PROSA, REFLEXIONES

EL DOLOR TAMBIÉN ENSEÑA

6-isabel-guerraHablemos del dolor. De las cosas que silenciamos, pero que quisiéramos gritar a los cuatro vientos. Hablemos de nuestro estado real. Hablemos del pasado, de nuestra crónica sensación de soledad. Hablemos de cómo nos sentimos. Hablemos de las personas que se marcharon, de los abrazos que jamás llegaron, de las palabras que quisimos oír, pero que fueron sustituidas por un profundo vacío. De los golpes que nos marcaron. Hablemos de recuerdos que torturan. De asuntos que ocurrieron, pero que intentamos por todos los medios negar, tal como la noche le niega al sol su esplendor. Hablemos del consuelo. ¿Dónde hallarlo? Hablemos de esperanzas que se desvanecen, de deseos que no se cumplen. Porque no, el tiempo no cura las heridas, sólo las adormece. Y el dolor no se mitiga tan sólo con el olvido y el silencio. Hablemos del dolor. ¿Por qué callarnos…? A veces, es necesario desahogarnos. Porque el dolor también tiene cosas que enseñarnos.

“El dolor, la injusticia y el error son tres tipos de males con una curiosa diferencia: la injusticia y el error pueden ser ignorados por el que vive dentro de ellos, mientras que el dolor, en cambio, no puede ser ignorado, es un mal desenmascarado, inequívoco: toda persona sabe que algo anda mal cuando ella sufre. Y es que Dios nos habla por medio de la conciencia, y nos grita por medio de nuestros dolores.”

-C. S. Lewis (El problema del dolor, 1940)

CONFESIONES :o, REFLEXIONES

EMOCIONES

Las emociones. Torrentes. Estallidos. Tormentas. Arrastran. Golpean. Engullen. Revuelven. Nos hacen callar cuando quisiéramos hablar. Nos empujan a hablar cuando debiéramos enmudecer. Nos trasquilan; nos desnudan. Nos marean. Nos cubren, cuales olas, impidiéndonos ver con esa claridad de la que tanto nos jactamos en los momentos de sobriedad. Unas veces son el canal por el cual desahogamos y liberamos lo que sentimos. Otras son, sencillamente, el origen de nuestros más grotescos errores.
Y otras -quizá en la mayoría de las ocasiones- sencillamente no sabemos qué hacer con ellas…
-Lihem ben Sayel

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CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES, VIVENCIAS

SENSIBILIDAD Y TERNURA

Para esta entrada escogí “Tu sei”, porque creo que pase lo que pase, jamás debes permitir que las malas experiencias manchen la pureza de tu ser. Vuelve siempre a la raíz, al origen, al principio de todo. Nunca pierdas la inocencia…. 🙂
Cuando miramos hacia atrás, hay muchas facetas en las que podemos reconocernos, sobre todo en la infancia. Y yo me recuerdo a mí misma como una niña alegre y tierna, muy tierna. No, nunca me gustó el rosa, y tampoco amaba los vestidos. Eso sí, escribía, leía e imaginaba todo el tiempo. Mi corazón era tierno y soñador. Puro e inocente. Claro… hasta que ocurren cosas que van tiñendo ese blanco impoluto con sendas manchas que te introducen dramáticamente en una realidad de la que no puedes huir. A los quince años -y a raíz de todas esas secuencias de sucesos- decidí ser *fuerte. Mis amigos en seguida notaron el cambio, pero en mi corazón no habría marcha atrás. Si había que vivir esta realidad, al menos evitaría a toda costa que me destrozara el corazón. Mi corazón se fue helando poco a poco, y cada vez más me costaba expresar mis emociones en público, sobre todo las que yo consideraba “emociones débiles”: llorar, abrazar, dejarme abrazar, palabras de comprensión, etc… Obviamente esto me hizo daño, porque alteró el proceso natural de mis emociones, sobre todo en relación con las personas que tenía cerca de mí. Llegué a creer que la gente prefiere a las personas que no se muestran tan vulnerables. Y pensé que así podría dar signos de “madurez emocional”, y cierto halo de independencia. Me volqué en mí misma, y olvidé cómo era hacer feliz a los demás.
Hasta que con la ayuda de Dios, se rompió esa jaula de cristal. Y poco a poco pude volver a conectar con mis emociones.
En pocos meses cumpliré treinta años, y si me dijesen que ahora mismo podría volver diez años atrás mi vida, no aceptaría esa oferta. Porque ahora, con veintinueve años soy mucho más feliz que hace diez años. Como siempre digo, todo lo que ha pasado en mi vida todo este tiempo, me ha traído a ser quien soy ahora: un ser humano más pleno, una mujer más segura, una persona cada día más capaz de expresar sus emociones más delicadas y profundas sin sentirse menos por ello. Aún estoy en el proceso, porque mi forma de ser introvertida y tímida quizás no es algo que me favorezca en este sentido. Pero desperté y resucité a mi ternura y a mi sensibilidad. Y ese es, quizás, el mayor logro de toda mi existencia hasta hoy. Por eso muchas veces, cuando tengo frente a mí a una persona áspera, distante, estática,  cáustica, reprimida o algo por  el estilo, siempre me pregunto qué fue lo que pasó en su caminar en la vida para convertirla en una persona así, y trato de verla no como el adulto corrosivo o emocionalmente bloqueado, sino como el niño o la niña inocente y pura que alguna vez fue, hasta que algo o alguien, persona o circunstancia, manchó su ser.
¿Puede cohabitar la fragilidad de una flor silvestre con los espinos de la vida? ¿Es sensato, incluso, exponernos a la ira o al desasosiego de los que aún no han encontrado su paz, y procuran violentar la nuestra? No lo sé… Sólo sé que, en todo caso, prefiero morir día a día como una persona noble, que vivir día a día como un ser insensible. Esta ha sido mi decisión desde hace bastante tiempo, y aunque ya he experimentado la fragilidad de la nobleza y la ternura, también he experimentado su fortaleza, porque he aprendido que los más “fuertes” no son aquellos que deciden no sentir para no ser dañados, sino los que, a pesar de los daños recibidos, deciden seguir adelante con sus sentimientos nobles.  Mi corazón se siente en paz. ¿Y acaso no es eso lo que todos buscamos…?
“Yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta…”
-Apóstol Pablo; carta a los filipenses.
Con cariño y desde mi corazón,
Amira Akhtar.
*fuerte: mi concepto de “fuerte” era más bien anular mis emociones a tal punto de que nada me inmutase, y si llegara al punto de inmutarme, al menos lograr que nadie lo note.
CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES, VIVENCIAS DE UNA ESCRITORA

¿POR QUÉ YA NO ESCRIBIMOS CARTAS?

No sé si escribiré algo más este año, por lo tanto este es mi regalo final. Me refiero a “Hallelujah” de Leonard Cohen, pero interpretada por Jeff Buckley. Si aman la música como yo, seguramente coincidirán conmigo en que este tema es profundamente hermoso. Amo esta versión en especial…

NOTA: lo siguiente es un poco visceral. 😀 😀 😀

Todo va muy rápido. Vertiginosa, sería talvez la palabra exacta para describir la velocidad a la que el mundo nos somete. Casi no hay libertad para ser sinceros, para ser nosotros mismos sin máscaras. Casi que nos asfixia la superficialidad y el encantamiento de “lo veo, lo quiero”. Todo así, todo tan básico. Tan torpe y deshonesto. Carente de valor, de honor, de calidez.

Esta entrada es una protesta hacia lo que veo y no quiero aceptar. Quizás la palabra que más resuena en mi mente es “indignación”, mientras que en mi corazón hay una llama muy pequeñita que este sistema ha querido apagar, pero que protejo con toda la fuerza de mi ser.

¿Por qué ya no escribimos cartas? Y no, no solamente me refiero al hecho literal en sí. Vamos a leer entre líneas. Me refiero a ¿por qué hemos permitido que todo ahora sea tan superficial? ¿Por qué hemos dejado que el gélido viento de la indiferencia y del egoísmo penetren en nuestras almas?

Hace unos días eliminé mi perfil público de Facebook; y no conforme, eliminé también de mi teléfono la aplicación de Whatsapp. ¿Por qué? Pues porque cuando me senté y quise pensar a cuántas personas podría escribirle una carta (la cual valorarían), la lista era devastadoramente pequeña.

Eso me entristeció, debo decirlo. Pero no hablo de una tristeza momentánea. Hablo de ese tipo de tristeza de, cuando por ejemplo, tus hijos tienen 20 años y de pronto te dices: ¿en qué momento dejaron de ser niños? Te das cuenta de que algo se ha ido, y que amenaza con no volver.

¡SÍIII! ¡LO ADMITO! ¡Me harté de los mensajitos de “copia y pega” para estas fechas! ¡NO! Me resisto a esto como una persona cuerda a la que quieren forzar a entrar en un manicomio. Cuando estaba pensando cómo argumentar esta entrada, no quería hacerlo desde el punto de vista victimista, ni excesivamente melancólico, ni fríamente pragmático, ni coléricamente alarmante, ni puramente retórico. Sólo quería que fuera real. Y sólo quería que alguien, al leerlo, pudiera sentirse provocado a decirme: “sí, siento exactamente lo mismo que estás sintiendo”.

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Creo que esa sería la única forma de sentirme feliz, complacida, acompañada: sabiendo que no soy la única que lo echa de menos, ya sabes, aquello de ser genuino, auténtico, de ser cálidos, bondadosos, de mirar de verdad por las necesidades de los demás, de si el que está al lado necesita una sonrisa cómplice, un abrazo de consuelo, unas palabras de ánimo… o una carta donde expreses cosas hermosas y sinceras que llegarán al corazón.

Confieso esto: estuve al borde de decir “¡rayos! a mí hace muchísimo tiempo que nadie me escribe una carta de esas buenas, así que ¿por qué debo de hacerlo yo? ¿Por qué debo intentar mantener esa pequeñita pero sublime llama dentro de mí? ¿Por qué mantener esto cuando tal vez ya es demasiado arcaico?”

Y créanme, no sé si son las hormonas, o la Navidad, o que soy una sensiblona, o la voz de Jeff Buckley que escucho al fondo mientras escribo esto, pero se me hace un nudo en la garganta y se me llenan los ojos de lágrimas. Y entonces, recapacitando, me digo a mí misma: no dejes de hacerlo, no dejes de escribir cartas, no dejes de expresar tus sentimientos.

Y eso haré. Iré a la papelería, compraré papel bonito y cinta dorada, y me sentaré en mi bendita mesa, pondré a Ludovico o a Debussy de fondo y escribiré cartas a las personas que más amo en esta tierra. Enrollaré la carta con la cinta dorada y pondré el sello de cera sobre ella, la perfumaré y la pondré en una bolsa de colección que compré en Irlanda hace mucho. E iré entregando esas cartas con una sonrisa, un abrazo, y un “espero que te guste”.

Sí… eso haré… 🙂 🙂 🙂

Porque soy humana. Porque no soy de piedra. Y porque no quiero parecerme a un bonito, rápido, eficaz e inteligente robot que haga de todo, menos sentir. Quiero ser cercana. Real. Cálida.

Siempre vuestra,

eeeee

🙂

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P.D: por cierto, el libro de abajo es una nueva publicación de Salamandra, (siento debilidad por esta Editorial). Me lo voy a comprar y/o lo voy a regalar. Se llama “Cartas Memorables”. Y como ven, ya sabrán de qué va. Besitos…!

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CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES, TESTIMONIOS

SERIE: CARTAS PERDIDAS (I)

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En honor a esas decenas de cartas que he escrito y que jamás han llegado a su destino, ya sea por cobardía o por sensatez…

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(Play mientras lees…)

#1

Hola, cómo estás… quería tomarme este tiempo para decirte un par de cosas. Sí, ya sé que han pasado muchos años, y que quizá sea demasiado tarde, pero no podía pasar una noche más con esta sensación tan profunda ahogándome. 

Simplemente quería pedirte perdón:

Perdón por no haber comprendido tu amor por mí.

Perdón por haberte hecho sentir culpable más de una vez.

Perdón por haberte “castigado” con mi indiferencia en represalia al daño que nos hicimos en el pasado.

Perdón por no haberte demostrado con mis abrazos que ya el pasado estaba olvidado, que sólo nos quedaba seguir adelante sin más remordimientos.

Perdón por haber dejado pasar demasiado tiempo, demasiados silencios, demasiados momentos que sé que ya no volverán.

Por eso te escribo esto, porque quizá de algún modo u otro aún no sea demasiado tarde para mirarnos a los ojos, tomarnos de las manos y darnos ese abrazo que tanto he deseado, sobre todo en los minutos más oscuros de mi vida, cuando en silencio gritaba tu nombre para que vinieras a socorrerme, porque sabía que sólo tu presencia me ayudaría a sentirme protegida una vez más.

¿Tú qué crees, podríamos lograrlo…?

Sí, seguramente dirías que sí, y me apretarías contra tu pecho haciéndome sentir lo mucho que has esperado esta carta, este momento en tu vida.

Pero nunca he tenido tu valentía para decir las cosas tan de frente, ya sabes, las emociones no son mi fuerte, y llorar ante alguien sigue siendo para mí una especie de estigma de fragilidad. No sé por qué me vuelvo tan loca con esto, si de todas formas he aprendido a asimilar mi fragilidad, pero ya ves… hay cosas que siguen sin cambiar.

Ahora sé que todo podría ser distinto, todo podría ser tan bueno si yo te entregase esta carta y si rompiese a llorar de todas formas sin importarme demasiado desnudar mi alma.

Pero esta carta no llegará a su destino, una vez más.

Y así, seguiremos tan cerca pero tan lejos…

Nunca me ha gustado mi exceso de complejidad.

REFLEXIONES

EL RETRATO

Había acabado el día para Antonio. La noche estaba al caer y los insectos se estaban ensañando con su delicada piel. Arrastró, no sin esfuerzo, la mecedora de mimbre donde cada tarde pasaba las horas leyendo, observando, pensando. Sobre todo recordando. Razo, su único acompañante desde hace años,  entró también junto con él a casa. Ya no tenía la misma energía de antes, ni corría tras los conejos como solía hacer en sus  mejores tiempos, pero continuaba mirando a su dueño con aquellos mismos ojos fieles con los que le miró la primera vez.

 Muchas personas le habían mirado a los ojos con calidez, con cariño, incluso con amor. Pero también Antonio había visto la transformación de aquellas miradas amables en miradas de desprecio. ¡Cómo aprendió él de las miradas! ¡Cómo sintió las vibrantes emociones esparcirse por su pecho cada vez que esas miradas luminosas se convertían en lejanos recuerdos de bondad!

Pero lejos de sentir remordimientos, se sentía satisfecho por haber sido de esas personas que no devuelven mal por mal. Había aprendido que en la vida no se puede ser realmente feliz a no ser que el amor y el perdón tomen el lugar del rencor y el odio. Y él había sido feliz todos estos años. ¿Cómo podrían empañar aquellas miradas oscuras todas las maravillosas miradas  que había recibido?

Al entrar al salón de su casa, vio que el viejo retrato de su Diana estaba empolvado. Con una tierna urgencia, se apresuró a tomar un paño y limpiarlo. Había sido su mejor amiga, su compañera de viajes, su amada. Se había marchado antes que él partiéndole el corazón. Pero así era la vida. Antonio jamás podría olvidarla. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos haciéndose camino por sus arrugadas mejillas. Él intentó secarlas con sus rudas manos. No dejaba de observar sus ojos tímidos y su sonrisa confiada. Era su Diana, su amada. Solo sabía cuánto la había amado, y que seguramente estaría en un lugar mejor.

Una vez lo hubo dejado impecablemente reluciente, agachó la cabeza. Sonrió. Miró a su fiel compañero, quien pacientemente esperaba que el anciano culminase su empeñosa tarea. Volvió a mirar los ojos de aquella mujer sencilla:

-“Tú no estás en este retrato. Estás en mi corazón”.