PUBLICAR O NO PUBLICAR: ¿es esa la cuestión?

images (2)Los que amamos escribir lo sabemos: escribir forma parte nosotros. Habrá quien escribe por placer, o por negocio, o por pura casualidad. Hay también quien “quiere pero no puede”, y quien “puede pero no quiere”. Y en ese momento interpretamos una delgada línea que nos atañe: ¿cuál es mi verdadero deseo: escribir por escribir, escribir como terapia, escribir y buscarme un lugar en esa élite tan universal de la literatura? ¿Realmente la última “gran meta” de un escritor por naturaleza es el publicar sus escritos? Estamos en una época donde “casi cualquiera” puede escribir un libro y contar cualquier cosa, valga la pena o no ser leída. ¿Es eso lo que hace al escritor? En fin. Hay muchos escritores de verdad que aún no han publicado, y quizás jamás lo hagan. Y hay muchos que no son escritores que ya tienen un libro con sus nombres y foto en portada. ¿Justo? ¿No justo? No lo sé. No me interesa. Yo sólo escribo porque sí. Si no lo haría, moriría.

Amira Akhtar.

-EL VÍNCULO INEFABLE ENTRE EL DISCÍPULO Y SU MAESTRO.

(Play mientras lees. Ya les advertí de mi afición por las bandas sonoras).

A lo largo de nuestra vida, todos hemos tenido maestros. Algunos talvez simplemente hayan ejercido profesión sobre nosotros. Pero yo creo que aquellos maestros que recordaremos para siempre, son los que han ejercido su vocación. Son aquellos que se tomaron el tiempo de ver en nosotros aquello que no podíamos distinguir en nosotros mismos en aquel momento de nuestro camino. Nos miraron alguna vez a los ojos y nos preguntaron si estábamos bien; y lo asombroso era que en verdad esperaban una respuesta. Pasaron por alto nuestras flaquezas, y nos enseñaron a dominarlas hasta el punto de hacer de ellas nuestras fortalezas.

Siempre he sentido fascinación por ese vínculo inefable entre el discípulo y su maestro. Un vínculo que sólo ellos dos entienden. Quizá va por pasos. Quizá primero, lo que siente un discípulo al identificar a su maestro, es una especie de 19105905admiración inequívoca. Le atrae su dominio del conocimiento, su sabiduría no endulzada por el ego o por la soberbia, sino exprimida de todo tipo de experiencias y épocas que le han hecho lo que es. Luego, cuando puede estar más cerca, cada vez más cerca, -y se da paso a la camaradería, las confidencias, el roce, el afecto-, comienza a entender que no es perfecto, que no lo sabe todo, que tienes dudas incluso de sus métodos o de sus certezas, sin embargo, eso te hace estar más seguro: por fin alguien que es honesto consigo mismo y no presume de poseer todo el saber.

Mirando hacia atrás, no recuerdo muchos maestros. Talvez no sean más de cinco “maestros” (no sólo académicos, sino también espirituales) que han marcado mi vida incluso en el presente, y han dejado una huella que jamás podré olvidar. Tres de ellos han sido vínculos increíblemente fuertes y profundos, en donde la enseñanza, la confianza y el afecto sincero se han fundido. Me han amado y disciplinado como a una hija, y yo les he amado, obedecido y honrado como a padres y madres. Y siempre daré gracias a Dios por ellos. Gracias porque creyeron en mí, porque no fueron egoístas y me proyectaron aún a llegar más lejos de lo que ellos y ellas habían llegado. Confiaron en que mis fracasos no serían definitivos, sino que me levantarían para volar más alto.

Quizás eso únicamente se puede retribuir siendo un buen discípulo, honrando sus memorias y esfuerzos. Y aplicando todo el bien aprendido. Sé bien que es “inefable”, porque aún intentando explicarlo, no lo he podido plasmar tal cual me parecería digno de hacerlo. Sin embargo lo hago aún de todas formas, en mi torpe intento, porque la gratitud supera en mí al feroz y reprimente temor al ridículo.

Amo aprender, amo estudiar, y amo el conocimiento. Me reconozco siempre como una irremediable aprendiz en una incontrastable búsqueda de la verdad. Por eso amo la enseñanza,  y  a la figura del maestro; y honro la gran responsabilidad que asume el 83193_gmaestro de mantener pura la verdad que enseña y defiende. Y su grandeza admirable cuando se retracta -porque todos los grandes maestros alguna vez lo han hecho; de lo contrario, no serían grandes.

Gracias por mostrarnos caminos que no conocíamos, gracias por hacer de vuestra sabiduría un legado que recibimos con honor, gracias por instruirnos en la verdad y en la senda del conocimiento y la integridad. Gracias, simplemente gracias.

Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. – Ruben Alves

El buen maestro hace que el mal estudiante se convierta en bueno y el buen estudiante en superior. – Maruja Torres

El principio de la educación es predicar con el ejemplo. – Turgot

Los discípulos son la biografía del maestro. – Domingo Faustino Sarmiento

PASIÓN POR LAS PALABRAS

Me levanto hoy con una de esas sorpresas que te dejan sonriendo todo el día: el que fuera mi profesor de literatura en el instituto, me ha enviado el siguiente video; es muy cortito, pero además es que te atrapa, y ya verás por qué…

¡Hasta me emocioné! Porque el video ¡vaya si es precioso y tan real en su mensaje!, sin embargo creo que lo que en verdad me revoluciona es el hecho de que “El Profe” de Literatura reconozca en mí a una ex alumna  apasionada por la literatura y todo lo que encierra: libros, escritura, lectura, lenguaje. La verdad, me halaga. Y es maravilloso compartir tu pasión con alguien a quien recuerdas muy gratamente.

Porque debo reconocer, sin ninguna falsa modestia, que amo las palabras, el lenguaje, que soy incapaz de escribir cosas como “xp t necsito muxo y kreo q t tmbien”, porque me parece nefasto, una violación a todo lo que amo y respeto profundamente, y porque creo que por cada 1000 que pisoteen el lenguaje y desvaloricen las palabras, deben haber auténticos  filólogos con o sin diploma que sencillamente promuevan una contracultura.

Vivan las palabras. Viva cada libro que me he bebido. Viva cada historia que me ha embriagado. Viva cada poesía que he escrito. Viva la prosa, la narración y vivan los verbos y los sustantivos. Vivan las comas, los puntos y comas, los dos puntos y cada signo de exclamación y de interrogación que da vida propia a cada frase. Vivan los paréntesis y las comillas. Viva el apóstrofo y la diéresis y las tildes. Vivan los puntos seguidos, los finales y los suspensivos…

Es que ya lo dice la mismísima Biblia: la letra mata.

Y a mí me mató de amor.

disfruta-de-momentos-para-ti-1-size-3

 

lihembensayel

 

A mi “Profe” de Literatura, gracias por haber formado parte de algo tan importante en mi vida. Y a todos los filólogos apasionados que se dedican a enseñar a soñar con las letras…

Quiero que la literatura sea una cabal explicitación, y, por mi parte, no distingo entre mi vida y mis letras. ¿No dijo Goethe: Todas mis obras son fragmentos de una confesión general?

                                                                                                 – Alfonso Reyes

COMPUNGIDA.

Hay cuestiones de la vida que son difíciles de compartir con las personas, simplemente por temor a sentir esa ahogada sensación de incomprensión. Y vaya si es difícil de comprender: mi herencia palestina pesa sobre mis hombros más allá de la darbuka y la baklawa; existe un peso histórico y generacional, un arraigamiento casi mortal y a la vez lacónico que me ha empujado en distintas direcciones, como si aún no se decidiera por cuál de ellas mi vida debe establecerse.

Ahora mismo siento una sensación de tristeza cruda, el corazón me palpita fuerte como deseando escapar a un refugio muy lejos de aquí; en estos momentos -como casi siempre en las tensiones emocionales de mi vida- el silencio y las letras son mis aliados. Talvez me pueda desahogar mientras callo, mientras escribo.

Existen cosas que a tu mente le cuesta comprender, al punto de que tal incompatibilidad hiere, porque tampoco puede ser erradicada. Quiero decir, ¿puede un árabe palestino -sobre todo en estos momentos de tensión- comprender que alguien con herencia palestina en segundo grado selle su firma con una estrella judía, y se declare abiertamente pro-israelí? Aunque de aquí surge la confusión: yo no soy pro-palestina ni pro-israelí: simplemente actúo en pro de la paz.

Por ese mismo motivo -y siempre consciente del riesgo que conlleva, incluso no sin cierto temor contraproducente- admito y me siento orgullosa de mis orígenes palestinos, pero también proclamo abiertamente mi amor por Israel.

Comprendo que haya gente que no lo entienda, pero así soy yo: dentro de mis carencias, no entra la necesidad de aprobación. De hecho, en algunos casos, cuando mi alrededor me procura una insistente resistencia a mis convicciones, es entonces donde encuentro una mayor fortaleza; supervivencia ideológica, lo pueden llamar.

Sé lo que es el antisemitismo. Yo misma lo experimenté en mis carnes sobre todo aquel 11 de noviembre de 2004, con la muerte de Yasir Arafat. Yo por ese entonces no hacía otra cosa que pintar banderas palestinas en mis libretas y aún en los bordes de mis tenis. Aquella noche de noviembre, recuerdo las intensas oraciones que elevé al cielo para que Arafat no muriera. No funcionaron. Él murió, y en medio de la revuelta política -ya que se culpaba al gobierno israelí de su muerte, aunque de manera indirecta- yo empecé a sentir un profundo odio hacia Israel. Caí tres días en una depresión donde no quería ni comer y permanecí en cama esos tres días.

Cuando mi visión se empieza a ampliar, me doy cuenta del error en que he caído. Tus antepasados te marcan una pauta. Las anteriores generaciones palestinas te marcan un camino: la venganza, el odio, la violencia, todo vale y está justificado, ellos han hecho sufrir a nuestro pueblo, nos quitaron la tierra, matan a nuestros jóvenes y a nuestros niños sin piedad, dejan viudas a nuestras mujeres…

Yo también sé de esto.

Pero…¿y si hablamos con los padres, hermanos y amigos de Naftali, Gilad y Eyal? ¿Qué nos dirían ellos acerca de esta barbarie? Ah, ¿dirás que “está justificado” porque los israelíes tienen tanques y los palestinos sólo piedras? Que yo sepa, estos tres chicos no han muerto a pedradas… Han sido secuestrados y asesinados a sangre fría.

¡Y es que en la guerra todo es pérdida! 

Es absurdo creer que ser partidistas ayudará. No. Sólo exacerbará aún más -si cabe- la situación. Los datos son a tomar en cuenta: desde la segunda Intifada -que recuerdo a la perfección, pues tenía 15 años y fue cuando empecé a tener verdadera consciencia del conflicto árabe-israelí y a hacer mis propias investigaciones recortando artículos del periódico, etc…- no se había realizado un despliegue tan poderoso del Ejército Israelí. Y esto obviamente sólo es la antesala de lo que puede ocurrir en los siguientes meses.

Amo a Palestina y deseo su paz con todo mi corazón, y también amo a Israel y procuro la paz para ellos. Soy una palestina judía cristiana, no por observar las costumbres judaicas, sino por reafirmar mi eterno vínculo a esta hermosa tierra cuyo seno es Jerusalén.

No habrá nada en el mundo que pueda dividir mi corazón. Y al fin de cuentas, en medio de tanto caos, sólo el amor podrá cambiar las cosas. Tengo una fe inmarcesible en ello.

“Pidamos por la paz de Jerusalén: Que vivan en paz los que te aman.”

– Rey David

“No hay camino para la paz, la paz es el camino.”

-Gandhi

 

A la memoria de Naftali, Gilad y Eyal…

jud

EL DÍA QUE APRENDÍ DE LAS PIEDRAS BAJO EL RÍO

Un día quise ser feliz, y me levanté dispuesta a lograrlo.

Decidí hacerlo todo perfecto, a no permitir errores, a no equivocarme, quizá sea una buena manera para ser feliz, -pensé. Obviamente me fue imposible. Parecía que mientras más procuraba ser perfecta, más se inclinaba la balanza hacia la imperfección. Lo que ganaba en unas cosas las perdía en otras. La vida sin duda no es una suerte de línea recta, sino un zigzagueo constante. Lo único que podía hacer era mantenerlo ascendente. Pero aquel mismo día descubrí también que la belleza está también en los errores, en el hecho de aprender de mis equivocaciones y de trasmitir ese aprendizaje a mis semejantes. No, ser perfecta no me llevaría a la felicidad.

Al día siguiente volví a querer ser feliz, y en esta ocasión me propuse caerle bien a todos. Intenté sonreír siempre, ser la gran amiga de todos, decidí nunca contradecirles en nada para no contrariarles, opté por dejarme llevar por ellos para mejorar la empatía, incluso hasta me adapté a ellos en sus gustos y maneras, en sus pensamientos y filosofías, hasta el punto que no me podía reconocer a mí misma. ¿El resultado? Me perdí entre las masas, me dispersé entre las multitudes. Dejé de ser única, dejé de ser yo. No. Definitivamente este no era el camino para ser completamente feliz.

Entonces, otro día volví a desear ser feliz con todo mi ser.

Me determiné a esconderme, a recluirme. Quizá el problema era que al tratar con gente tan imperfecta las cosas entonces nunca jamás podrían salir perfectas y llevarme hacia la ansiada felicidad. Pasé océanos de tiempo sola, en un lugar lejos de todo, apartado. Pero me fui volviendo extraña, un ser insensible. Dejé de sonreír y de comprender el dolor y las necesidades de los demás. No veía ni la luna, ni los rayos del sol me daban calor. No podía ver las aves volar, ni oír su canto, ni el sonido del mar, ni el golpeteo de las gotas de lluvia caer. No, esconderme tampoco era la forma.

Y así fue como luego de mis tres intentos fallidos, probé con una última cosa: voy a hacer sólo lo que me guste, oír sólo a quien quiera oír, ver sólo a quien quiera ver, hablar sólo con quien quiera hablar. Sí. Quizás de esta manera podría evitar momentos bochornosos e incomodidades. El placer será el camino, sin duda… Pero me volví irresponsable, terca, orgullosa, caprichosa y distante. Marqué distancias. Eludí tareas. Olvidé la importancia de la disciplina, y me hice débil en carácter y en pensamiento. Esta vez, tampoco lo logré.

Me quedé sin ideas y muy frustrada. Me enfurecí conmigo misma. Caminé hacia la orilla del río y me senté sobre las piedras mientras veía las correntosas aguas seguir su camino.

Ah, las piedras…

Son llevadas por la corriente, empujadas, se golpean las unas a las otras, No pueden decidir con cuál piedra chocarán. No pueden evitarse entre sí. Una fuerza superior las obliga a impactar contra otras al mismo tiempo que avanzan hacia adelante. Y en ese trayecto pulirán sus asperezas, se volverán dóciles pero no por ello menos fuertes. Dejarán atrás otros instantes, otros momentos, y sencillamente se dejarán llevar por la fuerza de las aguas para descubrir otros instantes y otros momentos, que las seguirán puliendo.

Sí. Creo que lo tengo.

Finalmente me levanté cierto día, y esta vez con las ideas más claras: las personas de nuestra vida se cruzan en nuestro camino para recordarnos a nosotros mismos nuestras propias falencias y fortalezas, nuestras propias habilidades y torpezas, nuestras propias necesidades y nuestras propias virtudes. No, nadie se cruza en tu vida en vano. Aún cuando no logres entender por qué te rechazan, por qué no te aceptan tal y como eres, por qué no simplemente te aman, muestran el camino, te enseñan… aún así, esas personas están para pulirte, para hacerte más fuerte, y para ayudarte a avanzar hacia adelante.

Definitivamente, la felicidad no se halla en nuestra egoísta forma de apreciarlo todo y de querer tenerlo todo al alcance; la felicidad está en la fuerza de superar la adversidad juntos y aprender juntos, y en la bondad, y en las manos que dan; en la esperanza de saber que todas las cosas ayudan a bien a quienes viven bajo las leyes del amor.

yellow-river-nature-wallpaper

Creo que no hay nada más artístico que amar verdaderamente a la gente.

Vincent Van Gogh

3, 2, 1…NUNCA.

(Play mientras lees…)

Para mis hermanos R y R, quienes me contaban sus historias de cómo protegían a los más débiles en el colegio o en el instituto, ignorando, talvez, el profundo orgullo que me hacían sentir sus historias llenas de justicia, honor, valor, y amor por el prójimo.

El timbre sonó.

Era la hora de salir de clase. Y en la brevedad de un suspiro, o de un pestañeo más que fugaz, el patio del colegio se convertiría pronto en una jauría de niños que parecían ser empujados por algún tipo de fuerza numinosa que les hacía estallar de un incontrolable pero inevitable frenesí, en cierta forma molesto, en cierta forma contagioso, que le hacía recordar a uno la vitalidad enigmática y febril que encierran aquellos seres tan restados en días, pero tan llenos de futuro.

Sin embargo, como aquella excepción irónica que toda regla presenta, también estaban aquellos otros niños que, por algún extraño desacuerdo entre la gracia que de por sí aporta la infancia, y el recorrido propio de la naturaleza, no poseían aquella virtud del ánimo, de la personalidad, del brillo estelar. Eran prácticamente nulos. Certeramente desconocidos. Inexorablemente olvidados. Descaradamente evitados.

Luis era uno de esos niños, apocados y opacados por fuerzas aún mayores y energías aún más estridentes, las cuales le envolvían mordazmente como con látigos, como con rabia. ¿Por qué no pudo ser él como los demás?

Su esquelético cuerpo, y su casi inexistente masa muscular sólo podían ser peores que su corta estatura, muy por debajo de lo que se espera a su edad. Y así, ya a los ocho años, la imagen paupérrima de Luis en las gradas que delimitaban aquella espantosa frontera, (pues eran dos gradas de cemento las que separaban el controlado universo de las aulas, donde todo parecía estar más tranquilo, del espantoso espectáculo que se cernía en el patio), no era ni más ni menos que el desafortunado presagio que se cernía sobre su futuro, destinado al bando de los fracasados y exiliados. Todo le conducía a ser carne de cañón.

Era entonces,  cuando el infierno comenzaba.

-Ahí está Luis, el tonto. El enano. El frágil. El triste. El solo. El abandonado. El mariquita. El rarito. El pobre. El feo. El marginado. El callado. El ratón. El exiliado.

Luis, zumo en mano, no hacía nada más que escuchar. Sólo de vez en cuando, en un atisbo de valentía mezclada con estupidez, se atrevía a levantar la mirada desafiante, desde el suelo, -siempre desde el suelo-, en un intento fallido y casi inoportuno de demostrar que estaba harto. Sí, en un intento inoportuno y exasperado. Porque no tardaban las patadas, los puños, las bofetadas y los escupitajos en abalanzarse sobre él como la única respuesta válida a su pobre lucha, a su tenue e inepto acto de valor. ¿Qué de malo había en tener la necesidad de que le dignificaran?

-¿Cuándo va a pelear Luis? ¿Cuándo va a defenderse Luis? Tres, dos, uno…¡nunca!

Esto le decía el grandullón de turno, mientras, a la vista morbosa y cáustica de su séquito de opresores, aquel gigante insensible conducía a la asfixia al indefenso Luis, apretando su cuello con la avidez y la firmeza de un predador, quien a duras penas podía rozar el suelo con la punta de sus desgastados zapatos, intentando, infructuosamente, zafarse de su castigador.

La historia siempre terminaba de la misma forma: algún maestro gritaba, desde lejos, algo así como “¡paren ya, dejen al pobre muchacho!”, cuya deficiente y dispersa orden no producía ningún tipo de efecto redentor en el abusado, mucho menos disipaba el disimulado estupor de sus perturbadores. El timbre sonaba de nuevo, y entonces toda aquella jauría desquiciada volvía a entrar a sus respectivas jaulas; y en el trayecto, cómo no, pisoteaban al escuálido Luis, quien, con el rostro casi morado, y con las marcas de tono rojo agresivo en su cuello, aún intentaba desesperadamente recuperar el aliento a bocanadas.

(¿Es que nadie lo veía? ¿Nadie lo notaba? ¿A nadie le importaba?).

Una vez todos dentro, Luis se disponía a entrar, no sin ser escrutado por la cruel y acusadora mirada del profesor de ciencias, quien le juzgaba por no estar correctamente aliñado, ignorando, quizás sí, quizás no, el episodio beligerante  al cual Luis se acababa de enfrentar. El pequeño se acomodó las gafas y entró con la mirada clavada en sus zapatos negros, los mismos que había usado su hermano mayor el año pasado.

Al día siguiente, a la misma hora,  Luis cierra el libro de matemáticas.

El timbre suena.

Los gritos se agolpan en aquel patio con un ritmo frenético y ensordecedor.

-¿Cuándo va a pelear Luis? ¿Cuándo va a defenderse Luis?

Tres.

Dos.

Uno…

Quizás tú puedas impedirlo.

———-

“Para que triunfe el mal

sólo es necesario

que los buenos no hagan nada.”

Edmund Burke

 

LihembenSayel

1203010565029.standard-female-72.default

CUANDO LA MÚSICA SUENA…

(Play mientras lees)

Para los del barrio, los de siempre. Y para los amigos que se fueron.      (K. E. L.).

“Recuerdo esa tarde calurosa. Al principio la detesté. Es el típico día en que quieres sentirte guapa, y además joven. Quieres tener la sensación de que el tiempo no ha pasado, o si lo ha hecho, te ha embellecido. Me miré por el espejo retrovisor, tal como había hecho durante los últimos 11 años desde que había aprendido a conducir. En aquel entonces, miraba hacia atrás y el coche siempre estaba lleno de amigos y amigas que bromeaban, reían y me ponían nerviosa. Pero aquella sensación de “amigos para siempre” de pronto desapareció cuando me tuve que mudar a otro continente a los 19. Y por un extraño motivo, jamás la volví a recuperar. Llámenlo inmadurez, o complejo de Peter Pan, pero yo quería seguir sintiéndome así, joven y fresca siempre, y rodeada de amigos que te prometían amistad para toda la vida, y esas cosas.

Ahora iba rumbo al trabajo, a ese lugar espantoso donde me daba la impresión de que todos me excluían. A los hombres les caía mal porque no me reía de sus chistes obscenos; a las mujeres, porque me encantaba ir arreglada, cuando algunas de ellas parecían que habían ido tal como habían despertado, literalmente.

Así que en los tres meses y medio que llevaba allí, me costaba sentirme integrada, aceptada. No sé si eso tendrá que ver también con mi raro acento extranjero, mis eufemismos incomprensibles o mi color de piel. Aunque supongo que mis prejuicios, mi personalidad introvertida y mi dificultad para fluir en una conversación también tendrán que ver. No echaré sólo la culpa a los demás.

¡Qué rabia! Porque en ese momento empecé a sentir un nudo espantoso en la garganta. Créanme o no, pero hasta dolía. Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas. Venga Gloria…-me dije, Acabas de maquillarte, mujer. No lo estropees…

Pero qué va, no fue suficiente. Y empecé a llorar.

En ese instante, era el momento perfecto para regodearme en mi situación. (¿Quién no lo ha hecho? ¿A quién no le ha pasado? ¿No se supone que cuando estás triste deberías oír cosas alegres?) Pero no. Hacemos justo lo contrario. Así que empujé aquel cd de gospel que me había regalado Bella días atrás en mi cumpleaños, (¡ella sabe cuánto amo el género, desde que escuché a un afroamericano cantando en un concurso en la tv!).

Y entonces empezó a sonar aquella canción que me estremeció desde la primera vez que la había oído. Claro… lloré más. Porque cuando la música suena, es capaz de sacar a flote tus emociones más profundas, y tocar en tu interior aquellas fibras donde sólo pocos pueden llegar. Cuando la música suena, recuerdos trae, al igual que sensaciones, experiencias, vivencias, las cuales, pase el tiempo que pase, jamás se podrán borrar de tu interior.

Y así, sin querer, mientras la canción avanzaba, recordé aquel abrazo con Raúl, al graduarnos: Tú eres todo, -me dijo cariñosamente. Recordé los e-mails que me escribió Cinthy contándome cuánto me echaba de menos, y lo mucho que me comprendía, porque ella también había abandonado el país para estudiar en el extranjero. Recordé la fiesta de despedida que me hicieron mis amigos del barrio de toda la vida justo el día antes de tomar el avión, y a aquel chico diciéndome: jamás te olvidaré. Y cómo no, recordé aquel momento cuando el avión comenzaba a despegar (nunca había viajado en avión aún) y cómo las lágrimas invadieron mis mejillas al ver en la noche a aquella preciosa e iluminada ciudad, y mi país, al cual no volví a ver hasta muchos,  muchos años después.

Pero entonces me vino a la memoria aquella frase que dijo Gabo, “la vida no es lo que uno vive, sino lo que uno recuerda…” ¡Y vaya si tenía razón!

Me sequé las lágrimas con delicadeza. Volví a sonreír… porque aunque estaba lejos, había una Bella, observadora,  que se había tomado el tiempo de regalarme algo que sabía que me gustaba, había también un Xavi, confidente, que me generó la confianza suficiente como para entablar una genuina amistad, y una Lucía, explosiva, que me llamaba para tomar algo cada vez que podía y entablar una profunda conversación. Gracias a ellos, no me siento tan sola…”

🙂

lihem ben sayel

1203010565029.standard-female-72.default