PROSA, REFLEXIONES

Carta 5: verdaderamente libres.

¿En qué consiste realmente ser libre…? Lo estoy aprendiendo aún. Con el tiempo, he desarrollado una terrible aversión por las certezas vacías, por las confesiones inocuas. La verdad nunca deja indiferente a nadie. La verdad, al igual que la libertad, siempre lo trastoca todo. Es capaz de hacer daño, mas no por placer, sino por la necesidad imperiosa de exponer los engaños, aunque duela. La verdad puede ser un jarro de agua fría, o una puñalada certera, si quieres. Pero jamás será un veneno sutil, o una serpiente que se escabulle en las sombras. Sin embargo, la ignorancia es un mal amo, uno que pretende subyugarte hasta lo más hondo, asegurándose de que nunca veas la luz. La auténtica luz. Desde luego, bajo la ignorancia, es posible que contentes a todos, puesto que la ignorancia es esclavitud, y los esclavos carecen de voluntad: su vida es agradar a otros. Pero si posees la verdad, —o, mejor dicho, si la Verdad te posee a ti—, se dispararán las probabilidades de trastornar el mundo. De cambiarlo todo a tu paso. Y de que no te cambien a ti. Este, amigos, es el poder de la verdad, de la cual fluye la libertad.

—Lihem Ben Sayel.

« y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.» 

—Jesús de Nazareth. 

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

“Nuestro nombre escrito en la pared” [Parte II]

Fui creciendo en mi vida cristiana a pesar de múltiples obstáculos. Siendo honesta, hubiera sido más fácil para mí dejar de seguir a Jesús, y hasta parece que habría tenido las excusas perfectas para hacerlo. Sin embargo, me sentí tal como Jesús dijo a sus discípulos: “ustedes no me eligieron así, sino que yo los elegía ustedes”. Me sentí así, escogida, elegida, predestinada. Me sentí rescatada de todo lo que me rodeaba, que bien podría haberme matado en múltiples maneras. Y, en efecto, las circunstancias que viví no me mataron. Pero me hirieron de muerte. Me costaría años y años sobre años poder recuperarme de un alma completamente quebrada y subyugada al miedo y la intimidación. En fin, de muchas sensaciones que prefiero no recordar. Es pasado.

En todo ese proceso de mi nueva pasión [Jesús], cuando hubiese preferido morir, y me sentía la persona más sola sobre la faz de la tierra, sentía la presencia de Espíritu Santo. ¡Wow! ¡Realmente no estaba sola! Ahí, junto con las lágrimas y las preguntas, junto con el dolor y las heridas, estaba Él. Él era ese abrazo. Ese amigo que lloraba conmigo. Ese que entendía mi dolor, y me pedía permiso para poder sanarlo.

Nuestra relación —como ocurre con nuestras relaciones con las personas, cuando pasamos juntas por terribles situaciones— se tornó más y más profunda. Había un halo de intimidad que me acompañaba siempre. Sin embargo, en algún momento perdimos la conexión. Y supongo que ocurrió cuando creía que, por estar en otra posición —de victoria— ya no le necesitaba tanto como antes.

Hacía cosas para Él, pero no necesariamente tenía una relación profunda con Él. Sin embargo, la anhelaba con todo mi corazón. Si me conoces un poco, sabrás que siempre he estado apasionada por Dios. DE eso no hay duda.

Pero… el hacer cosas para Él, en algún punto de mi vida, sustituyó al ESTAR con Él. El resultado de eso es que, por más que lo intentara, parecía que al dar un paso hacia delante daba dos hacia atrás. Mi relación no era constante, por lo tanto, tampoco podía ser muy profunda.

A finales de 2015, me desesperé. Me desesperé DE VERDAD. Y le dije: da igual lo que tenga hacer o dejar de hacer, ¡voy a tenerte! ¡Voy a perseguir tu corazón tan profundo como tenga que perseguirlo! Fue tan grande mi determinación, que, al entrar a 2016, mi vida giraba en torno a esto: PERSEGUIR EL CORAZÓN de Dios. Y, por ende, tener una relación más profunda con Espíritu Santo. CONOCERLE DE VERDAD. Porque en realidad ¡no lo conocía lo suficiente!

Estamos en 2019, y solo puedo decir que cada año, desde que tomé aquella determinación en 2015, ha sido mejor y mejor y mejor. De hecho, este año está siendo sencillamente perfecto. No solo celebro el nacimiento [en enero] de mi segunda hija, sino que, además, muchísimas de las cosas que me impedían seguir más profundo en mi relación con Espíritu Santo, desaparecieron. Estoy rodeada de profetas. Los tengo como amigos íntimos. Y con relación a ello, hoy me di cuenta que siempre he tenido amigos íntimos que son profetas. Este año, Dios ha confirmado muchas cosas en mi corazón por boca de sus profetas. ¡Y me prepararé en torno a ello!

No estoy donde quisiera estar aún, pero vaya si te digo que estoy en el camino correcto. Perseguir a Dios es lo que hago todo el día. Buscar su rostro es mi estilo de vida. Todo en mi vida gira en torno a ello. T O D O.

Cuando haya llegado al cumplimiento de mi destino, y vea muchas más cosas de las que jamás imaginé, y me pregunte: “pero, ¿cómo llegué hasta aquí…?”, leeré estas entradas, y lo recordaré: JUST BEING HERE, AT YOUR FEET. JUST BEING HERE, ON MY KNEES.

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MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

A mi pequeña, N. Sahar.

Veo la fuerza en tus ojos. Tu rostro se ilumina cuando sonríes. Me muestras tus tiernas encías, pero a la vez, eres capaz de revelarme en tu sonrisa la pureza de tu alma. Claro, es que hace solo seis meses nacías. Pero llevabas ya nueve meses con vida. Y viste el rostro de Dios. Quisiera ser como tú: estar en ese grado de inocencia y confianza, en la que todo lo demás es paja y heno. Solo me miras, y confías. Confías en que te cuidaré. Confías en que —por mucho que peses— yo no te dejaré caer. Confías en que te alimentaré siempre que lo necesites. Confías en que procuraré que el mal no te toque. De hecho, confías en que yo sea tu conductora del bien. ¿El mal? ¿Qué es el mal? Para ti, tal cosa, ni siquiera existe. Confías en que te amo. Y esa confianza, lo cambia todo. Tengo muchísimas preguntas. Tu mirada, me las responde todas. Solo yo sé lo mucho que te gusta estar en mi regazo. Solo yo sé que no importan las horas sin dormir, o que deje de hacer otras cosas por atenderte —cosas que antes me eran de suma importancia—. Solo yo sé, que, por encima del esfuerzo, está la recompensa de tu sonrisa, de tu mirada, de tu desesperación por volver a mis brazos cuando sientes que nos hemos separado unos segundos. Solo yo sé, que todo mi esfuerzo no pagará el premio del vínculo tan hermoso y fuerte que se está formando entre nosotras. Solo yo sé cuánto te deseaba. Solo Él sabía cuán feliz me haría enviándote a mi lado. Entre todas las cosas que tu nombre significa, mi favorita es “delicia”, porque ciertamente viniste para deleitarnos. «Ella será lo que tú habrías sido sin todas aquellas heridas», fue lo que escuché hoy, talvez desde el cielo. Y mi corazón sonrió. Porque serás tú misma, pero a la vez, me veré reflejada en ti. ¿Acaso no es eso maravilloso…? Sí. Es todo un milagro.

—Lihem Ben Sayel.

Te amo, mi pequeña.

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Desenmascarando a los falsos amigos y amigas. (Sorry, but no encontré un título más diplomático).

Existen personas a tu lado, a quienes les cuesta celebrar tus aciertos. ¿Envidia, o celos ocultos? No lo sé. Lo que sí sé, es que, un verdadero amigo o amiga, siempre se alegrará por tu prosperidad en todas las áreas. Es más, deseará tu éxito de todo corazón, tanto como lo desearía para sí mismo. Si no existe este componente, la tal “amistad“ es un mero “postureo”. Por eso, no uso la palabra “amigo/a” a la ligera.

🙂

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CONFESIONES :o, REFLEXIONES

La razón de mi “locura”

c4eb700fdb7ae9bd3dfe84b73dec9d6eLlevo varios minutos frente al ordenador sin saber realmente qué es lo que quiero expresar. Hoy es uno de esos días milagrosos en los que cuento con más tiempo de lo habitual, a estas horas. Estoy escuchando una sencilla oración convertida en canción, de Kim Walker-Smith, “Just be”, donde le dice a Dios “todo lo demás puede esperar, he venido a buscar tu rostro.” Y, ¿sabes qué?, la entiendo, la entiendo perfectamente. Sé que algunos de ustedes —talvez muchos— estén un poco cansados de mis publicaciones en este sentido. Talvez crean que soy “una pesada”, que estoy exagerando, o que simplemente esto es postureo, y nada más. PERO NO. ¡No lo es! No me sentía tan viva en mi fe, desde aquella madrugada del 30 de Enero de 1998, en el que tuve mi encuentro personal —radical, brutal— con Jesús. Recuerdo que, en ese entonces, sentí por primera vez “la presencia de Dios”, sí, justo en el instante en que dije “amén” al terminar de hacer la oración en la que recibía a Jesús como mi salvador y mi Señor. Lo recuerdo vívidamente, porque esa misma presencia es la que persigo día tras día. Pero también he pasado por temporadas en las que no la sentía. ¡Nefasto! Es como sería para un pez estar fuera del agua. Es adictiva su presencia, porque me indica nada más y nada menos que estoy conectada con Él. Con Dios.

Casi puedo esuchar los rumores: ¿qué le pasa a ella? ¿Por qué habla tanto del Espíritu Santo? ¿Con quién se está juntando? ¿Qué locura tiene ahora? ¡Oh, si supieran lo que estoy sintiendo! ¡Si supieran que todos los días, en cualquier momento del día, su presencia es tan fuerte sobre mí que solo puedo llorar!¡Estoy desesperada por Él! ¡Y no por más de Él, sino por TODO DE ÉL!

Y para disipar vuestras dudas, sí, me estoy “juntando” con alguien, y cada vez me estoy juntando más: y es a la persona del Espíritu Santo. ¡Sí! Porque creía que lo conocía, pero no era cierto. Me había acomodado a una vida cristiana mediocre, y tenía justificaciones teológicas y bien razonadas para vivir así de engañada. Así que no puedo hacer otra cosa que hablar de aquello que busco y persigo, y de aquello en lo que pienso todo el tiempo. Pienso en el Espíritu Santo. Pienso en el corazón de Dios. Pienso en que anhelo desesperadamente ser discipulada por mi Señor Jesús a través del Espíritu de Dios que nos guía a toda verdad y nos revela lo que está por venir.

Me alegro por todos ustedes que están contentos con vuestras vidas cristianas. Me alegro por ustedes que, por hacer mil cosas dentro de la iglesia, ya creen que Le conocen. Me alegro por ustedes que, al ostentar sendos títulos eclesiásticos, ya piensan que “lo han logrado”. ¡De verdad, Dios sabe que me alegro! Pero hermanos y hermanas, ese no es mi caso. ¡Yo no estoy conforme! Y ahora mismo, no soy más que una ama de casa y mamá de dos bebés a los que tengo que cuidar todo el día. Mi situación actual me “limita” de estar haciendo las cosas que ustedes me veían hacer todo el tiempo —cosas que, seguramente, en su momento, volveré a hacer si así Dios lo quiere—.

Pero he decidido abrazar esta temporada como la abrazó David detrás de las ovejas, o como la abrazó Juan el bautista en el desierto. O Pablo, cuando se ocultó después de su encuentro sobrenatural con Jesús en Damasco. O incluso como Juan, desterrado en aquella terrible isla de Patmos. ¿Pero saben qué hay en común en estos ejemplos? Que todos, en medio de esas circunstancias, se encontraron con Jesús, y desarrollaron una profunda intimidad con Dios.

No estoy conforme. Y estoy desesperada. No descansaré hasta estar tan cerca del Señor, que pueda recostar mi cabeza en su regazo, impregnarme de su fragancia y juguetear con sus cabellos, incluso sentir con la yema de mis dedos el tacto de sus vestiduras. No descansaré hasta que su voz retumbe en mi pecho. No descansaré hasta que Él me mire de forma confidente, como quien mira a su mejor amigo o amiga.

En la canción de Kim —que sigue sonando sin parar—, hay otra línea que dice “nada quiero más, porque nada importa más, solo estar aquí a tus pies, solo estar aquí de rodillas. Aquí en tu presencia estoy completa. Jesús, eres todo lo que necesito”. 

Esta sencilla canción, acompañada al piano, resume toda mi vida. Todo lo que deseo, anhelo y persigo. Si no lo puedes entender, oraré para que lo entiendas, y llegues a sentirte tan desesperado como yo. Porque al final, Dios te lleva al desierto únicamente con el propósito de que puedas volver a la Fuente de Vida. Que puedas volver a Él. Y que, como dice Kim, estés tan enamorado y loco por su presencia, que realmente NADA quieras más —que estar con Él—, porque NADA te importa más.

Y si algo del precio que tengo que pagar por expresar cómo me siento, es vuestro rechazo o escepticismo, lo pagaré con mucho gusto.

¡El premio es demasiado grande!

[Risas estridentes, “yujus”, y saltos de alegría hasta el techo.]

MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES

PRECIPICIO

PrecipicioA veces, el suelo bajo nosotros se desmorona, y nos sentimos como al borde de un gran precipicio. Incluso, notamos bajo nuestros pies el vacío abrumador. No. No es una situación que Dios envía para destruirnos; o para disfrutar viéndonos caer, sin remedio, hacia una muerte segura. Es, sin lugar a dudas, la oportunidad perfecta para extender las alas, y volar hacia nuestro propio destino. Más allá de los límites; por encima de nuestros temores. Doy gracias por este tiempo. Me ha enseñado a volar…

—Lihem Ben Sayel.

 

REFLEXIONES

DECIDÍ PERDONAR.

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Decidí perdonar; no porque así remita el dolor. No porque de esa forma espere que las personas [o las circunstancias] cambien, o mejoren. Ni siquiera porque sea fácil. Decidí perdonar, porque no quiero convertirme en aquello que tanto daño me ha hecho. No quiero que el veneno de la maldad consuma mis ganas de vivir, mi sonrisa, mis ilusiones. Decidí perdonar, porque no quise permanecer más tiempo en el hoyo del rencor donde pretendieron enterrarme. Elegí florecer.

—Lihem Ben Sayel.

REFLEXIONES

UNA PEQUEÑA LLAMA

 

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Jamás permitas que la luz que hay en ti, permanezca encerrada dentro de un recipiente de decepciones, culpa y dolor. Brilla. Simplemente brilla. Para batir la oscuridad, solo es suficiente encender una pequeña llama.

—Lihem Ben Sayel.

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Buscar a Dios: ¿por qué a veces parece tan difícil?

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BUSCAR A DIOS:

¿POR QUÉ A VECES PARECE TAN DIFÍCIL?

Buscar a Dios es una tarea profunda, que, como cualquier otra tarea, requiere esfuerzo, concentración, ganas, disciplina y un mínimo de ilusión. Siempre me ha fascinado ese texto bíblico que reza: “Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad.” (Hebreos 11:6. NTV). Me encanta la idea del Dios que recompensa a los que le buscan con sinceridad. Es simplemente un cuadro maravilloso. Aquí yo encuentro una enorme porción de ilusión.

Sin embargo, he recorrido este camino de búsqueda, con sus más y sus menos, y siempre dándome cuenta que, cuando espero que algo “realmente asombroso” ocurra, y no ocurre, me desanimo. A veces me he preguntado a mí misma ¿por qué busco a Dios? ¿Cuál es el tipo de recompensa que mi corazón de verdad anhela? Y claro, tengo que admitir que mi intención de búsqueda ha debido ser purificada una y otra vez, pues múltiples cosas enturbiaban su pureza.

Por otra parte, como ahora, estoy en un punto en el que le pregunto a Dios ¿qué más quieres de mí? ¿Qué más puedo hacer para intimar más profundamente contigo? ¿Qué especie de táctica o estrategia debo utilizar para sentir que realmente hay una profunda relación?

Los absolutismos no suelen ir conmigo. Quiero decir, yo puedo ser alguien que busque mucho a Dios, pero aún así no haber conseguido lo que busco. De hecho, ni siquiera me atrevo a decir que “busco mucho”. Qué osadía. Creo que tampoco puedo usar el “hago lo que puedo”. No. Creo que siempre se puede hacer más. A mí me gusta mostrarme honesta, y no me agrada aparentar una imagen. Eso es de tropiezo no solo para mí, sino también para los que me observan.

He estado buscando también una especie de afirmación en mi búsqueda, algo así como un “tranquila, estás en el buen camino. Solo insiste un poco más; no dejes de insistir”. No me preguntes porqué, pero la buscaba. Entonces, al no obtenerla, me vine un poco abajo. Creo que esto tiene su raíz en mi falta de fe: estoy acercándome a Dios pero, como es un terreno que me lleva a veces por sendas desconocidas, necesito oír que voy bien. ¡Pamplinas! No debería haber esperado nada eso. Volvemos a Hebreos 11:6, si me acerco, debo creer —firmemente y sin soslayo de duda— que Él existe, y que lo encontraré al final del camino. Eso debe ser suficiente. No debo distraerme con extras. No debo quitar mis ojos de Él, o me hundiré.

Entonces, supongo que Dios está atrayendo mi mirada hacia Él. Jesús es mi ejemplo, Jesús es mi estándar. Jesús buscó a Dios como hombre, como ser humano. Sí, sé que no tenía esposa o hijos, pero sí que tenía muchísimo trabajo. Y tenía unos discípulos con los que convivía. Era un personaje público y famoso que rara vez podía encontrar un espacio para estar solo. Eso bien se puede aplicar a las que somos madres, por ejemplo. De hecho, uno de los pesos extra que tenía Jesús en su caminar aquí en la tierra, era su llamado, su mismo cometido en sí: el día que inició su ministerio público, Él citó las siguientes palabras, en Lucas 4:18-19:

El Espíritu del Señor está sobre mí,Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos;A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor.

 Si tenemos una mínima comprensión de las Escrituras, y sabemos cómo se manifiesta el mal, entonces entenderemos lo que exige ese enunciado que Jesús pronunció sobre sí mismo. No sólo tendría que predicar un mensaje completamente rompedor y revolucionario para su época, sino que además tendría que acompañar ese mensaje con las demostraciones de poder pertinentes, ya que esa sería una de las señales de que Él era el verdadero Mesías prometido.

Por lo tanto, Jesús, hecho hombre, tendría que buscar el tiempo para intimar con su Padre y dar la talla en esta enorme tarea. No creo que fuera fácil. No creo que lo tuviera fácil, aunque recurramos al hecho de que “no tenía familia” para sentir que el listón que deja Jesús es demasiado alto para ser cumplido. Que sí, que es alto, pero por encima de todo, nosotros tenemos al Espíritu Santo de Dios no solo sobre nosotros, ¡sino también morando dentro de nosotros! Él es nuestra principal ayuda. Pero claro, ¿le conocemos? ¿reconocemos al ayudador? ¿nos dejamos dirigir por Él…? Por otra parte, Jesús vino a enseñarnos cómo sería nuestra vida si camináramos en una perfecta comunión y armonía con nuestro Padre Celestial. Esto es asombroso y digno de imitar, además.

Las cosas de la vida nos engullen. Nos trastocan. Una tras otra recibimos oleadas tsunámicas de “cosas que hacer” que parece que no acaban nunca, incluso dentro de la iglesia. Y perdemos de vista el deleitarnos.

Créeme que nada de lo que escribo es una especie de juicio. No hablo desde una torre de marfil. Hablo desde mi propia experiencia. Me cuesta buscar a Dios con ilusión cuando atravieso algún episodio emocional, y más aún cuando —según yo— después de haber pasado un “tiempo razonable”, no veo algún tipo de cambio o avance. Sencillamente, deseo tirar la toalla. No quiero seguir buscando. Algo en mí parece susurrarme “es demasiado esfuerzo para tan poca recompensa”.

Pero, ahora mismo, mientras escribo esto, mientras dejo salir la frustración de la mejor forma que sé, mi “Ayudador”, el Espíritu Santo, comienza a cumplir su tarea. Si hay algo que merece toda la pena (y la vida, y el tiempo y el esfuerzo…) es buscar a Dios. Buscar y rebuscar, incluso con nuestras últimas fuerzas, porque simplemente Él lo vale. Porque hay testimonios, miles y millones de ellos que lo avalan. Y los hemos oído. Parece que no ocurre nada, que todo sigue igual, que nuestra búsqueda se tropieza con un techo de cristal (rayos, es justo así como me siento)… Pero llega el día, un glorioso día, en el que el cielo parecerá romperse, y las fuentes de la tierra habrán invocado a las fuentes del cielo. Y las lágrimas y la desesperación invertida en una búsqueda que a veces parecía no tener ningún impacto ni ningún resultado, habrá abierto los cielos de una vez y para siempre, así como el acto de obediencia de Cristo al bautizarse abrió los cielos sobre Él. Así como ese tiempo de ayuno, absteniéndose de todo en el desierto, le hizo volver “en el poder del Espíritu”. Así mismo se abrirán las fuentes del cielo para los que buscan, aún a pesar de sus frustraciones y a pesar de sus altos y bajos. ¡Sí! ¡Realmente lo creo!

“Aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas”Génesis 7:11b

Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.” Salmos 42:7

De todas las tareas —nobles y no tan nobles— que puedo hacer con mi vida, de todo aquello en lo que podría invertir mi tiempo, lo primero, siempre lo primero, será abandonarme en Él. Y, llegados a este punto, Él y yo sabemos que ya no es un decir, ni tampoco una frase vacía que no conllevará nada más que una falsa sensación de determinación. Ya he pasado por eso, pero no. Llegados a este punto, esta frase va aumentando en coherencia cada vez más. Va trazando líneas más definidas en mi ser. Y crea surcos cada vez más profundos, destinados en un futuro a albergar y reconducir las enromes torrentes de agua viva que se van a desatar en un tiempo fijado que yo desconozco, pero del que estoy cada día —y cada momento de búsqueda— más cerca.

No desmayaré. No ahora. No hoy.

Tú, tampoco lo hagas.

—Lihem Ben Sayel.

No olvides darme tu opinión, así intercambiaremos impresiones y experiencias. Puedes escribirme también , si lo deseas, a mi email:

amira.lihembensayel@gmail.com

PROSA, REFLEXIONES

FRAGILIDAD

 

En un mundo roto, la fragilidad se nos antoja una debilidad. Una condición en desventaja frente a la voracidad de una maldad atroz: un monstruo hambriento que no sacia nunca su hambre, un gigante impío que holla esperanzas y perfora inocencias. Mas, no todo está perdido. Existe un refugio para conservar la pureza humana, un lugar donde se lavan los corazones y se exhuman los sentimientos nobles. Ese lugar es el amor. Y no el amor utópico, ni siquiera el amor romántico. Es, más bien, un amor que actúa, que defiende, que pelea sin desmayar contra la injusticia y la prevaricación. Que no titubea en entregarlo todo, aunque se despoje de su gloria más absoluta. Ese amor preserva lo frágil, a pesar de los torrentes inmisericordes de vileza. Conserva en un frasco de bondad lo más preciado: la intención profunda de querer hacer el bien. No se rinde fácilmente frente a los obstáculos de perversidad ya recalcitrantes, mas persevera infinitamente para protegerla, incluso hasta la muerte. No te equivoques, la fragilidad no es anodina, ni se retrata en la inferioridad. Lo frágil es valioso. Exige un trato diferente, excelente, superior. Es como un niño recién nacido: poderoso, pero demanda atención. No menosprecies su tesoro, retenlo a consciencia, con fervor.

—Lihem Ben Sayel.