MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

PRECIPICIO

PrecipicioA veces, el suelo bajo nosotros se desmorona, y nos sentimos como al borde de un gran precipicio. Incluso, notamos bajo nuestros pies el vacío abrumador. No. No es una situación que Dios envía para destruirnos; o para disfrutar viéndonos caer, sin remedio, hacia una muerte segura. Es, sin lugar a dudas, la oportunidad perfecta para extender las alas, y volar hacia nuestro propio destino. Más allá de los límites; por encima de nuestros temores. Doy gracias por este tiempo. Me ha enseñado a volar…

—Lihem Ben Sayel.

 

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REFLEXIONES

DECIDÍ PERDONAR.

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Decidí perdonar; no porque así remita el dolor. No porque de esa forma espere que las personas [o las circunstancias] cambien, o mejoren. Ni siquiera porque sea fácil. Decidí perdonar, porque no quiero convertirme en aquello que tanto daño me ha hecho. No quiero que el veneno de la maldad consuma mis ganas de vivir, mi sonrisa, mis ilusiones. Decidí perdonar, porque no quise permanecer más tiempo en el hoyo del rencor donde pretendieron enterrarme. Elegí florecer.

—Lihem Ben Sayel.

REFLEXIONES

UNA PEQUEÑA LLAMA

 

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Jamás permitas que la luz que hay en ti, permanezca encerrada dentro de un recipiente de decepciones, culpa y dolor. Brilla. Simplemente brilla. Para batir la oscuridad, solo es suficiente encender una pequeña llama.

—Lihem Ben Sayel.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

Buscar a Dios: ¿por qué a veces parece tan difícil?

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BUSCAR A DIOS:

¿POR QUÉ A VECES PARECE TAN DIFÍCIL?

Buscar a Dios es una tarea profunda, que, como cualquier otra tarea, requiere esfuerzo, concentración, ganas, disciplina y un mínimo de ilusión. Siempre me ha fascinado ese texto bíblico que reza: “Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad.” (Hebreos 11:6. NTV). Me encanta la idea del Dios que recompensa a los que le buscan con sinceridad. Es simplemente un cuadro maravilloso. Aquí yo encuentro una enorme porción de ilusión.

Sin embargo, he recorrido este camino de búsqueda, con sus más y sus menos, y siempre dándome cuenta que, cuando espero que algo “realmente asombroso” ocurra, y no ocurre, me desanimo. A veces me he preguntado a mí misma ¿por qué busco a Dios? ¿Cuál es el tipo de recompensa que mi corazón de verdad anhela? Y claro, tengo que admitir que mi intención de búsqueda ha debido ser purificada una y otra vez, pues múltiples cosas enturbiaban su pureza.

Por otra parte, como ahora, estoy en un punto en el que le pregunto a Dios ¿qué más quieres de mí? ¿Qué más puedo hacer para intimar más profundamente contigo? ¿Qué especie de táctica o estrategia debo utilizar para sentir que realmente hay una profunda relación?

Los absolutismos no suelen ir conmigo. Quiero decir, yo puedo ser alguien que busque mucho a Dios, pero aún así no haber conseguido lo que busco. De hecho, ni siquiera me atrevo a decir que “busco mucho”. Qué osadía. Creo que tampoco puedo usar el “hago lo que puedo”. No. Creo que siempre se puede hacer más. A mí me gusta mostrarme honesta, y no me agrada aparentar una imagen. Eso es de tropiezo no solo para mí, sino también para los que me observan.

He estado buscando también una especie de afirmación en mi búsqueda, algo así como un “tranquila, estás en el buen camino. Solo insiste un poco más; no dejes de insistir”. No me preguntes porqué, pero la buscaba. Entonces, al no obtenerla, me vine un poco abajo. Creo que esto tiene su raíz en mi falta de fe: estoy acercándome a Dios pero, como es un terreno que me lleva a veces por sendas desconocidas, necesito oír que voy bien. ¡Pamplinas! No debería haber esperado nada eso. Volvemos a Hebreos 11:6, si me acerco, debo creer —firmemente y sin soslayo de duda— que Él existe, y que lo encontraré al final del camino. Eso debe ser suficiente. No debo distraerme con extras. No debo quitar mis ojos de Él, o me hundiré.

Entonces, supongo que Dios está atrayendo mi mirada hacia Él. Jesús es mi ejemplo, Jesús es mi estándar. Jesús buscó a Dios como hombre, como ser humano. Sí, sé que no tenía esposa o hijos, pero sí que tenía muchísimo trabajo. Y tenía unos discípulos con los que convivía. Era un personaje público y famoso que rara vez podía encontrar un espacio para estar solo. Eso bien se puede aplicar a las que somos madres, por ejemplo. De hecho, uno de los pesos extra que tenía Jesús en su caminar aquí en la tierra, era su llamado, su mismo cometido en sí: el día que inició su ministerio público, Él citó las siguientes palabras, en Lucas 4:18-19:

El Espíritu del Señor está sobre mí,Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos;A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor.

 Si tenemos una mínima comprensión de las Escrituras, y sabemos cómo se manifiesta el mal, entonces entenderemos lo que exige ese enunciado que Jesús pronunció sobre sí mismo. No sólo tendría que predicar un mensaje completamente rompedor y revolucionario para su época, sino que además tendría que acompañar ese mensaje con las demostraciones de poder pertinentes, ya que esa sería una de las señales de que Él era el verdadero Mesías prometido.

Por lo tanto, Jesús, hecho hombre, tendría que buscar el tiempo para intimar con su Padre y dar la talla en esta enorme tarea. No creo que fuera fácil. No creo que lo tuviera fácil, aunque recurramos al hecho de que “no tenía familia” para sentir que el listón que deja Jesús es demasiado alto para ser cumplido. Que sí, que es alto, pero por encima de todo, nosotros tenemos al Espíritu Santo de Dios no solo sobre nosotros, ¡sino también morando dentro de nosotros! Él es nuestra principal ayuda. Pero claro, ¿le conocemos? ¿reconocemos al ayudador? ¿nos dejamos dirigir por Él…? Por otra parte, Jesús vino a enseñarnos cómo sería nuestra vida si camináramos en una perfecta comunión y armonía con nuestro Padre Celestial. Esto es asombroso y digno de imitar, además.

Las cosas de la vida nos engullen. Nos trastocan. Una tras otra recibimos oleadas tsunámicas de “cosas que hacer” que parece que no acaban nunca, incluso dentro de la iglesia. Y perdemos de vista el deleitarnos.

Créeme que nada de lo que escribo es una especie de juicio. No hablo desde una torre de marfil. Hablo desde mi propia experiencia. Me cuesta buscar a Dios con ilusión cuando atravieso algún episodio emocional, y más aún cuando —según yo— después de haber pasado un “tiempo razonable”, no veo algún tipo de cambio o avance. Sencillamente, deseo tirar la toalla. No quiero seguir buscando. Algo en mí parece susurrarme “es demasiado esfuerzo para tan poca recompensa”.

Pero, ahora mismo, mientras escribo esto, mientras dejo salir la frustración de la mejor forma que sé, mi “Ayudador”, el Espíritu Santo, comienza a cumplir su tarea. Si hay algo que merece toda la pena (y la vida, y el tiempo y el esfuerzo…) es buscar a Dios. Buscar y rebuscar, incluso con nuestras últimas fuerzas, porque simplemente Él lo vale. Porque hay testimonios, miles y millones de ellos que lo avalan. Y los hemos oído. Parece que no ocurre nada, que todo sigue igual, que nuestra búsqueda se tropieza con un techo de cristal (rayos, es justo así como me siento)… Pero llega el día, un glorioso día, en el que el cielo parecerá romperse, y las fuentes de la tierra habrán invocado a las fuentes del cielo. Y las lágrimas y la desesperación invertida en una búsqueda que a veces parecía no tener ningún impacto ni ningún resultado, habrá abierto los cielos de una vez y para siempre, así como el acto de obediencia de Cristo al bautizarse abrió los cielos sobre Él. Así como ese tiempo de ayuno, absteniéndose de todo en el desierto, le hizo volver “en el poder del Espíritu”. Así mismo se abrirán las fuentes del cielo para los que buscan, aún a pesar de sus frustraciones y a pesar de sus altos y bajos. ¡Sí! ¡Realmente lo creo!

“Aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas”Génesis 7:11b

Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.” Salmos 42:7

De todas las tareas —nobles y no tan nobles— que puedo hacer con mi vida, de todo aquello en lo que podría invertir mi tiempo, lo primero, siempre lo primero, será abandonarme en Él. Y, llegados a este punto, Él y yo sabemos que ya no es un decir, ni tampoco una frase vacía que no conllevará nada más que una falsa sensación de determinación. Ya he pasado por eso, pero no. Llegados a este punto, esta frase va aumentando en coherencia cada vez más. Va trazando líneas más definidas en mi ser. Y crea surcos cada vez más profundos, destinados en un futuro a albergar y reconducir las enromes torrentes de agua viva que se van a desatar en un tiempo fijado que yo desconozco, pero del que estoy cada día —y cada momento de búsqueda— más cerca.

No desmayaré. No ahora. No hoy.

Tú, tampoco lo hagas.

—Lihem Ben Sayel.

No olvides darme tu opinión, así intercambiaremos impresiones y experiencias. Puedes escribirme también , si lo deseas, a mi email:

amira.lihembensayel@gmail.com

PROSA, REFLEXIONES

FRAGILIDAD

 

En un mundo roto, la fragilidad se nos antoja una debilidad. Una condición en desventaja frente a la voracidad de una maldad atroz: un monstruo hambriento que no sacia nunca su hambre, un gigante impío que holla esperanzas y perfora inocencias. Mas, no todo está perdido. Existe un refugio para conservar la pureza humana, un lugar donde se lavan los corazones y se exhuman los sentimientos nobles. Ese lugar es el amor. Y no el amor utópico, ni siquiera el amor romántico. Es, más bien, un amor que actúa, que defiende, que pelea sin desmayar contra la injusticia y la prevaricación. Que no titubea en entregarlo todo, aunque se despoje de su gloria más absoluta. Ese amor preserva lo frágil, a pesar de los torrentes inmisericordes de vileza. Conserva en un frasco de bondad lo más preciado: la intención profunda de querer hacer el bien. No se rinde fácilmente frente a los obstáculos de perversidad ya recalcitrantes, mas persevera infinitamente para protegerla, incluso hasta la muerte. No te equivoques, la fragilidad no es anodina, ni se retrata en la inferioridad. Lo frágil es valioso. Exige un trato diferente, excelente, superior. Es como un niño recién nacido: poderoso, pero demanda atención. No menosprecies su tesoro, retenlo a consciencia, con fervor.

—Lihem Ben Sayel.

 

CONFESIONES :o, REFLEXIONES

INSTANTES

 

No viviré más vidas que una.

[Los tropiezos. El amor desenfadado. Las tazas de café. Voces.]

Tampoco tendré más tiempo que el presente.

[Arrepentimiento. Bondad. Calidez. Afecto.]

No estoy segura de haber aprovechado todo mi tiempo.

[Apatía. Desconcierto. Culpa. Ignorancia.]

Pero, vaya que he vivido…

[Libros. Poesía. Música. Baile. Cuadernos en blanco. Cartas.]

[Soledad. Temor. Daño. Renuncia.]

[Besos. Lágrimas. Plegarias.]

[Guerra. Paz.]

[Abrazos.]

[Silencios…]

Sólo entiendo que la eternidad es un campo en donde brotarán las semillas que hayamos sembrado. Porque no viviré más vidas que una. Porque no tendré otro instante como este.

 

—Lihem Ben Sayel…
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Otro instante como este…

 

 

PROSA, REFLEXIONES

¿ERES FELIZ?

Te miro a los ojos y sostengo tus manos. Tienes miedo, porque sabes que no podrás mentirme, o en ese caso, lo sabré. ¿Eres feliz? te pregunto, buscando en tu alma una respuesta, que incluso tú mismo, pareces desconocer. Balbuceas; y rehuyes dando un paso hacia atrás, sin darte apenas cuenta. Pareces desconcertado, confuso. ¿Tan difícil es responder? Tus manos, ahora tensas, quieren desprenderse de las mías. Pero no las dejaré. Así que, para hacerles su estadía más cómoda, las acaricio con mis pulgares. Quizás así sepas que mi intención no es herirte, sino confrontarte con tu propia realidad. ¿Eres feliz? ¿Despiertas por las mañanas con una sonrisa en tu rostro, o el peso de los días ha carcomido tu esperanza? ¿Eres feliz? ¿Miras hacia el cielo azul, y simulas rozar las nubes con la yema de tus dedos, o la furia que llevas dentro te impide soñar con la luz del sol de espaldas? ¿Eres feliz? ¿Devuelves las sonrisas que encuentras a tu paso, nace en tu corazón un deseo espontáneo de bondad, o la maldad –que nos ha alcanzado a todos– ha recubierto las fibras de tu corazón, petrificándolas? ¿Eres feliz? ¿Te sumerges en los lagos, juegas con el tiempo, burlas a la amargura, le susurras al viento? ¿Cuentas las estrellas en el firmamento? ¿Tiendes la mano al necesitado, o tu indiferencia es ajena a los lamentos? ¿Gritarías que estás enamorado? ¿Abrazarías a alguien sin pensarlo?  ¿Tarareas la canción de la vida, rompes con carcajadas el silencio? ¿Tienes un hombro sobre el cual llorar, y un amigo con el cual reír? ¿Bailas al compás de las hojas de otoño? ¿O sólo fluyen quejas en tu caminar?

¿Eres feliz?  

Vuelvo a preguntar.
Quizás me respondas.
Quizás, ya está de más… 

 

–Lihem Ben Sayel.

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PROSA, REFLEXIONES

HONESTIDAD

No creo que la honestidad consista en decir lo primero que se nos cruce por la cabeza. Creo recordar que a eso se le llama insensatez. Me gusta pensar que la honestidad es la noble transparencia del alma, que, pudiendo engañar para salir bien de una situación, escoge ser fiel a sí mismo, a pesar de lo errático. Es valorar al otro, sabiendo que merece saber la verdad, porque la desea tanto como la deseamos nosotros. Así, la honestidad, se convierte en una virtud celestial que lo purifica todo, a pesar de todo.

—Lihem Ben Sayel

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LETTERS TO MY BELOVED, PROSA, REFLEXIONES

TÚ, QUE CONOCES MI CORAZÓN

 

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Miro al cielo, este cielo estrellado, en esta noche que se presenta con tantos pensamientos inciertos. Mi corazón palpita despacio, con la parsimonia de una nube al viento. Y me pregunto: ¿estás allí? ¿Puedes oírme? Si alguien sabe lo que siento, ese eres tú. Si alguien puede medir la dimensión de mis profundas interrogantes, ese eres tú. Y por eso, sólo a ti he confiado mi corazón. Sí, tengo mis altos y mis bajos. A veces pueden desanimarme las circunstancias. Y la espera de tus promesas, en ocasiones, resulta una tortura insoportable. Pero, ¿a quién tengo, sino a ti? ¿A quién quiero, sino a ti? Nadie me llena como lo haces tú. Nada me satisface como tú. Y mi corazón va en pos de ti, como un niño desesperado que busca refugiarse en los brazos amorosos de su padre. A veces quisiera sentir tus brazos rodeándome. Quisiera ver tu rostro. Tu mirada bastaría para sanar mi interior. Tu sonrisa me proporcionaría la paz jamás soñada. Una palabra tuya, bastaría para fortalecerme. Por favor, te pido, no me olvides. No me deseches. No ahora, que he llegado hasta aquí contra viento y marea, porque mi vida, [tú lo sabes], ha sido una tempestad que sólo tú has podido contener. Tú, que conoces mi corazón, escudríñame. Cerciórate de que es cierto. Puedes entrar a cada habitación de mi alma. No me importa que veas lo peor de mí. Porque prefiero caer en tus manos, que en la de los que desean mi mal.
—Lihem Ben Sayel.
Salmo 63:1-8
Salmo de David, acerca de cuando estaba en el desierto de Judá.
Oh Dios, tú eres mi Dios;
    de todo corazón te busco.
Mi alma tiene sed de ti;
    todo mi cuerpo te anhela
en esta tierra reseca y agotada
    donde no hay agua.
Te he visto en tu santuario
    y he contemplado tu poder y tu gloria.
Tu amor inagotable es mejor que la vida misma,
    ¡cuánto te alabo!
Te alabaré mientras viva,
    a ti levantaré mis manos en oración.
Tú me satisfaces más que un suculento banquete;
    te alabaré con cánticos de alegría.
Recostado, me quedo despierto
    pensando y meditando en ti durante la noche.
Como eres mi ayudador,
    canto de alegría a la sombra de tus alas.
Me aferro a ti;
    tu fuerte mano derecha me mantiene seguro.
 

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REFLEXIONES

PASADO

Rompí con el pasado.

A eso llamo libertad.

—Lihem Ben Sayel