A los que buscan. A los hambrientos. A los que están muriendo.

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[…y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.]


A ti, que estás buscando a Dios con todo tu corazón. Que piensas que mientras más te acercas, Él parece alejarse. No. Él no está lejos. Él está más cerca de lo que podrás imaginar. A ti, que clamas de rodillas por tu casa, esperando la lluvia del cielo sobre el terreno árido de los corazones, no desmayes. No te rindas. La victoria se está gestando. Dios está de tu parte. A ti, que llamas a las puertas del cielo una y otra vez. A ti, que intentas levantarte en las madrugadas, y el sueño te vence. Inténtalo esta madrugada otra vez… A ti, que eres madre y esposa, y piensas ¿de dónde sacaré el tiempo para buscarle…? No desistas. ¡Siempre hay un momento donde puedes encontrarte con tu amado! A ti, que eres el sacerdote de tu hogar, y que buscas día y noche el sustento de tu casa, Dios conoce tu corazón. Y ha escuchado tu súplica. Si trabajas para Él, recuerda, que Él es buen pagador. A ti, que sigues hambriento de más de su presencia, no te sacies con las migajas, porque Dios tiene una casa llena de pan para ti. A ti, que estás muriendo a ti mismo, y que parece que nunca es suficiente. Es cierto. Nunca estaremos demasiado muertos. Tendremos que morir a algo “cada día”. Y mientras más mueras, más te parecerás a Él. Mientras más te vacíes de ti mismo, más te llenarás de Él. A ti, que anhelas los tiempos de Pentecostés. Que quieres formar parte de esa ola de fuego que Dios prometió para esta época. A ti, que crees en los milagros. Que notas cómo arde tu corazón cuando sabes que Jesús te llamó para sanar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar fuera demonios… ¡no dejes que ese anhelo perezca! Ora por el próximo enfermo que veas. Reprende a los espíritus inmundos. El poder que opera en ti es mayor. Sólo cree. A ti, que amas Su palabra, y te deleitas en ella día y noche. Busca su revelación y aplícala a tu vida. Compártela. Permanece en Él y en su palabra; sólo así llevarás fruto abundante al Padre. A ti, que anhelas más de Dios. A los que se han vuelto como niños para acceder a lo incomparable de su Reino. A los que han rechazado ser “sabios” para reconocer que necesitan empezar de cero, a fin de conocer realmente a Dios. A los que buscan. A los hambrientos. A los que están muriendo. No desfallezcas… ¡no ahora! ¡No cuando has llegado hasta aquí! Créeme, aún no hemos visto “nada”… Lo que nos depara es aún mayor. Sus profundidades son inescrutables. No te quedes a mitad de camino. No pienses que “ya está”. No. No. No. Hay más, hay mucho, mucho más… Y lo más glorioso es que Dios nos lo quiere dar. Por favor, no te rindas. Tampoco dejes que yo me rinda. Sigamos buscando. Sigamos más profundo. No somos sólo “unos cuántos”. ¡Es un ejército lo que Dios está levantando! Y todo (bueno o malo) forma parte de nuestra preparación. Todo es útil para nuestro entrenamiento. Vamos, sigamos… ¡Hasta que llegue el AVIVAMIENTO!

Lihem Ben Sayel.


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No olvides darme tu opinión, así intercambiaremos impresiones y experiencias. Puedes escribirme también , si lo deseas, a mi email:

amira.lihembensayel@gmail.com

(Perdónenme que no conteste rápido,  con el bebé es un poco complicado. Pero siempre leo vuestros comentarios, que me edifican enormemente.)

Dios te bendiga.

 

Dios nos llama a la insistencia.

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[…y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.]


Estamos llegando al final de esta serie. Y, como muchas veces ocurre, lo complicado no suele ser comenzar algo, sino mantenernos en ello.

Una amiga mía me dijo la semana pasada que Dios es quien nos visita, pero somos nosotros quienes debemos habitar en su presencia. ¡Nunca al revés! Guardaré esta verdad para siempre en mi corazón.

Bien. Hay un llamamiento. Y, cómo no, el excelso y supremo liderazgo de Dios nos ofrece también un premio. Y créanme, no es cualquier premio. No se obtiene mediante obras, ni por nuestros logros ministeriales (por lo muy visibles que seamos, o talentos, o dones, etc…). No. Este premio sólo se obtiene mediante la fe apasionada, el quebrantamiento continuo, un espíritu contrito y humillado. Y la insistencia.

Dios nos llama a la insistencia. Lo vemos por todas partes en las Escrituras.

Por ejemplo, en la parábola de la viuda y del juez injusto en Lucas 8:1 :

Cierto día, Jesús les contó una historia a sus discípulos para mostrarles que siempre debían orar y nunca darse por vencidos. (NTV)
Jesús les contó a sus discípulos una parábola para mostrarles que debían orar siempre, sin desanimarse. (NVI)
¡Atención aquí! Jesús relacionó el “orar siempre” con nuestro estado de ánimo. Una de las cosas que más nos estorban de mantenernos habitando en la presencia de Dios, son nuestras emociones. Si estamos tristes, o desanimados porque no vemos lo que queremos, solemos tirar la toalla y dejar de orar… (Recuerda que cuando me refiero a “orar”, no sólo me refiero a realizar peticiones específicas; de hecho, eso es lo último en la lista. Me refiero al simple hecho de “estar con Jesús”, de buscarle, de adorarle, de estar hambrientos de su presencia, de querer conocerle, etc…)

También lo vemos en Gálatas 6:9 :
Así que no nos cansemos de hacer el bien. A su debido tiempo, cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos. (NTV)
Normalmente relacionamos este versículo con buenas obras, servicio, etc… Y está bien. Pero no creo que podemos limitar la palabra de Dios sólo a lo que nos parece. ¿Qué bien más glorioso existe que anhelar con fervor estar en su presencia, con el ánimo de conocerle más, impregnarnos de Él, para ser más como Él? No podemos impactar a nadie si no somos más como Jesús. Y para ser como Él, debemos estar con Él e impregnarnos de su presencia.

La Real Academia Española define “permanecer” de esta manera:

1. intr. Mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad.

  • En un mismo lugar: en su presencia.
  • En un mismo estado: buscando, buscando, buscando.
  • En una misma calidad: con TODO nuestro corazón.

Sin motivo de discusión, Dios quiere que permanezcamos con Él y en Él. No tengamos duda alguna de que, si permanecemos, si habitamos, si nos quedamos, Él nos visitará, y le podremos conocer más profunda e íntimamente. ¡No desmayemos! ¡No nos cansemos de buscar! ¡No dejemos de tocar (e incluso aporrear) las puertas del cielo con insistencia! Porque el que pide, recibe. El que busca, halla. Al que llama, se le abrirá. (Mateo 7:8)

Filipenses 3:12… No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí.

Jesús nos alcanzó para que tuviésemos libre acceso a su presencia. El pecado nos había apartado. Habíamos sido destituidos de su gloria. Pero Él nos restituyó a ella con su muerte, rasgando el velo que nos separaba del Padre.

Filipenses 3:14… sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús. (NVI)

Sigamos avanzando en nuestra búsqueda de Dios, sin desmayar, sin desanimarnos, sin darnos por vencidos. Porque, finalmente, obtendremos ese galardón: volver a los tiempos de Adán…

Oremos: “Señor, heme aquí. Anhelo volver a los tiempos de Adán. Caminar contigo. Conocerte más. Rindo mis emociones a ti, para que nada me impida seguir buscándote con la insistencia que Tú mereces.”

Canción:

No olvides darme tu opinión, así intercambiaremos impresiones y experiencias. Puedes escribirme también , si lo deseas, a mi email:

amira.lihembensayel@gmail.com

(Perdónenme que no conteste rápido,  con el bebé es un poco complicado. Pero siempre leo vuestros comentarios, que me edifican enormemente.)

Dios te bendiga.

 

—Lihem Ben Sayel.

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El incomparable valor de conocer a Cristo.

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[…y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.]


Este ya es el tercer intento para publicar este post. Tenía muchas ideas ya escritas, pero en mi interior no estaba tranquila publicándolas. Para ser honestos, siento que debe ser corto.

Sólo he sido dirigida a que nos hagamos esta pregunta:

¿QUÉ NOS ESTORBA DE BUSCAR MÁS A DIOS? (¿el cansancio, el trabajo, la pereza, el conformismo, la indiferencia, el pecado…?)

Y talvez, hay espacio para otras dos, y te aseguro que te confrontarán:

¿ES, REALMENTE, DIOS LO PRIMERO EN NUESTRA VIDA? (Si la respuesta es “sí”, ¿por qué en el día a día no le ofrecemos “ese” tiempo primero y mejor? ¿Porque anteponemos todo, aún el servicio, a nuestra búsqueda de Dios?

¿REALMENTE AMAMOS A DIOS? (¿No se supone que ansiamos desesperadamente “conocer”  a quien amamos?

Durante demasiado tiempo, nos hemos acostumbrado a sentirnos “satisfechos” con las migajas… ¿Vivimos un cristianismo de “migajas” cuando Jesús dijo que el pan era para nosotros, los hijos?

Le buscamos cuando tenemos problemas. [Migajas]. Le buscamos antes de predicar. [Migajas]. Le buscamos porque queremos que manifieste sus prodigios en algún asunto concreto. [Migajas]. Porque queremos sanidad, liberación, provisión. [Migajas] ¡Ya todo eso ya ha sido consumado!

Sé que hay gente tan desesperada como yo de conocer más a Dios. De ir más profundo en esta hermosa relación. Les dejo con dos cosas: varias versiones de Filipenses 3:8 y capturas de pantalla de una conversación que sostuve hace dos semanas. Por favor, tómate el tiempo para meditar en esto. Algo glorioso está pasando. Dios nos está atrayendo con sus cuerdas de amor. Dejémonos atraer.


Filipenses 3:8

Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo,
Aún más, a nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él
Y ciertamente, aun aprecio todas las cosas como pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, para ganar a Cristo,
Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo
Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por El lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo,
Así es, todo lo demás no vale nada cuando se le compara con el infinito valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por amor a él, he desechado todo lo demás y lo considero basura a fin de ganar a Cristo
Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo
Todo eso lo he dejado a un lado, y lo considero basura, con tal de llegar a conocer bien a Cristo, pues no hay mejor conocimiento. Y quiero que Dios me acepte, no por haber obedecido la ley, sino por confiar en Cristo, pues así es como Dios quiere aceptarnos.

Después de leer y releer este versículo, poderosa declaración de Pablo, ¿qué es lo que tienes que echar a la basura? Recuerda que nada tiene valor, si lo pones al lado del INCOMPARABLE VALOR DE CONOCER A CRISTO… Yo eché a la basura la literatura, algo a lo que daba gran lugar en mi vida y mi corazón (y que me ocupaba mucho tiempo), y también deseché horas de sueño y tiempo de ocio.

¡NO NOS CONFORMEMOS CON LAS MIGAJAS! ¡DIOS QUIERE DARNOS TODO, ABSOLUTAMENTE TODO DE ÉL! ¡TOMEMOS EL TIEMPO NECESARIO PARA CONOCERLO MÁS Y MEJOR!


Ahora les dejo con esta conversación que sostuve con un amigo, y gran hombre de Dios:
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No olvides darme tu opinión, así intercambiaremos impresiones y experiencias. Puedes escribirme también , si lo deseas, a mi email:

amira.lihembensayel@gmail.com

(Perdónenme que no conteste rápido,  con el bebé es un poco complicado. Pero siempre leo vuestros comentarios, que me edifican enormemente.)

Dios te bendiga.

¿Qué tan importante es nuestro tiempo a solas con Dios?


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[…y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.]


¡Hola amigos y amigas buscadores de Dios! En esta ocasión, he querido ofrecerles pequeñas porciones de apasionantes y revolucionarios libros de tremendos hombres de oración, que he leído en este tiempo, y que me incendiaron por dentro. Como consejo, les diré que es mejor que lean este post poco a poco, en un momento de quietud, meditando en cada cita que les dejo aquí. Estoy completamente segura de que, después de haber leído este post, harás algo para incrementar o instaurar por fin un tiempo devocional DIARIO con Dios. 


“Algunas personas dicen: yo nunca obtengo nada [cuando estoy en la presencia de Dios]. Lo sé. Usted nunca permanece lo suficiente en la presencia de Dios para recibir nada. Para cuando algo llega, usted ya se ha ido.”
-K. Hagin


He estado últimamente meditando en cierto asunto. Tantos congresos, actividades, eventos… ¡La iglesia de hoy no para! Mi pregunta es, en proporción, ¿cuánto de nuestro tiempo invertimos en únicamente “estar con Jesús”? ¿Pasamos más tiempo “sirviendo” a Dios que “estando con Él? Entonces, es ahí donde radica el problema. Las actividades no traen transformación: lo hace un estilo de vida donde “buscar Su rostro” es la prioridad. Tal vez, si esa fuera DE VERDAD nuestra prioridad, el avivamiento YA estuviera entre nosotros.
-Anónimo.


“Los hombres [y mujeres] de oración deben ser de acero, pues serán atacados por Satanás aun antes de que empiecen a atacar su reino. La oración que consiste meramente en presentar una lista de necesidades al Creador del universo, es sólo el lado más pequeño de esta verdad multifacética. La oración no sustituye el obrar; pero igualmente cierto es que el obrar no puede sustituir la oración.” (-L. Ravenhill)


“Desde el día de Pentecostés no ha habido un gran avivamiento espiritual en ningún país, que no se haya iniciado en una reunión de oración, aunque fuera solamente de dos o tres. Ni el avivamiento ha continuado después que las reuniones de oración declinaron.”
–Dr. A. T. Pierson


La intimidad con Dios no se forja con llamadas cortas, pues Él no concede sus dones a los que van y vienen con prisas. El secreto de conocer a Dios y de tener influencia en Él es estar mucho tiempo solos con Él, que cede ante la insistencia de una fe que le conoce.
–E. M. Bounds (Un tesoro de oración)

El ejemplo de Jesús en la oración y la comunión con Dios. Buscaba al Padre antes de ministrar, y también después. Era su prioridad, y eso marcó la diferencia entre su ministerio de poder, y -por ejemplo- el ministerio hueco y vacío de los religiosos de la época, que sólo hablaban, pero no practicaban la verdadera comunión con Dios.

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¿Es posible tener afinidad con Jesucristo sin estar en constante oración? ¿No son coordenadas y coherentes la vida del Espíritu y la vida de oración? ¿Puede haber amor fraternal en un corazón que no ha sido enseñado en la oración?
–E. M. Bounds (Un tesoro de oración)


La oración eleva al hombre sobre lo terrenal y lo vincula con lo celestial. Los hombres no pueden estar nunca más cerca del cielo, más cerca de Dios, ni ser más semejantes a Dios, en comunión más profunda y real con Jesucristo, que cuando están orando. El amor […] nace y se perfecciona a través de la oración.
–E. M. Bounds (Un tesoro de oración)


Nunca conoceremos a Dios en la forma que tenemos el privilegio de llegar a conocerle, mediante intercesiones breves, fragmentarias, irreflexivas y repetitivas, que no son otra cosa que requerimientos personales.
–E. M. Bounds (Un tesoro de oración)

La intimidad es algo que requiere un esfuerzo. La oración continua no es un incidente, sino algo primordial. No es un acto único, sino una pasión; no es un antojo, sino una necesidad.
–E. M. Bounds


Jesucristo fue siempre un hombre ocupado, pero nunca demasiado ocupado para orar. La obra más divina llenaba su corazón y llenaba sus manos, consumía su tiempo, pero en Él, ni siquiera la obra de Dios podía ocupar el lugar de la oración.
–E. M. Bounds (Un tesoro de oración)


Oración, mucha oración, es el precio de la predicación ungida. Sin oración constante, la unción nunca llega al predicador. Sin la oración perseverante, la unción, igual que el maná que se pretendía guardar, cría gusanos.
—E. M. Bounds.

«La estima y el lugar que se le dé a la oración, es la estima y el lugar que se da a Dios. Todo lo que afecta la intensidad de nuestra oración, afecta el valor de nuestro trabajo.»
—E. M. Bounds


«Cosas buenas en sí mismas pueden volverse malas cuando se les permite instalarse desmedidamente en nuestro corazón. Debemos cuidarnos de cosas que son buenas y correctas, pero a las que les permitimos que desplacen a la oración, y cierren la puerta de la recámara, a menudo encubriendo la conciencia con un “estoy demasiado ocupado para orar”.»
—E. M. Bounds

“El corazón hambriento es lo que finalmente penetrará el velo y se encontrará con Dios, pero esto sucederá durante los recesos solitarios del corazón, lejos de las cosas del mundo natural. Aquí es donde Dios nos encontrará, separados de la irritante muchedumbre.”
—A. W. Tozer (Intenso)


Entre tanto, el fuego del altar debe mantenerse ardiendo; nunca deberá apagarse. Cada mañana el sacerdote le echará leña nueva al fuego. Luego acomodará la ofrenda quemada sobre él, y también quemará la grasa de las ofrendas de paz. (Levítico 6:12)


No olvides darme tu opinión, así intercambiaremos impresiones y experiencias. Puedes escribirme también , si lo deseas, a mi email:

amira.lihembensayel@gmail.com

(Perdónenme que no conteste rápido,  con el bebé es un poco complicado. Pero siempre leo vuestros comentarios, que me edifican enormemente.)

Dios te bendiga.

 

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El Padre busca, y sigue buscando.


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[…y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.]


El cielo está inquieto. Los ángeles y querubines apuran su vuelo de un lado a otro. Se escuchan murmullos casi inaudibles. Miguel mira a Gabriel, y le pregunta: ¿está ocurriendo otra vez? Gabriel afirma, asintiendo con su cabeza: el Padre se ha levantado de su trono para mirar abajo, a la tierra. El Padre busca. Busca. Sigue buscando…

Busca un corazón encendido. Un corazón que no se sacie de su presencia. Busca a alguien que pueda venir corriendo a su trono, a derramar su corazón en alabanza y adoración. Busca a aquellos que acepten su llamado sin reservas. El Padre busca. Sigue buscando…

Busca a los hambrientos de su palabra. A aquellos que se alimentan con los dichos de su boca. El Padre busca a aquellos que le preguntan, al levantarse, antes de poner sus pies sobre el suelo: ¿qué puedo hacer por ti hoy, Padre? ¿Qué quieres de mí hoy? ¿Cómo te puedo agradar? ¿Cómo he de satisfacerte?

El Padre busca, busca. Sigue buscando… Busca a los sedientos. A los que sólo desean permanecer sumergidos en las profundidades de las corrientes de su espíritu. Sin mirar el tiempo. Sin reloj. Busca y anhela con celosía a alguien que le diga “heme aquí”, y no sólo le pida. Busca a alguien desesperado por ver su rostro.

Y sigue buscando… Busca corazones ardientes, que vayan corriendo a su presencia, no por obligación, sino por PASIÓN. Busca vasos de barro a los que pueda moldear. Busca siervos y siervas humildes, que hagan del quebrantamiento su más grande hábito. Busca las lágrimas sinceras de un adorador que no puede contener el peso de su gloria sobre su espalda.

El Padre busca. Y sigue buscando. Busca a alguien que aún hoy, es capaz de ponerse sobre sus rodillas cuando entra el Rey de Gloria, y que no se avergüence. Busca entre su pueblo, busca en la tierra, a alguno con el corazón de Moisés, que se postraba rostro en tierra exaltando hasta lo sumo a Aquel en cuya presencia estaba.

Busca, busca… El Padre busca y sigue buscando. A aquellos con la fe de Elías y Eliseo, que creen que su oración abrirá los cielos cerrados, y hará descender lluvia y fuego. El Padre busca a aquellos como María de Betania, que derramó hasta la última gota de su perfume en adoración, de su vida, no dejándose nada. Busca a aquellos como David, conforme al corazón de Dios, que le adoraba como estilo de vida, no importándole nada. Ni aún su reputación.

El Padre busca, y sigue buscando… a aquellos que no se conforman con lo que ya han vivido o experimentado. Busca a los insaciables de su presencia, a los devoradores de su palabra, a los desesperados por su gloria, a los apasionados por escuchar su voz, a los que aman al prójimo porque saben que así se parecen más a su Maestro, a los que se despojan de su vanidad y de su gloria pasajera, para revestirse del carácter santo de Cristo, a los que perdonan, porque también han sido perdonados.

Busca, busca, sigue buscando… A aquellos que no se conforman con llegar hasta los atrios: ellos quieren ir detrás del velo. Busca a aquellos que aborrecen el pecado, porque saben que los separa de su dulce presencia.

El Padre busca, busca… y sigue buscando.

¿Encontrará en ti ese corazón apasionado…?

Oremos juntos:

Señor, heme aquí. Quiero que mi vida sea adoración para ti. No me saciaré. Jamás me conformaré…

Versículo para reflexionar:

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Canción:

Introducción a mi nueva serie: “The deep seeking” [La búsqueda profunda]

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[…y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.] 

Hablaré claro. Conozco los detalles grosso modo del porqué vine a esta tierra desde que tengo 17 años. Pero desde siempre supe lo que quería: servir a Dios. Así, tan claro y simple como eso. Claro y simple como lo es el evangelio: sin dobleces, sin intenciones de grandeza [ministerial], sin ir más allá del mero acto del “servicio total y absoluto”. En otras palabras, quería ser “esclava” suya. Y no me avergüenzo de usar este término. La gente hoy en día es esclava de muchas cosas [tanto como lo fui yo tiempo atrás]. Sus “amos” son malvados y crueles. Lo exigen todo a cambio de sensaciones placenteras que derivan en muerte, destrucción y dolor. Mi “dueño”, mi Señor Jesús, me ama de tal forma que entregó su vida por mí para que yo fuera libre, sana, santificada y justificada. Y derramó su preciosa sangre para que yo no siguiera siendo torturada en las manos de mis verdugos.

Casi 20 años después de haber tomado la decisión de seguir las huellas de Jesús, miro atrás y puedo ver la vida de una adolescente, de una joven, y de una mujer que sólo ha podido avanzar por la gracia de Dios. Hubo un tiempo en el que creía que el “hacer buenas obras” me convertiría en mejor persona. Cuán equivocada estaba.

¿De qué sirve la memorización de la Biblia si tu corazón carece de amor? ¿De qué sirven las horas de oración si no muestras bondad al prójimo? ¿De qué vale dedicar tu vida al servicio eclesiástico si en tu hogar eres una persona completamente diferente?

Yo era una joven ambiciosa. Siempre he querido ir más alto. Siempre he querido ir donde los demás no llegaban. Quería pisar la cima “primero” para tener la aplastante satisfacción del ganador. Pero olvidé, por mucho tiempo, que Jesús fue esa clase de persona que se agachaba para lavar los pies sucios de unos pescadores nada glamurosos.

Entonces, recibí la llamada de mi consciencia: había que volver a las bases, a la profundidad. Y para ir a la profundidad no puedes ir cargado de cosas. Sólo debes llevar lo vital: el oxígeno. Todo lo demás será innecesario. Así que me tocó despojarme de lo que “llevaba de más”.

Esta nueva serie que empiezo (y que seguramente durará todo este mes) será con respecto a la vida cristiana. Si estás leyendo esto, y sientes el fuego de la pasión por Dios en tu corazón, déjame decirte que me gustará que recorras este viaje conmigo. Si no conoces a Dios o tienes dudas, permíteme presentarte a aquel “Dios desconocido” del cual muchos hablan, pero pocos se toman el tiempo de conocer, y aún menos viven de acuerdo a Él.

No puedo [ni quiero, ni pretendo] negarlo: Dios es mi vida. Mi pasión. Mi todo. Es el motor de mi vida y el fundamento sobre el cual reposa mi hogar.

Intentaré escribir cada día. Pero si resulta que no tengo algo lo suficientemente “profundo” o “valioso” para compartir, preferiré no escribir nada.

—Lihem Ben Sayel.

 

 

TÚ, QUE CONOCES MI CORAZÓN

 

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Miro al cielo, este cielo estrellado, en esta noche que se presenta con tantos pensamientos inciertos. Mi corazón palpita despacio, con la parsimonia de una nube al viento. Y me pregunto: ¿estás allí? ¿Puedes oírme? Si alguien sabe lo que siento, ese eres tú. Si alguien puede medir la dimensión de mis profundas interrogantes, ese eres tú. Y por eso, sólo a ti he confiado mi corazón. Sí, tengo mis altos y mis bajos. A veces pueden desanimarme las circunstancias. Y la espera de tus promesas, en ocasiones, resulta una tortura insoportable. Pero, ¿a quién tengo, sino a ti? ¿A quién quiero, sino a ti? Nadie me llena como lo haces tú. Nada me satisface como tú. Y mi corazón va en pos de ti, como un niño desesperado que busca refugiarse en los brazos amorosos de su padre. A veces quisiera sentir tus brazos rodeándome. Quisiera ver tu rostro. Tu mirada bastaría para sanar mi interior. Tu sonrisa me proporcionaría la paz jamás soñada. Una palabra tuya, bastaría para fortalecerme. Por favor, te pido, no me olvides. No me deseches. No ahora, que he llegado hasta aquí contra viento y marea, porque mi vida, [tú lo sabes], ha sido una tempestad que sólo tú has podido contener. Tú, que conoces mi corazón, escudríñame. Cerciórate de que es cierto. Puedes entrar a cada habitación de mi alma. No me importa que veas lo peor de mí. Porque prefiero caer en tus manos, que en la de los que desean mi mal.
—Lihem Ben Sayel.
Salmo 63:1-8
Salmo de David, acerca de cuando estaba en el desierto de Judá.
Oh Dios, tú eres mi Dios;
    de todo corazón te busco.
Mi alma tiene sed de ti;
    todo mi cuerpo te anhela
en esta tierra reseca y agotada
    donde no hay agua.
Te he visto en tu santuario
    y he contemplado tu poder y tu gloria.
Tu amor inagotable es mejor que la vida misma,
    ¡cuánto te alabo!
Te alabaré mientras viva,
    a ti levantaré mis manos en oración.
Tú me satisfaces más que un suculento banquete;
    te alabaré con cánticos de alegría.
Recostado, me quedo despierto
    pensando y meditando en ti durante la noche.
Como eres mi ayudador,
    canto de alegría a la sombra de tus alas.
Me aferro a ti;
    tu fuerte mano derecha me mantiene seguro.
 

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Lo aprendido, se queda.

[Un regalito para cerrar bien el año.]

Este año ha sido de muchos -e importantísimos- aprendizajes. De adentrarme en las profundidades. De renunciar. De amar de corazón -o al menos intentarlo un poco más. Este año han cambiado cosas; cosas que, , no volverán a ser iguales. A veces siento miedo, sólo a veces.

Pero la mayor parte del tiempo, el amor echa fuera todo ese temor a lo nuevo, a lo que desconozco, pero que se aproxima a una velocidad vertiginosa. A veces, aún lloro por las decepciones. Es normal. Soy humana, y de naturaleza sensible. Me he permitido serlo, después de todo.

Sigo prefiriendo callar. Guardarme ciertos secretos. Apuntalarlos en algún rincón de algún diario. Intento hablar. No resulta. Quizás ese tipo de desahogo no vaya conmigo. Quizás, en mi caso, mi ciclo de liberación sea el callar, reflexionar, escribir, y continuar. Prefiero que todo siga su curso. No estoy aferrada a nada, por lo tanto, nada puede encadenarme. Ni retenerme. En mi corazón no hay dolor, ni angustia, ni rencor. Sólo hay paz; sosiego. Soy libre.

Quizás, aunque muchas cosas hayan cambiado, preferiré mantenerme al margen del “gran escenario”. Y al margen de las espectaculares luces, para disfrutar -y darme cuenta- de los detalles más grandiosos, que pasan desapercibidos en un mundo donde las masas se mueven detrás de lo común y de lo efímero, sin reparar en las cosas realmente valiosas, que perdurarán en la eternidad.

Quizás aún prefiera callar. Pero mi corazón no está cerrado… al fin.

Feliz 2017.
Lihem Ben Sayel… 

♦Mira aquí mi nuevo poema: «He vencido». 

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Mi despedida del mejor año de mi vida… hasta ahora.

Introducción.

¿Cómo se puede resumir un año, 365 días… tantas cosas vividas? Para ser honestos, no es nada sencillo. Pero lo intentaré, por amor a las memorias. No es por azar que este Blog lleva por nombre “Memorias…”.

I

El año empezó bien. Con las relaciones bien forjadas; con ganas. Pero, de un momento a otro, dio un vuelco (alrededor de febrero-marzo). Y, una relación que yo daba por consolidada, se derrumbó. Me decepcioné, sí, una vez más. Pero, en esta ocasión, decidí elevarme por encima de mis propias emociones, y buscar en lo profundo del espíritu.

II

Y así, casi por accidente, comencé mi intensa búsqueda de Dios. Algo que no consta sólo en dogmas, ni en responsabilidades, sino en DESEO. Sí, deseo en mayúsculas; porque si bien es cierto que antes la búsqueda de las profundidades de Dios estaban relacionadas con una especie de peso, o sentido del deber, esta vez se transformó en mi mayor -no, en mi único- deseo.

III

Entonces, todo cambió. Y una a una me fui deshaciendo de aquellas cosas a las que había aferrado. Se podría fácilmente decir que cambié de identidad. Claro que, antes de tal cambio, debes anularte por completo. Borrar todo rasgo antiguo. Soltarte de las riendas. Incluso romper aquellas bases en las que te habías levantado. ¡Y cuánto he amado ese cambio!

IV

Obviamente, al principio sentí vértigo. Si ya no era Nejath, la de los libros y la literatura, entonces ¿quién era? Si ya no era la que hacía esto o aquello, entonces, ¿en quién me había convertido? Y así fui como empecé desde cero, desde el principio de todo. Me sumergí en el Edén. Volví a pasear con Dios, sabiendo que, aún si volvía a comer del fruto -y fallarle-, Él seguiría teniendo un plan para traerme de regreso.

V

Y los meses fueron pasando… abril, mayo, junio… ¡Junio! Dos semanas antes de terminar el mes, comienzo a sentir extrañas señales en mi cuerpo que nunca antes había reconocido. «¿Será posible que…? No, no puede ser. Debe ser una falsa alarma.» Y así, entre mi ingenuidad y mi temor a equivocarme, me hice un test.

VI

Mi deseo era tener un hijo a los 30 años. Bien, pues me enteré de que estaba embarazada (de más de 3 semanas) el día antes de cumplir los 31. Eso me vale 🙂 . Desde allí, se sumó a mis meses de felicidad, un nuevo motivo para seguir adelante: mi hijo. ¡Y cómo me cambió eso por dentro! Supe enseguida que, a partir de entonces, mi vida jamás volvería a ser igual.

VII

Julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre… y hasta aquí, 28 de diciembre. No, las cosas no me han resultado fáciles, ni idílicas. Sin embargo, existe una notable diferencia cuando la paz verdadera y el amor reinan en tu corazón. Se nota cuando tu tarea diaria es despojarte del orgullo y del egoísmo. Se nota cuando quieres “amar, servir y perdonar” como lo hiciera Jesús, vivo ejemplo del amor.

VIII

Aún me estoy reconstruyendo. Aún debo dejar atrás facciones de mí a las que había aferrado como intrínsecas. Pues ahora sé que, con el enfoque correcto, puedes convertirte en alguien mejor; sí, sólo por medio del amor.

IX

Todos necesitamos su gracia y su favor. Así que todos estamos al mismo nivel. Nadie más grande. Nadie más pequeño. Todos igual de necesitados, ante su infinita misericordia y su gloria que se apresura a rescatarnos. Y cuando lo ves de este modo, comprendes la importancia de ser sencillo, de ser genuino y veraz.

X

No, no digo que lo haya alcanzado ya. Pero sé que estoy en la senda correcta. Me dejaré la vida en ello; pues si no ¿qué sentido tiene llamarme “cristiana”? He visto con mis propios ojos el dolor y la destrucción que producen el orgullo, el egoísmo, y el amor fingido. Y no quiero caer más en esa trampa. A la vez que siento lástima de los que deciden permanecer en ella.

XI

Sí, esperé cosas de personas a las que amaba, y de las que creía que me amaban. Me di cuenta de que la gente a veces te usa para sus propios intereses. Su ausencia y su indiferencia me demostraron una vez más que Dios es el único que jamás nos falla, y que Él es el único perfecto en amor. Amor. Esa palabra tan fascinante. Tan fácilmente usada. Esa palabra que necesito desesperadamente hacer realidad en mi vida, cada día…

XII

Hoy, estoy a punto de ser madre. Soy más madura y más desprendida. Más segura y más libre. Estoy más enamorada de mi familia, y soy menos amante de las cosas efímeras de este mundo. Sé que me quedan cosas por enmendar. Me encomiendo a Dios con ese propósito.

Conclusión.

Sí, a tres días de concluir, sigo afirmando que 2016 ha sido el mejor año de mi vida. Que Dios nos bendiga a todos. Que nos dé sabiduría para enfrentar el nuevo año que está por comenzar. Que, cuando miremos hacia atrás, podamos saber que estamos mejor de lo que estuvimos. Y que el AMOR reine en nuestros corazones y en nuestros hogares todos los días de nuestra vida. Recuerda que lo mejor, está por venir…

Siempre vuestra,

Lihem Ben Sayel ♥

the princess of the Lord...

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El silencio en su presencia.

Nuestra vida es frenética: vivimos con la frustrante sensación de que nos falta tiempo. Creo que sabes de qué hablo. Una vida sin prisas, hoy en día, se traduce en una vida de lujo (algo que sólo unos pocos afortunados pueden permitirse); o, en último caso, en una vida infructífera. Así que, ¿cuándo hay tiempo para cerrar los ojos, recostar la cabeza, y simplemente callar —con total tranquilidad—?

Si existe un lugar perfecto para guardar silencio, esa es la presencia de Dios. Creo que el rey David no se equivocaba en darnos este amable consejo: «Quédate quieto en la presencia del Señory espera con paciencia a que él actúe.» 

Conozco a mucha gente a la que se le haría prácticamente imposible quedarse quietos: «hay mucho que hacer, debo hacer algo, si estoy quieto no produzco, me desespero, tengo que hablar, tengo que decir algo, me resulta incómodo el silencio…».

Sí. El Silencio nos resulta incómodo cuando estamos con un desconocido en un ascensor —de esos pequeñitos, que te obligan a estar a menos de un metro de distancia—, o también cuando estamos en un viaje largo junto a alguien que no conocemos de nada.

Pero no es así con Dios. Porque, ¿verdad que es distinto cuando estamos con nuestra pareja, o nuestro mejor amigo…? En estos casos, el silencio forma parte de nuestra comunicación relacional.

Si estamos acostumbrados a pasar tiempo con Él, si le conocemos, nos daremos cuenta que esos silencios dicen mucho, en realidad. Son silencios de consuelo, de “ya está, aquí puedes descansar, aquí nadie te exigirá nada…”. Son silencios que provocan paz. Porque estamos con Aquel que nos conoce mejor que nadie, y con quien nuestras barreras protectoras pueden caer sin temor a ser dañados. Pues sabemos que Él nos ama.

El mundo se detiene. El tiempo deja de correr. Y casi hasta podemos imaginarnos sentados junto a Él, recostando nuestra cabeza en su pecho, como pudo hacer Juan, el Amado. Tranquilos. Confiados. En reposo. Porque, a su debido tiempo, sea lo que sea que necesitemos, Él actuará a nuestro favor.

—Lihem Ben Sayel.
Guarda silencio ante el Señor,
    y espera en él con paciencia;
Rey David, Salmos 37:7a

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