PROSA

Gymnopédies: No. 1, lent et douloureux



Existen temporadas aciagas, momentos en los que el corazón se vuelve de cristal, días en los que no me apetece ni escribir, ni leer, ni quiero hablar con nadie, ni quiero ver a nadie, sólo mantenerme abrazada a mis piernas a la luz de la luna, —con Marte, Saturno y Júpiter como honorables testigos— contemplando, a lo lejos, un mundo desconocido en el cual quisiera perderme; lo importante me parece efímero, y, de pronto, estar en silencio conmigo misma se vuelve una prioridad innegociable, porque el silencio es un buen aliado cuando las palabras sobran —o duelen—, y retumban una y otra vez como martillos en tu cabeza, mientras el monstruo de la crueldad sigue persiguiéndote muy de cerca, intentando terminar lo que empezó cuando tú aún no distinguías la luz de la oscuridad, y mira si insiste… insiste en arruinarlo todo, en quebrarte despacio —nunca de una vez— porque encuentra placer en la agonía, en la respiración que se entrecorta, en las lágrimas que caen como sangre, en la mirada que se apaga y en la sonrisa que se borra de un plumazo; es una bestia que disfruta pisoteando la flor más bella del jardín, y se jacta de distorsionar la música más dulce, y de convertir la caricia en cicatriz; pero yo me siento ahí fuera, y recojo mis piernas, y miro hacia arriba, y sueño con llegar allí, donde el mal no me toca, donde la tristeza se evapora, donde mi propia iniquidad se esfuma y soy alguien radiante que no conoce otra cosa sino lo bueno y lo puro, y lo digno y lo noble, y mi sonrisa vuelve a ser de niña, y mi mirada vuelve a estar viva, y mi corazón se convierte en oro indestructible, en acero invencible, y mis pies, en roca firme, vuelven a caminar hacia adelante sin temor a que el suelo se deshaga y me vea al borde de un abismo de preguntas que jamás obtendrán respuesta, y de incertidumbres que jamás se volverán certezas. 

Y todo en un día. O en una temporada. O en una vida.

PROSA

La petición.

Me encontrarás junto al río, después de caminar a través de la tierra húmeda. Entre los árboles que se muestran, y los ocultos. Por encima de las ramas que crujen, y los pájaros que jamás silencian su canto. Me encontrarás allí, talvez, escribiendo un diario, o quizás con un libro a cuestas. Con la mirada perdida mientras mis pies se mojan. El cabello danzando al viento, —porque jamás he sabido dominarlo. Y cuando me veas, no menciones mi nombre. Ni me toques el hombro. Ni suspires muy fuerte. Déjame allí, con mi diario, o con mi libro. Con mis pensamientos muy lejos, muy lejos… Con el sonido del agua corriendo, como quien persigue un sueño que se le escapa. Con la melodía del campo, de la brisa, bajo el tenue calor de un nuevo sol.

—Lihem ben Sayel.

CARTAS, CARTAS PARA AMITH, by Najma Adarah, PROSA, REFLEXIONES

Cartas para Amith (1) «Alguien que vale la pena»

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1

‹Alguien que vale la pena›

 

Un joven Rabí dijo una vez que “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” Ese mismo Rabí estuvo dispuesto a dar —y, finalmente dio— su vida por sus amigos; y también por aquellos quienes no le consideraban amigo, aún. Esta ha sido mi mayor enseñanza en cuanto a la amistad.

Siempre he estado intrigada en cuanto a la amistad. Siempre he pensado que es algo recíproco, que debe constar de dos partes poniendo su voluntad para que algo funcione. Si lo pienso con mi orgullo, mi alto sentido de la dignidad y mi lógica interpersonales, supongo que sí, que es cierto.

Sin embargo, estaba quedándome en la superficie de lo que es la “verdadera amistad” [ese concepto que, en muchas ocasiones, descalifiqué, y al cual llegué a quitarle todo tipo de credibilidad.] Porque si bien es cierto que lo “ideal” sería que ambas partes pusieran su mejor voluntad para que la relación funcionase, si uno de ellos dejara de hacerlo, de ninguna manera esto querría decir  que la otra persona deba verse obligada a hacer lo mismo.

Y es aquí donde entra ese amor que va más allá de la razón y la lógica, ese amor sincero, puro, honesto y sacrificado —aunque en ningún caso libre de imperfecciones— del cual hablaba aquel Rabí. De hecho, un discípulo suyo, escribió una carta aduciendo —en cuanto al amor— que éste es capaz de aguantarlo, creerlo, soportarlo y esperarlo todo. Que no es orgulloso ni egoísta, ni busca sólo su propio bienestar. Bueno, esa es la amistad. Porque no se puede ser amigo de verdad si no se ama de verdad.

Es bonito llegar a un punto en la vida en el que puedes decir que, al fin, sabes lo que es la verdadera amistad. Sabes lo que es poner tu vida por alguien. Y no, no necesariamente quiere decir “morir” por alguien. O al menos no en el sentido que la mayoría imaginamos. A veces, el amor por un amigo, te exigirá morir a ti mismo, a tus ideas, a tu orgullo, a tu vanidad, a tu lógica, a tus temores, a tus preguntas. Y simplemente lo harás, porque sabes que es de verdad. Dará igual lo que piense el otro. Dará igual, incluso, si no “valiese la pena”, si fuese un desperdicio de “amor”; una ofrenda excesiva y extravagante que “podría haberse usado para otra cosa”, —como dijeron de aquella mujer que rompió su frasco de alabastro a los pies de aquel mismo Rabí.

Dará igual, porque tú lo sabes. Y has estado dispuesto a pagar el precio. Y lo seguirás pagando sin recibir nada a cambio. Simplemente porque en algún día, de algún año, hiciste una promesa, y aunque has fallado a muchas otras, esa no la fallarás. Porque en la vida, a veces, tendremos oportunidades —pocas, pero determinantes— de poder amar  a nuestros amigos de la misma manera que aquel Rabí estuvo dispuesto a amar: poniendo nuestra vida, simplemente porque creemos que esa persona lo vale.

Firmado:

Najma Hadarah.

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CONFESIONES :o, PROSA

MI PEOR ENEMIGO

Mi corazón es un conflicto constante; un campo de batalla fulgurante, cuyos cadáveres, a veces, no da tiempo a retirar. Mi corazón es tensión intermitente entre lo bueno y lo malo; entre la luz y la oscuridad. En ocasiones, me veo a mí misma alejarme de la orilla, y adentrarme en sus mordientes profundidades, para darme cuenta —demasiado tarde, ya— de que no debería estar allí. Otras veces, me siento atraída a recorrer sendas que ya conozco, y donde me conocen, —más que bien. Y no, tampoco debería estar allí. ¡Qué difícil es huir de las trampas maliciosas! Qué complicado me resulta ir contra mi propio corazón. Tengo sólo una salida, sólo una. Y si no me aferro a ella, volveré a estar atrapada en una alta torre de dimensiones considerables. O sumida en un pozo. Y no quiero ser quien fui. Sólo deseo que la ardiente luz del sol me ilumine en las tinieblas de mi impredecible naturaleza, y que me ayude a escapar de mi peor enemigo, que, indudablemente, soy yo.

—Lihem ben Sayel…

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PROSA

MEMORIA

imagesTodos estaremos anclados en la memoria de alguien, incluso de aquellos a quienes hayamos ya olvidado. Nuestros nombres serán en alguna ocasión susurrados, aunque sea solo en el pensamiento más pequeño, —el más secreto. Alguien nos piensa, aunque no quiera admitirlo. Alguien quisiera decirnos algo, pero no se atreverá —ya sea por recelo, dolor o cobardía. Y así, se paseará nuestra memoria en un sinfín de universos desconocidos, y de pueblos lejanos del recuerdo, donde las piedras serán inertes testigos de que alguien nos piensa, —aún—, pero jamás se atreverá a decirlo.

—Lihem ben Sayel.

[Yo también pienso en personas que fueron muy importantes para mí, pero no me atreveré a decirlo, ya sea por recelo, dolor… o cobardía.]

LETTERS TO MY BELOVED, PROSA

LOVE LETTER [2]: “Detrás del velo”

Un corazón libre. Libre. Una mente que se expande de aquí hasta los confines del universo que tanto admiro, que tanto amo. Un invierno que se acaba y una primavera que comienza. Un desierto que se vuelve oasis: la cuna de en quién me he convertido hoy por hoy. Una mariposa a quien no pudieron cortarle las alas, así que vuelo hacia un propósito sin misterios, porque tu presencia gloriosa alumbra el camino en el aire de mi destino. Un silencio que me hizo fuerte. Un abrazo que me derrumbó. Los poemas de la noche y las canciones de la madrugada, —nuestras canciones, nuestros poemas. Caminar contigo no fue mi elección: tú ya me habías escogido desde antes de que mis ojos experimentaran la luz del sol. Tus latidos me pertenecen: por eso los busco con afán desbordante. Fui ideada en el centro de tu corazón: por eso quiero volver allí desesperadamente. Ya no soy ciega, pues he logrado ver allá donde ni el tiempo existía. Detrás del velo se escondía mi tesoro. Y ahí, detrás del velo, es donde he puesto mi corazón.

—Lihem ben Sayel…

LETTERS TO MY BELOVED, PROSA

Todo. Nada.

Anoche, en la madrugada, nos encontramos tú y yo bajo el manto de estrellas; la noche. No había luna, solo las luces distractoras de las tímidas farolas. Nada, nada tenía la capacidad de opacar ese momento. Éramos tú y yo; y la nada; y el todo. Y mis pensamientos —revoloteando como las luciérnagas en un jardín olvidado. ¿Sigues ahí…? Lo sé, sé que sí. El que hizo todo esto es mi Amado, mi Creador, mi todo. Y te dije, una vez más, que me convertiría en nada para tener todo de ti. Te dije, una vez más, que pagaría cualquier precio —de sangre, de lágrimas o de alma— solo para tener tu corazón. Te dije que contaras conmigo para cuidar de aquello que más amas —y ahí recibí la señal de la estrella—. Ese fue tu “sí”. Y yo, impresionada una vez más por lo que hay entre tú y yo, sonrío, lloro. [Te amo.] Te lo dije ya, y te lo vuelvo a repetir: haré lo que sea [nada más me importa] por tener tu corazón. Todo tu corazón. Fuera de ti, nada deseo yo en la tierra.

—Lihem ben Sayel…

LETTERS TO MY BELOVED, PROSA

Atada a tu Nombre.

Tu nombre es aceite derramado; aceite que sana, liberta y provee. Tu santo nombre, oh Jesús, son todos los suspiros de aquellos que te aman y te glorifican por ser quien eres, y no solo te buscan por lo que puedas ofrecer. La profundidad de tu nombre nadie la conoce, excepto Tú. Y no existe forma de soltarme de la fuerza de tu Nombre, de ese temblor que provoca en mi corazón cuando te invoco en los rincones tras la puerta. Jesús. Mi Jesús. Lo que daría por estar siempre aferrada a Ti. Por no soltarme ni un segundo. Por dejar que tu Espíritu devore mi carne y así ser una contigo más allá de estas crueles reglas naturales que nos separan. Jesús, Jesús… Siento la explosión de un volcán en mi pecho cuando en nuestros momentos más íntimos Tú pones tu mano sobre mi cabeza. No me puedo sostener en pie… no puedo. Mi rostro besa el suelo, mis lágrimas bañan la tierra. El tiempo no es más que un juego, porque tu eternidad entra en escena. Mi voluntad es doblegada. Mis quejas desaparecen. Mis inquietudes se esfuman ante la sola presencia de tu divinidad. Mi llanto incontrolable se convierte en el único diálogo que soy capaz de producir con mis labios, que destilan tu nombre, que suplican por más. Tu sagrado, pero no menos cercano nombre. Jesús, Jesús… Estoy atada a Ti. Atada a tu nombre. Atada por tu amor. Y por la belleza de saber que eres real, y que mis días a tu lado jamás tendrán un final.

—A lovesick disciple of Jesus.

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PROSA

Saber perder.

 

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Saber perder. Entender —o al menos intentarlo— que cuando tú llores, habrá quien ría. Cuando tú quieras perderte, habrá quien se haya encontrado. Cuando tú te estrelles contra el suelo, habrá quien esté volando. Saber perder, al fin y al cabo, porque en algún momento,  tú también fuiste el vencedor.

—LihemBenSayel.

PROSA

La vida en el desierto.

La vida en el desierto no es fácil, no. Según dicen, durante el día, el sol es un castigo que te debilita hasta desear no haber nacido. Por la noche, sin embargo, el viento sopla con violencia y tú, sin tener ningún refugio ni posibilidad de resguardo, te sientes expuesto ante un frío que te congela hasta el alma. No obstante, parece ser que la soledad del desierto es lo peor: el corazón se te rompe, pero nadie lo oye, pues nadie está cerca. Los sueños se vuelven alucinaciones vacías: corres hacia ellos con alguna esperanza ínfima de poder alcanzarlos pero entonces, cuando parecían estar tan cerca, ellos simplemente desaparecen. Y es ahí cuando te das cuenta de que lo más insufrible de un desierto no es el calor infernal, ni el cruel frío nocturno, sino la esperanza rota —una y otra vez—, la ilusión etérea; la inocencia doblegada. El silencio auto impuesto; porque callar, a veces, es la única forma de seguir sobreviviendo. Aunque nada puede ahogar tus profundos lamentos bajo la luna sin luz.

—LihemBenSayel🌙
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