BAJO LA LUZ DE UNA LUNA AMARILLA

Me conmueve mirarte sentado,
bajo la luz de una luna amarilla,
sosteniendo mi lánguida mano;
mi corazón, dejando de latir.
Mil recuerdos inundan nuestro espacio
albergando memorias antiguas,
cartas, versos, canciones, poesías…
un universo diseñado para los dos.
Si tus besos se tradujeran en palabras,
me dirían que siempre me has querido.
Y, si hablaran también tus lágrimas,
susurrarían un débil adiós.

 

—Lihem Ben Sayel.

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ESE ERES TÚ

Un camino allanado en el mar; luna llena que fabrica suspiros. Ese eres tú, amado mío: un rosal sin espinos, mi luz. Un poema escrito con besos. Fiel caricia al caer la tarde. Ese eres tú, amado mío: laberinto del cual no quiero salir. Pétalo azul, como el cielo que cubre. Mañana eterna que difumina mis sombras. Ese eres tú, amado mío: tierna sonrisa que repara el dolor. Hierba fresca en medio de la nada. Oasis perpetuo, río que fluye. Ese eres tú, amado mío: amor que rescata, caballero que no huye. Quiera Dios que hasta el fin de mis días, se propague lo nuestro, a pesar de los quebrantos. Y aquí estaré yo, amándote tanto, que hasta las estrellas tendrán celos de los dos.
—Lihem Ben Sayel.

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TE TRAIGO POEMAS

Amor. Amor intenso. Amor que me abre camino en las mañanas, dibujando a mi paso cálidas nubes de terciopelo. Amor. Amor de mi alma. Tu caricia es delicia temprana. Tus ausencias son eterno desazón. Amor. Te traigo poemas. Por si olvidas que mi corazón es tuyo; por si recuerdas en demasía cuánto te fallé. Amor, ¿y si nos tomamos de la mano…? ¿Y si dejamos atrás las condenas? Seremos, al fin, agentes libres del ayer.
—Lihem Ben Sayel.

 

 

Al compás de varias noches 

Ningún espejo roto

refleja —eficaz— una imagen. 

Palabras. 

Oídos sordos,

a las mentiras que vienen y van.

Tú y yo,

y un par de otras cosas.

Los silencios que la voz esconde, 

son doctrinas sin dueño, ni pose;

dulces misterios por revelar.

Me acogeré al refugio de lo cierto,  

mientras no llueva en el país de las maravillas.

Nos amaremos.

Y al compás de varias noches, 

nos habremos bailado la vida.
—Lihem Ben Sayel.

Quiéreme.

Quiéreme cuando el sol se esconda,
y no haya más estrellas centelleantes que admirar.
Quiéreme cuando se posen las sombras,
—esas que pueden mi mente sesgar.
Quiéreme mientras yo pueda mirarte;
y quiéreme aún más,
cuando me cueste escucharte.
Quiéreme, con el pasar de los días,
que van perdiendo su encanto,
y van ganando en lamentos.
Quiéreme, hasta el fin de los tiempos:
hasta que la luz de mis sueños
ya no me haga volar.
Quiéreme debajo de las olas
que me arrastran y sofocan;
hasta el fondo mismo del mar.
Quiéreme en mitad de zozobras,
entre penas y glorias,
contra toda crueldad.
Quiéreme con los ojos abiertos.
Y, por favor, no los cierres…
Sólo mantente despierto.

—Lihem ben Sayel.

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EXISTENCIA.

La vida es tierna, como un brote de hierba;
y frágil, como la niebla,
—que surge de la nada, y así mismo, a la nada se va—.
Y, entre verso y verso,
¿cuál vida vivimos?
¿La que hiere, la que besa;
o la que ama hasta morir?
No alcanzaré todos mis ideales.
No bordearé los umbrales de la excelencia.
Pero, sin duda, en detrimento de todos mis males,
lucharé por los motivos de mi existencia.
Lihem Ben Sayel.

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He vencido.

No estoy encerrada en ninguna jaula.
No pertenezco a ningún amo malvado.
No me retienen cadenas.
No me han cortado las alas.
No me han quitado las ganas,
de vivir. De seguir buscando
mi perla de gran precio.
No me siento acorralada.
No me han robado secretos.
No se han bebido mi alma.
No me han prohibido extenderme
hacia nuevos horizontes lejanos.
No me han raptado la mente.
No me atormenta el pasado.
Entonces, por eso sonrío.
Entonces, por eso, he vencido.
—Lihem Ben Sayel.

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[Necesitamos más tiempo.]

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LETTER #4

Siento tu fuerza dentro de mí. Pienso,

¿acaso ya quieres salir?

Pero no es tu momento, aún.

Necesitamos más tiempo; tú,

para desarrollarte.

Yo, para no extrañarte.

Para seguir sintiéndote, e intentando adivinar,

si esta vez fue con la manito, o con el pie.

Preguntándome si quieres jugar,

si quieres correr hacia la vida delante de ti.

“Ojalá esto no acabara nunca”,

confieso que esa es mi egoísta petición.

Porque nunca te tendré tan cerca como ahora.

Pero mereces vivir, tal como lo he hecho yo,

cada etapa, cada momento, cada cielo azul.

El sol se levantará para ti, y la luna te arrullará.

Y mi voz será tu caricia más segura.

Por ahora, yo esperaré para escuchar la tuya.

—Lihem Ben Sayel.

22 semanas.

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¿A qué me recuerda el otoño?

¿A qué me recuerda el otoño…?

A la melancolía. Y a la belleza de saber disfrutarla.

A las añoranzas. [Los recuerdos me inundan.]

Cambian de color las hojas de los árboles.

Cambia la música que escuchamos con el alma.

Nos vienen memorias a la mente, de otros tiempos, de otras gentes,

que habitaron antes nuestro corazón.

Y ¿quién sabe? Talvez aún les tengamos reservado un lugar,

por si vuelven. Por si quieren regresar.

¿A qué me recuerda el otoño?

Al Amor, que fluye; y fluye desde fuentes que no se agotan nunca.

A los paseos bajo un clima, al fin, apropiado para mi ser.

Esa brisa. Esa sensación de frío.

Esas gotas que emiten livianas melodías al caer.

¿A qué me recuerda el otoño?

A las galletas y al té.

A las montañas, que sé que están ahí,

pero densas nubes grises las cubren.

[Porque el misterio también es hermoso.]

Me recuerda a los poemas que amo,

y me inspira a escribir nuevos versos profundos.

¿A qué me recuerda el otoño?

A que la vida es un regalo,

un regalo digno de disfrutar…

—Lihem Ben Sayel

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[Cuántas cosas habrían cambiado.]

Bien afirma Dios que
los cobardes
no podrán heredar su reino.
Pues peor veneno no hay
para el espíritu—,
que una voluntad sometida al miedo.
Tantas cartas sin enviar,
escritas desde un abismo inabarcable.
Y esos poemas con tinta de sangre,
porque duele más cuando nadie los lee.
Una palabra no dicha a tiempo,
en ese momento,
cuando algo aún podía cambiar.
Ese café oportuno, sincero;
esa noche de lluvia,
ese paseo frente al mar.
¡Cuántas cosas habrían cambiado,
de no ser por el miedo a quedar expuesto!
Un corazón desnudo es, sin duda,
el mayor de los peligros,
pero las aventuras más hermosas
surgen de aquellos riesgos;
cuando el amor vence al miedo,
cuando la esperanza anula las angustias,
cuando el orgullo se desvanece
frente a una mirada tierna.
Cuando un abrazo derrite la ira,
y se construyen puentes en la soledad.
Cuando la verdad somete a la mentira,
cuando la dulzura obliga perdonar.
Cuántas cosas habrían cambiado.
Cuántas penurias se habrían deshecho.
Cuántas alegrías hubieran perdurado.
Cuántas almas.
Cuántos tiempos.

 

Lihem Ben Sayel.

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