PROSA

Carta 9: el [profundo] cambio repentino.

A veces uno está muy quieto, muy solemne; tan en paz, que pareciera que está cerca la muerte. Pareciera que nada tiene demasiada importancia como para romper la armonía. O si nada fuese tan relevante como para llegar al punto de querer marcar distancias y esquivar besos, o aún peor, miradas.

A veces, uno está embriagado por algún tipo de sensación de satisfacción y cumplimiento, muy a pesar de que no se hayan alcanzado aún las metas. Piensas que, a fin de cuentas, no era tan importante llegar, como disfrutar de los días que te estaban llevando hacia allí. El camino. El recorrido. Todo eso.

A veces te preguntas quién eres, pero no porque lo hayas olvidado, sino simplemente porque eres alguien nuevo, y no sabes exactamente cómo fue que ocurrió, cómo fue que se desataron las cadenas y soltaste las alas, sin temor, sin complejos, para volar hacia un nuevo horizonte lleno de aventuras por vivir.

No quiero saber si es real, porque sé que lo es. Tampoco quiero indagar mucho —no vaya a ser que se termine el encantamiento. Así que solo daré las gracias, porque este cambio, sea lo que sea a lo que se deba, no solo me hace más feliz a mí, sino que también alcanza a lo que más amo. Y a lo que no tanto.

—Lihem Ben Sayel.

MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

A mi pequeña, N. Sahar.

Veo la fuerza en tus ojos. Tu rostro se ilumina cuando sonríes. Me muestras tus tiernas encías, pero a la vez, eres capaz de revelarme en tu sonrisa la pureza de tu alma. Claro, es que hace solo seis meses nacías. Pero llevabas ya nueve meses con vida. Y viste el rostro de Dios. Quisiera ser como tú: estar en ese grado de inocencia y confianza, en la que todo lo demás es paja y heno. Solo me miras, y confías. Confías en que te cuidaré. Confías en que —por mucho que peses— yo no te dejaré caer. Confías en que te alimentaré siempre que lo necesites. Confías en que procuraré que el mal no te toque. De hecho, confías en que yo sea tu conductora del bien. ¿El mal? ¿Qué es el mal? Para ti, tal cosa, ni siquiera existe. Confías en que te amo. Y esa confianza, lo cambia todo. Tengo muchísimas preguntas. Tu mirada, me las responde todas. Solo yo sé lo mucho que te gusta estar en mi regazo. Solo yo sé que no importan las horas sin dormir, o que deje de hacer otras cosas por atenderte —cosas que antes me eran de suma importancia—. Solo yo sé, que, por encima del esfuerzo, está la recompensa de tu sonrisa, de tu mirada, de tu desesperación por volver a mis brazos cuando sientes que nos hemos separado unos segundos. Solo yo sé, que todo mi esfuerzo no pagará el premio del vínculo tan hermoso y fuerte que se está formando entre nosotras. Solo yo sé cuánto te deseaba. Solo Él sabía cuán feliz me haría enviándote a mi lado. Entre todas las cosas que tu nombre significa, mi favorita es “delicia”, porque ciertamente viniste para deleitarnos. «Ella será lo que tú habrías sido sin todas aquellas heridas», fue lo que escuché hoy, talvez desde el cielo. Y mi corazón sonrió. Porque serás tú misma, pero a la vez, me veré reflejada en ti. ¿Acaso no es eso maravilloso…? Sí. Es todo un milagro.

—Lihem Ben Sayel.

Te amo, mi pequeña.

MDUP2

MDUP II PARTE. Capítulo dos: «La noticia»

«MEMORIAS DE UNA PRINCESA»

[SEGUNDA PARTE]

Capítulo dos:

«La noticia»

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Lihem recorrió los metros que separaban su carruaje de Sod Bayith, la tienda donde se encontraría secretamente con Menahem. Miró hacia atrás, y asintió; la carroza se alejó varios metros más. Su vestido arrastró con él las pequeñas ramas que yacían en el suelo cubierto por aquella noche estrellada. Levantó la mirada, y disfrutó una vez más de esa luna que desprendía una tenue y delicada luz, esa luz que siempre la había acompañado en buenos y malos momentos, desde su niñez, hasta ahora, su madurez como mujer. Se aseguró de llevar consigo la carta dirigida a Tarios, su amigo, quien también estaba bajo la instrucción de Menahem. Se la entregaría a su Consejero, quien, a su vez, la haría llegar al Príncipe de las tierras del Este.

Mientras caminaba, Lihem pudo percibir un aroma particular que conoce tanto como a sí misma: era el perfume de Menahem, una mezcla entre mirra, canela, cálamo, casia y aceite de oliva. Él ya estaba allí, esperándola. Y ella solo tuvo que entrar para comprobar la presencia de su fiel Consejero. Lihem sonreía. Sin embargo, cuando entró, Menahem presentaba un aspecto acongojado, y, además, sostenía en su mano un pergamino que, aparentemente, acababa de releer.

Lihem demudó su rostro.

—Menahem, qué… ¿qué ha pasado?

Ella caminó lentamente hasta aproximarse a Menahem, quien le extendió el pergamino. Lihem lo tomó con temor, mirando con inquietud el rostro triste de Menahem.

—Le han apresado, Lihem.

—No, ¡no! ¡Tarios! ¿Cómo es posible…?

Lihem soltó el pergamino llevándose las manos a la boca, intentando, estérilmente, contener un sollozo. Las lágrimas sencillamente comenzaron a fluir por sus mejillas. Menahem la abrazó, queriendo tranquilizarla.

—Debes desahogar tus emociones, o éstas no te dejaran pensar con claridad.

Lihem se apartó de Menahem.

—¿Por qué estás aquí conmigo? ¿Por qué no estás con él? Si alguien puede sacarle de ahí, ¡ese eres tú!, —replicó ella, angustiada.

—No, Lihem. No me has entendido, Tarios mismo se entregó a Krêttos.

Lihem empezó a negar con la cabeza, completamente incrédula de lo que oía de los labios de Menahem.

—Eso no tiene ningún sentido… ¡Tarios jamás se rendiría! ¡Él sabe mejor que yo que este exilio es temporal, que tarde o temprano podremos volver a Noor y remover a Krêttos del trono que ha usurpado! Además, ¿qué ganaría con…?

De pronto, se hizo el silencio en Sod Bayith. Menahem la miró tiernamente, y suspiró.

—Claro, ganaría el trono…, —concluyó Lihem, mientras se sentaba en un sillón cercano.

—No pudo aguantar la presión de mantenerse en estas condiciones, —le explicó el Consejero—, y, además, le ofrecieron que, si se dejaba apresar voluntariamente, mostrando así que renunciaba a sus votos a YHWH, no solo podría gobernar junto con Krêttos, si no que lo heredaría cuando éste falleciese.

Lihem, anonadada, no podía comprender por qué Tarios, un noble discípulo de Menahem, al igual que muchos otros antecesores, había decidido dejar de luchar. Pero, perdida en esos pensamientos, Menahem la interrumpió.

—Lihem, eso no es todo. Nada de esto podrá ser factible, a no ser que él…

—Que él desvele mi ubicación.

Menahem asintió.

Luego de un breve silencio por parte de ambos, Lihem se incorporó.

—Pues bien, supongo que esto ya no servirá de nada, —concluyó Lihem, mientras rompía la carta que había escrito a Tarios.

—Sígueme, —le apuró Menahem—, tenemos un carruaje esperándonos en la parte de atrás. No hay tiempo  que perder. Es posible que Krêttos ya se esté dirigiendo hacia aquí con su comitiva para apresarte.

Lihem asintió, y siguió a Menahem. Y a su paso, su vestido dispersó los restos de aquella carta, que ahora no llegaría a ninguna parte.

[MDUP2]

PROSA

PEREGRINOS

 

horizon-grass-deer-scotland-natureBuscamos siempre nuestro sitio, en lugares que jamás nos han pertenecido. Oteamos el horizonte, con la esperanza de hallar la silueta de alguna nueva tierra que nos aloje; un nuevo hogar. Pero nuestro hogar no está delante de nosotros; ni tampoco es el que dejamos atrás, —hace tanto tiempo. Si tan solo mirásemos hacia arriba… Si tan solo comprendiésemos que, nosotros, tampoco pertenecemos a este mundo.

—Lihem Ben Sayel.

MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

PRECIPICIO

PrecipicioA veces, el suelo bajo nosotros se desmorona, y nos sentimos como al borde de un gran precipicio. Incluso, notamos bajo nuestros pies el vacío abrumador. No. No es una situación que Dios envía para destruirnos; o para disfrutar viéndonos caer, sin remedio, hacia una muerte segura. Es, sin lugar a dudas, la oportunidad perfecta para extender las alas, y volar hacia nuestro propio destino. Más allá de los límites; por encima de nuestros temores. Doy gracias por este tiempo. Me ha enseñado a volar…

—Lihem Ben Sayel.

 

REFLEXIONES

DECIDÍ PERDONAR.

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Decidí perdonar; no porque así remita el dolor. No porque de esa forma espere que las personas [o las circunstancias] cambien, o mejoren. Ni siquiera porque sea fácil. Decidí perdonar, porque no quiero convertirme en aquello que tanto daño me ha hecho. No quiero que el veneno de la maldad consuma mis ganas de vivir, mi sonrisa, mis ilusiones. Decidí perdonar, porque no quise permanecer más tiempo en el hoyo del rencor donde pretendieron enterrarme. Elegí florecer.

—Lihem Ben Sayel.

REFLEXIONES

UNA PEQUEÑA LLAMA

 

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Jamás permitas que la luz que hay en ti, permanezca encerrada dentro de un recipiente de decepciones, culpa y dolor. Brilla. Simplemente brilla. Para batir la oscuridad, solo es suficiente encender una pequeña llama.

—Lihem Ben Sayel.

MUY PERSONAL

LO NUESTRO

Nuestro amor trasciende las apariencias. Va más allá de ese enfermizo postureo que, en la sociedad actual, parece tener más peso y relevancia que la verdad. Nuestro amor no está frente a las cámaras. Ni se basa en los selfies, ni en las fotografías de los lugares que recorremos juntos. Para qué engañarnos. Lo nuestro es verdadero. Y cuando algo tiene como fundamento la verdad, no hay por qué demostrarlo constantemente. Más bien, lo que se intenta demostrar con periodicidad son las mentiras, lo falso, en un pobre intento de realzar el sabor de algo insípido. Lo real sencillamente fluye. Se siente. Se vive. Se experimenta. Y, finalmente, se atesora. Se convierte en ese recuerdo que nos arranca una sonrisa mientras vamos conduciendo, o justo antes de cerrar los ojos al dormir. Porque es real. Y nada más. Documentar lo real es absurdo. Exponerlo —a expensas del escrutinio de los demás, a quienes les importa poco o nada nuestra vida— es un craso error. Es como seguir una moda. Y nosotros odiamos las modas. Por eso, tú y yo, con la sabiduría y la experiencia que nos va dando cada año vivido el uno junto al otro, vivimos lo nuestro para nosotros. Lo disfrutamos o lo sufrimos juntos; los dos. Porque hay cosas que no requieren más testigos que los mismos involucrados. Y este es nuestro caso. Por eso, lo nuestro es verdadero, real, puro, honesto, certero. Fiel.

—Lihem Ben Sayel.

*A Habibi, en nuestros 8 años y una semana de matrimonio. Ana bahebak kateer.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

¿Por qué se acaban las cosas hermosas?

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Mi corazón se hace preguntas, en medio de las marcas que la luna le deja a la noche estrellada. Porque, cuando decimos que superamos algo, ¿a qué nos referimos, exactamente? ¿A que ese “algo” deja de dolernos, o deja de importarnos? No lo sé con exactitud. Qué bueno sería que algún sabio me concediera alguna respuesta, porque, a veces, mi corazón se confunde entre lo que debo soltar y lo que aún debo perseguir. Y a veces suelto. Otras persigo. Sin embargo, la pregunta que más cala en mi interior es: ¿por qué se acaban las cosas hermosas? ¿Quién las deja morir? ¿O es que acaso mueren ellas solas, porque, así como los árboles mudan sus hojas —dependiendo de la estación del año en la que estén—, las cosas en la vida también cambian de cuando en cuando? Y eso quizás se deba a que nos sea un recordatorio de lo pasajero que es todo aquí abajo, bajo el sol. Solo me queda aferrarme a una eternidad, en la que creo, y en la que se me promete que toda lágrima será enjugada, y que ya no habrá más sombras que oculten estos misterios ante mis ojos y ante las soledades de mi corazón. Allí, todo será paz. Todo será luz.

—Lihem Ben Sayel…

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

ESTRIDENCIAS

pexels-photo-66100Nunca me han gustado los gritos [ese exceso de energía que se desborda en palabras y en aspavientos]. Pero aún existe algo que puede superar mi incomodidad hacia los gritos: el silencio. El silencio; no en su versión de calma y sosiego, sino más bien en su forma de temor, de comodidad, de indiferencia, o incluso de egoísta desprecio. Ese silencio cruel y altivo que se posiciona a favor de sus propios intereses cáusticos, dejando de lado el sentido de la vida, de la justicia, de la ética o la moral. No exagero si admito que me produce cierta angustia y asfixia, porque va contra mis más neurálgicos principios. Y, ¿qué hacer, entonces, cuando te ves engullida por las enormes fauces de una bestia insaciable de mentiras, engaños y tergiversaciones? Demasiados enredos para alguien que está en búsqueda de la Verdad. Débil. ¡Débiles! Vuestra fuerza radica en vuestro propio temor, y eso os da energía suficiente para huir tan lejos como os sea posible. No cuenten conmigo: no transitaré esa sinuosa senda. Prefiero las sendas antiguas. Las sendas de rectitud. Me incomodan los gritos, pero hay estridencias aún más molestas e intolerables: cobardía y egoísmo. Mala combinación.

—Lihem Ben Sayel.