CONFESIONES :o, MUY PERSONAL

Gracias.

Algunos lo intentan; pero otros, simplemente lo consiguen. Y de esta manera, quiero agradecer a ciertas personas que, de una u otra forma, han estado presentes en esta última y determinante temporada de mi vida, y han llegado a mi corazón genuinamente. Talvez su participación haya sido puntual, pero ha marcado la diferencia. No deja de maravillarme —y hasta corro el peligro de parecer repetitiva— la cantidad de cambios que he experimentado en estos últimos años. Algunas personas que habían sido importantes en mi vida, ahora ya no forman parte de la misma. Son más un recuerdo que otra cosa. En cambio otras, sin yo siquiera imaginarlo, irrumpieron con una fuerza imposible de obviar. Gracias. Mil gracias. Porque sea cual sea mi destino, ustedes han formado parte —aunque sea con un mensaje en el momento oportuno, o un abrazo sanador, o una palabra del cielo, o con ánimos sinceros— de uno de los viajes más relevantes del proceso que es la vida.

Gracias Ana.

Gracias Amarilis.

Gracias Dámaris.

Gracias Avgustina.

Gracias Desireé.

Gracias Nana.

Gracias José.

Ustedes, en algún momento de mi historia, se convirtieron en maná del cielo.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

“Nuestro nombre escrito en la pared” [Parte II]

Fui creciendo en mi vida cristiana a pesar de múltiples obstáculos. Siendo honesta, hubiera sido más fácil para mí dejar de seguir a Jesús, y hasta parece que habría tenido las excusas perfectas para hacerlo. Sin embargo, me sentí tal como Jesús dijo a sus discípulos: “ustedes no me eligieron así, sino que yo los elegía ustedes”. Me sentí así, escogida, elegida, predestinada. Me sentí rescatada de todo lo que me rodeaba, que bien podría haberme matado en múltiples maneras. Y, en efecto, las circunstancias que viví no me mataron. Pero me hirieron de muerte. Me costaría años y años sobre años poder recuperarme de un alma completamente quebrada y subyugada al miedo y la intimidación. En fin, de muchas sensaciones que prefiero no recordar. Es pasado.

En todo ese proceso de mi nueva pasión [Jesús], cuando hubiese preferido morir, y me sentía la persona más sola sobre la faz de la tierra, sentía la presencia de Espíritu Santo. ¡Wow! ¡Realmente no estaba sola! Ahí, junto con las lágrimas y las preguntas, junto con el dolor y las heridas, estaba Él. Él era ese abrazo. Ese amigo que lloraba conmigo. Ese que entendía mi dolor, y me pedía permiso para poder sanarlo.

Nuestra relación —como ocurre con nuestras relaciones con las personas, cuando pasamos juntas por terribles situaciones— se tornó más y más profunda. Había un halo de intimidad que me acompañaba siempre. Sin embargo, en algún momento perdimos la conexión. Y supongo que ocurrió cuando creía que, por estar en otra posición —de victoria— ya no le necesitaba tanto como antes.

Hacía cosas para Él, pero no necesariamente tenía una relación profunda con Él. Sin embargo, la anhelaba con todo mi corazón. Si me conoces un poco, sabrás que siempre he estado apasionada por Dios. DE eso no hay duda.

Pero… el hacer cosas para Él, en algún punto de mi vida, sustituyó al ESTAR con Él. El resultado de eso es que, por más que lo intentara, parecía que al dar un paso hacia delante daba dos hacia atrás. Mi relación no era constante, por lo tanto, tampoco podía ser muy profunda.

A finales de 2015, me desesperé. Me desesperé DE VERDAD. Y le dije: da igual lo que tenga hacer o dejar de hacer, ¡voy a tenerte! ¡Voy a perseguir tu corazón tan profundo como tenga que perseguirlo! Fue tan grande mi determinación, que, al entrar a 2016, mi vida giraba en torno a esto: PERSEGUIR EL CORAZÓN de Dios. Y, por ende, tener una relación más profunda con Espíritu Santo. CONOCERLE DE VERDAD. Porque en realidad ¡no lo conocía lo suficiente!

Estamos en 2019, y solo puedo decir que cada año, desde que tomé aquella determinación en 2015, ha sido mejor y mejor y mejor. De hecho, este año está siendo sencillamente perfecto. No solo celebro el nacimiento [en enero] de mi segunda hija, sino que, además, muchísimas de las cosas que me impedían seguir más profundo en mi relación con Espíritu Santo, desaparecieron. Estoy rodeada de profetas. Los tengo como amigos íntimos. Y con relación a ello, hoy me di cuenta que siempre he tenido amigos íntimos que son profetas. Este año, Dios ha confirmado muchas cosas en mi corazón por boca de sus profetas. ¡Y me prepararé en torno a ello!

No estoy donde quisiera estar aún, pero vaya si te digo que estoy en el camino correcto. Perseguir a Dios es lo que hago todo el día. Buscar su rostro es mi estilo de vida. Todo en mi vida gira en torno a ello. T O D O.

Cuando haya llegado al cumplimiento de mi destino, y vea muchas más cosas de las que jamás imaginé, y me pregunte: “pero, ¿cómo llegué hasta aquí…?”, leeré estas entradas, y lo recordaré: JUST BEING HERE, AT YOUR FEET. JUST BEING HERE, ON MY KNEES.

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MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

A mi pequeña, N. Sahar.

Veo la fuerza en tus ojos. Tu rostro se ilumina cuando sonríes. Me muestras tus tiernas encías, pero a la vez, eres capaz de revelarme en tu sonrisa la pureza de tu alma. Claro, es que hace solo seis meses nacías. Pero llevabas ya nueve meses con vida. Y viste el rostro de Dios. Quisiera ser como tú: estar en ese grado de inocencia y confianza, en la que todo lo demás es paja y heno. Solo me miras, y confías. Confías en que te cuidaré. Confías en que —por mucho que peses— yo no te dejaré caer. Confías en que te alimentaré siempre que lo necesites. Confías en que procuraré que el mal no te toque. De hecho, confías en que yo sea tu conductora del bien. ¿El mal? ¿Qué es el mal? Para ti, tal cosa, ni siquiera existe. Confías en que te amo. Y esa confianza, lo cambia todo. Tengo muchísimas preguntas. Tu mirada, me las responde todas. Solo yo sé lo mucho que te gusta estar en mi regazo. Solo yo sé que no importan las horas sin dormir, o que deje de hacer otras cosas por atenderte —cosas que antes me eran de suma importancia—. Solo yo sé, que, por encima del esfuerzo, está la recompensa de tu sonrisa, de tu mirada, de tu desesperación por volver a mis brazos cuando sientes que nos hemos separado unos segundos. Solo yo sé, que todo mi esfuerzo no pagará el premio del vínculo tan hermoso y fuerte que se está formando entre nosotras. Solo yo sé cuánto te deseaba. Solo Él sabía cuán feliz me haría enviándote a mi lado. Entre todas las cosas que tu nombre significa, mi favorita es “delicia”, porque ciertamente viniste para deleitarnos. «Ella será lo que tú habrías sido sin todas aquellas heridas», fue lo que escuché hoy, talvez desde el cielo. Y mi corazón sonrió. Porque serás tú misma, pero a la vez, me veré reflejada en ti. ¿Acaso no es eso maravilloso…? Sí. Es todo un milagro.

—Lihem Ben Sayel.

Te amo, mi pequeña.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

Desenmascarando a los falsos amigos y amigas. (Sorry, but no encontré un título más diplomático).

Existen personas a tu lado, a quienes les cuesta celebrar tus aciertos. ¿Envidia, o celos ocultos? No lo sé. Lo que sí sé, es que, un verdadero amigo o amiga, siempre se alegrará por tu prosperidad en todas las áreas. Es más, deseará tu éxito de todo corazón, tanto como lo desearía para sí mismo. Si no existe este componente, la tal “amistad“ es un mero “postureo”. Por eso, no uso la palabra “amigo/a” a la ligera.

🙂

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CONFESIONES :o, MDUP2, MUY PERSONAL, VIVENCIAS DE UNA ESCRITORA

Acerca de “Memorias de una princesa”

Resulta que, con los años, me he vuelto aún más recelosa de mi intimidad. Y ya que, de alguna forma casi sobrenatural, he retomado esta especie de historia, he tomado también la decisión de no publicar vía Facebook este contenido, sino únicamente por otros medios más personales. No quiero pasar por lo que ya pasé en aquella primera parte escrita hace muchos años, en la que la gente examinaba minuciosamente lo que yo escribía, y lo comparaba con aspectos de mi vida, paralelamente. Es evidente que esta historia es un reflejo de mis estados de ánimo, percepciones, luchas y victorias diarias, pero en ningún caso se puede interpretar de manera literal. También sé que no es de lectura fácil, por muchos motivos: primero, porque a muchas personas no les gusta leer este tipo de historias; segundo, porque no sé qué ritmo tendré, a veces escribiré seguido, a veces pasarán varios días entre una y otra publicación, y eso lo hace complicado. De todos modos, como cuando empecé a escribirla en 2007, esta historia es para mí más que para nadie, como todo en este blog, donde hablo de mi fe en Dios, de mi código de valores y principios, de mis frustraciones y cuestiones, y donde no estoy dispuesta a prostituir lo que pienso y creo por obtener más feedbacks. Me mantendré, en todo caso, siempre fiel a mi estilo personal, y a mi prosa, porque en esta etapa de mi vida, quiero ser acompañada por mi escritura. Dicho esto, no espero comentarios de alabanza, pero sí espero respeto a algo que para mí tiene suma importancia, aunque pueda carecer de muchas otras cosas. Y sí, Lihem Ben Sayel, además de ser mi seudónimo con el que firmo mis escritos, es, también, mi álter ego desde 2007. Y lo será por siempre.

Lihem Ben Sayel,

The princess of the Lord…🌹

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CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, VIVENCIAS

El último día.

Y aquel día, fue la última vez que entré por aquellas puertas, haciendo la habitual reverencia, y pronunciando la misma oración: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Octubre 2008 – Junio 2019

—Lihem Ben Sayel.

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“Nuestro nombre en la pared” [Parte I]

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Ecuador, año 2002.

Recuerdo que era de mañana, y que yo llevaba puesto el uniforme de mi instituto: nos habían dado horas libres, así que aproveché y visité a un matrimonio de amigos de la iglesia a la que yo asistía. Yo, una adolescente con 17 años, ya tenía 5 caminando en la fe, desde mi encuentro personal y real con Jesús, cuando solo contaba con 12.

Nadie que me conozca ahora, comprenderá la magnitud de mi sufrimiento al haber emprendido mi salvaje y profunda aventura con Jesús. Yo era católica de nacimiento, y mi anhelo era servir a Dios como monja. Sí, eso lo había decidido antes de los doce años. No hay ninguna duda que mi corazón infante estaba desesperado desde ya por Dios, y quería servirle; entregar mi vida por completo a Él, y no dedicarme a otra cosa que estar enteramente dispuesta a su voluntad. Sin embargo, y, aunque no hable mucho de esto actualmente, los años más tormentosos de mi vida comenzaron justo allí, cuando rendí mi vida a Jesús. Estaba claro que tenía un enemigo —caído, pero poderoso— que perturbaría cada paso que yo intentara dar en pos de mi amado Jesús. Lo que pasaba era que yo ignoraba el alcance de su poder.

Creía que, por amar a Dios y servirle como le servía, ciertas cosas no podrían pasarme. Pero me pasaban. Aún hoy, no soy enteramente capaz de descifrar cómo una niña de 12 años pudo hacer frente a ese tipo de tormentos y situaciones más que complicadas, y aún así no terminar como un barco a la deriva. Aún así, no desistir de esa fe tan grande a la que se había aferrado, pero que parecía insuficiente a la hora de protegerla del peligro, de los daños y, sobre todo, de la ruptura constante de su corazón sensible.

Mi refugio eran las noches, la música, la luna, y, por supuesto, Él. Talvez en el fondo, simplemente intuía que alguien procuraba separarnos. Alguien quería hollar aquella pequeña semilla de amor sembrada en mí. Destruirla por completo, hasta que no quedase nada, ni siquiera un buen recuerdo, de lo que había sido mi encuentro con Jesús. Pero lo que sin duda mi enemigo ignoraba, era que, mientras más golpeaba mi corazón, mientras más me hería en lo profundo de mi identidad y mi confianza, por otro lado, estaba Él, que con el cálido ungüento de su presencia me consolaba, aún cuando yo no comprendía nada.

Así fueron pasando los años. Trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete… y volvemos a aquella mañana, donde me situaba en casa de un matrimonio de amigos de la iglesia a la que asistía. Aquel día, casi por casualidad, encontré un libro en una mesilla. Le pregunté a mi amigo que cuál libro era ese. “Buenos días, Espíritu Santo”, me respondió él.

Lo empecé a leer mientras estuve con ellos un par de horas. Había llegado el momento de marcharme y, sencillamente, no podía desprenderme de aquellas cosas tan maravillosas y misteriosas que contaba Benny Hinn con respecto a ese “Dios” desconocido para mí, el Espíritu Santo. Hasta ese momento, creo que lo único que sabía/entendía del Espíritu Santo, era que por medio de Él había sido engendrado Jesús en el vientre de María. Nada más. Ni relación, ni intención de relacionarme.

Al terminar de leer aquel sorprendente libro, se abrió un nuevo panorama para mí con respecto a la persona del Espíritu Santo: no solo era una persona activa en la Trinidad, sino que, además Él quería relacionarse conmigo; quería ser “mi amigo”. Reconozco que a partir de ese momento, intenté con todas mis fuerzas hacerle lo más real posible en mi vida. Por ejemplo, le llamaba “Partner” (compañero, en inglés). Y además, teníamos nuestro rinconcito en la iglesia, en unas escaleras. Ahí iba yo y quedaba con Él como quien queda con su mejor amigo. Le “miraba”, le contaba lo generalmente malo que había sido mi día, o le relataba los sueños que quería cumplir más adelante, de su mano. Ahí, en ese rincón, en cierta ocasión rayé nuestro nombre en la pared con unas llaves. Era imperceptible para cualquier otra persona, ya que no se notaban demasiado las delgadísimas líneas que intentaban imitar letras. Pero ahí, en esa pared, decía: “E.S. y yo“. Era uno de nuestros pequeños secretos, como los que guardan para siempre los enamorados.

Incluso, antes de salir de mi país [algo que ocurrió pocos meses después de la lectura de ese libro], tomé una fotografía de esa pared. Una vez más, si viesen la foto, nadie podría notar nada. No obstante, allí estaba tatuado el inicio de un romance que tendría sus altos y sus bajos, pero que nunca dejaría de estar presente en cada instante de mi vida, aún cuando llegaría el momento en el que le daría la espalda en pos de otras cosas que ocupaban mi atención.

Continuará…

 

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PRECIPICIO

PrecipicioA veces, el suelo bajo nosotros se desmorona, y nos sentimos como al borde de un gran precipicio. Incluso, notamos bajo nuestros pies el vacío abrumador. No. No es una situación que Dios envía para destruirnos; o para disfrutar viéndonos caer, sin remedio, hacia una muerte segura. Es, sin lugar a dudas, la oportunidad perfecta para extender las alas, y volar hacia nuestro propio destino. Más allá de los límites; por encima de nuestros temores. Doy gracias por este tiempo. Me ha enseñado a volar…

—Lihem Ben Sayel.

 

MUY PERSONAL

LO NUESTRO

Nuestro amor trasciende las apariencias. Va más allá de ese enfermizo postureo que, en la sociedad actual, parece tener más peso y relevancia que la verdad. Nuestro amor no está frente a las cámaras. Ni se basa en los selfies, ni en las fotografías de los lugares que recorremos juntos. Para qué engañarnos. Lo nuestro es verdadero. Y cuando algo tiene como fundamento la verdad, no hay por qué demostrarlo constantemente. Más bien, lo que se intenta demostrar con periodicidad son las mentiras, lo falso, en un pobre intento de realzar el sabor de algo insípido. Lo real sencillamente fluye. Se siente. Se vive. Se experimenta. Y, finalmente, se atesora. Se convierte en ese recuerdo que nos arranca una sonrisa mientras vamos conduciendo, o justo antes de cerrar los ojos al dormir. Porque es real. Y nada más. Documentar lo real es absurdo. Exponerlo —a expensas del escrutinio de los demás, a quienes les importa poco o nada nuestra vida— es un craso error. Es como seguir una moda. Y nosotros odiamos las modas. Por eso, tú y yo, con la sabiduría y la experiencia que nos va dando cada año vivido el uno junto al otro, vivimos lo nuestro para nosotros. Lo disfrutamos o lo sufrimos juntos; los dos. Porque hay cosas que no requieren más testigos que los mismos involucrados. Y este es nuestro caso. Por eso, lo nuestro es verdadero, real, puro, honesto, certero. Fiel.

—Lihem Ben Sayel.

*A Habibi, en nuestros 8 años y una semana de matrimonio. Ana bahebak kateer.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

¿Por qué se acaban las cosas hermosas?

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Mi corazón se hace preguntas, en medio de las marcas que la luna le deja a la noche estrellada. Porque, cuando decimos que superamos algo, ¿a qué nos referimos, exactamente? ¿A que ese “algo” deja de dolernos, o deja de importarnos? No lo sé con exactitud. Qué bueno sería que algún sabio me concediera alguna respuesta, porque, a veces, mi corazón se confunde entre lo que debo soltar y lo que aún debo perseguir. Y a veces suelto. Otras persigo. Sin embargo, la pregunta que más cala en mi interior es: ¿por qué se acaban las cosas hermosas? ¿Quién las deja morir? ¿O es que acaso mueren ellas solas, porque, así como los árboles mudan sus hojas —dependiendo de la estación del año en la que estén—, las cosas en la vida también cambian de cuando en cuando? Y eso quizás se deba a que nos sea un recordatorio de lo pasajero que es todo aquí abajo, bajo el sol. Solo me queda aferrarme a una eternidad, en la que creo, y en la que se me promete que toda lágrima será enjugada, y que ya no habrá más sombras que oculten estos misterios ante mis ojos y ante las soledades de mi corazón. Allí, todo será paz. Todo será luz.

—Lihem Ben Sayel…