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MDUP II: “Perdida”

MEMORIAS DE UNA PRINCESA
[SEGUNDA PARTE]

«Perdida»

El mundo gira alrededor de mí. El malestar es exagerado. No sé exactamente dónde estoy, ni tampoco, a ciencia cierta, hacia dónde debo ir. Ojalá hubiese una mano amiga que me llevara más allá de lo que ven mis ojos, y me mostrara, con una sonrisa de calma en el rostro, que finalmente llegaré. Allí. Dondequiera que sea ese lugar. Así, al menos, me sentiría un poco más segura. Un poco menos fuera de sitio. Supongo que es normal sentirse así, al menos después de que el suelo bajo mis pies desapareciera por completo, y no encontrara nada firme en lo cual pudiese afianzarme. Excepto Él. Su mirada. Sus palabras, resonando como eco en medio de la tempestad más abrumadora y ensordecedora. Tempestad que, a la vez, me ha enseñado a confiar más en Él. Aún así, me siento perdida. ¿Cómo es posible experimentar esta sensación de exilio? Fácil. Porque el lugar al que pertenezco no es terrenal. Aquí, no soy más que un caminante pasajero.

Lihem Ben Sayel,

The princess of the Lord…

🌹

 

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL

Gracias.

Algunos lo intentan; pero otros, simplemente lo consiguen. Y de esta manera, quiero agradecer a ciertas personas que, de una u otra forma, han estado presentes en esta última y determinante temporada de mi vida, y han llegado a mi corazón genuinamente. Talvez su participación haya sido puntual, pero ha marcado la diferencia. No deja de maravillarme —y hasta corro el peligro de parecer repetitiva— la cantidad de cambios que he experimentado en estos últimos años. Algunas personas que habían sido importantes en mi vida, ahora ya no forman parte de la misma. Son más un recuerdo que otra cosa. En cambio otras, sin yo siquiera imaginarlo, irrumpieron con una fuerza imposible de obviar. Gracias. Mil gracias. Porque sea cual sea mi destino, ustedes han formado parte —aunque sea con un mensaje en el momento oportuno, o un abrazo sanador, o una palabra del cielo, o con ánimos sinceros— de uno de los viajes más relevantes del proceso que es la vida.

Gracias Ana.

Gracias Amarilis.

Gracias Dámaris.

Gracias Avgustina.

Gracias Desireé.

Gracias Nana.

Gracias José.

Ustedes, en algún momento de mi historia, se convirtieron en maná del cielo.

PROSA, REFLEXIONES

Carta 5: verdaderamente libres.

¿En qué consiste realmente ser libre…? Lo estoy aprendiendo aún. Con el tiempo, he desarrollado una terrible aversión por las certezas vacías, por las confesiones inocuas. La verdad nunca deja indiferente a nadie. La verdad, al igual que la libertad, siempre lo trastoca todo. Es capaz de hacer daño, mas no por placer, sino por la necesidad imperiosa de exponer los engaños, aunque duela. La verdad puede ser un jarro de agua fría, o una puñalada certera, si quieres. Pero jamás será un veneno sutil, o una serpiente que se escabulle en las sombras. Sin embargo, la ignorancia es un mal amo, uno que pretende subyugarte hasta lo más hondo, asegurándose de que nunca veas la luz. La auténtica luz. Desde luego, bajo la ignorancia, es posible que contentes a todos, puesto que la ignorancia es esclavitud, y los esclavos carecen de voluntad: su vida es agradar a otros. Pero si posees la verdad, —o, mejor dicho, si la Verdad te posee a ti—, se dispararán las probabilidades de trastornar el mundo. De cambiarlo todo a tu paso. Y de que no te cambien a ti. Este, amigos, es el poder de la verdad, de la cual fluye la libertad.

—Lihem Ben Sayel.

« y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.» 

—Jesús de Nazareth. 

PROSA

Carta 4: La noche perfecta.

Es de madrugada. Y yo despierta, escribiendo, cómo no. Pero es que hace muchísimo que no vivía una noche como esta, donde la luna está llena, y se asoma por mi ventana, con prepotencia y melancolía. Estoy en una casa enorme, preciosa, la casa de los abuelos, donde toda la familia se reúne.  Está llena de espejos, y yo pienso que, definitivamente, podría ser muy feliz aquí, —sí, entre otras cosas, por los espejos. Esta noche es perfecta: yo, muy lejos de la rutina, bañada por la luz de la luna; de fondo, los grillos, algún ladrido. Y a lo lejos, un bosque frondoso, con inimaginables tonalidades de verde, por el que atraviesa un río helado. Qué bella es Noia. Qué bella es Galicia. 

—Lihem Ben Sayel.

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PROSA

Carta 3: Fire and scars.

No cierres la puerta, —no la cierres, aún. Antes de que entres por completo en mi vida, déjame explicarte —sin llantos, sin voz— que estoy hecha de fuego y cicatrices. Y allí,  donde encuentres fuerza, es porque primero hubo una herida. 

—Lihem Ben Sayel.

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PROSA

Carta 2

Caminando a oscuras por la casa, me tropecé con las maletas, aún sin deshacer. La nevera —que emitía su ya característico e inquietante ronroneo—, me recordaba que la vida continúa, aunque tú ya no estés aquí. Me froté las manos, ya sabes, por el frío. Sigo conservando la incomprensible costumbre de no ponerme la bata cuando salgo de la cama, aunque estemos en pleno invierno. Uno repite los patrones que le hacen sentir seguro, y a mí, en concreto, jamás me ha gustado taparme los hombros. Fue entonces cuando supe, casi instantáneamente, que podría acostumbrarme a cualquier cosa, menos, cómo no, a que me llamen viuda.

—Lihem Ben Sayel.

POESÍA

Carta 1

Hoy recordé los viajes que antaño hicimos

de los cuales no tuvimos el detalle de regresar enteros.

Los libros que leíamos —recostados sobre la hierba muerta—

mientras se oía, a lo lejos, una queja proveniente de no sé dónde.

Reíamos como posesos, como niños excedidos en azúcares

pero sin padres demasiado próximos a ellos que pudieran regañarles. 

Así reíamos. Bien lo recuerdo.

Mi sombrero. Tu corbata. 

Las tazas de té a los lados de la manta, de colores vivos y engañosos,

como el sol que se escondía para dejarnos expuestos ante la luna,

llena y exquisita.

Me tomaste de la mano para prometerme

relojes sin tiempo,

orillas sin olas, 

vestidos sin hilos,

y noches sin sombra.

Yo me lo creía todo, como una paloma indefensa

o como un anciano decrépito que ya nada exige,

salvo la indiferencia.

Hoy recordé nuestros viajes.

¡Lástima que no volvimos enteros!

 

—Lihem Ben Sayel 

 

POESÍA

Oda al tiempo perdido

Allí, donde huyen las voces

y el silencio te atrapa

—como telaraña,

allí;

donde la suavidad de la seda es

mero espejismo.

Allí claudicó el tiempo;

se convirtió en gran abismo.

Las luciérnagas apagaron la Luz.

 

—Lihem Ben Sayel.

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CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

“Nuestro nombre escrito en la pared” [Parte II]

Fui creciendo en mi vida cristiana a pesar de múltiples obstáculos. Siendo honesta, hubiera sido más fácil para mí dejar de seguir a Jesús, y hasta parece que habría tenido las excusas perfectas para hacerlo. Sin embargo, me sentí tal como Jesús dijo a sus discípulos: “ustedes no me eligieron así, sino que yo los elegía ustedes”. Me sentí así, escogida, elegida, predestinada. Me sentí rescatada de todo lo que me rodeaba, que bien podría haberme matado en múltiples maneras. Y, en efecto, las circunstancias que viví no me mataron. Pero me hirieron de muerte. Me costaría años y años sobre años poder recuperarme de un alma completamente quebrada y subyugada al miedo y la intimidación. En fin, de muchas sensaciones que prefiero no recordar. Es pasado.

En todo ese proceso de mi nueva pasión [Jesús], cuando hubiese preferido morir, y me sentía la persona más sola sobre la faz de la tierra, sentía la presencia de Espíritu Santo. ¡Wow! ¡Realmente no estaba sola! Ahí, junto con las lágrimas y las preguntas, junto con el dolor y las heridas, estaba Él. Él era ese abrazo. Ese amigo que lloraba conmigo. Ese que entendía mi dolor, y me pedía permiso para poder sanarlo.

Nuestra relación —como ocurre con nuestras relaciones con las personas, cuando pasamos juntas por terribles situaciones— se tornó más y más profunda. Había un halo de intimidad que me acompañaba siempre. Sin embargo, en algún momento perdimos la conexión. Y supongo que ocurrió cuando creía que, por estar en otra posición —de victoria— ya no le necesitaba tanto como antes.

Hacía cosas para Él, pero no necesariamente tenía una relación profunda con Él. Sin embargo, la anhelaba con todo mi corazón. Si me conoces un poco, sabrás que siempre he estado apasionada por Dios. DE eso no hay duda.

Pero… el hacer cosas para Él, en algún punto de mi vida, sustituyó al ESTAR con Él. El resultado de eso es que, por más que lo intentara, parecía que al dar un paso hacia delante daba dos hacia atrás. Mi relación no era constante, por lo tanto, tampoco podía ser muy profunda.

A finales de 2015, me desesperé. Me desesperé DE VERDAD. Y le dije: da igual lo que tenga hacer o dejar de hacer, ¡voy a tenerte! ¡Voy a perseguir tu corazón tan profundo como tenga que perseguirlo! Fue tan grande mi determinación, que, al entrar a 2016, mi vida giraba en torno a esto: PERSEGUIR EL CORAZÓN de Dios. Y, por ende, tener una relación más profunda con Espíritu Santo. CONOCERLE DE VERDAD. Porque en realidad ¡no lo conocía lo suficiente!

Estamos en 2019, y solo puedo decir que cada año, desde que tomé aquella determinación en 2015, ha sido mejor y mejor y mejor. De hecho, este año está siendo sencillamente perfecto. No solo celebro el nacimiento [en enero] de mi segunda hija, sino que, además, muchísimas de las cosas que me impedían seguir más profundo en mi relación con Espíritu Santo, desaparecieron. Estoy rodeada de profetas. Los tengo como amigos íntimos. Y con relación a ello, hoy me di cuenta que siempre he tenido amigos íntimos que son profetas. Este año, Dios ha confirmado muchas cosas en mi corazón por boca de sus profetas. ¡Y me prepararé en torno a ello!

No estoy donde quisiera estar aún, pero vaya si te digo que estoy en el camino correcto. Perseguir a Dios es lo que hago todo el día. Buscar su rostro es mi estilo de vida. Todo en mi vida gira en torno a ello. T O D O.

Cuando haya llegado al cumplimiento de mi destino, y vea muchas más cosas de las que jamás imaginé, y me pregunte: “pero, ¿cómo llegué hasta aquí…?”, leeré estas entradas, y lo recordaré: JUST BEING HERE, AT YOUR FEET. JUST BEING HERE, ON MY KNEES.

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MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

A mi pequeña, N. Sahar.

Veo la fuerza en tus ojos. Tu rostro se ilumina cuando sonríes. Me muestras tus tiernas encías, pero a la vez, eres capaz de revelarme en tu sonrisa la pureza de tu alma. Claro, es que hace solo seis meses nacías. Pero llevabas ya nueve meses con vida. Y viste el rostro de Dios. Quisiera ser como tú: estar en ese grado de inocencia y confianza, en la que todo lo demás es paja y heno. Solo me miras, y confías. Confías en que te cuidaré. Confías en que —por mucho que peses— yo no te dejaré caer. Confías en que te alimentaré siempre que lo necesites. Confías en que procuraré que el mal no te toque. De hecho, confías en que yo sea tu conductora del bien. ¿El mal? ¿Qué es el mal? Para ti, tal cosa, ni siquiera existe. Confías en que te amo. Y esa confianza, lo cambia todo. Tengo muchísimas preguntas. Tu mirada, me las responde todas. Solo yo sé lo mucho que te gusta estar en mi regazo. Solo yo sé que no importan las horas sin dormir, o que deje de hacer otras cosas por atenderte —cosas que antes me eran de suma importancia—. Solo yo sé, que, por encima del esfuerzo, está la recompensa de tu sonrisa, de tu mirada, de tu desesperación por volver a mis brazos cuando sientes que nos hemos separado unos segundos. Solo yo sé, que todo mi esfuerzo no pagará el premio del vínculo tan hermoso y fuerte que se está formando entre nosotras. Solo yo sé cuánto te deseaba. Solo Él sabía cuán feliz me haría enviándote a mi lado. Entre todas las cosas que tu nombre significa, mi favorita es “delicia”, porque ciertamente viniste para deleitarnos. «Ella será lo que tú habrías sido sin todas aquellas heridas», fue lo que escuché hoy, talvez desde el cielo. Y mi corazón sonrió. Porque serás tú misma, pero a la vez, me veré reflejada en ti. ¿Acaso no es eso maravilloso…? Sí. Es todo un milagro.

—Lihem Ben Sayel.

Te amo, mi pequeña.