

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PROSA

Carta 3: Fire and scars.

No cierres la puerta, —no la cierres, aún. Antes de que entres por completo en mi vida, déjame explicarte —sin llantos, sin voz— que estoy hecha de fuego y cicatrices. Y allí,  donde encuentres fuerza, es porque primero hubo una herida. 

—Lihem Ben Sayel.

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PROSA

Carta 2

Caminando a oscuras por la casa, me tropecé con las maletas, aún sin deshacer. La nevera —que emitía su ya característico e inquietante ronroneo—, me recordaba que la vida continúa, aunque tú ya no estés aquí. Me froté las manos, ya sabes, por el frío. Sigo conservando la incomprensible costumbre de no ponerme la bata cuando salgo de la cama, aunque estemos en pleno invierno. Uno repite los patrones que le hacen sentir seguro, y a mí, en concreto, jamás me ha gustado taparme los hombros. Fue entonces cuando supe, casi instantáneamente, que podría acostumbrarme a cualquier cosa, menos, cómo no, a que me llamen viuda.

—Lihem Ben Sayel.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

“Nuestro nombre escrito en la pared” [Parte II]

Fui creciendo en mi vida cristiana a pesar de múltiples obstáculos. Siendo honesta, hubiera sido más fácil para mí dejar de seguir a Jesús, y hasta parece que habría tenido las excusas perfectas para hacerlo. Sin embargo, me sentí tal como Jesús dijo a sus discípulos: “ustedes no me eligieron así, sino que yo los elegía ustedes”. Me sentí así, escogida, elegida, predestinada. Me sentí rescatada de todo lo que me rodeaba, que bien podría haberme matado en múltiples maneras. Y, en efecto, las circunstancias que viví no me mataron. Pero me hirieron de muerte. Me costaría años y años sobre años poder recuperarme de un alma completamente quebrada y subyugada al miedo y la intimidación. En fin, de muchas sensaciones que prefiero no recordar. Es pasado.

En todo ese proceso de mi nueva pasión [Jesús], cuando hubiese preferido morir, y me sentía la persona más sola sobre la faz de la tierra, sentía la presencia de Espíritu Santo. ¡Wow! ¡Realmente no estaba sola! Ahí, junto con las lágrimas y las preguntas, junto con el dolor y las heridas, estaba Él. Él era ese abrazo. Ese amigo que lloraba conmigo. Ese que entendía mi dolor, y me pedía permiso para poder sanarlo.

Nuestra relación —como ocurre con nuestras relaciones con las personas, cuando pasamos juntas por terribles situaciones— se tornó más y más profunda. Había un halo de intimidad que me acompañaba siempre. Sin embargo, en algún momento perdimos la conexión. Y supongo que ocurrió cuando creía que, por estar en otra posición —de victoria— ya no le necesitaba tanto como antes.

Hacía cosas para Él, pero no necesariamente tenía una relación profunda con Él. Sin embargo, la anhelaba con todo mi corazón. Si me conoces un poco, sabrás que siempre he estado apasionada por Dios. DE eso no hay duda.

Pero… el hacer cosas para Él, en algún punto de mi vida, sustituyó al ESTAR con Él. El resultado de eso es que, por más que lo intentara, parecía que al dar un paso hacia delante daba dos hacia atrás. Mi relación no era constante, por lo tanto, tampoco podía ser muy profunda.

A finales de 2015, me desesperé. Me desesperé DE VERDAD. Y le dije: da igual lo que tenga hacer o dejar de hacer, ¡voy a tenerte! ¡Voy a perseguir tu corazón tan profundo como tenga que perseguirlo! Fue tan grande mi determinación, que, al entrar a 2016, mi vida giraba en torno a esto: PERSEGUIR EL CORAZÓN de Dios. Y, por ende, tener una relación más profunda con Espíritu Santo. CONOCERLE DE VERDAD. Porque en realidad ¡no lo conocía lo suficiente!

Estamos en 2019, y solo puedo decir que cada año, desde que tomé aquella determinación en 2015, ha sido mejor y mejor y mejor. De hecho, este año está siendo sencillamente perfecto. No solo celebro el nacimiento [en enero] de mi segunda hija, sino que, además, muchísimas de las cosas que me impedían seguir más profundo en mi relación con Espíritu Santo, desaparecieron. Estoy rodeada de profetas. Los tengo como amigos íntimos. Y con relación a ello, hoy me di cuenta que siempre he tenido amigos íntimos que son profetas. Este año, Dios ha confirmado muchas cosas en mi corazón por boca de sus profetas. ¡Y me prepararé en torno a ello!

No estoy donde quisiera estar aún, pero vaya si te digo que estoy en el camino correcto. Perseguir a Dios es lo que hago todo el día. Buscar su rostro es mi estilo de vida. Todo en mi vida gira en torno a ello. T O D O.

Cuando haya llegado al cumplimiento de mi destino, y vea muchas más cosas de las que jamás imaginé, y me pregunte: “pero, ¿cómo llegué hasta aquí…?”, leeré estas entradas, y lo recordaré: JUST BEING HERE, AT YOUR FEET. JUST BEING HERE, ON MY KNEES.

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MDUP II: “El anillo de los siete Espíritus de YHWH y del pacto con Menahem”

MEMORIAS DE UNA PRINCESA
[SEGUNDA PARTE]

«El anillo de los siete espíritus de YHWH  y de mi pacto con Menahem»

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En esta nueva etapa, en este nuevo tiempo, finalizando tres años de una dura travesía, llena de incertidumbres y desasosiego, un tiempo de sinuosas cuestiones y dudas sembradas en lo profundo de mi corazón, Menahem me ha recordado un anillo que dormía plácidamente olvidado en un pequeño cofre. Es un gran anillo conformado, a su vez, por siete aros, unidos por una delgada placa en la cual va tallado mi nombre. Al verlo, instantáneamente, recordé la Escritura del profeta Isaías:

«Y reposará sobre él el Espíritu de YHWH; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de YHWH.»

‭‭—Isaías‬ ‭11:2‬ ‭

En ese momento, comprendí que Menahem me guiaba a llevar este anillo en la mano izquierda, ya que en la derecha llevo el anillo de mis pactos con YHWH, cuyo nombre está tatuado en el interior de tal anillo.

Mi nuevo anillo de los siete tratados, representará la plenitud de Menahem, los siete espíritus del Dios viviente, sobre mí: Espíritu de YHWH, espíritu de sabiduría e inteligencia, de consejo y poder, de conocimiento y temor de YHWH. Será la representación física de mi pacto y mi relación con Menahem.

Ahora, solo me falta la estrella, que me identificará como ciudadana del Reino de los Cielos, la cual debe proceder exclusivamente de Yerushalayim.

Lihem Ben Sayel,

The princess of the Lord…🌹

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MDUP II PARTE. Capítulo dos: «La noticia»

«MEMORIAS DE UNA PRINCESA»

[SEGUNDA PARTE]

Capítulo dos:

«La noticia»

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Lihem recorrió los metros que separaban su carruaje de Sod Bayith, la tienda donde se encontraría secretamente con Menahem. Miró hacia atrás, y asintió; la carroza se alejó varios metros más. Su vestido arrastró con él las pequeñas ramas que yacían en el suelo cubierto por aquella noche estrellada. Levantó la mirada, y disfrutó una vez más de esa luna que desprendía una tenue y delicada luz, esa luz que siempre la había acompañado en buenos y malos momentos, desde su niñez, hasta ahora, su madurez como mujer. Se aseguró de llevar consigo la carta dirigida a Tarios, su amigo, quien también estaba bajo la instrucción de Menahem. Se la entregaría a su Consejero, quien, a su vez, la haría llegar al Príncipe de las tierras del Este.

Mientras caminaba, Lihem pudo percibir un aroma particular que conoce tanto como a sí misma: era el perfume de Menahem, una mezcla entre mirra, canela, cálamo, casia y aceite de oliva. Él ya estaba allí, esperándola. Y ella solo tuvo que entrar para comprobar la presencia de su fiel Consejero. Lihem sonreía. Sin embargo, cuando entró, Menahem presentaba un aspecto acongojado, y, además, sostenía en su mano un pergamino que, aparentemente, acababa de releer.

Lihem demudó su rostro.

—Menahem, qué… ¿qué ha pasado?

Ella caminó lentamente hasta aproximarse a Menahem, quien le extendió el pergamino. Lihem lo tomó con temor, mirando con inquietud el rostro triste de Menahem.

—Le han apresado, Lihem.

—No, ¡no! ¡Tarios! ¿Cómo es posible…?

Lihem soltó el pergamino llevándose las manos a la boca, intentando, estérilmente, contener un sollozo. Las lágrimas sencillamente comenzaron a fluir por sus mejillas. Menahem la abrazó, queriendo tranquilizarla.

—Debes desahogar tus emociones, o éstas no te dejaran pensar con claridad.

Lihem se apartó de Menahem.

—¿Por qué estás aquí conmigo? ¿Por qué no estás con él? Si alguien puede sacarle de ahí, ¡ese eres tú!, —replicó ella, angustiada.

—No, Lihem. No me has entendido, Tarios mismo se entregó a Krêttos.

Lihem empezó a negar con la cabeza, completamente incrédula de lo que oía de los labios de Menahem.

—Eso no tiene ningún sentido… ¡Tarios jamás se rendiría! ¡Él sabe mejor que yo que este exilio es temporal, que tarde o temprano podremos volver a Noor y remover a Krêttos del trono que ha usurpado! Además, ¿qué ganaría con…?

De pronto, se hizo el silencio en Sod Bayith. Menahem la miró tiernamente, y suspiró.

—Claro, ganaría el trono…, —concluyó Lihem, mientras se sentaba en un sillón cercano.

—No pudo aguantar la presión de mantenerse en estas condiciones, —le explicó el Consejero—, y, además, le ofrecieron que, si se dejaba apresar voluntariamente, mostrando así que renunciaba a sus votos a YHWH, no solo podría gobernar junto con Krêttos, si no que lo heredaría cuando éste falleciese.

Lihem, anonadada, no podía comprender por qué Tarios, un noble discípulo de Menahem, al igual que muchos otros antecesores, había decidido dejar de luchar. Pero, perdida en esos pensamientos, Menahem la interrumpió.

—Lihem, eso no es todo. Nada de esto podrá ser factible, a no ser que él…

—Que él desvele mi ubicación.

Menahem asintió.

Luego de un breve silencio por parte de ambos, Lihem se incorporó.

—Pues bien, supongo que esto ya no servirá de nada, —concluyó Lihem, mientras rompía la carta que había escrito a Tarios.

—Sígueme, —le apuró Menahem—, tenemos un carruaje esperándonos en la parte de atrás. No hay tiempo  que perder. Es posible que Krêttos ya se esté dirigiendo hacia aquí con su comitiva para apresarte.

Lihem asintió, y siguió a Menahem. Y a su paso, su vestido dispersó los restos de aquella carta, que ahora no llegaría a ninguna parte.

[MDUP2]

PROSA

PEREGRINOS

 

horizon-grass-deer-scotland-natureBuscamos siempre nuestro sitio, en lugares que jamás nos han pertenecido. Oteamos el horizonte, con la esperanza de hallar la silueta de alguna nueva tierra que nos aloje; un nuevo hogar. Pero nuestro hogar no está delante de nosotros; ni tampoco es el que dejamos atrás, —hace tanto tiempo. Si tan solo mirásemos hacia arriba… Si tan solo comprendiésemos que, nosotros, tampoco pertenecemos a este mundo.

—Lihem Ben Sayel.

CONFESIONES :o

Lo hermoso —y arriesgado— de la vulnerabilidad.

Recojo gotas de tiempo que se deslizan por el cristal de mi ventana, cual lluvia en invierno, bajo los ojos de la noche cerrada. Ahí, apoyada en la mesa, con actitud de desgano, cosecho un poco de los recuerdos que sembré antes de que las primeras notas de melancolía   comenzaran a aparecer; antes del desvanecimiento de mi sonrisa desenfadada y presuntuosa. Los cuadernos frente a mí, me invitan —encarecidamente— a plasmar sentimientos más allá de letras y verbos correctamente conjugados. Pero yo declino tal invitación. Mi sombra se proyecta con enormidad en la pared del fondo, a causa de la lámpara de tenue luz que alumbra, a mis espaldas, una habitación vacía y fría, que solía ocupar la sensatez en mis mejores años. Ahora, solo hay sitio para el arrepentimiento: tanto que quise hacer, tanto que pude haber callado. ¿Quién nos acompaña en este viaje de altos y bajos, que es la vida? ¿Quién nos susurra al oído “todo estará bien” aún en la peor de las tormentas? ¿Quién nos seduce bajo las sábanas de la alegría, y nos sacude de los hombros la rigidez emocional, tan propia de aquellos que alguna vez fuimos heridos a profundidad? Somos más fuertes, porque tenemos cicatrices; y no morimos. Talvez, simplemente sea eso. Intuyo, pues, que quedarán muchas preguntas sin responder.

He tenido grandes decepciones en relaciones que consideraba importantes en mi vida. Me hice más fuerte a expensas de ese enorme dolor. Pero no por ello renuncio a lo hermoso y  a lo valiente de la vulnerabilidad. Es un riesgo, sí. Un riesgo de esos que no me gusta tomar. Pero lo necesito; o de lo contrario, me convertiré en aquellos que me dañaron. Y me lo he prometido a mí misma: no seré como ellos.

Por eso te pido, si te consideras mi amigo, o mi amiga, no me dejes caer. Créeme que me cuesta dar el primer paso, pero no por arrogancia, sino por miedo. Un miedo constante que me persigue; una pesadilla en la que me imagino a mí misma sonriendo y queriendo abrazar a la gente que me rodea, pero en la que ellos me miran de soslayo y me ignoran, dándome la espalda. Son consecuencias de heridas pasadas, que en lo profundo de mi corazón, aún necesitan ser rociadas con bálsamo. Y talvez mi amistad contigo sea ese bálsamo.

Sé que estamos en unos tiempos en los que casi todo se ha vuelto demasiado superficial. Sé que nuestras vidas están demasiado saturadas como para añadirle componentes emotivos y casi dramáticos, pero, supongo, que esto iba de hacer raíces; no de mudarnos a conveniencia. Eso nos lo enseña la amistad. Eso, nos lo enseña el Amor.

Y, fíjate, no me importaría si piensas que esto es una súplica, aunque créeme si te digo que no es mi estilo. Simplemente es una invitación a que seamos reales, auténticos. A que nos importemos de verdad, y no solo en la imaginación.

Rayos, qué rabia me da. Estas son cosas que uno escribe pensando que hace lo correcto. En mi caso, estoy influenciada por el libro de Kim, en el que habla de ser vulnerables y no renunciar a ello pese a las consecuencias. ¡Esa es mi mayor prueba en las relaciones! Por eso, intentaré hacer este ejercicio. El perfecto amor, echa fuera el temor. Es la única manera. (¡Pero cuánto me cuesta!)

—L.B.S…

 

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA, VIVENCIAS

“Nuestro nombre en la pared” [Parte I]

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Ecuador, año 2002.

Recuerdo que era de mañana, y que yo llevaba puesto el uniforme de mi instituto: nos habían dado horas libres, así que aproveché y visité a un matrimonio de amigos de la iglesia a la que yo asistía. Yo, una adolescente con 17 años, ya tenía 5 caminando en la fe, desde mi encuentro personal y real con Jesús, cuando solo contaba con 12.

Nadie que me conozca ahora, comprenderá la magnitud de mi sufrimiento al haber emprendido mi salvaje y profunda aventura con Jesús. Yo era católica de nacimiento, y mi anhelo era servir a Dios como monja. Sí, eso lo había decidido antes de los doce años. No hay ninguna duda que mi corazón infante estaba desesperado desde ya por Dios, y quería servirle; entregar mi vida por completo a Él, y no dedicarme a otra cosa que estar enteramente dispuesta a su voluntad. Sin embargo, y, aunque no hable mucho de esto actualmente, los años más tormentosos de mi vida comenzaron justo allí, cuando rendí mi vida a Jesús. Estaba claro que tenía un enemigo —caído, pero poderoso— que perturbaría cada paso que yo intentara dar en pos de mi amado Jesús. Lo que pasaba era que yo ignoraba el alcance de su poder.

Creía que, por amar a Dios y servirle como le servía, ciertas cosas no podrían pasarme. Pero me pasaban. Aún hoy, no soy enteramente capaz de descifrar cómo una niña de 12 años pudo hacer frente a ese tipo de tormentos y situaciones más que complicadas, y aún así no terminar como un barco a la deriva. Aún así, no desistir de esa fe tan grande a la que se había aferrado, pero que parecía insuficiente a la hora de protegerla del peligro, de los daños y, sobre todo, de la ruptura constante de su corazón sensible.

Mi refugio eran las noches, la música, la luna, y, por supuesto, Él. Talvez en el fondo, simplemente intuía que alguien procuraba separarnos. Alguien quería hollar aquella pequeña semilla de amor sembrada en mí. Destruirla por completo, hasta que no quedase nada, ni siquiera un buen recuerdo, de lo que había sido mi encuentro con Jesús. Pero lo que sin duda mi enemigo ignoraba, era que, mientras más golpeaba mi corazón, mientras más me hería en lo profundo de mi identidad y mi confianza, por otro lado, estaba Él, que con el cálido ungüento de su presencia me consolaba, aún cuando yo no comprendía nada.

Así fueron pasando los años. Trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete… y volvemos a aquella mañana, donde me situaba en casa de un matrimonio de amigos de la iglesia a la que asistía. Aquel día, casi por casualidad, encontré un libro en una mesilla. Le pregunté a mi amigo que cuál libro era ese. “Buenos días, Espíritu Santo”, me respondió él.

Lo empecé a leer mientras estuve con ellos un par de horas. Había llegado el momento de marcharme y, sencillamente, no podía desprenderme de aquellas cosas tan maravillosas y misteriosas que contaba Benny Hinn con respecto a ese “Dios” desconocido para mí, el Espíritu Santo. Hasta ese momento, creo que lo único que sabía/entendía del Espíritu Santo, era que por medio de Él había sido engendrado Jesús en el vientre de María. Nada más. Ni relación, ni intención de relacionarme.

Al terminar de leer aquel sorprendente libro, se abrió un nuevo panorama para mí con respecto a la persona del Espíritu Santo: no solo era una persona activa en la Trinidad, sino que, además Él quería relacionarse conmigo; quería ser “mi amigo”. Reconozco que a partir de ese momento, intenté con todas mis fuerzas hacerle lo más real posible en mi vida. Por ejemplo, le llamaba “Partner” (compañero, en inglés). Y además, teníamos nuestro rinconcito en la iglesia, en unas escaleras. Ahí iba yo y quedaba con Él como quien queda con su mejor amigo. Le “miraba”, le contaba lo generalmente malo que había sido mi día, o le relataba los sueños que quería cumplir más adelante, de su mano. Ahí, en ese rincón, en cierta ocasión rayé nuestro nombre en la pared con unas llaves. Era imperceptible para cualquier otra persona, ya que no se notaban demasiado las delgadísimas líneas que intentaban imitar letras. Pero ahí, en esa pared, decía: “E.S. y yo“. Era uno de nuestros pequeños secretos, como los que guardan para siempre los enamorados.

Incluso, antes de salir de mi país [algo que ocurrió pocos meses después de la lectura de ese libro], tomé una fotografía de esa pared. Una vez más, si viesen la foto, nadie podría notar nada. No obstante, allí estaba tatuado el inicio de un romance que tendría sus altos y sus bajos, pero que nunca dejaría de estar presente en cada instante de mi vida, aún cuando llegaría el momento en el que le daría la espalda en pos de otras cosas que ocupaban mi atención.

Continuará…