MUY PERSONAL

EL REGALO DE LA CONFIANZA

Existen muchos regalos de valor incalculable en la vida. Hay otros que, sencillamente, son invaluables. Y la confianza sin duda es quizá el mayor de ellos. Hoy simplemente quiero agradecer -aunque de manera indirecta- a todas esas personas que ven en mí a alguien digna de confianza. Creo que ese es el título más honorable que pudiese  obtener jamás.
P.d.: esta entrada surge de distintos episodios acontecidos en este fin de semana, en los cuales varias personas se acercaron a mí para “contarme” sus cosas. Tenía el corazón rebosante de un sentido de responsabilidad, aliado con un agradecimiento profundo, anidado en la calidad de la confianza que la gente me proporciona. Eso, desde luego, significa mucho para mí.

“Cuando alguien te da su confianza, siempre te quedas en deuda con él.”

Truman Capote

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CONFESIONES :o, REFLEXIONES

CRECÍ

De pronto un día me dí cuenta: crecí. Ya no veo a algunas personas como antes las veía, y a otras tampoco las necesito como antes las necesitaba. Descubrí la importancia de dejar atrás lo que sencillamente ya no me era útil. Costumbres, hábitos, recuerdos, relaciones. Reflexioné, y aproveché mi tiempo en adquirir sabiduría y ponerla en práctica, tomando decisiones -en su medida- correctas, apropiadas. He amado la sensatez más que a la locura, y la estabilidad más que el desequilibrio. Prefiero la transparencia por encima de la simulación. Y por siempre seré una buscadora y amante de la verdad. De pronto, me dí cuenta. Pero en realidad no fue de pronto: fueron los años, las experiencias, las vivencias, la memoria. El aprendizaje que la vida brinda, y que uno debe saber tomar. Crecí, y lo asumo. No llegué hasta aquí para volver a mirar atrás.
Amira Akhtar.
CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES, VIVENCIAS

SENSIBILIDAD Y TERNURA

Para esta entrada escogí “Tu sei”, porque creo que pase lo que pase, jamás debes permitir que las malas experiencias manchen la pureza de tu ser. Vuelve siempre a la raíz, al origen, al principio de todo. Nunca pierdas la inocencia…. 🙂
Cuando miramos hacia atrás, hay muchas facetas en las que podemos reconocernos, sobre todo en la infancia. Y yo me recuerdo a mí misma como una niña alegre y tierna, muy tierna. No, nunca me gustó el rosa, y tampoco amaba los vestidos. Eso sí, escribía, leía e imaginaba todo el tiempo. Mi corazón era tierno y soñador. Puro e inocente. Claro… hasta que ocurren cosas que van tiñendo ese blanco impoluto con sendas manchas que te introducen dramáticamente en una realidad de la que no puedes huir. A los quince años -y a raíz de todas esas secuencias de sucesos- decidí ser *fuerte. Mis amigos en seguida notaron el cambio, pero en mi corazón no habría marcha atrás. Si había que vivir esta realidad, al menos evitaría a toda costa que me destrozara el corazón. Mi corazón se fue helando poco a poco, y cada vez más me costaba expresar mis emociones en público, sobre todo las que yo consideraba “emociones débiles”: llorar, abrazar, dejarme abrazar, palabras de comprensión, etc… Obviamente esto me hizo daño, porque alteró el proceso natural de mis emociones, sobre todo en relación con las personas que tenía cerca de mí. Llegué a creer que la gente prefiere a las personas que no se muestran tan vulnerables. Y pensé que así podría dar signos de “madurez emocional”, y cierto halo de independencia. Me volqué en mí misma, y olvidé cómo era hacer feliz a los demás.
Hasta que con la ayuda de Dios, se rompió esa jaula de cristal. Y poco a poco pude volver a conectar con mis emociones.
En pocos meses cumpliré treinta años, y si me dijesen que ahora mismo podría volver diez años atrás mi vida, no aceptaría esa oferta. Porque ahora, con veintinueve años soy mucho más feliz que hace diez años. Como siempre digo, todo lo que ha pasado en mi vida todo este tiempo, me ha traído a ser quien soy ahora: un ser humano más pleno, una mujer más segura, una persona cada día más capaz de expresar sus emociones más delicadas y profundas sin sentirse menos por ello. Aún estoy en el proceso, porque mi forma de ser introvertida y tímida quizás no es algo que me favorezca en este sentido. Pero desperté y resucité a mi ternura y a mi sensibilidad. Y ese es, quizás, el mayor logro de toda mi existencia hasta hoy. Por eso muchas veces, cuando tengo frente a mí a una persona áspera, distante, estática,  cáustica, reprimida o algo por  el estilo, siempre me pregunto qué fue lo que pasó en su caminar en la vida para convertirla en una persona así, y trato de verla no como el adulto corrosivo o emocionalmente bloqueado, sino como el niño o la niña inocente y pura que alguna vez fue, hasta que algo o alguien, persona o circunstancia, manchó su ser.
¿Puede cohabitar la fragilidad de una flor silvestre con los espinos de la vida? ¿Es sensato, incluso, exponernos a la ira o al desasosiego de los que aún no han encontrado su paz, y procuran violentar la nuestra? No lo sé… Sólo sé que, en todo caso, prefiero morir día a día como una persona noble, que vivir día a día como un ser insensible. Esta ha sido mi decisión desde hace bastante tiempo, y aunque ya he experimentado la fragilidad de la nobleza y la ternura, también he experimentado su fortaleza, porque he aprendido que los más “fuertes” no son aquellos que deciden no sentir para no ser dañados, sino los que, a pesar de los daños recibidos, deciden seguir adelante con sus sentimientos nobles.  Mi corazón se siente en paz. ¿Y acaso no es eso lo que todos buscamos…?
“Yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta…”
-Apóstol Pablo; carta a los filipenses.
Con cariño y desde mi corazón,
Amira Akhtar.
*fuerte: mi concepto de “fuerte” era más bien anular mis emociones a tal punto de que nada me inmutase, y si llegara al punto de inmutarme, al menos lograr que nadie lo note.
MIS AMIGOS LOS GENIOS, MUY PERSONAL, VIVENCIAS

-LA PROFECÍA.

Tengo un profundo aprecio hacia Carlos Boyero. Inexplicable, cabría decir. Es una de esas personas con las que conecté y punto. Un feeling de esos raros que posees sólo con unos cuantos en el universo. Hace algún tiempo publiqué una entrada en la que estaba muy contenta porque él me había respondido a una pregunta en el chat que lleva cada jueves en El País. En esa pregunta le conté que estaba pasándolo mal con el tema de mi lesión. He enviado muchas otras preguntas, pero sin respuesta. Hoy envié otra (como siempre bajo el pseudónimo Lihem ben Sayel), en la que decía que estaba preocupada porque no había estado en el chat un par de semanas, y que por lo que sé, estaba delicado de salud. Le dije que había rezado por él, y que había empezado a leer a Tolstoi. Le cité aquella frase épica con la que empieza Anna Karenina: “todas las felicidades se parecen; pero en cambio los infortunios tienen cada uno su fisonomía particular”.  Mi pregunta no fue seleccionada.  Sin embargo, al final, en su mensaje de despedida, escribió algo fuera de lo común. En el tiempo (bastante) que llevo siguiéndole, jamás ha variado su “hasta el próximo jueves” salvo en dos ocasiones: una para un mensaje de hartazgo del chat, y otra para decir que le había gustado el chat. Pero hoy… termina con esto:

Mensaje de despedida

Un beso, princesa desconocida. Estoy seguro de que el monstruo se largará, para no volver nunca. Que verás crecer a tus hijos. Y que volverás a disfrutar de todo lo bueno que te ofrezca la vida. Ponte buena. Y a ustedes, hasta el próximo jueves.

Al leerlo, mi corazón se detuvo. En serio. Explicar este mensaje y el por qué me hace sentir directamente señalada  sería absurdo y casi patético. Por no decir que perdería la “magia” que lo envuelve. Posiblemente yo nunca sepa a ciencia cierta si era para mí, pero les aseguro, por toda mi ingenuidad y utopía, que lo creeré hasta el día de mi muerte.
Gracias, Carlos.

🙂

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES, VIVENCIAS

SERIE: CARTAS PERDIDAS (II)

Presentación2

En honor a esas decenas de cartas que he escrito y que jamás han llegado a su destino, ya sea por cobardía o por sensatez…

#2

Bien… compartimos muchas cosas, eso sí es verdad. Me parece increíble recordar todo lo que significaste para mí, y que ahora no seas nada, absolutamente nada, ni una pequeña llama en una hoguera a punto de extinguirse. Nada. Creo que fue la primera situación verdaderamente traumática que tuve que confrontar con respecto a las relaciones. ¡Y vaya si me hiciste daño! Y sí, yo también te lo hice. Porque soy impulsiva, porque por aquel entonces primero sentía (y escribía), y después pensaba, y porque no me iba a quedar sentada viendo cómo sencillamente te arrancabas de mi pecho, como si no doliera, como si no te hubiera querido nunca, como si tus promesas y tus palabras no hubieran significado nada. Creo que eso fue lo peor: darme cuenta de que la gente que me quiere también puede ser capaz de romperme las promesas en la cara, y seguir con sus vidas como si nunca hubieses existido. Ajá, no has sido la primera persona que lo hace. Y me temo que no serás la última.

Pero ¿te das cuenta? Ya no soy esa niña que tenía dificultades para decir lo que pensaba. Ahora soy una mujer segura y contundente. Y mi contundencia también se olvidó de ti, como se olvidó de tantos otros episodios, los cuales decidí que no me amargarían la vida para siempre. ¿Y tú, dónde estás? ¿Estás bien? ¿Estás conforme con tu vida? Por que yo sí. Yo amo mi vida. Y ahora soy mejor, más fuerte, más sabia, más experimentada.

Y por eso te doy gracias. Porque tu insensatez me hizo crecer. Me hizo aprender más acerca de las personas.Acerca de mí misma. De hasta dónde soy capaz de soportar. Y también me permitió darme cuenta de una realidad: sí, te quise, pero tampoco lo suficiente como para recordarte con excesivo cariño.

¿Mi gran recompensa? Escribir todo esto, teniendo la clara convicción de que jamás llegarás a leerlo…

LIBROS/LITERATURA, PROSA, REFLEXIONES, RELATO CORTO

AUNQUE TÚ NO LO SEPAS…

Para L.

David amaba el amanecer. Cada vez que podía, justo después de bostezar y estirarse, se ponía en pie y corría la cortina de su habitación para mirar aquella estrella de la mañana, aquel lucero brillante e insomne que incluso en ocasiones le sorprendía junto a la luna llena: y ese era el caso de ese día. Él al ver aquella imagen, instantáneamente sonrió, y una sensación de paz le recorrió desde las entrañas: ¿qué podía salir mal después de tal regalo del cielo?

A sus 31 años, y con la vida prácticamente resuelta, David no le temía a nada. Excepto a una cosa.

Aquel día, atravesó el pasillo que conducía a la cocina. Tenía sed, y le esperaba un largo día. Pero de pronto, justo antes de abrir la nevera, un gélido escalofrío se apoderó de su cuerpo. Él no entendía qué pasaba, pero sencillamente se quedó inmóvil.

El teléfono sonó.

-¿Sí, diga?

David salió corriendo.

Arrancó el coche con el pijama puesto. El corazón le latía a mil. No podía pensar, así que únicamente podía dejarse llevar por la inercia de la adrenalina que le invadió todos los sentidos. Iba a tanta velocidad por la carretera, que hasta en dos ocasiones realizó maniobras que podrían haberle costado caro. También recibió gestos de enfado de los conductores a los que sobrepasaba rozando el peligro mortal.

Al fin llegó a su destino.

-¿Rubén Arias? ¡¡La habitación de Rubén Arias!!

Una enfermera sabía exactamente a quién estaba buscando: era a aquel jovencito de 15 años que había llegado por urgencias con severos traumatismos craneoencefálicos a causa de un accidente de tráfico.

-Estaba en el coche de unos amigos que lo llevaban al instituto. Y al parecer el que conducía no tenía el carné. Se pasó un stop peligroso. 

-¿También están heridos?

El doctor se aclaró la garganta antes de responder.

-La policía los localizó hace poco. Intentaron huir.

Él no podía creer lo que oía. Se llevó el puño izquierdo a la boca y lo mordió hasta que sus labios gustaron su propia sangre. Las lágrimas de dolor e impotencia no dejaban de inundarle el rostro. Las palabras del doctor entraban y salían, pero rasgaban su alma al salir. David estaba absorto, mirando a través de la puerta de cristal a su enano, como le solía llamar.

-No podemos asegurarle nada, -le confesó el doctor con la indolencia propia de aquellos que se acostumbran a ver a la vida y a la muerta entrar y salir de aquel lugar.

David hizo guardia todo el día y toda la noche. Su hermano permanecía en estado de coma. David le suplicaba una y otra vez que no le dejara, que era todo lo que tenía. Le prometía que jamás volvería a dejarlo solo.

Los hermanos jamás conocieron a su padre. Y la madre simplemente desapareció dejándolos al cuidado de otros familiares, hasta que David se hizo mayor y huyó del infierno y la humillación constante a la que los sometían.

-Fui egoísta, pequeñajo, lo sé… -admitía David entre lágrimas, mientras besaba la mano inmóvil  de su hermano. -Perdóname, perdóname… -sentenciaba entre un mar de sollozos incontenibles.

Pasadas las horas, el amanecer comenzaba a hacerse notar, brillante y apoteósico, tal como lo describía David, quien no había podido dormir toda la noche ahogado en resentimiento y culpa, y albergando una intensa pero fugaz esperanza de que su hermanito volviese a abrir los ojos.

Casi mecánicamente se levantó y corrió ligeramente la cortina, acercándose lo más que podía para que los sutiles y apocados rayos del sol no inundasen la habitación. Ahí estaba la estrella, y ahí estaba la luna, plena y hermosa.

Rubén abrió los ojos. Miró a su hermano David de pie en la ventana. Sintió su mano derecha completamente empapada: David no había dejado de llorar junto a él. Rubén no podía hablar, pero de los ojos comenzaron a brotarle las lágrimas más cargadas de sentimientos que jamás habían salido de él. Desde su corazón, sonrió. No estaba solo. Su héroe estaba allí con él.

David, casi sin saber por qué, se volteó y vio a Rubén, quien había vuelto a cerrar los ojos. David caminó despacio hacia él, y vio su rostro bañado en lágrimas. Sus manos estaban frías. Ya no tenía pulso. Rubén había partido, dejando el corazón de su hermano hecho mil pedazos. Sin embargo él se había ido de este mundo con aquella sensación de saber que, en los últimos instantes de su vida, pudo experimentar el amor, el arrepentimiento y el perdón…

Vivir en el corazón de 
los que dejamos atrás 
no es morir. 


T. Campbell

 

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