MUY PERSONAL

Qué tristeza. 

Todas las desgracias son devastadoras. Y esta vez le ha tocado a mí país, Ecuador. Mi lugar de nacimiento. Lamento tanto no poder estar allí ahora mismo ayudando a mis hermanos y hermanas. Veo tanto sufrimiento, tanta necesidad, y sólo puedo levantar un clamor a Dios por todas estas víctimas, por sus familiares, por los que aún están atrapados en los escombros, incomunicados, desesperados…

Qué tristeza.

Pero confío en que, ahora más que nunca, se verá la fortaleza y la bondad de los ecuatorianos, y de todos aquellos nobles seres humanos que presten su ayuda en estos momentos tan difíciles.

Lihem.

(Imágenes de mi viaje a Ecuador, hace casi dos años).

CONFESIONES :o, MÚSICA DE LA BUENA, MUY PERSONAL, VIVENCIAS

-LO QUE DEJÉ ATRÁS.

Quevedo ha cambiado.
Tengo la sensación de otras épocas y recuerdos que por más que intente forzarlos para “quedarse”, ya dejaron de ser hace mucho. Camino por las calles intentando sentirme parte, una más. Sin embargo es ineludible tener consciencia de que llevo lejos el tiempo suficiente como para saber que no lo soy. La familia está incompleta, los amigos están dispersos, los vecinos ya son otros, los recuerdos son sólo recuerdos. Quevedo siguió adelante sin mí, como a la vez yo seguí adelante sin Quevedo. Somos como dos amantes que saben que se amaron con locura y no pudieron dejar de amarse durante 17 años, pero que tras ese tiempo, las circunstancias empujaron a ambos lejos el uno del otro. Quedaron como amigos, eso sí, pero como amigos ingratos que siempre quieren escribir una carta y finalmente nunca encuentran ni el tiempo ni las ganas suficientes como para hacerlo.
He estado con mis abuelos, he caminado por las calles de mi infancia y adolescencia. He entrado a mi casa, la que dejé hace casi 12 años, y he sentido mi corazón derretirse frente a una realidad que antes fue mía y que ahora habitan personas que jamás sabrán lo que esas paredes significan para mí.
Es en ese momento cuando comprendo que mi lugar está donde Dios quiera que esté. Mi corazón estará compartido entre lo que fue y lo que es. Y quién sabe lo que vendrá. Soy ciudadana del mundo; pero peregrina al fin y al cabo. Mi destino final será muy distinto, y lo sé. Pero doy gracias a Dios por haberme permitido nacer en un pequeño lugar del mundo llamado Quevedo, en Ecuador. Porque es parte de mis orígenes. Sin embargo también doy gracias porque ahora encontré un lugar que también he hecho mío, en Tenerife, España, donde conocí a gente que amo, y en especial al hombre de mi vida. Creo que como inmigrante que soy, siempre tendré esa sensación de “estar fuera de lugar, de no encajar nunca del todo”, como dijera Edward Said en sus memorias. Y es natural, lo comprendo. Yo creo que a los inmigrantes a veces nos persigue ese complejo de no sentirnos con la autoridad de pisar las tierras lejanas a donde hayamos ido porque en el fondo sabemos que esa tierra, aunque nos haya acogido con agrado y cariño, no nos pertenece. Y así como afirma “La Negra” Mercedes, todo cambia“. Y es cierto, porque Quevedo ha cambiado.
Y yo he cambiado con él.

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MUY PERSONAL, TESTIMONIOS, VIVENCIAS

INMIGRANTE

 

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(pongo los dos videos por petición del público,

y pues, cada uno escuche la que más le guste…)

 

Ya me huele a Navidad. Los adornos, las luces en las casas, los turrones y los regalos que se empiezan a preparar. Algo se mueve en el ambiente siempre, en esta época. Algo especial. Pero esto es diferente a los recuerdos de mi niñez y de mi adolescencia. Me estoy sintiendo extraña. Casi una invasora.

Voy caminando por las calles del pequeño pueblo  isleño donde hago todo, menos dormir. Me fundo entre el asfalto y los semáforos. Entre las tiendas y el sonido de las bocinas. Entre lo que soy y lo que fui.

Escucho a los orientales hablar y reír. También veo a una pareja de marroquíes tomando a su pequeño hijo de la mano. Un grupo de chicos está reunido en una esquina: son latinos. Y fijándome en ellos, casi tropiezo con una anciana pero afable pareja de ingleses que dicen “sorry” mientras me sonríen amablemente.

Y ahí estoy yo. En medio de toda esa mezcla de culturas. Y empieza a divagar mi mente…

“¿Dónde está mi grupo de amigos? La esquina que yo frecuentaba está muy lejos de aquí. Por allá, por la Cordillera de Los Andes. Donde se escucha la música de los indígenas y de los que aún tienen esperanza de ver días mejores. Porque yo nací en un país donde sueñan al compás del bombo, el charango, la quena y el siku.

Mi gente habla quechua también. Y dependiendo de su región visten distintos y coloridos ropajes, que en algunos lugares son vitoreados, y en otros marginados. Nací en un país donde el Cóndor pasa, soberbio y protector. Vigilante de sus tierras. Orgulloso de su origen. Nací en el país donde Darwin vislumbró el origen de las especies. 

Nací en un país hermoso, donde el río Amazonas forma parte de nuestra sangre, por las guerras que hemos tenido que librar. Donde las playas se contonean al ritmo de la luna; donde el sol sí se puede alcanzar. Comemos el Yahuarlocro, encebollado de pescado, cebiche de camarón, caldo de bolas de verde, tortillas de yuca, colada morada, fritada, guatita y demás.

Sí. Ese es el lugar donde yo nací. Donde las amistades tienen la fama de ser para siempre, donde  “amistad” es una palabra de mucho valor. Vaya donde vaya, siempre será el lugar donde Dios decidió ponerme. El bendito lugar donde nací: Ecuador.

Pero yo estoy muy lejos de allí. Y no he vuelto, tras tantos años… Y no lo olvido. Porque amo ese lugar. Aunque Dios en sus insondables planes me llevó por otras sendas, a cruzar un océano entre los conquistados y los conquistadores, entre lo nuevo y lo viejo, entre el pasado y el presente de mi vida.”

Pero no tan rápido… Sigo caminando por las calles del pequeño pueblo isleño. En verdad, ¿de dónde soy? Por mi nombre y mi apellido, unos me dirían mora. Por el acento… (¿y mi acento, de dónde es mi acento…?).  Otros, simplemente me dicen latina o sudamericana. O… […]

De todos modos, eso no importa tanto. Soy INMIGRANTE. No soy de aquí, pero ahora mismo tampoco soy de allá. Soy una de esas tantas y tantas personas que vinieron arrastradas por una fuerza mayor, mayor aún a mis sueños, deseos y anhelos. Aún mayor a mi voluntad. Abandoné. Dejé atrás. Tantas cosas dejé atrás. Sería necia si dijera que no las echo de menos.   

Pero ahora tampoco soy capaz de irme de aquí, de donde estoy. Amo igual este lugar. Me ha dado tanto… ¿Podría ir a mi país de origen y sentirme en casa? Yo creo que no. Al igual que tampoco me siento en casa aquí. Pero es que, pensándolo bien, da igual dónde haya nacido, dónde esté viviendo, o hacia dónde pueda llevarme luego el destino.

Pues tampoco soy de este mundo. Y sí, es por eso que no hay lugar en el mundo donde pueda sentirme realmente “en casa”. Estoy pasando por aquí, como el cóndor, pero mi hogar es el cielo.

Y algún día, volveré…

 

“Nosotros tenemos nuestra patria en el cielo.”

San Pablo, Carta a los Filipenses 3:20

 

 

 

 

 

 Nejath Lizett Hidalgo Mahmud