PROSA

Hojas caídas y mariposas doradas

El pasado es un brillo antiguo, lejano. Un trago amargo que, a veces, bebemos simplemente para recordar que estuvimos vivos. Las ilusiones son trampas que se deslizan lentamente por el laberinto de nuestras emociones. Siempre traicioneras. Siempre inconsistentes. Luchamos día tras día para convertirnos en alguien que jamás seremos. Pero nos acaricia el miedo, y emprendemos la huida. Nunca antes nos pasó de esta forma; esto, —de estar muertos—, no era más que un juego. Jugábamos a morir, mientras vivíamos a solas, escondidos en un rellano, esperando que nadie nos encontrase. [Esperando a gritos que alguien nos encontrase, y nos explicara todo aquello que jamás comprendimos.] Y ahora, mientras los minutos se convierten en cadáveres del tiempo, nos angustiamos imaginando que siempre será así. Entonces es cuando tú y yo nos tomamos de la mano, y nos miramos, y nos juramos amor eterno. Porque al fin y al cabo, no tenemos a nadie más. No hay quien escuche, no hay quien respire. Lo que se ha derrumbado, no podrá jamás volver a ser reedificado. Pero tú y yo seguiremos construyendo nuestro espacio, nuestras lluvias y poemas, nuestras hojas caídas y nuestras mariposas doradas. Nuestro barro se unió ya hace algunos años, y el agua de las tempestades nos ha ido dando forma. Yo llevo tu marca; tú llevas la mía. Hasta que la muerte nos separe. Hasta que los cielos desaparezcan.

—Lihem ben Sayel.

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CONFESIONES :o

CON LA ESPADA EN LA MANO.

A veces me he preguntado por qué tengo cierta tendencia a escribir o relatar historias con un tinte de dolor y crueldad, muchas veces. Por qué no puedo escribir cosas meramente “felices” o perfectas,  en las que no haya un atisbo de error. Y la verdad es que la respuesta es sencilla: mi vida no ha sido perfecta. No es perfecta. Y la vida siempre nos deja algún tinte de crueldad. Nada más pienso en Jesús: el amor y la bondad personificados; sin embargo, no solo murió de forma cruel, sino que además, en su vida, fue incomprendido por muchos. En momentos decisivos, fue abandonado por sus amigos íntimos. Fue traicionado y malinterpretado. Por eso me encanta la Biblia: porque no intenta hacerme ver que la vida con Dios va a ser perfecta, y edulcorada. No me engaña, prometiéndome que en esta tierra no sufriré, siempre y cuando esté con Él. ¡No! Por el contrario, me lo advierte: «en el mundo tendréis aflicción…». Sin embargo, también me trae esperanza: «pero confiad, yo he vencido al mundo.» Y es ese tipo de frases que Jesús decía —con una sonrisa triunfadora, me gusta imaginar…— las que me dan fuerza, mucha fuerza. Jesús es una persona a la que realmente quiero conocer. Quiero, no solo convertirlo en mi mejor amigo, mi todo, sino que también deseo desesperadamente que Él pueda considerarme su amiga. No califico para cosas extraordinarias. Soy increíblemente común. E incluso mediocre en muchas cosas. Pero Jesús me insufla esa esperanza de hacerme creer que, aunque creó el universo entero, él quiere y desea estar en  el secreto conmigo. Él, que tiene la tierra por estrado de sus pies, me lanza constantes mensajes para que no me distraiga con todo aquello a lo que mi corazón se aferra fácilmente —porque ha creído que ahí estaba su identidad—, sino que me atrae con cuerdas de amor. Me atrae hacia Él. Su persona. Su corazón. ¿Cómo no buscarle? ¿Cómo no desesperarme por Él? ¿Cómo no llorar cuando pienso en lo mucho que me falta para estar tan cerca de Él como realmente anhelo? ¿Cómo dejar morir esta pasión, que se ha convertido en el motor de mi vida? Porque he perdido muchísimas cosas. Pero eso NADIE me lo puede arrebatar. Él, bien se lo hizo saber a Marta, cuando recriminaba ante Él a su hermana María el hecho de que no ayudaba con los “quehaceres” de casa, sino que permanecía embelesada a los pies de Jesús. Él dijo: «Marta, María ha escogido la MEJOR parte, la cual  no le será quitada jamás.» Dice «escogido”. Y ese verbo es crucial. Escoger. Porque día a día, minuto a minuto y hora tras hora se nos presentan mil oportunidades para escoger. ¿Escogemos ver la tele, o estar un rato con Él en su presencia? ¿Escogemos criticar, o escogemos guardar silencio? ¿Escogemos odiar y rechazar a alguien, o escogemos amar…? Sí. Esto se trata de las elecciones que hacemos  a cada instante. Y eso nos convierte en lo que somos y  en lo que obtendremos. Porque cada elección es, a su vez, una semilla que se siembra en el tiempo, y que dará un fruto en la eternidad. No siempre escojo bien, lo sé. A veces me domina más el impulso de mi temperamento, pero tampoco me asusta reconocerlo. Porque no soy perfecta, y Él lo sabe. Y aún sabiéndolo, me ama. Y aún sabiéndolo, me quiere más y más cerca de Él de lo que puedo estar hoy. Aún sabiéndolo, me mira, y sonríe con agrado. No porque le agrade en todo, sino simplemente porque soy suya. Conozco la crueldad, talvez más de lo que me gustaría admitir, pero seguramente también menos de lo que la conocen otros. Mi forma de ver la vida —mi vida— no puede ser edulcorada. No puede serlo. Porque sencillamente mi vida no es siempre dulce. Y a veces simplemente me siento un completo fracaso. [Tranquilos, mi mente puede lidiar con la realidad de mi vida sin venirme abajo.] Pero ahí está Él, ayudándome a reconocer mis errores y fracasos, y diciéndome que, a pesar de ellos, Él cada día me da una nueva oportunidad para reescribir mi destino; y más que mi destino, mi presente. Mi historia actual. Yo tengo heridas. Tengo llagas. Tengo marcas. Cicatrices. Pero estoy de pie, con la espada en la mano, lista para blandirla con fuerza en la próxima  batalla que esté por venir. Y no tengo miedo. Porque miro a mi lado, y ahí está Él, para pelearla conmigo.

—Lihem Ben Sayel…🌹🌙

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CONFESIONES :o, MATERNIDAD, PROSA

Cosas que se guardan en el corazón.

Antes, creía que las palabras podían explicarlo todo, sin importar la intensidad de la experiencia. Ahora, entiendo que existirán momentos tan profundos en nuestra historia, que las palabras no podrán abarcar la plenitud de ellos. Comprendo, hoy más que nunca, cuando la Escritura reseña que María, la madre de Jesús, “guardaba todas estas cosas en su corazón.”

—Lihem Ben Sayel.

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MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

PRECIPICIO

PrecipicioA veces, el suelo bajo nosotros se desmorona, y nos sentimos como al borde de un gran precipicio. Incluso, notamos bajo nuestros pies el vacío abrumador. No. No es una situación que Dios envía para destruirnos; o para disfrutar viéndonos caer, sin remedio, hacia una muerte segura. Es, sin lugar a dudas, la oportunidad perfecta para extender las alas, y volar hacia nuestro propio destino. Más allá de los límites; por encima de nuestros temores. Doy gracias por este tiempo. Me ha enseñado a volar…

—Lihem Ben Sayel.

 

REFLEXIONES

DECIDÍ PERDONAR.

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Decidí perdonar; no porque así remita el dolor. No porque de esa forma espere que las personas [o las circunstancias] cambien, o mejoren. Ni siquiera porque sea fácil. Decidí perdonar, porque no quiero convertirme en aquello que tanto daño me ha hecho. No quiero que el veneno de la maldad consuma mis ganas de vivir, mi sonrisa, mis ilusiones. Decidí perdonar, porque no quise permanecer más tiempo en el hoyo del rencor donde pretendieron enterrarme. Elegí florecer.

—Lihem Ben Sayel.

PROSA

No te marches, amor mío

No había voces, pero tampoco silencios. Había únicamente una preciosa e inquietante calma antes de la tempestad. Esa calma tan difícil de describir, casi como los sueños, que cuando recobras plena consciencia, ya no recuerdas muy bien los detalles, y solo te quedas con sensaciones. No había lágrimas, ni mucho menos sonrisas. Los rostros eran lacónicos e inmutables, como una roca de peñasco, como un susurro anodino, como una copa de vino vacía, como una huella de zapato en medio de la nada. Más allá de todo, las manos se entrecruzaron, y se intercambiaron miradas. Las palabras siguieron siendo mudas. Las muecas, inexistentes, como el viento que se atrapa en un frasco, del cual no hay prueba alguna de su presencia. Ninguna imagen. Nada a lo que aferrarse, más allá del latido de sus corazones. Así, se fraguó una despedida eterna, que se fue desvaneciendo. Y mientras más se alejaban sus rostros, más pequeñas se volvían sus figuras, hasta el punto de no poder distinguirse. Se bifurcaron sus caminos, como tantos muchos otros. Y al final, un balbuceo inenarrable salió de una boca suplicante [algo así como un “no te marches, amor mío“]. Pero ya era demasiado tarde. El tren, ya se había ido.

—Lihem Ben Sayel.

MUY PERSONAL

LO NUESTRO

Nuestro amor trasciende las apariencias. Va más allá de ese enfermizo postureo que, en la sociedad actual, parece tener más peso y relevancia que la verdad. Nuestro amor no está frente a las cámaras. Ni se basa en los selfies, ni en las fotografías de los lugares que recorremos juntos. Para qué engañarnos. Lo nuestro es verdadero. Y cuando algo tiene como fundamento la verdad, no hay por qué demostrarlo constantemente. Más bien, lo que se intenta demostrar con periodicidad son las mentiras, lo falso, en un pobre intento de realzar el sabor de algo insípido. Lo real sencillamente fluye. Se siente. Se vive. Se experimenta. Y, finalmente, se atesora. Se convierte en ese recuerdo que nos arranca una sonrisa mientras vamos conduciendo, o justo antes de cerrar los ojos al dormir. Porque es real. Y nada más. Documentar lo real es absurdo. Exponerlo —a expensas del escrutinio de los demás, a quienes les importa poco o nada nuestra vida— es un craso error. Es como seguir una moda. Y nosotros odiamos las modas. Por eso, tú y yo, con la sabiduría y la experiencia que nos va dando cada año vivido el uno junto al otro, vivimos lo nuestro para nosotros. Lo disfrutamos o lo sufrimos juntos; los dos. Porque hay cosas que no requieren más testigos que los mismos involucrados. Y este es nuestro caso. Por eso, lo nuestro es verdadero, real, puro, honesto, certero. Fiel.

—Lihem Ben Sayel.

*A Habibi, en nuestros 8 años y una semana de matrimonio. Ana bahebak kateer.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

¿Por qué se acaban las cosas hermosas?

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Mi corazón se hace preguntas, en medio de las marcas que la luna le deja a la noche estrellada. Porque, cuando decimos que superamos algo, ¿a qué nos referimos, exactamente? ¿A que ese “algo” deja de dolernos, o deja de importarnos? No lo sé con exactitud. Qué bueno sería que algún sabio me concediera alguna respuesta, porque, a veces, mi corazón se confunde entre lo que debo soltar y lo que aún debo perseguir. Y a veces suelto. Otras persigo. Sin embargo, la pregunta que más cala en mi interior es: ¿por qué se acaban las cosas hermosas? ¿Quién las deja morir? ¿O es que acaso mueren ellas solas, porque, así como los árboles mudan sus hojas —dependiendo de la estación del año en la que estén—, las cosas en la vida también cambian de cuando en cuando? Y eso quizás se deba a que nos sea un recordatorio de lo pasajero que es todo aquí abajo, bajo el sol. Solo me queda aferrarme a una eternidad, en la que creo, y en la que se me promete que toda lágrima será enjugada, y que ya no habrá más sombras que oculten estos misterios ante mis ojos y ante las soledades de mi corazón. Allí, todo será paz. Todo será luz.

—Lihem Ben Sayel…

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

ESTRIDENCIAS

pexels-photo-66100Nunca me han gustado los gritos [ese exceso de energía que se desborda en palabras y en aspavientos]. Pero aún existe algo que puede superar mi incomodidad hacia los gritos: el silencio. El silencio; no en su versión de calma y sosiego, sino más bien en su forma de temor, de comodidad, de indiferencia, o incluso de egoísta desprecio. Ese silencio cruel y altivo que se posiciona a favor de sus propios intereses cáusticos, dejando de lado el sentido de la vida, de la justicia, de la ética o la moral. No exagero si admito que me produce cierta angustia y asfixia, porque va contra mis más neurálgicos principios. Y, ¿qué hacer, entonces, cuando te ves engullida por las enormes fauces de una bestia insaciable de mentiras, engaños y tergiversaciones? Demasiados enredos para alguien que está en búsqueda de la Verdad. Débil. ¡Débiles! Vuestra fuerza radica en vuestro propio temor, y eso os da energía suficiente para huir tan lejos como os sea posible. No cuenten conmigo: no transitaré esa sinuosa senda. Prefiero las sendas antiguas. Las sendas de rectitud. Me incomodan los gritos, pero hay estridencias aún más molestas e intolerables: cobardía y egoísmo. Mala combinación.

—Lihem Ben Sayel.
PROSA

El bosque encantado

Vives rozando el miedo, como si en el fondo te atrajera su angustia. Te alimentas de metáforas y fantasías, que se deslizan en un vacío etéreo. Invocas —a ciegas— recuerdos, que te prometiste una y otra vez que no volverías a tocar. Pero ahí estás, otra vez, sentada a la orilla de tus llantos, inclinada hacia las imágenes de tus antiguas memorias, dispuesta a cerrar los ojos por última vez. No te preocupa que la noche haya caído, porque con pocas cosas como la noche te has sentido tan cómoda y desahogada. Sin embargo, al día siguiente, te espera el sol para que le rindas cuentas. [Los días y las noches son ineludibles, al fin.] Te acompaña una gota de rocío que cayó sobre tu mejilla, en medio de una caminata sobre las nubes. Pero has soltado muchas cosas más. No llevas ningún equipaje, puesto que aún no sabes a dónde irás. Tu corazón brilla con luz propia, más allá de los sonrojos de tu rostro cuando piensas en las faltas cometidas. Tú también has sufrido improperios, pero de una forma u otra, aprendiste que es mejor desligarse de las cadenas de la amargura, antes de que seas consumida por sus olas de sangre. Vives rozando la culpa, como si en el fondo no quisieras librarte de ella, pero ha salido a tu encuentro el Libertador de tu alma, de ropas blancas y ojos de fuego. Sus heridas muestran lo que ha sido capaz de hacer por ti, solo por amor, y eso te quiebra por dentro. Porque eso es todo lo que necesitas para seguir respirando en el bosque encantado, donde desconoces los giros inesperados que traerá consigo el alba. Eso es todo lo que necesitas. Y será, finalmente,  todo lo que poseas.

Lihem Ben Sayel

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