3, 2, 1…NUNCA.

(Play mientras lees…)

Para mis hermanos R y R, quienes me contaban sus historias de cómo protegían a los más débiles en el colegio o en el instituto, ignorando, talvez, el profundo orgullo que me hacían sentir sus historias llenas de justicia, honor, valor, y amor por el prójimo.

El timbre sonó.

Era la hora de salir de clase. Y en la brevedad de un suspiro, o de un pestañeo más que fugaz, el patio del colegio se convertiría pronto en una jauría de niños que parecían ser empujados por algún tipo de fuerza numinosa que les hacía estallar de un incontrolable pero inevitable frenesí, en cierta forma molesto, en cierta forma contagioso, que le hacía recordar a uno la vitalidad enigmática y febril que encierran aquellos seres tan restados en días, pero tan llenos de futuro.

Sin embargo, como aquella excepción irónica que toda regla presenta, también estaban aquellos otros niños que, por algún extraño desacuerdo entre la gracia que de por sí aporta la infancia, y el recorrido propio de la naturaleza, no poseían aquella virtud del ánimo, de la personalidad, del brillo estelar. Eran prácticamente nulos. Certeramente desconocidos. Inexorablemente olvidados. Descaradamente evitados.

Luis era uno de esos niños, apocados y opacados por fuerzas aún mayores y energías aún más estridentes, las cuales le envolvían mordazmente como con látigos, como con rabia. ¿Por qué no pudo ser él como los demás?

Su esquelético cuerpo, y su casi inexistente masa muscular sólo podían ser peores que su corta estatura, muy por debajo de lo que se espera a su edad. Y así, ya a los ocho años, la imagen paupérrima de Luis en las gradas que delimitaban aquella espantosa frontera, (pues eran dos gradas de cemento las que separaban el controlado universo de las aulas, donde todo parecía estar más tranquilo, del espantoso espectáculo que se cernía en el patio), no era ni más ni menos que el desafortunado presagio que se cernía sobre su futuro, destinado al bando de los fracasados y exiliados. Todo le conducía a ser carne de cañón.

Era entonces,  cuando el infierno comenzaba.

-Ahí está Luis, el tonto. El enano. El frágil. El triste. El solo. El abandonado. El mariquita. El rarito. El pobre. El feo. El marginado. El callado. El ratón. El exiliado.

Luis, zumo en mano, no hacía nada más que escuchar. Sólo de vez en cuando, en un atisbo de valentía mezclada con estupidez, se atrevía a levantar la mirada desafiante, desde el suelo, -siempre desde el suelo-, en un intento fallido y casi inoportuno de demostrar que estaba harto. Sí, en un intento inoportuno y exasperado. Porque no tardaban las patadas, los puños, las bofetadas y los escupitajos en abalanzarse sobre él como la única respuesta válida a su pobre lucha, a su tenue e inepto acto de valor. ¿Qué de malo había en tener la necesidad de que le dignificaran?

-¿Cuándo va a pelear Luis? ¿Cuándo va a defenderse Luis? Tres, dos, uno…¡nunca!

Esto le decía el grandullón de turno, mientras, a la vista morbosa y cáustica de su séquito de opresores, aquel gigante insensible conducía a la asfixia al indefenso Luis, apretando su cuello con la avidez y la firmeza de un predador, quien a duras penas podía rozar el suelo con la punta de sus desgastados zapatos, intentando, infructuosamente, zafarse de su castigador.

La historia siempre terminaba de la misma forma: algún maestro gritaba, desde lejos, algo así como “¡paren ya, dejen al pobre muchacho!”, cuya deficiente y dispersa orden no producía ningún tipo de efecto redentor en el abusado, mucho menos disipaba el disimulado estupor de sus perturbadores. El timbre sonaba de nuevo, y entonces toda aquella jauría desquiciada volvía a entrar a sus respectivas jaulas; y en el trayecto, cómo no, pisoteaban al escuálido Luis, quien, con el rostro casi morado, y con las marcas de tono rojo agresivo en su cuello, aún intentaba desesperadamente recuperar el aliento a bocanadas.

(¿Es que nadie lo veía? ¿Nadie lo notaba? ¿A nadie le importaba?).

Una vez todos dentro, Luis se disponía a entrar, no sin ser escrutado por la cruel y acusadora mirada del profesor de ciencias, quien le juzgaba por no estar correctamente aliñado, ignorando, quizás sí, quizás no, el episodio beligerante  al cual Luis se acababa de enfrentar. El pequeño se acomodó las gafas y entró con la mirada clavada en sus zapatos negros, los mismos que había usado su hermano mayor el año pasado.

Al día siguiente, a la misma hora,  Luis cierra el libro de matemáticas.

El timbre suena.

Los gritos se agolpan en aquel patio con un ritmo frenético y ensordecedor.

-¿Cuándo va a pelear Luis? ¿Cuándo va a defenderse Luis?

Tres.

Dos.

Uno…

Quizás tú puedas impedirlo.

———-

“Para que triunfe el mal

sólo es necesario

que los buenos no hagan nada.”

Edmund Burke

 

LihembenSayel

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CUANDO LA MÚSICA SUENA…

(Play mientras lees)

Para los del barrio, los de siempre. Y para los amigos que se fueron.      (K. E. L.).

“Recuerdo esa tarde calurosa. Al principio la detesté. Es el típico día en que quieres sentirte guapa, y además joven. Quieres tener la sensación de que el tiempo no ha pasado, o si lo ha hecho, te ha embellecido. Me miré por el espejo retrovisor, tal como había hecho durante los últimos 11 años desde que había aprendido a conducir. En aquel entonces, miraba hacia atrás y el coche siempre estaba lleno de amigos y amigas que bromeaban, reían y me ponían nerviosa. Pero aquella sensación de “amigos para siempre” de pronto desapareció cuando me tuve que mudar a otro continente a los 19. Y por un extraño motivo, jamás la volví a recuperar. Llámenlo inmadurez, o complejo de Peter Pan, pero yo quería seguir sintiéndome así, joven y fresca siempre, y rodeada de amigos que te prometían amistad para toda la vida, y esas cosas.

Ahora iba rumbo al trabajo, a ese lugar espantoso donde me daba la impresión de que todos me excluían. A los hombres les caía mal porque no me reía de sus chistes obscenos; a las mujeres, porque me encantaba ir arreglada, cuando algunas de ellas parecían que habían ido tal como habían despertado, literalmente.

Así que en los tres meses y medio que llevaba allí, me costaba sentirme integrada, aceptada. No sé si eso tendrá que ver también con mi raro acento extranjero, mis eufemismos incomprensibles o mi color de piel. Aunque supongo que mis prejuicios, mi personalidad introvertida y mi dificultad para fluir en una conversación también tendrán que ver. No echaré sólo la culpa a los demás.

¡Qué rabia! Porque en ese momento empecé a sentir un nudo espantoso en la garganta. Créanme o no, pero hasta dolía. Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas. Venga Gloria…-me dije, Acabas de maquillarte, mujer. No lo estropees…

Pero qué va, no fue suficiente. Y empecé a llorar.

En ese instante, era el momento perfecto para regodearme en mi situación. (¿Quién no lo ha hecho? ¿A quién no le ha pasado? ¿No se supone que cuando estás triste deberías oír cosas alegres?) Pero no. Hacemos justo lo contrario. Así que empujé aquel cd de gospel que me había regalado Bella días atrás en mi cumpleaños, (¡ella sabe cuánto amo el género, desde que escuché a un afroamericano cantando en un concurso en la tv!).

Y entonces empezó a sonar aquella canción que me estremeció desde la primera vez que la había oído. Claro… lloré más. Porque cuando la música suena, es capaz de sacar a flote tus emociones más profundas, y tocar en tu interior aquellas fibras donde sólo pocos pueden llegar. Cuando la música suena, recuerdos trae, al igual que sensaciones, experiencias, vivencias, las cuales, pase el tiempo que pase, jamás se podrán borrar de tu interior.

Y así, sin querer, mientras la canción avanzaba, recordé aquel abrazo con Raúl, al graduarnos: Tú eres todo, -me dijo cariñosamente. Recordé los e-mails que me escribió Cinthy contándome cuánto me echaba de menos, y lo mucho que me comprendía, porque ella también había abandonado el país para estudiar en el extranjero. Recordé la fiesta de despedida que me hicieron mis amigos del barrio de toda la vida justo el día antes de tomar el avión, y a aquel chico diciéndome: jamás te olvidaré. Y cómo no, recordé aquel momento cuando el avión comenzaba a despegar (nunca había viajado en avión aún) y cómo las lágrimas invadieron mis mejillas al ver en la noche a aquella preciosa e iluminada ciudad, y mi país, al cual no volví a ver hasta muchos,  muchos años después.

Pero entonces me vino a la memoria aquella frase que dijo Gabo, “la vida no es lo que uno vive, sino lo que uno recuerda…” ¡Y vaya si tenía razón!

Me sequé las lágrimas con delicadeza. Volví a sonreír… porque aunque estaba lejos, había una Bella, observadora,  que se había tomado el tiempo de regalarme algo que sabía que me gustaba, había también un Xavi, confidente, que me generó la confianza suficiente como para entablar una genuina amistad, y una Lucía, explosiva, que me llamaba para tomar algo cada vez que podía y entablar una profunda conversación. Gracias a ellos, no me siento tan sola…”

🙂

lihem ben sayel

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AUNQUE TÚ NO LO SEPAS…

Para L.

David amaba el amanecer. Cada vez que podía, justo después de bostezar y estirarse, se ponía en pie y corría la cortina de su habitación para mirar aquella estrella de la mañana, aquel lucero brillante e insomne que incluso en ocasiones le sorprendía junto a la luna llena: y ese era el caso de ese día. Él al ver aquella imagen, instantáneamente sonrió, y una sensación de paz le recorrió desde las entrañas: ¿qué podía salir mal después de tal regalo del cielo?

A sus 31 años, y con la vida prácticamente resuelta, David no le temía a nada. Excepto a una cosa.

Aquel día, atravesó el pasillo que conducía a la cocina. Tenía sed, y le esperaba un largo día. Pero de pronto, justo antes de abrir la nevera, un gélido escalofrío se apoderó de su cuerpo. Él no entendía qué pasaba, pero sencillamente se quedó inmóvil.

El teléfono sonó.

-¿Sí, diga?

David salió corriendo.

Arrancó el coche con el pijama puesto. El corazón le latía a mil. No podía pensar, así que únicamente podía dejarse llevar por la inercia de la adrenalina que le invadió todos los sentidos. Iba a tanta velocidad por la carretera, que hasta en dos ocasiones realizó maniobras que podrían haberle costado caro. También recibió gestos de enfado de los conductores a los que sobrepasaba rozando el peligro mortal.

Al fin llegó a su destino.

-¿Rubén Arias? ¡¡La habitación de Rubén Arias!!

Una enfermera sabía exactamente a quién estaba buscando: era a aquel jovencito de 15 años que había llegado por urgencias con severos traumatismos craneoencefálicos a causa de un accidente de tráfico.

-Estaba en el coche de unos amigos que lo llevaban al instituto. Y al parecer el que conducía no tenía el carné. Se pasó un stop peligroso. 

-¿También están heridos?

El doctor se aclaró la garganta antes de responder.

-La policía los localizó hace poco. Intentaron huir.

Él no podía creer lo que oía. Se llevó el puño izquierdo a la boca y lo mordió hasta que sus labios gustaron su propia sangre. Las lágrimas de dolor e impotencia no dejaban de inundarle el rostro. Las palabras del doctor entraban y salían, pero rasgaban su alma al salir. David estaba absorto, mirando a través de la puerta de cristal a su enano, como le solía llamar.

-No podemos asegurarle nada, -le confesó el doctor con la indolencia propia de aquellos que se acostumbran a ver a la vida y a la muerta entrar y salir de aquel lugar.

David hizo guardia todo el día y toda la noche. Su hermano permanecía en estado de coma. David le suplicaba una y otra vez que no le dejara, que era todo lo que tenía. Le prometía que jamás volvería a dejarlo solo.

Los hermanos jamás conocieron a su padre. Y la madre simplemente desapareció dejándolos al cuidado de otros familiares, hasta que David se hizo mayor y huyó del infierno y la humillación constante a la que los sometían.

-Fui egoísta, pequeñajo, lo sé… -admitía David entre lágrimas, mientras besaba la mano inmóvil  de su hermano. -Perdóname, perdóname… -sentenciaba entre un mar de sollozos incontenibles.

Pasadas las horas, el amanecer comenzaba a hacerse notar, brillante y apoteósico, tal como lo describía David, quien no había podido dormir toda la noche ahogado en resentimiento y culpa, y albergando una intensa pero fugaz esperanza de que su hermanito volviese a abrir los ojos.

Casi mecánicamente se levantó y corrió ligeramente la cortina, acercándose lo más que podía para que los sutiles y apocados rayos del sol no inundasen la habitación. Ahí estaba la estrella, y ahí estaba la luna, plena y hermosa.

Rubén abrió los ojos. Miró a su hermano David de pie en la ventana. Sintió su mano derecha completamente empapada: David no había dejado de llorar junto a él. Rubén no podía hablar, pero de los ojos comenzaron a brotarle las lágrimas más cargadas de sentimientos que jamás habían salido de él. Desde su corazón, sonrió. No estaba solo. Su héroe estaba allí con él.

David, casi sin saber por qué, se volteó y vio a Rubén, quien había vuelto a cerrar los ojos. David caminó despacio hacia él, y vio su rostro bañado en lágrimas. Sus manos estaban frías. Ya no tenía pulso. Rubén había partido, dejando el corazón de su hermano hecho mil pedazos. Sin embargo él se había ido de este mundo con aquella sensación de saber que, en los últimos instantes de su vida, pudo experimentar el amor, el arrepentimiento y el perdón…

Vivir en el corazón de 
los que dejamos atrás 
no es morir. 


T. Campbell

 

lihembensayel

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VIVENCIAS II: CONFESIONES

*Nota: por motivos de fuerza mayor, he tenido que omitir algunos textos.

Género: relato corto. Ficción.  Narrativa.

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Su Aliento en mi Nuca

Su aliento en mi nuca. Nunca soporté su aliento detrás de mí. Su respiración me producía temor, me generaba rechazo. Cuando sentía que caminaba por las calles y me veía, o pasaba junto a mí y me decía palabras… esas palabras. ¿Con qué derecho?  Pero era uno más de los secuaces del enemigo, uno más de los que él enviaba para perturbar mi paz y hacerme sentir nuevamente usada, humillada, ultrajada. Mi fuerza interior era sobrenatural, pero no podía evitar bajar la cabeza y caminar. En cierta ocasión, una mensajera del Templo me miró a los ojos y me dijo: «Has llorado mucho, mucho». ¿Cómo podía saberlo ella? Seguro lo sintió así del Consejero. Éste se lo reveló. En las Escrituras hay una mujer con la que me identifico mucho: La Reina Ester. Hallé puntos de contacto entre su vida y la mía. Cuando leo su libro o pienso en ella me digo: «Para ella tampoco fue fácil» y me da fuerzas para continuar. También está María Magdalena. El Mesías, Yeshua, perdonó sus pecados, la dejó en libertad y ella le siguió hasta el fin. A veces me sentí como ella, pero supongo que su historia también me da fuerzas.

En una ocasión uno de ellos me preguntó, a cierta distancia de mí: « ¿Qué se siente al ser tan atractiva y llamar la atención de los hombres?». En ese preciso instante sólo se me ocurrió pensar en cómo me había vestido, descubrí que vestía como siempre, recatada, modesta, tapando mi cuerpo, cubriéndolo de la forma como fui instruida que debía hacer. No era yo en sí la provocadora. Y mi repuesta, en una fracción de segundos fue mirarle a los ojos y decirle: « ¡Nada!». « ¿Nada?», preguntó él. «Nada», respondí. Y me volví en otra dirección.

¿Matrimonio? ¿He de desear esto para mí? En muchas ocasiones pensé hasta qué punto mi cuerpo era el responsable de todos esos ultrajes. En qué forma mis actitudes demostraban que era merecedora de esos golpes, de esos insultos, de esos castigos. Entonces llegué a consolidar la idea de que mientras menos provocativa me mostrara, sería mejor. Pero nunca fui provocativa, sin embargo ocurrió. Tengo sangre oriental. La cultura promueve a la mujer con una elegancia exquisita y una sensualidad provocativa, por el mismo hecho de que sus vestiduras ocultan lo que sólo uno tendrá derecho a poseer. De ahí vengo yo. Mi Consejero fue muy firme: «Sólo el Príncipe al que escojas disfrutará del derecho de tenerte. Recuerda que El Rey lo ha elegido para ti. No dudes de que sea el mejor. Así que hasta que esto acontezca, deberás guardarte sólo para él, olvidando a los demás. Guardando tu sensualidad sólo para Él».

Fui instruida en la sabiduría de Salomón y sus libros. En uno de ellos está el proverbio: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida». Nunca lo olvido, es mi deber recordarlo siempre. Me encanta reír, es algo que tampoco pudieron quitarme, aunque lo intentaron con todas sus fuerzas. Pero, ¿qué hacía yo cuando terminaba el abuso? Lo recuerdo como si fuera ayer. Tomé la costumbre de no llorar frente al furioso dragón, sólo aguantaba, con los ojos mirando al piso. Y aunque intentara defenderme no podía hacer mucho, era más fuerte que yo en todas sus magnitudes. Sólo podía aguantar. ¿Pero dónde estaba mi mejor amigo? En ocasiones lo miré pidiendo auxilio. Aún me parece un misterio el conocer por qué no acudió a ayudarme, aunque sabía que estaba viéndolo todo y sabía como me sentía.

En esos momentos venían a mi mente varias porciones de Las Escrituras, entre ellas, una escrita por Saulo, llamado también Pablo, en su carta a los Romanos, capítulo 8 verso 28: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les suceden para bien. Esto es para los que conforme a su propósito son llamados».

Propósito y llamado. El Rey siempre me habla mucho de esto, y le encomendó al Consejero que me lo recuerde y no lo olvide. Pero también recuerdo un proverbio chino que dice: «Las flores más bellas son las que crecen en la adversidad». Me identifico, entonces, con aquellas flores. Me acostumbré a no llorar frente al furioso dragón. Miraba al piso. Mi alma estaba rota otra vez, pero no lloraba. Luego me encerraba en mi habitación con alguna excusa tonta y me miraba al espejo. Esa no era yo. Yo estaba peinada y sonriente, no llorando. Mi rostro tampoco me ardía y no tenía esos rasguños en mi cuerpo. Mis labios tampoco estaban hinchados. En mi habitación, a oscuras, lloraba ahogando mis gritos y mi llanto profundo en mi almohada. Me peinaba. Y al cabo de cinco minutos tenía que salir otra vez o volvería a enfurecerse. Secaba mis lágrimas y lo que se esperaba de mí era que mantuviera la actitud sumisa de siempre. «Aquí no ha pasado nada», pensaba. Sólo era una pesadilla más de todas, una más de las que rogaba no volviera a acordarme jamás.

Luego la ducha, el cuarto de baño. ¡Mi momento de paz!  Lo anhelaba con todas mis fuerzas. Sólo estábamos el agua y yo y ya nadie podía herirme. Recuerdo como hasta hace poco llenaba la bañera y entre el estruendo del agua cayendo desde mi cabeza hasta los pies se confundían mis lágrimas y se ahogaban mis gritos de tristeza. Me era muy común llevarme las manos a la cabeza mientras sentía el agua con su peso sobre mi cuerpo e inclinaba mi cabeza mirando hacia abajo, sentada en la bañera. Mi larga cabellera negra, antes rizada, se alisaba por el efecto del agua y me cubría. Quizás por esa sensación de protección que me daba mi cabello aún hoy prefiero tenerlo largo. Hubo momentos en los cuales llegué a confundir el agua que salía con fuerza de la ducha con manos y me sentía incómoda, tenía ganas de llorar. Bajaba la ducha y la desviaba a otra dirección que no fuera mi cuerpo, asustada. Todo era psicológico. Pero me decía a mí misma: «Tranquila, sólo es agua, no te puede dañar». Y continuaba duchándome.

Cuando me sumergía en la bañera, completa, entera, era como si todo desapareciera. El dolor, la humillación, los gritos, las palabras y todas aquellas veces en las que me sentía tan dañada. Rogaba que la frustración y el llanto se quedaran en la bañera, pero al resurgir del agua me daba cuenta de que seguían ahí y mientras hablaba con mi Consejero, Éste me recordaba mi propósito y me hacía sonreír de felicidad. La presencia del Rey también estaba ahí y eso me llenaba y me hacía olvidar todo. Una vez más ya estaba lista para continuar. De pronto, unos golpes atacan la puerta, parece que están a punto de atravesarla. Unos gritos y una voz furiosa me dice que salga rápido, que hay cosas por hacer. Mi corazón palpita fuertemente. Se terminó este momento tan mío donde ya nadie podía herirme. Tenía que salir y enfrentarme una vez más.

rosa2520y2520libro2520de2520misterio

Lihem ben Sayel…


VIVENCIAS I: EL ORIGEN

He tardado en encontrar esto. Sólo lo conseguí después de rebuscar en todos mis archivos del Blog, y al darme cuenta de que lo había borrado, tuve que buscar en mis archivos de papel. Una persona como yo es capaz de archivar tantas notitas de papel, cartas, manuscritos, poemas, etc, como le sea posible. Así que no sería tarea fácil encontrarlo, sobre todo por mi mala memoria: escondo las cosas importantes o muy privadas, pero luego al paso del tiempo se me hace imposible recordar dónde lo guardé. Así que tuve que recurrir a una plegaria: y en ese mismo instante, al terminar de mencionarla, apareció delante de mí.   En este momento suena una canción de aquellos tiempos (como los llamo yo). ¿Casualidad? No creo… Así que va a ser la canción que ambiente esta entrada tan especial para mí.

Llevo desde julio del 2007 con este Blog. Y después de una intensa sesión de 2 horas de entrenamiento me han venido a la memoria estos escritos antiguos, los cuales, si mal no recuerdo, datan de finales de octubre del 2007.

Esta no fue la primera entrada que hice en el Blog, pero sí que fue la que desencadenó todo lo que significa “Memorias de una Princesa” y “Lihem ben Sayel”. Estoy consciente de que a la mayoría les sonará a algo completamente desconocido, y en verdad, a estas alturas y después de tantos años, tampoco estoy segura de que alguien (que aún esté en mi círculo) conozca el inicio de esta historia.

Pero aquí está… Y no va por nadie más, sino por mí. Por todo lo que ha sido y sigue siendo mi historia, que no es más importante que la de nadie, pero sencillamente es la mía, y eso la hace única para mí.

Lo presento, como siempre, como un relato corto. Una prosa en primera persona. Ficción. Novela. Llámalo como quieras. La verdad sólo la conozco yo…

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VIVENCIAS I: El origen.

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La princesa escribe en su diario una vez más. Siente que algo está ocurriendo en su vida. No es normal, mucho menos agradable. Sin embargo, ha hablado con su Padre, el Rey, y éste le ha dicho muy sabiamente que es necesario que comience a zanjar ciertos asuntos internos a fin de que cuando le toque estar en la posición que Él ha preparado para ella, el enemigo no encuentre ninguna brecha por donde atacar.

Ella, obediente al Rey, ha decidido ir a un lugar seguro, el lugar secreto donde esconde su diario, y empieza a escribir. Los resultados le asombran y se sorprende a sí misma cuando al cabo de unos cuantos minutos se decide a leer lo que ha escrito. -¿Tan vulnerable soy?-piensa, pero finalmente, lo hace…:

“Voy caminado sola por las calles de mi pueblo, pero…¿realmente estoy sola? No. Está Él ahí. Y también el maldito temblor. No volvía a sentirme así desde hace mucho tiempo, cuando fui capaz de confrontarlo, cuando dejé de soportar. Sigo caminando y abrazo mi cuerpo con mis manos como lo hice hasta hace un año, o incluso hasta hace un par de meses, temblando.”

“Pero no estoy sola. Siento sus abrazos, cómo sostiene mi mano. Cómo me protege. Sufre conmigo y no está interesado en que vuelva a ocurrir. Sencillamente me defiende de toda amenaza externa. ¡Quién iba a ser! Él, mi mejor amigo. Siento su celo hacía mí, y su fuerza. Él está justo aquí.”

“Continúo caminando por las calles y mientras cuento unas monedas, éstas se deslizan de mis manos; caen. Mientras me agacho a recogerlas pienso: “¡qué torpe!” Y sigo temblando.”

“Al sentirme así, tan expuesta, me siento desnuda delante de la gente. Como si supieran exactamente lo que está pasando por mi cabeza en estos momentos. Tantas imágenes. Tantos recuerdos. Ayer, en aquella fiesta me preguntaban lo que me ocurría. Ellos, los buenos amigos, los que me conocen, los que se preocupan. Lo agradezco.”

“Se me ocurre pensar que siempre hay un propósito detrás de todo esto. Se me ocurre pensar que puedo ayudar a alguien, que puedo ponerme en su lugar y entender o tan sólo abrazar.”

“Continúo caminando en esas calles; no estoy sola, pero me siento frágil, vulnerable. La mujer que antes era capaz de poner mil barreras antes de denotar un ápice de debilidad o fragilidad ahora se muestra tal y como es: sensible, temblorosa, atemorizada, disminuida en ciertas emociones que sólo Él es capaz de sanar, con su amor y ternura. Esta mujer se muestra tierna, cariñosa, espectante de amor, genuina, sincera, íntegra. Después de todo sabe quién es y nadie le puede robar esa identidad. Se la dio su Padre. Me la dio el Rey. Es innegable.”

“Sé que he de enfrentarme a viejas heridas y viejos desafíos antes de tomar el lugar que el Rey ha preparado para mí. Nadie nunca me dijo que sería fácil. Pero comprendo y sé que estoy en el camino correcto. Mantengo mi integridad. Mi pureza. He sido obediente al Rey y Él ha de recompensarme a su tiempo.”

“Aún así confieso que la mirada sucia de aquellos hombres, las palabras soeces u obscenas, los gritos, los roces, cuerpo a cuerpo, me molestan. No soporto que un hombre que no sea el Rey me acaricie o me toque. Mis amigos lo saben y me comprenden. Admiro el respeto de ellos hacia mí, aunque hay quien no soporta la presión y me abandona, talvez cuando más lo necesitaba. Tampoco importa tanto; siempre tengo la amistad de aquellos y aquellas que son capaces de callarse y escuchar, abrazarme y llorar conmigo, o que me han escrito cartas con palabras de ánimo en cada situación.”

“Me he convertido en una princesa solitaria a quien le encanta pensar, leer, escribir, pero ante todo sentir. Casi me roban esto, pero mi mejor amigo me protegió. Después de todo él estuvo ahí llorando conmigo cuando todo ocurría, incapaz de abandonarme, y rogando para que tuviese fuerza del cielo para seguir adelante y no rendirme.”

“Al fin no estoy en las calles de mi pueblo. Estoy en la habitación de Palacio. Me siento un poco más segura. ¿Se´re capaz de hablar y sincerarme? Al menos ya no ocurre con tanta frecuencia como antes. Aunque no sé si lo soportaré una vez más.”

“Cuando me he preguntado a mí misma las repercusiones de todo aquello, pienso: me es difícil confrontar algo. ¿Por qué simplemente no dije “basta, no más”? ¿Por qué guardé silencio? ¿Por qué no pedí ayuda? En lo profundo de mí, en mi subconsciente, creo que llegué a pensar que era normal, y que no podría hacer nada para remediarlo. Después de todo era muy frágil y ellos lo sabían. Y abusaron de ello.”

“Pero he de continuar. El Rey cuenta conmigo para la expansión de su Reino y no he de permitirme caer presa de mi propio pasado, aunque el enemigo lo intente cada día. Mis súbditos me necesitan. He de precisar ser más fuerte frente a ellos, a fin de animarlos a continuar. Hay una guerra que ha de ser confrontada y el enemigo vendrá con toda su artillería pesada en mi contra. He de estar preparada. Después de todo, soy la hija del Rey, soy la princesa de este Reino tan vasto, y aún queda mucho por hacer. ¿Habrá alguien que quiera luchar junto a mí en esta guerra?

Siempre vuestra,

The princess of the Lord…

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Bien. Esta es la primera parte. Mañana (o cuando tenga tiempo) transcribiré la segunda parte. Pero estoy feliz de tener estos escritos en mi mano. Significan muchísimo para mí.

P.D.: perdonen si hay alguna falta de ortografía o gramatical. Estoy exhausta y no me apetece revisar.

Siempre vuestra,

Lihem ben Sayel.

MDUP: Y LAS MONTAÑAS HABLARON…

*Ya he cambiado al menos en cinco ocasiones la canción de este post. Khalas. Se queda así, y punto.

I

Mi tía Luisa ha muerto.

No he soltado ni una lágrima, ni se me ha estremecido el corazón. Ella era hermana de mi abuela paterna, en realidad, pero la recuerdo como una mujer cercana, sonriente, sencilla. Mi padre me ha dicho que sufrió de vejaciones, y del rechazo de su propia familia; eso duele.

Llevo los suficientes años conviviendo con mi alma, como para saber que mi estado inicial es de shock. “Haram”, es lo único que puedo pensar. “Khalas”, concluyo. Es verdad que no pensaba en ella de forma recurrente, hasta que me avisaron de su enfermedad hace unos días, -y de la gravedad de su situación-, pero siempre te fastidia saber que estás lejos, que no puedes despedirte, que alguien a quien recuerdas desde tu niñez ya se fue, ya partió. Y ni siquiera estás seguro de si la volverás a ver. Sí, este es uno de los casos en los que fastidia ser inmigrante.

II

Van pasando las horas, y ya he recibido la primera llamada con respecto al tema. “Cariño, la tía de tu padre falleció. ¿Te enteraste?”. Suspiré hondo. “No” -mentí, sin saber realmente por qué. Tal vez temiendo que, al no haber manifestado aún ninguna reacción ni emoción, pensaran que soy -como desgraciadamente me han dicho algunas personas que no se tomaron el tiempo de conocerme durante muchos años de mi adolescencia- una insensible. Desde luego que eso me marcó. Por algún extraño motivo nadie entendió que simplemente era introvertida, y que me costaba expresar mis emociones, precisamente porque era muy sensible, sensible a todo. En fin, ese estigma me persiguió toda mi adolescencia y en gran parte de mi adultez, hasta que mirando dentro de mí misma, aprendí a conocerme, y a darme cuenta de que yo no era el problema, sino aquellas personas que (sin ninguna mala intención, deduzco) prefirieron  en su desesperación juzgarme, en lugar de tener la paciencia de conocerme.

III

A la segunda llamada yo ya tenía un nudo en la garganta. “Ya está empezando, me dije. Se suponía que hoy iba a ser un día magnífico, porque visitaría mi librería favorita (por no decir en realidad que es la única que vale la pena en el sur), y compraría mi primer libro de un autor que me ha conquistado arrebatadoramente con su prosa y su don innato para narrar. “Voy a comprar sus tres libros, eso está claro. Y nada de versiones de bolsillo; compraré la mejor versión tapa dura, acto digno de una bibliófila. Luego de haber recitado interiormente mi nuevo código de honor bibliófilo, puse mi mejor sonrisa para pedir cinco minutos -aunque me tomaría al menos quince- para ausentarme brevemente de mi trabajo y comprar mi nuevo gran tesoro narrativo, como lo llamé. Empezaría así sin más mi trayecto hacia Bárbara, y sentiría un placer exquisito. O al menos eso pensé.

IV

Poseo una sonrisa amable y amigable que me permite distraer la mirada de las personas de mis ojos y dirigirlas a aquella amplia y afable sonrisa. Es uno de mis mecanismos de defensa. Si alguien me mira a los ojos sabrá lo que pienso, entrará en mi alma y me delataré sin que haya forma de negación coherente. Lo expreso todo con la mirada; y con las letras. A estas alturas ya tenía ganas de llorar, y en dos ocasiones las lágrimas contenidas en mi garganta y en mis ojos quisieron salir, pero no las dejé. “Este no es el mejor lugar; y además me arruinaría el maquillaje, y no traje mi neceser”. Algunas mujeres compran joyas para mitigar su dolor, otras se refugian en algunos brazos sin compromiso alguno, o salen por la noche a enseñar las piernas, fuman o beben, o se dedican a llorar por las noches. Yo compro libros.

V

Camino a la librería, y con el calor del sur golpeándome, recordé aquella frase de Borges que había leído hace unas semanas y me había desconcertado: “Uno no es lo que escribe, sino lo que lee. Algunos se jactan de lo que han escrito; yo me jacto de lo que he leído”. ¡¿Qué?!, pensé. Uno puede pensar, “claro, dice eso porque no ha sido capaz de escribir nada interesante”. Improcedente. Estamos hablando de Borges. Al principio quedé K.O., y me mostré reticente y escéptica, como era de esperar de alguien que escribe y es en lo que piensa todo el día. Sin embargo, los días fueron pasando y aquella idea caló profundo en mi interior. “Sí, asúmelo, no vas a ser ni Kafka ni Hosseini ni Tolkien ni Lewis ni Neruda. Así que es mejor que escribas para desahogarte, y leas para…Y leas.” Fue así como me determiné a comprar al menos un libro al mes (que en verdad valga la pena, no por las corrientes de basura comercial a lo que está acostumbrado ahora el sistema) para acrecentar mi biblioteca personal. Y tal como reza mi credo bibliófilo: nada de ediciones de bolsillo. 

VI

Me encontré a mucha gente en el camino. La mujer menuda peninsular con el vestido de playa turquesa que iba lentamente delante de mí. Hablaba por el móvil y le decía a su interlocutor: “la juventud se conoce todas las canciones”.  Vi a los dos hombres que pasaron junto a mí, vi a las mujeres árabes con sus velos que sonreían entre ellas, vi a la mujer rumana sentada en un poste de luz, pidiendo limosna -disculpe, señora, pero hoy sólo voy a centrarme en mi dolor. Sí, egoísmo. Porque cuando te centras y te encierras en tu dolor, eso es egoísmo. Y de eso sé yo mucho: tanto de egoísmo, como de dolor.– Pasé por delante de la gente que comía en el bar. Un hombre me dijo: “hola qué tal”, con la euforia de quien  te conoce. Caminé dos pasos y decidí voltear. El tipo sonreía con el cigarrillo humeante en la mano. No lo conozco, ni me conoce, -disculpa, tío, pero hoy no es un buen día para aguantar tus tonterías-. Fue entonces, cuando a lo lejos pude ver el cartel: LIBRERÍA. Faltaba poco para sentirme refugiada.

VII

Al entrar a Bárbara me dirigí sin pensarlo dos veces a la zona donde dos días antes había visto que estaban los libros de Khaled Hosseini. Quería (o más bien necesitaba) encontrar su último libro por mí misma, sin ayuda de los libreros. Después de varios minutos de inútil búsqueda, tal vez por mi reticencia a usar gafas cuando salgo a la calle, no fui capaz de hallar el ansiado libro. Me rendí, y acudí a la dueña: “buenas tardes, ¿tiene el libro Y las montañas hablaron?” Sonrió afirmativamente, y el hombre que la acompañaba (su esposo, supongo) fue al mismo rincón donde yo había estado antes, y como queriendo humillarme (aún él sin saberlo) tomó el libro de sopetón, como sabiendo que vendría a por él. “Lo tenías delante y no lo viste…es tan típico de ti” pensé. Me lo entregó en mis manos y me decepcioné un poco:no es tan gordo como esperaba, como quería. ¿Podrán estas trescientas y algo páginas saciarme y aplacarme? Pero al menos tenía esa impresionante narrativa en mis manos; ya era mía. 

VIII

Salí de la librería con distintas sensaciones, y satisfacción. Vuelvo a ver gente. Paso por delante de aquel bar, y el tío impertinente seguía allí: “qué tal guapa, cómo estás”, vuelve a decir con sorna. Seguí sin mirar. Yo caminaba triste, contenta y decepcionada al mismo tiempo. Tía Luisa murió. Compré mi primer libro de Khaled Hosseini. Y aún no he llorado.

LA TERAPIA

12:24pm, en un lugar del centro de la ciudad.

(Sonaba un vals de fondo…)

-Hay una imagen recurrente. Siempre está en mi cabeza. Especialmente cuando estoy en un buen momento; ya sabes, un momento feliz. 

-¡Ah!, entonces se trata de un buen recuerdo…

-No, más bien, es uno muy malo.

– ¿Podrías describirlo?

-No. Quiero decir, sí, podría. Pero no quiero hacerlo.

-Es…¿vergonzoso?

-Doloroso, diría yo. Y sí, claro, también está todo aquello de la vergüenza.

-Ya, entiendo.

(Silencio).

-¿Y qué piensas hacer con respecto a ese pensamiento…?

-La verdad es que quisiera borrarlo. Desearía que no hubiera existido jamás.

-Bien, vamos a ver…Creo que podemos intentarlo.

-¿Ah sí? ¿Cómo…? (Una sonrisa incrédula se dibuja en su rostro).

-Dime dónde te gustaría haber estado en ese preciso momento…

-Te refieres a cuando…

-Sí, a cuando aquello que desearías que jamás hubiera pasado está ocurriendo. Ese preciso instante. Dime, ¿dónde te habría gustado estar? ¿Qué desearías haber hecho en su lugar?

(Tose y se aclara la garganta).

-Es que no creo que en verdad quiera…

-Vamos, no debe ser tan difícil.

(Se acaricia la nuca. Resopla, mirando por los grandes ventanales de aquella oficina, donde, a lo lejos, ve a varios niños jugando en el parque, riendo, felices.)

-Bien…allá voy.

(Empezó a sobarse las piernas con nerviosismo, casi sin darse cuenta.)

-Pero espera, cierra los ojos…

-De acuerdo, ojos cerrados.

(Volvió a resoplar, pero esta vez más profundo).

“Desearía ser un pájaro. Y volar lejos, muy lejos…a un lugar desconocido, pero hermoso, donde pudiese volar sin temor a ser capturado. Un lugar sin jaulas, sin redes, sin límites. Sólo el cielo y yo… y un montón de paisajes coloridos. Desearía agitar mis alas a la velocidad del rayo, dejando todo lo malo atrás, y deslizarme sobre el viento con una magistral agilidad. Desearía sentir la suavidad de las nubes en mi cuerpo, y la pureza de la luz del sol acariciarme. Desearía vivir lo suficiente como para darme cuenta de las maravillas de la vida, sin temor a luchar por todo lo que vale la pena luchar. Desearía poder ser tan dulce, que nadie tuviese temor de acercarse a mí. Y tan fuerte, para poder levantar a los debilitados. Desearía descansar sobre la alta cima de una montaña, y vislumbrar en el horizonte una nueva forma de existencia: sin rencores, sin remordimientos, sin culpabilidad, sin tantas lágrimas amargas y tantas sonrisas fingidas….”

(Abrió los ojos, y vio a su interlocutor con lágrimas rodando por las mejillas…)

-Sí. Yo también a veces lo deseo.

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