CONFESIONES :o, PERSONAL, VIVENCIAS

Cosas personales, Julio 2018 (I)

Son buenos tiempos. No digo que no existan batallas, y tampoco que esté viendo todo lo que anhelo ver realizado en mi vida. Pero, desde luego, son buenos tiempos. Una de las cosas bonitas que me están pasando, es llevar un embarazo tan bueno como el anterior: no siento ningún tipo de estragos, y, aunque talvez esté más sensible, la felicidad me ha invadido por completo.

Es gracioso, porque como mujer, ves cómo tu vida se va redefiniendo en otros matices que no habías experimentado antes. Mi tiempo libre prácticamente lo uso para limpiar y mantener mi hogar como un refugio apetecible. La segunda parte de mi tiempo libre, lo uso para mis lecturas. Esto normalmente lo hago al final de la noche, cuando, curiosamente, estoy tan agotada que solo quiero irme a la cama. ¡Pero me aguanto! Una no puede tirar la toalla así como así… La búsqueda de intimidad con Dios lo inunda todo, a tiempo y fuera de tiempo.

Ser mamá, al menos en mi caso, ha sido un antes y un después en todos y cada uno de los aspectos de mi vida. En el aspecto práctico, las cosas han cambiado muchísimo. Por ejemplo, mi tiempo de descanso. ¡Ja! ¿Qué digo? Si tal cosa no existe. Pero no me quejo. Soy de esas personas que duermen tres horas acostadas en el suelo y se levantan como reyes. Así que eso no lo sufro mucho, de verdad. En el aspecto social, quieras o no, te auto desplazas, porque cuando me invitan a cualquier evento social, la única cosa que pienso es que tendré que estar persiguiendo a mi hijo de 16 meses —que corre de un lado a otro— para que no rompa nada. Así que, lo siento, las ganas se me quitan. Solo voy a casas de amigos donde me siento muy en confianza y donde no habrá mucha gente. O sea, reuniones privadas. Por otra parte, mis amigas que antes me invitaban a sus fiestas de cumpleaños, ya no me invitan. Las entiendo: un bebé corriendo por allí les rompe la magia del momento [risas]. Y ahora me viene otro. Así, que está bien. El cambio y el riesgo está asumido. Y yo, honestamente, no cambiará por nada —nada, de nada, de nada, de nada— esta felicidad enorme que me da mi maravillosa familia. ¡Estoy enamoradísima de mi marido y mis hijos!

Por otro lado, en el ámbito espiritual, el crecimiento, el hambre y la sed, han sido abrumadores. Una profeta con la que he estado hablando últimamente, me dijo que, así como mi primer embarazo trajo un cambio fuerte en mi vida, el segundo también marcará otra época. La verdad es que tengo ganas de vislumbrar lo que Dios traerá. Quizás sea el tiempo de una activación. Dios lo sabe. Solo busco algo, una cosa. Y anhelo ansiosamente recibir sus promesas en mí.

He retomado la relación con personas maravillosas, con las que no hablaba hace mucho tiempo por equis motivos. Pero Dios está restaurando muchas cosas. Y, entre ellas, me está enlazando con personas que están fluyendo en mi sentir por Él, por buscarle desesperadamente, por ver su reino aquí en la tierra como en el cielo. Y eso es perfecto: crear un ambiente con personas que talvez no están directamente en tu círculo, pero que están sintiendo lo mismo que tú, y que en otros casos están viviendo lo que a ti te gustaría vivir en tu caminar con Dios.

Me gustaría tanto volver a tener tiempo suficiente para escribir… Pero una debe entender los tiempos, las temporadas y las estaciones de la vida. En este momento, para mí, lo fundamental —aparte de mi familia— es empaparme de Dios, en su presencia, y buscarle con ahínco. Las demás cosas que salgan de estos dos parámetros, son variables.

Pero sigo conservando la esperanza de que, dentro de un par de años, es posible que pueda recuperar algo de tiempo libre para dedicarme más a la escritura, que es algo que amo, pero que para hacer mínimamente bien, uno debe invertir tiempo. Y ahora mismo, para mí, el tiempo ya no es oro… ¡son diamantes enormes y purísimos!

Siempre vuestra, aunque ahora muy compartida jeje…

Lihem Ben Sayel

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POESÍA

MUJER AL OTRO LADO DEL MUNDO

Mujer al otro lado del mundo,

tus penas y mis penas

no son las mismas, no.

Por más que intento imaginar

a la orilla del sueño profundo

cómo será tu vida, cómo te las arreglarás,

yo no lo consigo, no.

Tú te despiertas en la incertidumbre

del hambre, del frío y las bombas,

de tus hijos gritando “mamá, mamá”.

No hay hombres en casa: todos muertos.

Ellos se rehusaron a capitular.

Pero tú, arrastrada en tu única dignidad,

humillada y mullida como el corazón de una flor rota

hallaste la fuerza en el palpitar de sus ojos,

porque los niños te miran, no quieren morir.

Recorres aldeas y pueblos fantasma

donde solo reina una estela de destrucción.

Nadie te da nada si no les brindas algo a cambio.

E incluso hasta a “eso” te ha llevado tu desesperación.

Atrás quedaron los años cuando al pasar te llamaban “dama”.

Poco queda de esa mujer; el resto, sencillamente murió.

No logro imaginarte al otro lado del mundo

suplicando al cielo un poco de consolación.

Lejana mujer, amiga y hermana,

tus penas y las mías

no son las mismas.

No.

 

—Lihem Ben Sayel.

PROSA

DONDE EL SOL NUNCA ES SOMBRA

 

Atrapados, cuántas veces. Atrapados, soñando con amaneceres imposibles en otros lugares del mundo, donde el sol nunca es sombra, y la vida se desborda en un torrente de versos cantados. Atrapados, en una voluntad férrea, —o sigilosa—, que nos engaña y no desvela sus trucos cuando quiere hacernos creer que las rosas son imitaciones de lo eterno —pero a la vez, frágil— que llega a ser un sentimiento. Nunca nos importaron las cantidades de arena que nuestros pies recogían en el largo recorrido, porque solo pensábamos en nuestro destino, y eso mitigaba tanto el cansancio, como el dolor. Pero un día, nos devolvieron a la realidad de las quejas, de las expectativas que no se cumplen, por más que intentemos retenerlas con bravas cuerdas de esperanza. Hay un retumbar seco en las palabras que hacen daño. Y no sé por qué, pero jamás llegamos a olvidarlas del todo. Atrapados, entre las líneas de un guión agonizante y tempestuoso, escritas en un lenguaje hace tiempo ya extinto. Atrapados, y lejanos a esos amaneceres imposibles, donde el sol nunca es sombra, donde su luz nunca muere.
—Lihem Ben Sayel.
CONFESIONES :o

La quietud de la madrugada

En la quietud de una madrugada que absorbe el silencio, paso revista a mi máquina del tiempo, y me transporto más allá de los recuerdos. Los años han ido volando, o nadando, no sé. Siempre encuentras algo de resistencia. Pero yo atesoro en mi particular baúl algunos cientos de estrellas que algún día brillaron tan solo para mí. Es difícil compararme con aquella chica, la de antes. Demasiadas cosas han cambiado. Algunas otras, sencillamente dejaron de ser. La fantasía fue aplazada, y ahora prefiero aferrarme más a la verdad. No existe nada relativo en ella. Eso me gusta. Cuando te enfrentas a la eternidad, anhelas desesperadamente llevar contigo a todos los que más puedas. Ese, digamos, es mi punto principal. Es por eso, talvez, que ya no hago las cosas de antes. Ni mis pensamientos se entretienen tanto como antes en las principescas historias que fueron mi alimento en algún momento de mi vida. No me gusta la seriedad de los adultos. En ese caso, preferiré siempre ser más como una adolescente. No conozco el estrés. Creo que nunca lo he conocido. Eso me da categóricos puntos a favor en la sanidad de mi corazón rejuvenecido. Soy madre, y en unos cuantos meses volveré a serlo otra vez. Tengo demasiado que agradecerle a Él, el Amor de mi existencia.  Mi todo. Mi razón de ser. Creo que soy un poco más valiente que antes. Y creo que sonrío más y lloro mucho, mucho menos. Tengo una pila de deliciosos libros que me espera, y eso me entusiasma que no imaginan cuánto. Ya me he leído varios en lo que va de año: todo un reto para las circunstancias que me rodean ahora. La madrugada siempre ha sido mi lugar favorito para soñar. Y lo sigue siendo… Y mi bella amiga, la luna, sigue cautivándome como nadie más en esta fabulosa creación divina. Qué bueno es saber que, por lo menos, algunas cosas  no cambian, —aún.

Un abrazo especial a mis chicas, Cate Blanchett, Jessica Chastain y la magnífica Octavia Spencer. Cuánto las amo. Un café prontito, por favor… 😉♥️

—Lihem ben Sayel.

«HISTORIAS BAJO UN CLARO DE LUNA»

CAPÍTULO 6 ·HBUCDL· UN LUGAR SEGURO

• Me gusta ambientar las entradas con música.

Para disfrutarlo mejor, reproduce la canción. •

···HISTORIAS BAJO UN CLARO DE LUNA···
 6
··· UN LUGAR SEGURO ···

 



THERON
Ella es prácticamente una niña, un suspiro en la madrugada que baña de rocío las rosas de un jardín de ensueño. Puedo proteger a una niña. Pero no puedo proteger sus sueños. Si ha de convertirse en reina, primero tendrá que desnudarse de sus temores. Tendrá que dejar de escudarse en sus carencias. Es prácticamente una niña, de mirada noble y justa. Pero la ambición no respeta nada. Y la matarán si no estoy atento. Podría dar mi vida por ella. Es mi deber. Pero jamás seremos amigos. Algo en su nerviosismo me hizo saber que se dejó impresionar por mí. No. Jamás seremos amigos.

—¡Theron! ¡Theron!

Una pequeña niña salió a recibir al joven guerrero mientras él  bajaba ágilmente de su caballo. Ambos se fundieron en un abrazo cálido y fuerte.

—¡Dana, mi Dana! ¡Cuánto te he echado de menos pequeña!

Theron pasó rápidamente del abrazo tierno a las cosquillas, haciendo reír a carcajadas a su pequeña hermana. A lo lejos, su madre, se asomaba por la puerta, apoyada en el marco, sonriente. La felicidad iluminaba su rostro. Su hijo había vuelto sano y salvo. Sus oraciones habían sido contestadas. Se secó rápidamente las manos con el delantal y llamó a sus dos hijos para que entraran, con el típico tono que usan las madres para imponer su autoridad moral.

Dana corrió hacia dentro de casa, pero Theron se detuvo, y miró hacia su derecha: le había parecido ver una sombra escabullirse por los matorrales. No, seguro me equivoco, pensó. Y finalmente entró en casa, aunque un poco tenso.

—Bueno, cuéntame, cómo van las cosas por palacio.

—Madre, ya sabes que no puedo hablar acerca de eso. El pato está delicioso.

Su madre, Ela, sonrió un poco avergonzada. Claro, claro, dijo un poco nerviosa.

—Hijo, yo solo quiero saber un poco más de tu vida. Tu padre hacía lo mismo que tú, y su padre antes que él. Sé que es el destino de los Evoryan-Grienne, luchar por honor y proteger el reino a toda costa. Pero a él lo perdí demasiado pronto, y ni siquiera sé dónde está su cuerpo. 

Ela tomó de la mano a su hijo, y le miró fijamente, con los ojos llenos de lágrimas contenidas, aunque Theron mantenía su mirada fija en el plato que tenía ante él.

—¿Es mucho pedir que me digas cómo te van las cosas? ¿Saber a dónde irás? Por lo menos así podría…

—Shhh, espera madre…

Theron se soltó rápidamente de la mano de su madre, e instintivamente puso su mano en la empuñadura de su espada. Mami, tengo miedo, replicó la pequeña Dana, casi susurrando. Su madre la tomó en su regazo y apretó la cabeza de la niña contra su pecho, mientras Theron se levantaba sigilosamente en dirección hacia la ventana del comedor. Movió su mano de arriba a abajo en señal de que se agacharan. Ellas se escondieron bajo la mesa. Theron vio a un hombre de espaldas en el horizonte, y junto a él, a una mujer cubierta con un velo escarlata.

Pero, ¿qué hacen aquí…?  Theron corrió velozmente hacia ellos montado en su caballo.

—Ramelek, señora… ¿qué ocurre?

—Date prisa, Ëvor, no hay tiempo que perder. Algo ha salido mal. Daferno ha convocado a todas las tropas de Gamesh y ha puesto precio a la cabeza de Sahar.

—Eso no puede ser posible, ¡las tropas solo pueden rendir su lealtad a los auténticos reyes de Gamesh!

—Lo sé, pero Daferno ha conseguido convencer a los generales de lo absurdo que es que una mujer gobierne sobre Gamesh, y además, ha puesto en entredicho que el rey me haya confiado su voluntad antes de morir.

Theron, visiblemente furioso y confuso, se apoyó en árbol que tenía más cerca, y resopló. —¿Qué haremos, pues?, preguntó a Ramelek.

—Debes llevar a Sahar a un lugar seguro. No podremos contra ellos. Ahora mismo, solo podemos pensar en proteger la vida de Sahar, la auténtica reina de Gamesh.

Theron, observó de soslayo a Sahar. —¿Tan fácil será nuestra rendición, señor? Los Evoryan-Grienne, mis hermanos de lucha, están esparcidos por los horizontes, pero si les convoco, acudirán a nuestra ayuda, y podríamos vencerlos.

—¿Y provocar con ello otra guerra, hijo? Le dijo Ramelek, posando su mano sobre su hombro. —Ya ha habido demasiadas pérdidas en estos últimos años Ëvor, uno de ellos, tu valiente padre, quien luchó fervientemente junto a nuestro amado rey Emérides, que ya duerme en paz junto a sus antepasados.

Sahar agachó la mirada. Se sentía avergonzada de saber que el padre de Theron habría muerto defendiendo a su propio padre, aunque comprendía que era el deber de los guerreros de la noble estirpe de los Evoryan-Grienne.

Theron suspiró, y miró hacia su casa. —Iré a despedirme, dadme un momento. Ramelek lo tomó del brazo y le dio una bolsa llena de monedas de oro.  —No sabemos cuándo haz de regresar. 

Theron asintió, y tomó la bolsa. Se alejó lentamente, como memorizando en cada paso las sensaciones y recuerdos maravillosos de su casa. Porque un guerrero, un Evoryan-Grienne, jamás sabe si es la última vez que recorre la entrada hacia su hogar, para abrazar a los suyos.


 

SAHAR
¿A dónde me llevará? No hemos sostenido nunca ningún tipo de conversación, y ahora emprenderemos un viaje hacia algún lugar que él y Ramelek consideren seguro. Eso solo puede significar algo: será un lugar lejano y remoto, donde podré pasar desapercibida. Me alejaré de todo lo que conozco, y de todo lo que amo. Aunque dudo que alguien pueda amarme aquí. A veces, simplemente me siento un estorbo. Un estorbo para mi tío, porque él desea ser rey. Un estorbo para Ramelek, que debe ocuparse de mí, como lo haría un padre. Un estorbo para ese guerrero, que debe alejarse de sus seres queridos por mi causa. ¿Qué clase de reina puede ser alguien que no siente la calidez del amor…? ¿Será que solo yo puedo intuir el fracaso que está por venir…? Aún así, pase lo que pase, solo puedo resignarme a un destino que soy incapaz de controlar con mis fuerzas y mi destreza. Me dejaré llevar. No tengo otra opción.

***Para ver los capítulos anteriores, entra en “Historias bajo un claro de luna” .

PROSA

ALGO DE ESPERANZA

La vida gira, envuelta en un torbellino de sensaciones atípicas, de las cosas que esperamos, que se nos hacen eternas. La vida continúa a pesar de todo, de ti y de mí, de las lunas que no vimos brillar en la noche más oscura. Los comienzos siempre fueron duros, incluso el comienzo de nuestro cambio. Quedan aquellos momentos en los que soñábamos con trastornar el mundo. Creíamos ser diferentes a los gatos que correteaban por las calles vacías, buscando algo de sentido a tan siquiera una de sus siete vidas. Y se nos cayeron las lágrimas al recordar que nuestra inocencia quedó atrás, demasiado atrás, como para poder volver y recuperarla donde la habíamos dejado. Pero así son las cosas, ¿qué más podemos hacer? Solo mirar al frente, con el puño en alto, y enfrentando lo que venga con lo que tengamos. Porque no hay tiempo para más quejas de las que ya hemos vertido en nuestro pequeño baúl secreto de inconformidades. Si nos queda algo de tiempo, si algo de esperanza aún atraviesa como puñal nuestro pecho, aferrémonos a ello como si de eso pendiera nuestra existencia. Porque cuando menospreciamos el valor de la paz, es donde realmente comienzan las guerras.

—Lihem Ben Sayel.

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CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

Buscar a Dios: ¿por qué a veces parece tan difícil?

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BUSCAR A DIOS:

¿POR QUÉ A VECES PARECE TAN DIFÍCIL?

Buscar a Dios es una tarea profunda, que, como cualquier otra tarea, requiere esfuerzo, concentración, ganas, disciplina y un mínimo de ilusión. Siempre me ha fascinado ese texto bíblico que reza: “Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad.” (Hebreos 11:6. NTV). Me encanta la idea del Dios que recompensa a los que le buscan con sinceridad. Es simplemente un cuadro maravilloso. Aquí yo encuentro una enorme porción de ilusión.

Sin embargo, he recorrido este camino de búsqueda, con sus más y sus menos, y siempre dándome cuenta que, cuando espero que algo “realmente asombroso” ocurra, y no ocurre, me desanimo. A veces me he preguntado a mí misma ¿por qué busco a Dios? ¿Cuál es el tipo de recompensa que mi corazón de verdad anhela? Y claro, tengo que admitir que mi intención de búsqueda ha debido ser purificada una y otra vez, pues múltiples cosas enturbiaban su pureza.

Por otra parte, como ahora, estoy en un punto en el que le pregunto a Dios ¿qué más quieres de mí? ¿Qué más puedo hacer para intimar más profundamente contigo? ¿Qué especie de táctica o estrategia debo utilizar para sentir que realmente hay una profunda relación?

Los absolutismos no suelen ir conmigo. Quiero decir, yo puedo ser alguien que busque mucho a Dios, pero aún así no haber conseguido lo que busco. De hecho, ni siquiera me atrevo a decir que “busco mucho”. Qué osadía. Creo que tampoco puedo usar el “hago lo que puedo”. No. Creo que siempre se puede hacer más. A mí me gusta mostrarme honesta, y no me agrada aparentar una imagen. Eso es de tropiezo no solo para mí, sino también para los que me observan.

He estado buscando también una especie de afirmación en mi búsqueda, algo así como un “tranquila, estás en el buen camino. Solo insiste un poco más; no dejes de insistir”. No me preguntes porqué, pero la buscaba. Entonces, al no obtenerla, me vine un poco abajo. Creo que esto tiene su raíz en mi falta de fe: estoy acercándome a Dios pero, como es un terreno que me lleva a veces por sendas desconocidas, necesito oír que voy bien. ¡Pamplinas! No debería haber esperado nada eso. Volvemos a Hebreos 11:6, si me acerco, debo creer —firmemente y sin soslayo de duda— que Él existe, y que lo encontraré al final del camino. Eso debe ser suficiente. No debo distraerme con extras. No debo quitar mis ojos de Él, o me hundiré.

Entonces, supongo que Dios está atrayendo mi mirada hacia Él. Jesús es mi ejemplo, Jesús es mi estándar. Jesús buscó a Dios como hombre, como ser humano. Sí, sé que no tenía esposa o hijos, pero sí que tenía muchísimo trabajo. Y tenía unos discípulos con los que convivía. Era un personaje público y famoso que rara vez podía encontrar un espacio para estar solo. Eso bien se puede aplicar a las que somos madres, por ejemplo. De hecho, uno de los pesos extra que tenía Jesús en su caminar aquí en la tierra, era su llamado, su mismo cometido en sí: el día que inició su ministerio público, Él citó las siguientes palabras, en Lucas 4:18-19:

El Espíritu del Señor está sobre mí,Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos;A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor.

 Si tenemos una mínima comprensión de las Escrituras, y sabemos cómo se manifiesta el mal, entonces entenderemos lo que exige ese enunciado que Jesús pronunció sobre sí mismo. No sólo tendría que predicar un mensaje completamente rompedor y revolucionario para su época, sino que además tendría que acompañar ese mensaje con las demostraciones de poder pertinentes, ya que esa sería una de las señales de que Él era el verdadero Mesías prometido.

Por lo tanto, Jesús, hecho hombre, tendría que buscar el tiempo para intimar con su Padre y dar la talla en esta enorme tarea. No creo que fuera fácil. No creo que lo tuviera fácil, aunque recurramos al hecho de que “no tenía familia” para sentir que el listón que deja Jesús es demasiado alto para ser cumplido. Que sí, que es alto, pero por encima de todo, nosotros tenemos al Espíritu Santo de Dios no solo sobre nosotros, ¡sino también morando dentro de nosotros! Él es nuestra principal ayuda. Pero claro, ¿le conocemos? ¿reconocemos al ayudador? ¿nos dejamos dirigir por Él…? Por otra parte, Jesús vino a enseñarnos cómo sería nuestra vida si camináramos en una perfecta comunión y armonía con nuestro Padre Celestial. Esto es asombroso y digno de imitar, además.

Las cosas de la vida nos engullen. Nos trastocan. Una tras otra recibimos oleadas tsunámicas de “cosas que hacer” que parece que no acaban nunca, incluso dentro de la iglesia. Y perdemos de vista el deleitarnos.

Créeme que nada de lo que escribo es una especie de juicio. No hablo desde una torre de marfil. Hablo desde mi propia experiencia. Me cuesta buscar a Dios con ilusión cuando atravieso algún episodio emocional, y más aún cuando —según yo— después de haber pasado un “tiempo razonable”, no veo algún tipo de cambio o avance. Sencillamente, deseo tirar la toalla. No quiero seguir buscando. Algo en mí parece susurrarme “es demasiado esfuerzo para tan poca recompensa”.

Pero, ahora mismo, mientras escribo esto, mientras dejo salir la frustración de la mejor forma que sé, mi “Ayudador”, el Espíritu Santo, comienza a cumplir su tarea. Si hay algo que merece toda la pena (y la vida, y el tiempo y el esfuerzo…) es buscar a Dios. Buscar y rebuscar, incluso con nuestras últimas fuerzas, porque simplemente Él lo vale. Porque hay testimonios, miles y millones de ellos que lo avalan. Y los hemos oído. Parece que no ocurre nada, que todo sigue igual, que nuestra búsqueda se tropieza con un techo de cristal (rayos, es justo así como me siento)… Pero llega el día, un glorioso día, en el que el cielo parecerá romperse, y las fuentes de la tierra habrán invocado a las fuentes del cielo. Y las lágrimas y la desesperación invertida en una búsqueda que a veces parecía no tener ningún impacto ni ningún resultado, habrá abierto los cielos de una vez y para siempre, así como el acto de obediencia de Cristo al bautizarse abrió los cielos sobre Él. Así como ese tiempo de ayuno, absteniéndose de todo en el desierto, le hizo volver “en el poder del Espíritu”. Así mismo se abrirán las fuentes del cielo para los que buscan, aún a pesar de sus frustraciones y a pesar de sus altos y bajos. ¡Sí! ¡Realmente lo creo!

“Aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas”Génesis 7:11b

Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.” Salmos 42:7

De todas las tareas —nobles y no tan nobles— que puedo hacer con mi vida, de todo aquello en lo que podría invertir mi tiempo, lo primero, siempre lo primero, será abandonarme en Él. Y, llegados a este punto, Él y yo sabemos que ya no es un decir, ni tampoco una frase vacía que no conllevará nada más que una falsa sensación de determinación. Ya he pasado por eso, pero no. Llegados a este punto, esta frase va aumentando en coherencia cada vez más. Va trazando líneas más definidas en mi ser. Y crea surcos cada vez más profundos, destinados en un futuro a albergar y reconducir las enromes torrentes de agua viva que se van a desatar en un tiempo fijado que yo desconozco, pero del que estoy cada día —y cada momento de búsqueda— más cerca.

No desmayaré. No ahora. No hoy.

Tú, tampoco lo hagas.

—Lihem Ben Sayel.

No olvides darme tu opinión, así intercambiaremos impresiones y experiencias. Puedes escribirme también , si lo deseas, a mi email:

amira.lihembensayel@gmail.com

PROSA

MI SUEÑO

 

 

Tengo un sueño: me imagino rodeada de estrellas, dando largos paseos por el espacio infinito, de su mano. Una densa capa de oscuridad se ilumina por el espectáculo vivo que reside en lo que nosotros llamamos “allá arriba”. No existe la gravedad, ni los pensamientos pesan tanto. Tampoco los errores ni los sinsabores. Simplemente floto, entre los cuerpos celestes, antiguos, lejanos y llenos de una luz pura y peligrosa. Es imposible no asombrarse. Es imposible no temerles. Sin embargo, nada deseo si no adentrarme más en aquello que desconozco profundamente. Sonreír, porque soy afortunada: nadie tiene estas vistas, nadie ha ido tan lejos. Nada puede hacerme daño. Todo es hermoso, y existe una perfecta armonía entre pasado y futuro. Todo ha ocurrido para mi bien. Por eso estoy aquí, ahora, donde debo estar. ¿El mañana? No lo sé. Pero tampoco tengo miedo. Porque en el centro de mi corazón tengo una fuerte impresión: la de que todo saldrá bien. Sé que algo más grande que mi vida está ocurriendo ahí fuera. Algo más trascendental que mis dudas y mis insatisfacciones está transcurriendo en el momento mismo en que escribo estas líneas. Y quiero sumarme a ello. Quiero alistarme en sus filas. Quiero hacer el bien. Le asestaré golpes mortales con las armas que tengo. Haré mi parte. Porque sé, muy dentro de mí, que el mal no durará para siempre. Y yo estaré allí cuando su imperio haya caído, para no volver jamás.

—Lihem Ben Sayel.

 

PROSA, REFLEXIONES

FRAGILIDAD

 

En un mundo roto, la fragilidad se nos antoja una debilidad. Una condición en desventaja frente a la voracidad de una maldad atroz: un monstruo hambriento que no sacia nunca su hambre, un gigante impío que holla esperanzas y perfora inocencias. Mas, no todo está perdido. Existe un refugio para conservar la pureza humana, un lugar donde se lavan los corazones y se exhuman los sentimientos nobles. Ese lugar es el amor. Y no el amor utópico, ni siquiera el amor romántico. Es, más bien, un amor que actúa, que defiende, que pelea sin desmayar contra la injusticia y la prevaricación. Que no titubea en entregarlo todo, aunque se despoje de su gloria más absoluta. Ese amor preserva lo frágil, a pesar de los torrentes inmisericordes de vileza. Conserva en un frasco de bondad lo más preciado: la intención profunda de querer hacer el bien. No se rinde fácilmente frente a los obstáculos de perversidad ya recalcitrantes, mas persevera infinitamente para protegerla, incluso hasta la muerte. No te equivoques, la fragilidad no es anodina, ni se retrata en la inferioridad. Lo frágil es valioso. Exige un trato diferente, excelente, superior. Es como un niño recién nacido: poderoso, pero demanda atención. No menosprecies su tesoro, retenlo a consciencia, con fervor.

—Lihem Ben Sayel.

 

PROSA

Certeza

Sé muy poco de la vida, pero el día a día no me abruma. Tengo el corazón dividido entre pasado y futuro, mientras mi presente abarca un tiempo de abismo de silencio. Elaboro mis propias hazañas, aunque no siempre con tintes de épica. Mi naturaleza me arrastra, agresiva, hacia un lugar al cual no quiero volver. Mis secretos consisten en anhelos profundos que no han visto aún la luz. Creo, de hecho, que por eso les llaman secretos. En medio de las tormentas —nunca escasas, nunca previsibles—, una certeza se clava en mi alma, como un puñal de marfil: tu amor por mí. Y yo surcaría los bravos océanos de la desesperanza solo por alcanzarte con la yema de mis dedos, estirando al máximo mis posibilidades, mis torpes habilidades, mi pasión. Porque te has convertido en todo, más allá de todo; y por encima de lo razonable, lucharé por ti.

—Lihem Ben Sayel