PROSA

-PESADILLA.

<< Cierta noche de luna, me contaron la historia de una mujer que vivía encerrada en una torre. Dentro de su cárcel había también un monstruo, un fiero dragón, que la tenía permanentemente vigilada, intimidada y asediada. En el corazón de tal mujer, sólo habitaban el miedo y la opresión. Ella hacía todo lo que el dragón quería: lloraba o reía, bailaba o dormía, conforme a lo que él le pidiese. También la inquiría para obtener los preciados tesoros que ella guardaba en lo profundo de su corazón, y así poco a poco se proponía desgastarla, hasta llevarla a la locura, o incluso la muerte, obligándola a hablar. Pero era en ese momento cuando ella transgredía las órdenes de aquel monstruo. “No hablaré, no te responderé. No hablaré”, -pensaba para sí. El cruento dragón se exasperaba, le gritaba y la violentaba. Pero ella seguía sin hablar. Cuando las grotescas escenas llegaban a su fin, ella se retiraba, herida, a su celda. Allí cerraba los ojos, tomaba papel y lápiz, y se imaginaba corriendo a lo profundo de un bosque, bajo la luz pura de las estrellas, y el sonido de los búhos y otros animales nocturnos. Allí, lejos del dragón, ella escribía. Nadie podía detenerla. Ni gobernarla. Ni cohibirla. Ni mucho menos dominarla. Porque en medio de sus prisiones, sólo escribiendo encontraba la paz. Su ansiada libertad. >>

-Lihem ben Sayel

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ARTÍCULOS, PROSA, REFLEXIONES, RELATO CORTO

CUANDO LA MÚSICA SUENA…

(Play mientras lees)

Para los del barrio, los de siempre. Y para los amigos que se fueron.      (K. E. L.).

“Recuerdo esa tarde calurosa. Al principio la detesté. Es el típico día en que quieres sentirte guapa, y además joven. Quieres tener la sensación de que el tiempo no ha pasado, o si lo ha hecho, te ha embellecido. Me miré por el espejo retrovisor, tal como había hecho durante los últimos 11 años desde que había aprendido a conducir. En aquel entonces, miraba hacia atrás y el coche siempre estaba lleno de amigos y amigas que bromeaban, reían y me ponían nerviosa. Pero aquella sensación de “amigos para siempre” de pronto desapareció cuando me tuve que mudar a otro continente a los 19. Y por un extraño motivo, jamás la volví a recuperar. Llámenlo inmadurez, o complejo de Peter Pan, pero yo quería seguir sintiéndome así, joven y fresca siempre, y rodeada de amigos que te prometían amistad para toda la vida, y esas cosas.

Ahora iba rumbo al trabajo, a ese lugar espantoso donde me daba la impresión de que todos me excluían. A los hombres les caía mal porque no me reía de sus chistes obscenos; a las mujeres, porque me encantaba ir arreglada, cuando algunas de ellas parecían que habían ido tal como habían despertado, literalmente.

Así que en los tres meses y medio que llevaba allí, me costaba sentirme integrada, aceptada. No sé si eso tendrá que ver también con mi raro acento extranjero, mis eufemismos incomprensibles o mi color de piel. Aunque supongo que mis prejuicios, mi personalidad introvertida y mi dificultad para fluir en una conversación también tendrán que ver. No echaré sólo la culpa a los demás.

¡Qué rabia! Porque en ese momento empecé a sentir un nudo espantoso en la garganta. Créanme o no, pero hasta dolía. Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas. Venga Gloria…-me dije, Acabas de maquillarte, mujer. No lo estropees…

Pero qué va, no fue suficiente. Y empecé a llorar.

En ese instante, era el momento perfecto para regodearme en mi situación. (¿Quién no lo ha hecho? ¿A quién no le ha pasado? ¿No se supone que cuando estás triste deberías oír cosas alegres?) Pero no. Hacemos justo lo contrario. Así que empujé aquel cd de gospel que me había regalado Bella días atrás en mi cumpleaños, (¡ella sabe cuánto amo el género, desde que escuché a un afroamericano cantando en un concurso en la tv!).

Y entonces empezó a sonar aquella canción que me estremeció desde la primera vez que la había oído. Claro… lloré más. Porque cuando la música suena, es capaz de sacar a flote tus emociones más profundas, y tocar en tu interior aquellas fibras donde sólo pocos pueden llegar. Cuando la música suena, recuerdos trae, al igual que sensaciones, experiencias, vivencias, las cuales, pase el tiempo que pase, jamás se podrán borrar de tu interior.

Y así, sin querer, mientras la canción avanzaba, recordé aquel abrazo con Raúl, al graduarnos: Tú eres todo, -me dijo cariñosamente. Recordé los e-mails que me escribió Cinthy contándome cuánto me echaba de menos, y lo mucho que me comprendía, porque ella también había abandonado el país para estudiar en el extranjero. Recordé la fiesta de despedida que me hicieron mis amigos del barrio de toda la vida justo el día antes de tomar el avión, y a aquel chico diciéndome: jamás te olvidaré. Y cómo no, recordé aquel momento cuando el avión comenzaba a despegar (nunca había viajado en avión aún) y cómo las lágrimas invadieron mis mejillas al ver en la noche a aquella preciosa e iluminada ciudad, y mi país, al cual no volví a ver hasta muchos,  muchos años después.

Pero entonces me vino a la memoria aquella frase que dijo Gabo, “la vida no es lo que uno vive, sino lo que uno recuerda…” ¡Y vaya si tenía razón!

Me sequé las lágrimas con delicadeza. Volví a sonreír… porque aunque estaba lejos, había una Bella, observadora,  que se había tomado el tiempo de regalarme algo que sabía que me gustaba, había también un Xavi, confidente, que me generó la confianza suficiente como para entablar una genuina amistad, y una Lucía, explosiva, que me llamaba para tomar algo cada vez que podía y entablar una profunda conversación. Gracias a ellos, no me siento tan sola…”

🙂

lihem ben sayel

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LIBROS/LITERATURA, PROSA, REFLEXIONES, RELATO CORTO

AUNQUE TÚ NO LO SEPAS…

Para L.

David amaba el amanecer. Cada vez que podía, justo después de bostezar y estirarse, se ponía en pie y corría la cortina de su habitación para mirar aquella estrella de la mañana, aquel lucero brillante e insomne que incluso en ocasiones le sorprendía junto a la luna llena: y ese era el caso de ese día. Él al ver aquella imagen, instantáneamente sonrió, y una sensación de paz le recorrió desde las entrañas: ¿qué podía salir mal después de tal regalo del cielo?

A sus 31 años, y con la vida prácticamente resuelta, David no le temía a nada. Excepto a una cosa.

Aquel día, atravesó el pasillo que conducía a la cocina. Tenía sed, y le esperaba un largo día. Pero de pronto, justo antes de abrir la nevera, un gélido escalofrío se apoderó de su cuerpo. Él no entendía qué pasaba, pero sencillamente se quedó inmóvil.

El teléfono sonó.

-¿Sí, diga?

David salió corriendo.

Arrancó el coche con el pijama puesto. El corazón le latía a mil. No podía pensar, así que únicamente podía dejarse llevar por la inercia de la adrenalina que le invadió todos los sentidos. Iba a tanta velocidad por la carretera, que hasta en dos ocasiones realizó maniobras que podrían haberle costado caro. También recibió gestos de enfado de los conductores a los que sobrepasaba rozando el peligro mortal.

Al fin llegó a su destino.

-¿Rubén Arias? ¡¡La habitación de Rubén Arias!!

Una enfermera sabía exactamente a quién estaba buscando: era a aquel jovencito de 15 años que había llegado por urgencias con severos traumatismos craneoencefálicos a causa de un accidente de tráfico.

-Estaba en el coche de unos amigos que lo llevaban al instituto. Y al parecer el que conducía no tenía el carné. Se pasó un stop peligroso. 

-¿También están heridos?

El doctor se aclaró la garganta antes de responder.

-La policía los localizó hace poco. Intentaron huir.

Él no podía creer lo que oía. Se llevó el puño izquierdo a la boca y lo mordió hasta que sus labios gustaron su propia sangre. Las lágrimas de dolor e impotencia no dejaban de inundarle el rostro. Las palabras del doctor entraban y salían, pero rasgaban su alma al salir. David estaba absorto, mirando a través de la puerta de cristal a su enano, como le solía llamar.

-No podemos asegurarle nada, -le confesó el doctor con la indolencia propia de aquellos que se acostumbran a ver a la vida y a la muerta entrar y salir de aquel lugar.

David hizo guardia todo el día y toda la noche. Su hermano permanecía en estado de coma. David le suplicaba una y otra vez que no le dejara, que era todo lo que tenía. Le prometía que jamás volvería a dejarlo solo.

Los hermanos jamás conocieron a su padre. Y la madre simplemente desapareció dejándolos al cuidado de otros familiares, hasta que David se hizo mayor y huyó del infierno y la humillación constante a la que los sometían.

-Fui egoísta, pequeñajo, lo sé… -admitía David entre lágrimas, mientras besaba la mano inmóvil  de su hermano. -Perdóname, perdóname… -sentenciaba entre un mar de sollozos incontenibles.

Pasadas las horas, el amanecer comenzaba a hacerse notar, brillante y apoteósico, tal como lo describía David, quien no había podido dormir toda la noche ahogado en resentimiento y culpa, y albergando una intensa pero fugaz esperanza de que su hermanito volviese a abrir los ojos.

Casi mecánicamente se levantó y corrió ligeramente la cortina, acercándose lo más que podía para que los sutiles y apocados rayos del sol no inundasen la habitación. Ahí estaba la estrella, y ahí estaba la luna, plena y hermosa.

Rubén abrió los ojos. Miró a su hermano David de pie en la ventana. Sintió su mano derecha completamente empapada: David no había dejado de llorar junto a él. Rubén no podía hablar, pero de los ojos comenzaron a brotarle las lágrimas más cargadas de sentimientos que jamás habían salido de él. Desde su corazón, sonrió. No estaba solo. Su héroe estaba allí con él.

David, casi sin saber por qué, se volteó y vio a Rubén, quien había vuelto a cerrar los ojos. David caminó despacio hacia él, y vio su rostro bañado en lágrimas. Sus manos estaban frías. Ya no tenía pulso. Rubén había partido, dejando el corazón de su hermano hecho mil pedazos. Sin embargo él se había ido de este mundo con aquella sensación de saber que, en los últimos instantes de su vida, pudo experimentar el amor, el arrepentimiento y el perdón…

Vivir en el corazón de 
los que dejamos atrás 
no es morir. 


T. Campbell

 

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