CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

¿Por qué se acaban las cosas hermosas?

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Mi corazón se hace preguntas, en medio de las marcas que la luna le deja a la noche estrellada. Porque, cuando decimos que superamos algo, ¿a qué nos referimos, exactamente? ¿A que ese “algo” deja de dolernos, o deja de importarnos? No lo sé con exactitud. Qué bueno sería que algún sabio me concediera alguna respuesta, porque, a veces, mi corazón se confunde entre lo que debo soltar y lo que aún debo perseguir. Y a veces suelto. Otras persigo. Sin embargo, la pregunta que más cala en mi interior es: ¿por qué se acaban las cosas hermosas? ¿Quién las deja morir? ¿O es que acaso mueren ellas solas, porque, así como los árboles mudan sus hojas —dependiendo de la estación del año en la que estén—, las cosas en la vida también cambian de cuando en cuando? Y eso quizás se deba a que nos sea un recordatorio de lo pasajero que es todo aquí abajo, bajo el sol. Solo me queda aferrarme a una eternidad, en la que creo, y en la que se me promete que toda lágrima será enjugada, y que ya no habrá más sombras que oculten estos misterios ante mis ojos y ante las soledades de mi corazón. Allí, todo será paz. Todo será luz.

—Lihem Ben Sayel…

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CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

ESTRIDENCIAS

pexels-photo-66100Nunca me han gustado los gritos [ese exceso de energía que se desborda en palabras y en aspavientos]. Pero aún existe algo que puede superar mi incomodidad hacia los gritos: el silencio. El silencio; no en su versión de calma y sosiego, sino más bien en su forma de temor, de comodidad, de indiferencia, o incluso de egoísta desprecio. Ese silencio cruel y altivo que se posiciona a favor de sus propios intereses cáusticos, dejando de lado el sentido de la vida, de la justicia, de la ética o la moral. No exagero si admito que me produce cierta angustia y asfixia, porque va contra mis más neurálgicos principios. Y, ¿qué hacer, entonces, cuando te ves engullida por las enormes fauces de una bestia insaciable de mentiras, engaños y tergiversaciones? Demasiados enredos para alguien que está en búsqueda de la Verdad. Débil. ¡Débiles! Vuestra fuerza radica en vuestro propio temor, y eso os da energía suficiente para huir tan lejos como os sea posible. No cuenten conmigo: no transitaré esa sinuosa senda. Prefiero las sendas antiguas. Las sendas de rectitud. Me incomodan los gritos, pero hay estridencias aún más molestas e intolerables: cobardía y egoísmo. Mala combinación.

—Lihem Ben Sayel.
CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

Cosas personales, Octubre 2018: «Necesito espacio»

Estoy sentada frente a mi ventana adornada de luna y de estrellas tiritantes, que reflejan pura memoria. Mis dedos están desgastados de jugar con la punta de mis cabellos. Porque pienso, y pienso mucho, allí, apoyada contra el cristal opaco y misterioso. Hago un esquema con mis olvidos y mis recuerdos. No me salen las cuentas. Renuncio a repetir la operación por falta de ganas. O de recursos. O de ambos.

Este día, en el que comienza el antepenúltimo mes del año, es un buen día para hacer recortes en el desorden de mis ideas, y enfocarme en las diferentes etapas que me saludan a la vuelta de la esquina. ¡Cómo puede cambiarte tanto la vida en un par de años! Y, a diferencia de otras vidas, de pronto descubres caminos que no te veías transitando, y que ahora miras con ojos de deseo y desbordante pasión.

Porque todos —incluso los más resistentes— tenemos límites en cuanto a las rutinas y las situaciones delirantes que nos provocan cierta repulsión contenida. Creo que estoy llegando al mío. Bienes y males ocurren donde sea, en cualquier lugar. Yo estoy dispuesta a afrontar tales cuestiones, pero, al menos, que se cambie el lugar. Porque, a veces, la misma gente [los mismos discursos, las mismas mentiras, los mismos silencios, las mismas farsas] producen un exceso de fatiga recalcitrante y hosco. Uno no puede vivir así.

Aunque, a decir verdad, no hay nada que me fatigue más que la cobardía y la equidistancia. Eso —realmente— me molesta. Personas que un día piensan algo, al otro día piensan otra cosa. Un día opinan algo, y al otro día varían su opinión. Nunca responden ante una situación crítica por temor [por temor a perder algo que poseen, sea material o moral o emocional.] No estoy para estas cosas. Necesito espacio. Respirar fuera del ambiente cargado y viciado, para aclarar mis ideas. Cada vez hay menos personas genuinas con quienes hablar. Y esto último, ya me produce tristeza.

—Lihem Ben Sayel.

 

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL

Algo nuevo.

 

Todo está siguiendo su curso, como es lo más natural y predecible. Aunque, siempre hay giros inesperados en cualquier historia que se precie. Y a esos giros me aferro yo para dejar que las burbujas de mi corazón se expandan… y sueñen. Hay una palabra que está haciendo “colonia” en mi cabeza: extenderse.

Y sí, creo que llega el momento vital en el que los seres humanos sencillamente necesitamos nuevos e inquietantes desafíos. Algo con lo que volver a ilusionarse, cuando talvez, por demasiado tiempo, las circunstancias a tu alrededor no han resultado menos que tóxicas y fáciles de olvidar.

Ahora, más que nunca, mis oraciones van dirigidas hacia un nuevo rumbo, una nueva dirección. [Sí, es posible que en esta entrada haga mucho uso de la palabra “nuevo”, y francamente, no sería una redundancia, sino un reflejo de los anhelos de mi corazón.]

Cambiar de aires.

¿Alguna vez te ha ocurrido que, aunque en cierto momento de tu vida hubieras pensado que tus raíces estaban muy establecidas en cierto lugar, de pronto, casi como algo predestinado, te desarraigas…?

Cuando las razones que antes te motivaban —y eran motivos más que suficientes para anclarte— se desvanecen, no queda más que empezar a otear el horizonte en busca de algo nuevo. Y eso estoy haciendo ahora, justo ahora. Estoy oteando el horizonte con expectativas que ahora, en el lugar donde estoy, no existen para mí. Simplemente se fueron.

No lo pensé. Nunca lo imaginé. Sencillamente ocurrió. 

Desvincularte es muy provechoso cuando lo que te espera por delante es mejor, porque sufrirás menos cuando llegue el día en el que, con maletas hechas, tengas que dar abrazos de despedida y echar un vistazo por última vez a aquello que antes te perteneció. Aquel lugar en el que alguna vez, fuiste feliz.

Ya estaba escrito.

—Lihem Ben Sayel.

 

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA

Jerusalén y yo.

Ayer hablé con mi abuelo. Está en Amán, Jordania, hospedado en un bonito hotel, luego de haber pasado varias semanas en Turmus Ayya, el pueblo palestino donde nació hace ya casi 89 años. Hacía más de 60 años que no regresaba. Se fue siendo un joven, huyendo de la guerra, para salvar la vida y prosperar en tierras más pacíficas que la suya, la cual, aunque él no lo sabía en ese momento, no volvería a encontrar la paz. Palestina dejaría de ser Palestina tal y como él la había conocido.

Han pasado muchísimos años desde la última vez que visitó su pueblo, más de 60 años, me ha dicho. Dice que ya no reconoce los lugares, que todo ha cambiado. Eso sí, se fue siendo un joven pero volvió como un patriarca. Lo han agasajado a más no poder al ser el único de sus hermanos que está aún vivo y que goza de tan buena salud. Es la bendición de Dios, le dije, porque él siempre está en mis oraciones y en mi corazón.

Intercambiamos unas pocas palabras en árabe, para no perder la costumbre. Me dice que va a preparar «qahua» —café—, y me da la gran noticia de que es muy probable que venga a vivir a España, ya que él actualmente reside en Ecuador.

Cuando hablo con él, siento mi espíritu literalmente conectarse con una parte de mí que siempre me ha fascinado: esa paradoja de mi vida, tan crítica, de ser nieta de un palestino y amar profundamente a Israel y su historia, de la misma forma que puedo amar mis orígenes palestinos.

Hubo un tiempo oscuro en el que no fue así. Permanecí en cama tres días sin querer comer cuando murió Arafat. Eso jamás me había pasado. Y es que el celo por la causa palestina había cegado mi corazón como ya lo ha hecho con tantos a lo largo de todos estos años. Supongo que era un “legado” generacional que yo estaba destinada a heredar, hasta que el Amor me encontró y cambió mi perspectiva. Porque el veneno del odio en el espíritu y en el corazón nunca ha traído más que muertes y destrucción. En cambio, en el Amor siempre radica una noble esperanza para la humanidad.

Así, puede entenderse, que cada vez que entro a mi casa digo «shalom», o que al despedir a mis hijos por la noche (mi bebé de 18 meses y la «amira» —princesa— que tengo en mi vientre) les declare la bendición sacerdotal de Aarón, o, por ejemplo, que cuando recibí la noticia de que tendría una niña, la canción que sonaba a todo volumen y que cantaba a todo pulmón en mi coche de vuelta a casa —mientras lloraba y reía de la felicidad— era «Lashamayim», de Randy Sigulim.

Mi destino está en Jerusalén, lo mire por donde lo mire. Saber que por mis venas corre una sangre tan histórica, tan de antaño, tan llena de guerra y paz, de odio y amor, tan entrañable y melancólica, vigorosa y apasionada… eso, eso no tiene precio. Me siento bendecida; afortunada.

Es cierto, ya no escucho tanta música árabe como antes. Me invade demasiado la melancolía. Y siento cómo mi corazón se encoge y viaja a sitios donde prefiero no ir. Y siento cosas que prefiero no sentir. Es lo mismo que me pasa con la canción con la que entré al altar el día de mi boda: existen cosas demasiado sagradas.

Jerusalén y yo estamos destinadas a estar juntas, tanto por sangre como por espíritu. Nos

 espera una eternidad la una al lado de la otra. Es una de las maravillas de la fe que vivo, supongo. Y qué enorme privilegio se me ha sido concedido.

—Lihem Ben Sayel, Amira al-Yerushalayim.

CONFESIONES :o, PERSONAL, VIVENCIAS

Cosas personales, Julio 2018 (I)

Son buenos tiempos. No digo que no existan batallas, y tampoco que esté viendo todo lo que anhelo ver realizado en mi vida. Pero, desde luego, son buenos tiempos. Una de las cosas bonitas que me están pasando, es llevar un embarazo tan bueno como el anterior: no siento ningún tipo de estragos, y, aunque talvez esté más sensible, la felicidad me ha invadido por completo.

Es gracioso, porque como mujer, ves cómo tu vida se va redefiniendo en otros matices que no habías experimentado antes. Mi tiempo libre prácticamente lo uso para limpiar y mantener mi hogar como un refugio apetecible. La segunda parte de mi tiempo libre, lo uso para mis lecturas. Esto normalmente lo hago al final de la noche, cuando, curiosamente, estoy tan agotada que solo quiero irme a la cama. ¡Pero me aguanto! Una no puede tirar la toalla así como así… La búsqueda de intimidad con Dios lo inunda todo, a tiempo y fuera de tiempo.

Ser mamá, al menos en mi caso, ha sido un antes y un después en todos y cada uno de los aspectos de mi vida. En el aspecto práctico, las cosas han cambiado muchísimo. Por ejemplo, mi tiempo de descanso. ¡Ja! ¿Qué digo? Si tal cosa no existe. Pero no me quejo. Soy de esas personas que duermen tres horas acostadas en el suelo y se levantan como reyes. Así que eso no lo sufro mucho, de verdad. En el aspecto social, quieras o no, te auto desplazas, porque cuando me invitan a cualquier evento social, la única cosa que pienso es que tendré que estar persiguiendo a mi hijo de 16 meses —que corre de un lado a otro— para que no rompa nada. Así que, lo siento, las ganas se me quitan. Solo voy a casas de amigos donde me siento muy en confianza y donde no habrá mucha gente. O sea, reuniones privadas. Por otra parte, mis amigas que antes me invitaban a sus fiestas de cumpleaños, ya no me invitan. Las entiendo: un bebé corriendo por allí les rompe la magia del momento [risas]. Y ahora me viene otro. Así, que está bien. El cambio y el riesgo está asumido. Y yo, honestamente, no cambiaría por nada —nada, de nada, de nada, de nada— esta felicidad enorme que me da mi maravillosa familia. ¡Estoy enamoradísima de mi esposo y mis hijos!

Por otro lado, en el ámbito espiritual, el crecimiento, el hambre y la sed, han sido abrumadores. Una profeta con la que he estado hablando últimamente, me dijo que, así como mi primer embarazo trajo un cambio fuerte en mi vida, el segundo también marcará otra época. La verdad es que tengo ganas de vislumbrar lo que Dios traerá. Quizás sea el tiempo de una activación. Dios lo sabe. Solo busco algo, una cosa. Y anhelo ansiosamente recibir sus promesas en mí.

He retomado la relación con personas maravillosas, con las que no hablaba hace mucho tiempo por equis motivos. Pero Dios está restaurando muchas cosas. Y, entre ellas, me está enlazando con personas que están fluyendo en mi sentir por Él, por buscarle desesperadamente, por ver su reino aquí en la tierra como en el cielo. Y eso es perfecto: crear un ambiente con personas que talvez no están directamente en tu círculo, pero que están sintiendo lo mismo que tú, y que en otros casos están viviendo lo que a ti te gustaría vivir en tu caminar con Dios.

Me gustaría tanto volver a tener tiempo suficiente para escribir… Pero una debe entender los tiempos, las temporadas y las estaciones de la vida. En este momento, para mí, lo fundamental —aparte de mi familia— es empaparme de Dios, en su presencia, y buscarle con ahínco. Las demás cosas que salgan de estos dos parámetros, son variables.

Pero sigo conservando la esperanza de que, dentro de un par de años, es posible que pueda recuperar algo de tiempo libre para dedicarme más a la escritura, que es algo que amo, pero que para hacer mínimamente bien, uno debe invertir tiempo. Y ahora mismo, para mí, el tiempo ya no es oro… ¡son diamantes enormes y purísimos!

Siempre vuestra, aunque ahora muy compartida jeje…

Lihem Ben Sayel

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La quietud de la madrugada

En la quietud de una madrugada que absorbe el silencio, paso revista a mi máquina del tiempo, y me transporto más allá de los recuerdos. Los años han ido volando, o nadando, no sé. Siempre encuentras algo de resistencia. Pero yo atesoro en mi particular baúl algunos cientos de estrellas que algún día brillaron tan solo para mí. Es difícil compararme con aquella chica, la de antes. Demasiadas cosas han cambiado. Algunas otras, sencillamente dejaron de ser. La fantasía fue aplazada, y ahora prefiero aferrarme más a la verdad. No existe nada relativo en ella. Eso me gusta. Cuando te enfrentas a la eternidad, anhelas desesperadamente llevar contigo a todos los que más puedas. Ese, digamos, es mi punto principal. Es por eso, talvez, que ya no hago las cosas de antes. Ni mis pensamientos se entretienen tanto como antes en las principescas historias que fueron mi alimento en algún momento de mi vida. No me gusta la seriedad de los adultos. En ese caso, preferiré siempre ser más como una adolescente. No conozco el estrés. Creo que nunca lo he conocido. Eso me da categóricos puntos a favor en la sanidad de mi corazón rejuvenecido. Soy madre, y en unos cuantos meses volveré a serlo otra vez. Tengo demasiado que agradecerle a Él, el Amor de mi existencia.  Mi todo. Mi razón de ser. Creo que soy un poco más valiente que antes. Y creo que sonrío más y lloro mucho, mucho menos. Tengo una pila de deliciosos libros que me espera, y eso me entusiasma que no imaginan cuánto. Ya me he leído varios en lo que va de año: todo un reto para las circunstancias que me rodean ahora. La madrugada siempre ha sido mi lugar favorito para soñar. Y lo sigue siendo… Y mi bella amiga, la luna, sigue cautivándome como nadie más en esta fabulosa creación divina. Qué bueno es saber que, por lo menos, algunas cosas  no cambian, —aún.

Un abrazo especial a mis chicas, Cate Blanchett, Jessica Chastain y la magnífica Octavia Spencer. Cuánto las amo. Un café prontito, por favor… 😉♥️

—Lihem ben Sayel.

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES

Buscar a Dios: ¿por qué a veces parece tan difícil?

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BUSCAR A DIOS:

¿POR QUÉ A VECES PARECE TAN DIFÍCIL?

Buscar a Dios es una tarea profunda, que, como cualquier otra tarea, requiere esfuerzo, concentración, ganas, disciplina y un mínimo de ilusión. Siempre me ha fascinado ese texto bíblico que reza: “Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad.” (Hebreos 11:6. NTV). Me encanta la idea del Dios que recompensa a los que le buscan con sinceridad. Es simplemente un cuadro maravilloso. Aquí yo encuentro una enorme porción de ilusión.

Sin embargo, he recorrido este camino de búsqueda, con sus más y sus menos, y siempre dándome cuenta que, cuando espero que algo “realmente asombroso” ocurra, y no ocurre, me desanimo. A veces me he preguntado a mí misma ¿por qué busco a Dios? ¿Cuál es el tipo de recompensa que mi corazón de verdad anhela? Y claro, tengo que admitir que mi intención de búsqueda ha debido ser purificada una y otra vez, pues múltiples cosas enturbiaban su pureza.

Por otra parte, como ahora, estoy en un punto en el que le pregunto a Dios ¿qué más quieres de mí? ¿Qué más puedo hacer para intimar más profundamente contigo? ¿Qué especie de táctica o estrategia debo utilizar para sentir que realmente hay una profunda relación?

Los absolutismos no suelen ir conmigo. Quiero decir, yo puedo ser alguien que busque mucho a Dios, pero aún así no haber conseguido lo que busco. De hecho, ni siquiera me atrevo a decir que “busco mucho”. Qué osadía. Creo que tampoco puedo usar el “hago lo que puedo”. No. Creo que siempre se puede hacer más. A mí me gusta mostrarme honesta, y no me agrada aparentar una imagen. Eso es de tropiezo no solo para mí, sino también para los que me observan.

He estado buscando también una especie de afirmación en mi búsqueda, algo así como un “tranquila, estás en el buen camino. Solo insiste un poco más; no dejes de insistir”. No me preguntes porqué, pero la buscaba. Entonces, al no obtenerla, me vine un poco abajo. Creo que esto tiene su raíz en mi falta de fe: estoy acercándome a Dios pero, como es un terreno que me lleva a veces por sendas desconocidas, necesito oír que voy bien. ¡Pamplinas! No debería haber esperado nada eso. Volvemos a Hebreos 11:6, si me acerco, debo creer —firmemente y sin soslayo de duda— que Él existe, y que lo encontraré al final del camino. Eso debe ser suficiente. No debo distraerme con extras. No debo quitar mis ojos de Él, o me hundiré.

Entonces, supongo que Dios está atrayendo mi mirada hacia Él. Jesús es mi ejemplo, Jesús es mi estándar. Jesús buscó a Dios como hombre, como ser humano. Sí, sé que no tenía esposa o hijos, pero sí que tenía muchísimo trabajo. Y tenía unos discípulos con los que convivía. Era un personaje público y famoso que rara vez podía encontrar un espacio para estar solo. Eso bien se puede aplicar a las que somos madres, por ejemplo. De hecho, uno de los pesos extra que tenía Jesús en su caminar aquí en la tierra, era su llamado, su mismo cometido en sí: el día que inició su ministerio público, Él citó las siguientes palabras, en Lucas 4:18-19:

El Espíritu del Señor está sobre mí,Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos;A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor.

 Si tenemos una mínima comprensión de las Escrituras, y sabemos cómo se manifiesta el mal, entonces entenderemos lo que exige ese enunciado que Jesús pronunció sobre sí mismo. No sólo tendría que predicar un mensaje completamente rompedor y revolucionario para su época, sino que además tendría que acompañar ese mensaje con las demostraciones de poder pertinentes, ya que esa sería una de las señales de que Él era el verdadero Mesías prometido.

Por lo tanto, Jesús, hecho hombre, tendría que buscar el tiempo para intimar con su Padre y dar la talla en esta enorme tarea. No creo que fuera fácil. No creo que lo tuviera fácil, aunque recurramos al hecho de que “no tenía familia” para sentir que el listón que deja Jesús es demasiado alto para ser cumplido. Que sí, que es alto, pero por encima de todo, nosotros tenemos al Espíritu Santo de Dios no solo sobre nosotros, ¡sino también morando dentro de nosotros! Él es nuestra principal ayuda. Pero claro, ¿le conocemos? ¿reconocemos al ayudador? ¿nos dejamos dirigir por Él…? Por otra parte, Jesús vino a enseñarnos cómo sería nuestra vida si camináramos en una perfecta comunión y armonía con nuestro Padre Celestial. Esto es asombroso y digno de imitar, además.

Las cosas de la vida nos engullen. Nos trastocan. Una tras otra recibimos oleadas tsunámicas de “cosas que hacer” que parece que no acaban nunca, incluso dentro de la iglesia. Y perdemos de vista el deleitarnos.

Créeme que nada de lo que escribo es una especie de juicio. No hablo desde una torre de marfil. Hablo desde mi propia experiencia. Me cuesta buscar a Dios con ilusión cuando atravieso algún episodio emocional, y más aún cuando —según yo— después de haber pasado un “tiempo razonable”, no veo algún tipo de cambio o avance. Sencillamente, deseo tirar la toalla. No quiero seguir buscando. Algo en mí parece susurrarme “es demasiado esfuerzo para tan poca recompensa”.

Pero, ahora mismo, mientras escribo esto, mientras dejo salir la frustración de la mejor forma que sé, mi “Ayudador”, el Espíritu Santo, comienza a cumplir su tarea. Si hay algo que merece toda la pena (y la vida, y el tiempo y el esfuerzo…) es buscar a Dios. Buscar y rebuscar, incluso con nuestras últimas fuerzas, porque simplemente Él lo vale. Porque hay testimonios, miles y millones de ellos que lo avalan. Y los hemos oído. Parece que no ocurre nada, que todo sigue igual, que nuestra búsqueda se tropieza con un techo de cristal (rayos, es justo así como me siento)… Pero llega el día, un glorioso día, en el que el cielo parecerá romperse, y las fuentes de la tierra habrán invocado a las fuentes del cielo. Y las lágrimas y la desesperación invertida en una búsqueda que a veces parecía no tener ningún impacto ni ningún resultado, habrá abierto los cielos de una vez y para siempre, así como el acto de obediencia de Cristo al bautizarse abrió los cielos sobre Él. Así como ese tiempo de ayuno, absteniéndose de todo en el desierto, le hizo volver “en el poder del Espíritu”. Así mismo se abrirán las fuentes del cielo para los que buscan, aún a pesar de sus frustraciones y a pesar de sus altos y bajos. ¡Sí! ¡Realmente lo creo!

“Aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas”Génesis 7:11b

Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.” Salmos 42:7

De todas las tareas —nobles y no tan nobles— que puedo hacer con mi vida, de todo aquello en lo que podría invertir mi tiempo, lo primero, siempre lo primero, será abandonarme en Él. Y, llegados a este punto, Él y yo sabemos que ya no es un decir, ni tampoco una frase vacía que no conllevará nada más que una falsa sensación de determinación. Ya he pasado por eso, pero no. Llegados a este punto, esta frase va aumentando en coherencia cada vez más. Va trazando líneas más definidas en mi ser. Y crea surcos cada vez más profundos, destinados en un futuro a albergar y reconducir las enromes torrentes de agua viva que se van a desatar en un tiempo fijado que yo desconozco, pero del que estoy cada día —y cada momento de búsqueda— más cerca.

No desmayaré. No ahora. No hoy.

Tú, tampoco lo hagas.

—Lihem Ben Sayel.

No olvides darme tu opinión, así intercambiaremos impresiones y experiencias. Puedes escribirme también , si lo deseas, a mi email:

amira.lihembensayel@gmail.com

CONFESIONES :o, PROSA

[SIN GRIETAS]

¿Es posible una vida sin secretos…? ¿Es posible una vida clara, transparente, como el agua cristalina del más puro de los arroyos de las altas montañas? ¿Es posible un sueño fugaz, donde no haya que esconderse? Donde la brisa repase nuestra alma y la atraviese de verdades. Integridad. Un suspiro no se parece a otro. Mi vida transcurre entre decisiones y decisiones, entre la lucha encarnizada de mis deseos. Mas, mi espíritu, anhela el bien. La bondad de un silbo apacible, que apacigüe una maldad ya por todos conocida. Hay quienes aman el desorden y el caos. Yo también estuve allí, pero no fue allí donde encontré el amor. Cuando Él me halló, mis ojos eran como cristales, frágiles de tanto dolor. Hoy, el dolor es diferente. Simplemente no lo inunda todo. ¿Es posible una vida sin grietas, donde la pureza sea un emblema más allá de lo que dictan estas corrientes de pensamiento tan absurdas, negadas y réprobas?
[Yo ya he estado allí.]
Prefiero las cuerdas de amor. La esclavitud voluntaria, que me liberta. El beso único que me ata a la vida. El susurro de una voz que no me quiera retener en lúgubres prisiones . La paz.
Y soy mujer de guerra… pero mis batallas ya son otras. La oscuridad no me domina, porque hay una Luz poderosa que me posee. Ese es Él, en toda su gloria y esplendor. Y no necesito nada más. Ni mis espacios vacíos podrían llenarse con otra sustancia menos noble. Porque todo, en comparación al Amor, es menos noble.
¿Es posible una vida más allá de las muertes a las que nos invitan a diario? Mi respuesta es sí.
Y así, soy feliz.
Lihem Ben Sayel…

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CONFESIONES :o

10 cosas sobre mí [y una más]

Me fascina la historia de Hadassa (la reina Ester). Deberías leerla Canallathor, te gustaría. Está en la Biblia, con el mismo nombre. De eso va este video 😉

 


Estoy casada desde hace 7 años con mi mejor amigo, un hombre maravillosamente imperfecto que me comprende, me anima y me cuida muchísimo. Tengo un hermoso bebé de 9 meses. Soy una eterna adolescente. Descubrí la fuente de la juventud y sólo les dejé un poquito 😀 Soy despistada y nada práctica. Se me da fatal aparcar, aunque tenga un campo de fútbol. Puedo ser muy. muy payasa en privado.


En mi vida, voy a contracorriente. Para mí no existen las imposiciones. Me gusta elegir, sobre todo en cuestiones en las que los demás lo dan todo por sentado. Por ejemplo, elegí llegar virgen al matrimonio con 25 años. Sí, virgen. 😉 Elegí ser abstemia, no fumar, ni nada por el estilo. Elijo, también, pagar al mal con el bien. Elijo amar, perdonar y servir a las personas. Elijo no expresarme con un vocabulario soez. Elijo la pureza en un mundo mayormente corrompido por la perversidad. Elijo la paz.


Como algunos ya sabrán, creo en Dios. Me encanta la persona de Jesús. Por ende, amo leer la Biblia, sobre todo los evangelios, donde procuro conocer más de su increíble personalidad y cómo trataba a las personas, y la forma en que manejaba las situaciones más adversas. Es mi héroe. Procuro imitarle, aunque fallo en demasiados intentos. No me avergüenzo de mi fe, ni de los principios que promulgo: amor, bondad, humildad, honestidad, integridad, pureza, dominio propio, etcétera.


Soy polifacética. Toco la batería (con tacones, cabe recalcar), bailo hip-hop y varios estilos contemporáneos (he hecho varias coreografías). También, dados mis orígenes palestinos, tengo en las venas el ritmo de la darbuka, y desde niña hago la danza del vientre. Se me da bien cantar (me dicen), pero me aburre demasiado. Escribo poesía desde mis recuerdos más tempranos. Siempre estoy escribiendo todo tipo de cosas. Pero soy poeta, sin duda. Aunque amo la prosa, también. Me gustan los deportes, sobre todo fútbol y baloncesto. Me encanta practicar boxeo. Hice el acceso al Ejército, pero no llegué a entrar. Sería un buen general en el campo de batalla.


Soy una amante de la belleza, la elegancia y la sofisticación en todo: en el caminar, en el escribir, en el hablar. No me gusta lo explícito. Prefiero lo sutil, como los velos de las mujeres de oriente, que invitan a imaginar su rostro. Amo la delicadeza, el tacto, la prudencia, y admiro mucho la inteligencia y la sabiduría. Hay una gran diferencia entre ambas, y suelo distinguirla.


No tolero la manipulación. Ni las dobleces. No soy pendenciera, más bien, analítica en exceso. Y eso me permite evaluar personas y situaciones, y tomar certeras decisiones en cuanto a ellas. Muchas veces me equivoco en mis juicios, y sufro mucho con la deslealtad y la indiscreción [cuando he vertido en alguien mi confianza, que para mí es sagrada]. Soy muy reservada con mi intimidad. Tímida, se podría decir. Me encanta sonreír, dar abrazos y escribir cartas.


Amo la música. Pero mentiría si digo que amo todos los estilos musicales. Me deleito en la música clásica, porque a veces las palabras estropean lo etéreo de mis sentimientos. Por ejemplo, detesto ese incordio, el reggaeton [he tenido que mirar en Google para ver bien cómo se escribe]. Me encanta la ópera y las bandas sonoras. Algunos pensarán mal de mí por esto, pero, comprendan, soy músico, y el reggaeton usa una base electrónica repetitiva en lugar de la batería. Tengo mis razones. [Por no hablar de sus maravillosas letras. El modo irónico es evidente.]


Soy una mujer de este siglo, pero con el alma en otras épocas. Todavía creo en el honor, por ejemplo. No sigo las modas. Nadie me dice cómo he de vestirme. Eso de vestir como todo el mundo, no va conmigo. Marco mi estilo y mis pautas. Me gusta ser exótica. Tengo el alma exótica.


Tengo una mezcla que amo: soy de origen ecuatoriano, palestino e italiano. Y, además, profeso un gran amor por la cultura judía, por Israel. Una gran contradicción en mi vida, tomando en cuenta que mi abuelo peleó contra Israel en la guerra, allá en el 1947. Pero, como ya he dicho, prefiero la paz a la guerra.


Soy una bibliófila empedernida. Mi sueño es tener una enorme biblioteca personal en mi casa. La estoy construyendo poco a poco. Así que no duden que el regalo perfecto para mí siempre será un buen libro. Ojo, nada comercial. Nada que salga anunciado en todas las librerías. Esos libros no suelen gustarme.


Transgresora de lo impuesto, escribo la número 11. Soy amante de la luna, y mi pieza más representativa es Moonlight, de Debussy. Hablo un poco de árabe. Mis mejores amigas suelen sobrepasarme mucho en edad. Me aburro un poco con las de mi misma edad. Soy romántica, apasionada y a veces visceral. Una mujer del desierto.


Siempre vuestra,

Lihem Ben Sayel…

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*Gracias a Canallathor por hacerme partícipe de esta dinámica.