PROSA

No te marches, amor mío

No había voces, pero tampoco silencios. Había únicamente una preciosa e inquietante calma antes de la tempestad. Esa calma tan difícil de describir, casi como los sueños, que cuando recobras plena consciencia, ya no recuerdas muy bien los detalles, y solo te quedas con sensaciones. No había lágrimas, ni mucho menos sonrisas. Los rostros eran lacónicos e inmutables, como una roca de peñasco, como un susurro anodino, como una copa de vino vacía, como una huella de zapato en medio de la nada. Más allá de todo, las manos se entrecruzaron, y se intercambiaron miradas. Las palabras siguieron siendo mudas. Las muecas, inexistentes, como el viento que se atrapa en un frasco, del cual no hay prueba alguna de su presencia. Ninguna imagen. Nada a lo que aferrarse, más allá del latido de sus corazones. Así, se fraguó una despedida eterna, que se fue desvaneciendo. Y mientras más se alejaban sus rostros, más pequeñas se volvían sus figuras, hasta el punto de no poder distinguirse. Se bifurcaron sus caminos, como tantos muchos otros. Y al final, un balbuceo inenarrable salió de una boca suplicante [algo así como un “no te marches, amor mío“]. Pero ya era demasiado tarde. El tren, ya se había ido.

—Lihem Ben Sayel.

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MUY PERSONAL

LO NUESTRO

Nuestro amor trasciende las apariencias. Va más allá de ese enfermizo postureo que, en la sociedad actual, parece tener más peso y relevancia que la verdad. Nuestro amor no está frente a las cámaras. Ni se basa en los selfies, ni en las fotografías de los lugares que recorremos juntos. Para qué engañarnos. Lo nuestro es verdadero. Y cuando algo tiene como fundamento la verdad, no hay por qué demostrarlo constantemente. Más bien, lo que se intenta demostrar con periodicidad son las mentiras, lo falso, en un pobre intento de realzar el sabor de algo insípido. Lo real sencillamente fluye. Se siente. Se vive. Se experimenta. Y, finalmente, se atesora. Se convierte en ese recuerdo que nos arranca una sonrisa mientras vamos conduciendo, o justo antes de cerrar los ojos al dormir. Porque es real. Y nada más. Documentar lo real es absurdo. Exponerlo —a expensas del escrutinio de los demás, a quienes les importa poco o nada nuestra vida— es un craso error. Es como seguir una moda. Y nosotros odiamos las modas. Por eso, tú y yo, con la sabiduría y la experiencia que nos va dando cada año vivido el uno junto al otro, vivimos lo nuestro para nosotros. Lo disfrutamos o lo sufrimos juntos; los dos. Porque hay cosas que no requieren más testigos que los mismos involucrados. Y este es nuestro caso. Por eso, lo nuestro es verdadero, real, puro, honesto, certero. Fiel.

—Lihem Ben Sayel.

*A Habibi, en nuestros 8 años y una semana de matrimonio. Ana bahebak kateer.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

¿Por qué se acaban las cosas hermosas?

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Mi corazón se hace preguntas, en medio de las marcas que la luna le deja a la noche estrellada. Porque, cuando decimos que superamos algo, ¿a qué nos referimos, exactamente? ¿A que ese “algo” deja de dolernos, o deja de importarnos? No lo sé con exactitud. Qué bueno sería que algún sabio me concediera alguna respuesta, porque, a veces, mi corazón se confunde entre lo que debo soltar y lo que aún debo perseguir. Y a veces suelto. Otras persigo. Sin embargo, la pregunta que más cala en mi interior es: ¿por qué se acaban las cosas hermosas? ¿Quién las deja morir? ¿O es que acaso mueren ellas solas, porque, así como los árboles mudan sus hojas —dependiendo de la estación del año en la que estén—, las cosas en la vida también cambian de cuando en cuando? Y eso quizás se deba a que nos sea un recordatorio de lo pasajero que es todo aquí abajo, bajo el sol. Solo me queda aferrarme a una eternidad, en la que creo, y en la que se me promete que toda lágrima será enjugada, y que ya no habrá más sombras que oculten estos misterios ante mis ojos y ante las soledades de mi corazón. Allí, todo será paz. Todo será luz.

—Lihem Ben Sayel…

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

ESTRIDENCIAS

pexels-photo-66100Nunca me han gustado los gritos [ese exceso de energía que se desborda en palabras y en aspavientos]. Pero aún existe algo que puede superar mi incomodidad hacia los gritos: el silencio. El silencio; no en su versión de calma y sosiego, sino más bien en su forma de temor, de comodidad, de indiferencia, o incluso de egoísta desprecio. Ese silencio cruel y altivo que se posiciona a favor de sus propios intereses cáusticos, dejando de lado el sentido de la vida, de la justicia, de la ética o la moral. No exagero si admito que me produce cierta angustia y asfixia, porque va contra mis más neurálgicos principios. Y, ¿qué hacer, entonces, cuando te ves engullida por las enormes fauces de una bestia insaciable de mentiras, engaños y tergiversaciones? Demasiados enredos para alguien que está en búsqueda de la Verdad. Débil. ¡Débiles! Vuestra fuerza radica en vuestro propio temor, y eso os da energía suficiente para huir tan lejos como os sea posible. No cuenten conmigo: no transitaré esa sinuosa senda. Prefiero las sendas antiguas. Las sendas de rectitud. Me incomodan los gritos, pero hay estridencias aún más molestas e intolerables: cobardía y egoísmo. Mala combinación.

—Lihem Ben Sayel.
CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

Cosas personales, Octubre 2018: «Necesito espacio»

Estoy sentada frente a mi ventana adornada de luna y de estrellas tiritantes, que reflejan pura memoria. Mis dedos están desgastados de jugar con la punta de mis cabellos. Porque pienso, y pienso mucho, allí, apoyada contra el cristal opaco y misterioso. Hago un esquema con mis olvidos y mis recuerdos. No me salen las cuentas. Renuncio a repetir la operación por falta de ganas. O de recursos. O de ambos.

Este día, en el que comienza el antepenúltimo mes del año, es un buen día para hacer recortes en el desorden de mis ideas, y enfocarme en las diferentes etapas que me saludan a la vuelta de la esquina. ¡Cómo puede cambiarte tanto la vida en un par de años! Y, a diferencia de otras vidas, de pronto descubres caminos que no te veías transitando, y que ahora miras con ojos de deseo y desbordante pasión.

Porque todos —incluso los más resistentes— tenemos límites en cuanto a las rutinas y las situaciones delirantes que nos provocan cierta repulsión contenida. Creo que estoy llegando al mío. Bienes y males ocurren donde sea, en cualquier lugar. Yo estoy dispuesta a afrontar tales cuestiones, pero, al menos, que se cambie el lugar. Porque, a veces, la misma gente [los mismos discursos, las mismas mentiras, los mismos silencios, las mismas farsas] producen un exceso de fatiga recalcitrante y hosco. Uno no puede vivir así.

Aunque, a decir verdad, no hay nada que me fatigue más que la cobardía y la equidistancia. Eso —realmente— me molesta. Personas que un día piensan algo, al otro día piensan otra cosa. Un día opinan algo, y al otro día varían su opinión. Nunca responden ante una situación crítica por temor [por temor a perder algo que poseen, sea material o moral o emocional.] No estoy para estas cosas. Necesito espacio. Respirar fuera del ambiente cargado y viciado, para aclarar mis ideas. Cada vez hay menos personas genuinas con quienes hablar. Y esto último, ya me produce tristeza.

—Lihem Ben Sayel.

 

PROSA

El bosque encantado

Vives rozando el miedo, como si en el fondo te atrajera su angustia. Te alimentas de metáforas y fantasías, que se deslizan en un vacío etéreo. Invocas —a ciegas— recuerdos, que te prometiste una y otra vez que no volverías a tocar. Pero ahí estás, otra vez, sentada a la orilla de tus llantos, inclinada hacia las imágenes de tus antiguas memorias, dispuesta a cerrar los ojos por última vez. No te preocupa que la noche haya caído, porque con pocas cosas como la noche te has sentido tan cómoda y desahogada. Sin embargo, al día siguiente, te espera el sol para que le rindas cuentas. [Los días y las noches son ineludibles, al fin.] Te acompaña una gota de rocío que cayó sobre tu mejilla, en medio de una caminata sobre las nubes. Pero has soltado muchas cosas más. No llevas ningún equipaje, puesto que aún no sabes a dónde irás. Tu corazón brilla con luz propia, más allá de los sonrojos de tu rostro cuando piensas en las faltas cometidas. Tú también has sufrido improperios, pero de una forma u otra, aprendiste que es mejor desligarse de las cadenas de la amargura, antes de que seas consumida por sus olas de sangre. Vives rozando la culpa, como si en el fondo no quisieras librarte de ella, pero ha salido a tu encuentro el Libertador de tu alma, de ropas blancas y ojos de fuego. Sus heridas muestran lo que ha sido capaz de hacer por ti, solo por amor, y eso te quiebra por dentro. Porque eso es todo lo que necesitas para seguir respirando en el bosque encantado, donde desconoces los giros inesperados que traerá consigo el alba. Eso es todo lo que necesitas. Y será, finalmente,  todo lo que poseas.

Lihem Ben Sayel

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CONFESIONES :o, MUY PERSONAL

Algo nuevo.

 

Todo está siguiendo su curso, como es lo más natural y predecible. Aunque, siempre hay giros inesperados en cualquier historia que se precie. Y a esos giros me aferro yo para dejar que las burbujas de mi corazón se expandan… y sueñen. Hay una palabra que está haciendo “colonia” en mi cabeza: extenderse.

Y sí, creo que llega el momento vital en el que los seres humanos sencillamente necesitamos nuevos e inquietantes desafíos. Algo con lo que volver a ilusionarse, cuando talvez, por demasiado tiempo, las circunstancias a tu alrededor no han resultado menos que tóxicas y fáciles de olvidar.

Ahora, más que nunca, mis oraciones van dirigidas hacia un nuevo rumbo, una nueva dirección. [Sí, es posible que en esta entrada haga mucho uso de la palabra “nuevo”, y francamente, no sería una redundancia, sino un reflejo de los anhelos de mi corazón.]

Cambiar de aires.

¿Alguna vez te ha ocurrido que, aunque en cierto momento de tu vida hubieras pensado que tus raíces estaban muy establecidas en cierto lugar, de pronto, casi como algo predestinado, te desarraigas…?

Cuando las razones que antes te motivaban —y eran motivos más que suficientes para anclarte— se desvanecen, no queda más que empezar a otear el horizonte en busca de algo nuevo. Y eso estoy haciendo ahora, justo ahora. Estoy oteando el horizonte con expectativas que ahora, en el lugar donde estoy, no existen para mí. Simplemente se fueron.

No lo pensé. Nunca lo imaginé. Sencillamente ocurrió. 

Desvincularte es muy provechoso cuando lo que te espera por delante es mejor, porque sufrirás menos cuando llegue el día en el que, con maletas hechas, tengas que dar abrazos de despedida y echar un vistazo por última vez a aquello que antes te perteneció. Aquel lugar en el que alguna vez, fuiste feliz.

Ya estaba escrito.

—Lihem Ben Sayel.

 

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

Jerusalén y yo.

Ayer hablé con mi abuelo. Está en Amán, Jordania, hospedado en un bonito hotel, luego de haber pasado varias semanas en Turmus Ayya, el pueblo palestino donde nació hace ya casi 89 años. Hacía más de 60 años que no regresaba. Se fue siendo un joven, huyendo de la guerra, para salvar la vida y prosperar en tierras más pacíficas que la suya, la cual, aunque él no lo sabía en ese momento, no volvería a encontrar la paz. Palestina dejaría de ser Palestina tal y como él la había conocido.

Han pasado muchísimos años desde la última vez que visitó su pueblo, más de 60 años, me ha dicho. Dice que ya no reconoce los lugares, que todo ha cambiado. Eso sí, se fue siendo un joven pero volvió como un patriarca. Lo han agasajado a más no poder al ser el único de sus hermanos que está aún vivo y que goza de tan buena salud. Es la bendición de Dios, le dije, porque él siempre está en mis oraciones y en mi corazón.

Intercambiamos unas pocas palabras en árabe, para no perder la costumbre. Me dice que va a preparar «qahua» —café—, y me da la gran noticia de que es muy probable que venga a vivir a España, ya que él actualmente reside en Ecuador.

Cuando hablo con él, siento mi espíritu literalmente conectarse con una parte de mí que siempre me ha fascinado: esa paradoja de mi vida, tan crítica, de ser nieta de un palestino y amar profundamente a Israel y su historia, de la misma forma que puedo amar mis orígenes palestinos.

Hubo un tiempo oscuro en el que no fue así. Permanecí en cama tres días sin querer comer cuando murió Arafat. Eso jamás me había pasado. Y es que el celo por la causa palestina había cegado mi corazón como ya lo ha hecho con tantos a lo largo de todos estos años. Supongo que era un “legado” generacional que yo estaba destinada a heredar, hasta que el Amor me encontró y cambió mi perspectiva. Porque el veneno del odio en el espíritu y en el corazón nunca ha traído más que muertes y destrucción. En cambio, en el Amor siempre radica una noble esperanza para la humanidad.

Así, puede entenderse, que cada vez que entro a mi casa digo «shalom», o que al despedir a mis hijos por la noche (mi bebé de 18 meses y la «amira» —princesa— que tengo en mi vientre) les declare la bendición sacerdotal de Aarón, o, por ejemplo, que cuando recibí la noticia de que tendría una niña, la canción que sonaba a todo volumen y que cantaba a todo pulmón en mi coche de vuelta a casa —mientras lloraba y reía de la felicidad— era «Lashamayim», de Randy Sigulim.

Mi destino está en Jerusalén, lo mire por donde lo mire. Saber que por mis venas corre una sangre tan histórica, tan de antaño, tan llena de guerra y paz, de odio y amor, tan entrañable y melancólica, vigorosa y apasionada… eso, eso no tiene precio. Me siento bendecida; afortunada.

Es cierto, ya no escucho tanta música árabe como antes. Me invade demasiado la melancolía. Y siento cómo mi corazón se encoge y viaja a sitios donde prefiero no ir. Y siento cosas que prefiero no sentir. Es lo mismo que me pasa con la canción con la que entré al altar el día de mi boda: existen cosas demasiado sagradas.

Jerusalén y yo estamos destinadas a estar juntas, tanto por sangre como por espíritu. Nos

 espera una eternidad la una al lado de la otra. Es una de las maravillas de la fe que vivo, supongo. Y qué enorme privilegio se me ha sido concedido.

—Lihem Ben Sayel, Amira al-Yerushalayim.

PROSA

EL ENCUENTRO

 

Contengo la respiración: jamás había visto algo tan hermoso. Su fuerza se prolonga  aún más allá de mis debilidades. Su sonrisa, me obliga a seguirle adonde va. De pronto, me doy cuenta de que mis pies no tocan el suelo; mis brazos parecen alas —ligeras y hermosas— extendiéndose en un temerario pero delicioso vuelo por encima de la nube de mis pensamientos —y de las opiniones, de los “no”; del dolor—. Se han caído pesadas cargas, y las cadenas se han roto, así, de repente. No consigo saber exactamente qué ocurre, pero una cosa sé: soy libre. Y jamás me habían amado de tal manera, haciéndome sentir que, a pesar de la multitud de mis defectos, yo soy mucho más que eso. Sus delicadas palabras consuelan. Sus abrazos me fortalecen hasta el punto de hacerme sentir invencible. Su mirada se clava como estaca en lo profundo de un corazón que antes solo conoció lo penetrante y macerante de las espinas. No hace falta articular frases pomposas, ni es necesario aferrarme a las cosas de antes para sentirme más segura en tierra. No. Prefiero volar junto a él. Porque de todas formas, fue él quien me enseñó el verdadero significado de lo que es vivir. A plenitud.

—Lihem Ben Sayel
PROSA

TESOROS ANTIGUOS

Busco un tesoro antiguo en las páginas de un libro sagrado. El silencio se vuelve mi sombra, y en mi amiga, la quietud. Una esperanza me sobreviene: ¿será que podré encontrarlo? Busco, en palabras secretas, descifrar un código de luz. En las horas que trascurren —tan lento—, me sumerjo en lo profundo de su ser. He habitado demasiado tiempo en la superficie, como para saber que no es allí donde quiero permanecer. Busco algo más que verdades, busco algo más que poesía. Busco una revelación certera que sea capaz de transformar por completo mi vida. Tanto busco, que me he convertido —y no me avergüenzo de ello— en una caza tesoros como los de aquellos lejanos tiempos. Busco la llave maestra que abra las puertas secretas de un conocimiento superior. Sí, he dejado muchas cosas atrás. Sí, aún seguiré despojándome de unas cuantas más. Pero no descansaré hasta que mis ojos se enceguezcan a causa del destello de su gloria, la gloria que desprenden los tesoros más valiosos. Aquellos que, finalmente, son los que terminan atrapándote a ti.

—Lihem ben Sayel.