PROSA

Gymnopédies: No. 1, lent et douloureux



Existen temporadas aciagas, momentos en los que el corazón se vuelve de cristal, días en los que no me apetece ni escribir, ni leer, ni quiero hablar con nadie, ni quiero ver a nadie, sólo mantenerme abrazada a mis piernas a la luz de la luna, —con Marte, Saturno y Júpiter como honorables testigos— contemplando, a lo lejos, un mundo desconocido en el cual quisiera perderme; lo importante me parece efímero, y, de pronto, estar en silencio conmigo misma se vuelve una prioridad innegociable, porque el silencio es un buen aliado cuando las palabras sobran —o duelen—, y retumban una y otra vez como martillos en tu cabeza, mientras el monstruo de la crueldad sigue persiguiéndote muy de cerca, intentando terminar lo que empezó cuando tú aún no distinguías la luz de la oscuridad, y mira si insiste… insiste en arruinarlo todo, en quebrarte despacio —nunca de una vez— porque encuentra placer en la agonía, en la respiración que se entrecorta, en las lágrimas que caen como sangre, en la mirada que se apaga y en la sonrisa que se borra de un plumazo; es una bestia que disfruta pisoteando la flor más bella del jardín, y se jacta de distorsionar la música más dulce, y de convertir la caricia en cicatriz; pero yo me siento ahí fuera, y recojo mis piernas, y miro hacia arriba, y sueño con llegar allí, donde el mal no me toca, donde la tristeza se evapora, donde mi propia iniquidad se esfuma y soy alguien radiante que no conoce otra cosa sino lo bueno y lo puro, y lo digno y lo noble, y mi sonrisa vuelve a ser de niña, y mi mirada vuelve a estar viva, y mi corazón se convierte en oro indestructible, en acero invencible, y mis pies, en roca firme, vuelven a caminar hacia adelante sin temor a que el suelo se deshaga y me vea al borde de un abismo de preguntas que jamás obtendrán respuesta, y de incertidumbres que jamás se volverán certezas. 

Y todo en un día. O en una temporada. O en una vida.

PROSA

La petición.

Me encontrarás junto al río, después de caminar a través de la tierra húmeda. Entre los árboles que se muestran, y los ocultos. Por encima de las ramas que crujen, y los pájaros que jamás silencian su canto. Me encontrarás allí, talvez, escribiendo un diario, o quizás con un libro a cuestas. Con la mirada perdida mientras mis pies se mojan. El cabello danzando al viento, —porque jamás he sabido dominarlo. Y cuando me veas, no menciones mi nombre. Ni me toques el hombro. Ni suspires muy fuerte. Déjame allí, con mi diario, o con mi libro. Con mis pensamientos muy lejos, muy lejos… Con el sonido del agua corriendo, como quien persigue un sueño que se le escapa. Con la melodía del campo, de la brisa, bajo el tenue calor de un nuevo sol.

—Lihem ben Sayel.

CARTAS, CARTAS PARA AMITH, by Najma Adarah, PROSA, REFLEXIONES

Cartas para Amith (1) «Alguien que vale la pena»

65CC6F3B-2D61-41A2-B7E7-068C8B4A3937

1

‹Alguien que vale la pena›

 

Un joven Rabí dijo una vez que “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” Ese mismo Rabí estuvo dispuesto a dar —y, finalmente dio— su vida por sus amigos; y también por aquellos quienes no le consideraban amigo, aún. Esta ha sido mi mayor enseñanza en cuanto a la amistad.

Siempre he estado intrigada en cuanto a la amistad. Siempre he pensado que es algo recíproco, que debe constar de dos partes poniendo su voluntad para que algo funcione. Si lo pienso con mi orgullo, mi alto sentido de la dignidad y mi lógica interpersonales, supongo que sí, que es cierto.

Sin embargo, estaba quedándome en la superficie de lo que es la “verdadera amistad” [ese concepto que, en muchas ocasiones, descalifiqué, y al cual llegué a quitarle todo tipo de credibilidad.] Porque si bien es cierto que lo “ideal” sería que ambas partes pusieran su mejor voluntad para que la relación funcionase, si uno de ellos dejara de hacerlo, de ninguna manera esto querría decir  que la otra persona deba verse obligada a hacer lo mismo.

Y es aquí donde entra ese amor que va más allá de la razón y la lógica, ese amor sincero, puro, honesto y sacrificado —aunque en ningún caso libre de imperfecciones— del cual hablaba aquel Rabí. De hecho, un discípulo suyo, escribió una carta aduciendo —en cuanto al amor— que éste es capaz de aguantarlo, creerlo, soportarlo y esperarlo todo. Que no es orgulloso ni egoísta, ni busca sólo su propio bienestar. Bueno, esa es la amistad. Porque no se puede ser amigo de verdad si no se ama de verdad.

Es bonito llegar a un punto en la vida en el que puedes decir que, al fin, sabes lo que es la verdadera amistad. Sabes lo que es poner tu vida por alguien. Y no, no necesariamente quiere decir “morir” por alguien. O al menos no en el sentido que la mayoría imaginamos. A veces, el amor por un amigo, te exigirá morir a ti mismo, a tus ideas, a tu orgullo, a tu vanidad, a tu lógica, a tus temores, a tus preguntas. Y simplemente lo harás, porque sabes que es de verdad. Dará igual lo que piense el otro. Dará igual, incluso, si no “valiese la pena”, si fuese un desperdicio de “amor”; una ofrenda excesiva y extravagante que “podría haberse usado para otra cosa”, —como dijeron de aquella mujer que rompió su frasco de alabastro a los pies de aquel mismo Rabí.

Dará igual, porque tú lo sabes. Y has estado dispuesto a pagar el precio. Y lo seguirás pagando sin recibir nada a cambio. Simplemente porque en algún día, de algún año, hiciste una promesa, y aunque has fallado a muchas otras, esa no la fallarás. Porque en la vida, a veces, tendremos oportunidades —pocas, pero determinantes— de poder amar  a nuestros amigos de la misma manera que aquel Rabí estuvo dispuesto a amar: poniendo nuestra vida, simplemente porque creemos que esa persona lo vale.

Firmado:

Najma Hadarah.

yom-kippur

CONFESIONES :o, PROSA

MI PEOR ENEMIGO

Mi corazón es un conflicto constante; un campo de batalla fulgurante, cuyos cadáveres, a veces, no da tiempo a retirar. Mi corazón es tensión intermitente entre lo bueno y lo malo; entre la luz y la oscuridad. En ocasiones, me veo a mí misma alejarme de la orilla, y adentrarme en sus mordientes profundidades, para darme cuenta —demasiado tarde, ya— de que no debería estar allí. Otras veces, me siento atraída a recorrer sendas que ya conozco, y donde me conocen, —más que bien. Y no, tampoco debería estar allí. ¡Qué difícil es huir de las trampas maliciosas! Qué complicado me resulta ir contra mi propio corazón. Tengo sólo una salida, sólo una. Y si no me aferro a ella, volveré a estar atrapada en una alta torre de dimensiones considerables. O sumida en un pozo. Y no quiero ser quien fui. Sólo deseo que la ardiente luz del sol me ilumine en las tinieblas de mi impredecible naturaleza, y que me ayude a escapar de mi peor enemigo, que, indudablemente, soy yo.

—Lihem ben Sayel…

if-you-want-this…-woman-woman-in-red-red-long-wallpaper

CONFESIONES :o

Cosas personales: “Escribir una novela”

 El placer de releer.

Había olvidado lo que era tener un buen libro entre manos. No me malinterpreten: en los últimos cinco años he leído muchísimos libros, más que nunca en toda mi vida, pero ninguno de ficción. Ni novelas, ni cuentos, ni poesía… Ayer, sentí un impulso imposible de obviar. El único problema era que no tenía claro si romper esta “racha” con mi novela favorita (“Mil soles espléndidos”, de Khaled Hosseini), o con mi escritora favorita, Jhumpa Lahiri, y su “Intérprete del dolor”.

Finalmente, y no sin antes consultarlo con algunos allegados, me decanté por leer algo que me estremeciera. Y, sin duda, cualquier historia narrada al estilo oriental —en este caso, una historia afgana— contiene todos los ingredientes necesarios para lograr tal efecto. Soy amante ferviente de Afganistán y de las historias provenientes de allí. Al igual que disfruto muchísimo con las historias de familias bengalíes que me cuenta Jhumpa. Es un mundo totalmente lejano, ajeno, y, sin embargo, ellos me lo acercan a las palmas de las manos con tal solemnidad y encanto, que es imposible resistirse.


Misión: escribir una novela.

Hace unos días me vi, al fin, la película “Mujercitas” (2019). Obviamente, la película se introdujo en lo profundo de mis entrañas con un poder implacable. De todas las maravillosas escenas de la película, hay una en particular que me llevó a las lágrimas —y, créanme, no lloro fácilmente…—; me refiero a la escena final, precisamente cuando, con aire triunfalista, Jo March está presenciando cómo elaboran sus libros, y le dan la primera copia a ella. Por supuesto, ella se aferra a su libro como una madre a un hijo recién dado a luz. La emoción en su rostro es impecable. No dice una sola palabra con sus labios, pero lo dice todo con su expresión de satisfacción y de orgullo tras tanto batallar.

Honestamente, no me considero una “buena” escritora. Tengo tantas carencias al respecto, que podría escribir un libro sólo citándolas. Sin embargo, Dios puso en mí ese deseo, ese ímpetu de escribir. Lo puso Él, sí. Para algo, entonces, debe servir. Tengo mis reservas en lo que se refiere a “publicar”, primero, porque no sé si realmente creo que pudiese escribir algo que valiese la pena publicar. Y, segundo, porque mi idea de escribir es muy clásica, o sea, que no es mi intención sumergirme en ese mundo editorial tan depravado donde el escritor parece ser la pieza menos importante del juego. Al igual que Jo, sería incapaz de ceder mis derechos, y dejar que algo que yo escribí perteneciera a otra persona que no fuera yo.

En fin, que quiero escribir una novela. En realidad ya tengo una escrita, pero esa será de uso doméstico, para que la lean mis hijos (¡ojalá!) o alguien de mi entorno que quiera leerla. Aunque lo tengo un poco difícil, puesto que no estoy rodeada precisamente de amantes de la lectura (jaja…). También tengo varios relatos (¿o son cuentos..? No lo tengo muy claro, la verdad). Y, por supuesto, si hay algo que abunda en mis libretas, cuadernos y demás, es la poesía. Tengo un Blog exclusivamente dedicado a ello, aunque no muy actualizado por el factor tiempo.

Quiero escribir una novela. Aunque sea mínimamente buena. El otro día leí que “X” periodista de fútbol escribió un libro hablando de cómo había sido su experiencia tras pasar el COVID-19. No recuerdo ni la portada, ni el título (sin duda, porque son perfectamente olvidables). Lo que sí recuerdo es que pensé para mí misma (y para Twitter): caray, ahora cualquiera puede publicar un libro y con cualquier contenido.

Entonces, ¿por qué no intentarlo yo? No lo veo como un proyecto a mediano plazo, sino más bien a largo plazo, pero quiero producir, quiero escribir y quiero tener proyectos grandes y pequeños que pueda abrazar algún día, así como Jo March abrazó el suyo al final de la película.

The End.

—Lihem ben Sayel.

CONFESIONES :o, VIVENCIAS

Cosas personales: [Mi ilusionante normalidad], julio 2020.

Esta entrada será simple, sencilla. Pero es que estoy contenta conmigo misma. Me gusta mucho cuando, a pesar del paso de los años y a pesar de los cambios drásticos  en mi vida  —como la doble maternidad— sigo conservando cosas, rutinas, hábitos que son importantes para mí.

CARTAS:

Por ejemplo, en el último mes he escrito alrededor de 6 o 7 de mis cartas “especiales”, y aún tengo unas cuántas  más por hacer. Escribir cartas es una de las cosas que más me definen, desde que tengo uso de memoria. Claro que los tiempos han cambiado, y obviamente existen nuevas fórmulas de comunicación, pero me alegra tanto no haber perdido eso que tengo de las cartas. También me encanta recibirlas, claro, pero lástima que cada vez quedamos menos que las escriben.

FITNESS GIRL:

Por otra parte, también les cuento que he empezado a hacer ejercicio y a cuidarme estrictamente con la alimentación. Y pfff… ¡esto me hace sentir tan bien conmigo misma! Para mí, mi aspecto físico es importante. Cuando me cuido físicamente me siento que realmente estoy manteniendo un equilibrio entre mi espíritu, mi alma y mi cuerpo. [Bueno, la verdad es menos “espiritual”: simplemente me gusta verme y sentirme guapa.] Y como todas las cosas que tengo que hacer “para mí”, me toca hacerlo en la madrugada. Pero vaya si vale la pena…

LIBROS:

También me siento feliz de poder estar nadando entre mis libros. Soy una lectora simultánea: leo varios libros a la vez. Ahora mismo estoy leyendo tres o cuatro libros. Durante el día, voy tomando uno u otro y voy avanzando en la lectura. Sí, soy esa clase de lectora que no puede ser “fiel” sólo a un libro. Necesito más, y más, y más… Estoy a la espera de un muevo libro. Y ya tengo en mente cuál será el que compre el siguiente mes. Esto, tampoco lo puedo evitar.

BUSCAR A DIOS:

Los que ya me conocen desde hace un tiempo, saben lo importante que es Dios para mí, y que mi lugar preferido es su presencia, estar con Él, hablarle y escucharle. Y esto también lo estoy haciendo cada día, y amo hacerlo. De verdad. No hay nada mejor para mí. Todo lo demás puede esperar. Pero esto… ♥️

VIDEOS:

Como ya saben, hace unos meses empecé con un proyecto en mi canal de YouTube y demás redes sociales, en las que abordo temas de índole espiritual para mejorar la calidad de vida, literalmente. Con esto también estoy muy entusiasmada. Ahora mismo estoy en tiempo de preparación para una nueva serie de vídeos que saldrá en un par de semanas. Me resisto a entrar en el sistema de las RRSS, porque no quiero “habitar” allí, ni que sea allí donde encuentre mi alimento. Sólo aparezco por allí cuando tengo algo que ya se ha producido en mí y necesito compartirlo, y me ahorra, además, muchísimo tiempo. Lo aprovecho para todas estas cosas relevantes que he citado antes.


Bien, y para terminar esta entrada, sólo quiero rematar con algunos mensajes.

1. Bartomeu y Setién, ¡váyanse ya!🤨😠😡

2. Si quieres que te escriba una carta, dímelo y lo hago. Me hace muchísima ilusión escribir cartas.☺️✍🏻📜

3. En verano me toca usar el cabello ondulado. 🥵

4. Un par de días atrás tuve una de mis crisis existenciales y fue maravillosa.🙃😂

5. No estoy muy activa en las RRSS ahora mismo porque necesito estar conectada en mi corazón con Dios, leer, meditar, y eso requiere todo el tiempo y la concentración posibles. Pero me pueden escribir para lo que necesiten. En un par de semanas, cuando tenga lista la nueva Serie Devocional, nos volvemos a ver por las redes.

Siempre vuestra,

Lihem Ben Sayel…

 

 

CONFESIONES :o

¿POR QUÉ USO UN PSEUDÓNIMO PARA ESCRIBIR?

 

Existen varios motivos por los cuales yo lo hago. El primero, es la evasión. Te evades de tu realidad y puedes escribir al margen de las etiquetas con las que personas o las circunstancias vividas te han ido catalogando. Puedes ser “tú”, pero de una forma mucho más libre. Mucho más.

Segundo, para una persona introvertida, como lo soy yo, un pseudónimo también es una especie de escondite: te mantienes a salvo, porque no firmas con tu nombre, sino con una especie de alter ego que no te juzga, y que, aunque se expone al juicio, sale bien parado, porque te hace de escudo. «¿Es realidad o es ficción…»? Funciona un poco como la pólvora, haciendo uso del despiste, permitiéndote otros movimientos al margen de las miradas.

Además, me parece extraordinariamente artístico, original y creativo buscar otro nombre, en mi caso, con un significado especial, para poder firmar tus escritos. No es que no me guste mi verdadero nombre, pero siempre he pensado que “Nejath” refleja una parte de mí, de quién soy, pero no mi totalidad.

“Nejath” es fuerza, es una mirada que no revela sus secretos y un andar seguro. Es, también, una fortaleza muchas veces impenetrable, una muralla firme que no vacila. Un escudo y, por qué no decirlo: una coraza. La “palestina justiciera” como bien me bautizó mi amiga alemana. Qué distante puedo llegar a ser…

“Lihem ben Sayel”, en cambio, es frágil, transparente, sensible y tierna. Es esa parte de mí que está justo detrás de la coraza: viva, apasionada por la vida, por la amistad. Es crédula y confiada, y pediría mil veces perdón si eso haría que alguien importante volviese a su vida. A veces, demasiado ingenua, piensa que la gente conserva su pureza, y le cuesta creer cuánto alguien puede llegar a cambiar, hasta el punto de ser irreconocible

Es la más fácil de herir y a quien le cuesta más recuperarse, cómo no. Puede estar llorando durante años por personas a las que echa de menos. Puede seguir dedicándoles pensamientos y escritos, simplemente porque sí. Y, realmente, creo que si no fuera por la coraza que debe usar, sufriría mucho más de lo recomendable. Y también cometería sendas estupideces en nombre de sus francas emociones. Lihem, en todo caso, es mi propio corazón, abierto.

Por eso, para personas como yo, talvez con una excesiva dosis de melancolía, de creatividad y de sensibilidad, el mundo ahí fuera se nos hace demasiado duro de vivir, y por eso necesitamos otro camino paralelo, algo que mitigue lo doloroso que es cuando te enfrentas a aquello que no puedes controlar. En la escritura simplemente tachamos lo que no nos gusta. Pero en la vida real…

Y por eso un pseudónimo. Por eso escribir. Por eso todo “esto”. Porque algunos de nosotros estamos realmente expuestos y nos cuesta recuperarnos después de grandes pérdidas o grandes daños, y necesitamos la terapia con la que Dios nos bendijo para seguir adelante. Para algunos, su terapia será hablar. Para otros, será lanzarse de un paracaídas… Whatever. Pero otros, nos escondemos detrás de alguien más fuerte para protegernos, y jugamos al gato y al ratón, esperando no ser atrapados jamás. Y mientras tanto, escribimos, a veces para reír, y otras tantas para llorar.

—LihemBenSayel…😉✍🏻📜📚🌙🕯🌹

yom-kippur

CONFESIONES :o, PERSONAL, VIVENCIAS

Cosas personales, junio 2020: “Poniéndome al día”

Creo, muy seriamente, que he perdido mi facultad de escribir sin retórica sobre mi vida, sobre mi día a día. Lo he intentado innumerables veces, pero siempre ocurre lo mismo: escribo, borro, escribo, borro… apago el ordenador. ¿Puede ser posible que una persona llegue a ser presa de su misma prosa, poesía o narrativa y se vea incapaz de salir de ella? No lo sé. Si alguien me lo puede explicar, lo agradezco.

Este mes cumpliré 35 años, aunque en mi mente, no sé por qué, ya los tengo. Los números pares no son de mi total agrado. Me parecen débiles, mientras que los números impares me transmiten una fuerza descomunal. Creo que llevo todos mis 34 años pensando que tengo 35. Me gusta ese número. Aunque cuando pienso que solo quedan otros cinco para llegar a 40… ¡40! ¿Esto va en serio? ¡Si ayer tenía 23! Ok, tranquilos… muy al contrario de lo que pueda parecerles, no tengo ningún problema en cumplir años. De hecho, lo disfruto muchísimo, como una niña. Aunque ya no los puedo celebrar como antes, talvez [al menos solo de momento, eso lo tengo claro…]. Con hijos, algunas cosas se vuelven más sobrias, porque, si por mí fuera, reunía a mi banda de chicas y montaba una fiesta árabe de las mías de antaño y ahí sí que se celebraba por todo lo alto mi año más de vida, al ritmo de la darbuka y de la guapísima Nancy Ajram, y con mucho cous-cous de cordero para todo el barrio, y el tintineo de las moneditas incrustadas en los paños de danza árabe colocados en las caderas. Qué recuerdos, muy buenos, sí.

Ahora todo mi mundo se maneja introspectivamente, sobre todo en las madrugadas. Me he vuelto más pragmática, también. Aunque supongo que ese es uno de los efectos secundarios de ser mamá. Yo, la anti-práctica, la que es capaz de perder el autobús por no correr en la calle, la que da mil vueltas para luego darse cuenta de que el sitio estaba solo a dos pasos, la que prefiere aparcar a un kilómetro porque tiene más sitio en lugar de aparcar en un espacio reducido. Yo, la que pide mil recetas de cocina a familiares y amigas pero sabe perfectamente que no hará ninguna de ellas. Yo, la que prefiere quedarse en casa leyendo o escribiendo o escuchando música de Debussy [o de quien sea, clásica, claro] con tal de no tener que pasar por el tortuoso oficio de la conversación.

Ah, ¿no les había dicho lo mucho que me cuesta hablar? No es un tópico, créanme. Me cuesta de verdad. Soy malísima para la conversación de tú a tú. Ya amaba a Eva Green desde que la vi haciendo de la Princesa Sybilla en la maravillosa película “El Reino de los Cielos”, pero la amé muchísimo más cuando leí en una entrevista que ella confesaba que era tan tímida, que no iba a las fiestas para no tener que hablar de tú a tú con la gente. ¡Me sentí tan comprendida! Sé que quienes me conocen talvez jamás dirían eso de mí, pero la verdad es que con el tiempo uno va adquiriendo ciertos mecanismos de supervivencia social para no quedar como un ermitaño o asocial.

Con los años, eso se ha acentuado más, ya que por el estilo de vida que llevo ahora no tengo [prácticamente] vida social. Lo de “prácticamente” ha sido para no quedar tan mal, porque la verdad es que mi vida social es nula. Siendo sincera, mi vida social es el WhatsApp, el cual no soporto tampoco. No me malinterpreten, no es que no me guste hablar con la gente, lo que pasa es que el sistema de “te escribí ahora, lo leíste y debes responderme ahora” se me hace realmente pesado. Yo no puedo seguir ese ritmo, me es imposible. De hecho hoy, cierta persona se puso un poco pesada con ese tema, y no les digo la conclusión. Venga, sí se las digo: no le pienso a volver a escribir en la vida. Alguien que quiere mi amistad, debe comprender mi estilo de vida, mis prioridades y ocupaciones. Por eso valoro a las amigas que tengo ahora mismo: porque me comprenden de verdad, lo noto. Y eso para mí, en la amistad es lo más importante, ya que como amiga soy realmente atípica, rozando ser una especie de anti-amiga.

¿Qué culpa tengo yo de ser una persona introvertida? ¿Qué culpa tengo yo de disfrutar el petit-comité? ¿Qué culpa tengo yo de valorar el silencio, los momentos reflexivos y la introspección saludable? ¿Qué culpa tengo yo de amar los libros, la escritura y la música? No quiero decir que tengas que ser introvertido para disfrutar de estas cosas, pero la gran verdad es que estas son prácticas que se suelen llevar a cabo en la soledad.

También me gusta la amistad, pero no cualquier persona puede ser amigo o amiga. Yo admito que soy mala amiga, porque no soy la típica persona que intima al momento, y que te cuenta su vida y te hace partícipe de sus pensamientos y sucesos terribles o buenos. Me cuesta un universo. Pero me gusta disfrutar de las cosas que tengamos en común, y también disfruto escuchando a las personas. Creo que ese es un punto fuerte. Me gusta escuchar. Ojo, no he dicho hablar por teléfono, he dicho escuchar [o leer, que también se vale.] Porque, efectivamente señores, tampoco me gusta hablar por teléfono. Aunque ahora, no es tanto que no me guste, sino que es prácticamente imposible disponer de ese tiempo sin los gritos de ¡mamáaaa! de mis hijos de fondo.

Al final, creo que me gusta ser una mujer misteriosa. Me gusta que siempre quede algo por revelar. No sé, me parece más interesante.

Gracias al cielo por este pequeño rincón, que me acompaña ya desde 2007. Esto es mucho mejor que muchas otras cosas que están sobrevaloradas. Aunque he hecho la tarea: he ido a tomar café estas dos últimas semanas con dos grandes amigas. Así que no se preocupen, no estoy en camino de convertirme en una especie de monja ermitaña de convento europeo medieval. Es solo que a veces, no es tan fácil.

Ahora se acerca el cumpleaños de otra gran, gran amiga, y espero poder celebrarlo. Seguramente celebre el mío en compañía de un par de amigas, las más íntimas, y así seré muy feliz.

Qué lindo es ser aceptados como somos, aún con nuestras rarezas. Pero lo más importante siempre vendrá a ser aceptarnos a nosotros mismos, y darnos valor, aunque no seamos como los demás esperan que seamos. Aunque no vayamos con la corriente.

Au-revoir…

—Lihem, as usual.

apps.10626.14000697169355955.46e3090f-b2a3-4afa-ad0d-d63853efdc69.4c46783e-aacd-4af1-8fde-4ded9d0f468d

PROSA

MEMORIA

imagesTodos estaremos anclados en la memoria de alguien, incluso de aquellos a quienes hayamos ya olvidado. Nuestros nombres serán en alguna ocasión susurrados, aunque sea solo en el pensamiento más pequeño, —el más secreto. Alguien nos piensa, aunque no quiera admitirlo. Alguien quisiera decirnos algo, pero no se atreverá —ya sea por recelo, dolor o cobardía. Y así, se paseará nuestra memoria en un sinfín de universos desconocidos, y de pueblos lejanos del recuerdo, donde las piedras serán inertes testigos de que alguien nos piensa, —aún—, pero jamás se atreverá a decirlo.

—Lihem ben Sayel.

[Yo también pienso en personas que fueron muy importantes para mí, pero no me atreveré a decirlo, ya sea por recelo, dolor… o cobardía.]

LETTERS TO MY BELOVED, PROSA

LOVE LETTER [2]: “Detrás del velo”

Un corazón libre. Libre. Una mente que se expande de aquí hasta los confines del universo que tanto admiro, que tanto amo. Un invierno que se acaba y una primavera que comienza. Un desierto que se vuelve oasis: la cuna de en quién me he convertido hoy por hoy. Una mariposa a quien no pudieron cortarle las alas, así que vuelo hacia un propósito sin misterios, porque tu presencia gloriosa alumbra el camino en el aire de mi destino. Un silencio que me hizo fuerte. Un abrazo que me derrumbó. Los poemas de la noche y las canciones de la madrugada, —nuestras canciones, nuestros poemas. Caminar contigo no fue mi elección: tú ya me habías escogido desde antes de que mis ojos experimentaran la luz del sol. Tus latidos me pertenecen: por eso los busco con afán desbordante. Fui ideada en el centro de tu corazón: por eso quiero volver allí desesperadamente. Ya no soy ciega, pues he logrado ver allá donde ni el tiempo existía. Detrás del velo se escondía mi tesoro. Y ahí, detrás del velo, es donde he puesto mi corazón.

—Lihem ben Sayel…