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MDUP: SEGUNDA PARTE. Capítulo uno: «La profecía»

«MEMORIAS DE UNA PRINCESA»

[SEGUNDA PARTE]

Capítulo uno:

«La profecía»

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La luna asoma, tímidamente, por una esquina del horizonte estrellado. No recuerdo una noche así, desde hace mucho tiempo. Me encuentro completamente embelesada por esa belleza, tan difícil de ignorar. Sin embargo, aunque lo deseo, no puedo permanecer mucho más tiempo aquí, observando la luz palpitante de aquellas incontables lucecitas lejanas: tengo una cita con Menahem. Por lo visto, hay algo importante de lo que quiere hablarme, y no puede esperar. Así que, acompañada por el sonido de los grillos y la silueta de una luna creciente, recorreré la media distancia que me separa de mi lugar de reunión con Menahem, mi amado y fiel consejero desde hace tantos años, al que tú tan bien conoces, al igual que yo. Estoy de camino hacia el luminoso Sod bayith, la hermosa tienda, de toques púrpura e hilos de oro, orientada hacia Yerushalayim, en donde me encuentro siempre, secretamente, con Menahem. Me he detenido a mitad de camino con mi carruaje para escribirte esta carta; sencillamente no he podido evitarlo. La luna, las estrellas, todo me ha recordado a ti. Leäna, la compañera que Menahem me asignó para serme de gran ayuda, siempre se preocupa de que tenga mis pergaminos y mi tintero a mano. Como bien sabes, Sod bayith significa «lugar secreto» en la lengua de Menahem. Y allí, en ese pequeño rincón a las afueras del pueblo donde me escondo ahora, se han gestado mil y una conversaciones con mi Consejero, sobre todo, a raíz de los últimos acontecimientos, en los que mi vida ha transitado por correntosas situaciones, difíciles de explicar en una sola carta. Sé que no te gusta que te deje con la incógnita, sin embargo, por tu seguridad, prefiero no darte demasiada información, querido amigo. Prometo volver a escribir con más detalles. De momento, solo te adelanto que, talvez, antes de que recibas mi siguiente escrito, —y, repito, solo talvez—, no estemos tan lejos el uno del otro. Hay demasiado que tengo para decirte. Estos tres años lejos de ti no han sido nada fáciles. Pero Menahem ya nos había advertido de lo importante que era hacerlo de esta forma. Confío plenamente en que, tanto tú como yo, hemos madurado lo suficiente como para poder enfrentarnos al enorme desafío que representa regresar al Palacio Noor, y recuperar lo que aquel Dragón, —esta vez, representado por Krêttos, en carne y hueso—, ha usurpado de forma ilegítima, aún a sabiendas de la gran destrucción que esto acarrearía a todo el reino de mi Padre. No te preocupes por mí: sabes que nunca estoy sola. Menahem siempre está presente en mi vida, y yo, a su vez, estoy pendiente de cada instrucción que Él se asegura de hacerme llegar —de una u otra forma. Querido amigo, mi carta termina aquí, ya que el carruaje me deja a pocos metros de Sod Bayith. Metros que tengo que recorrer a pie en total soledad. Y debo darme prisa, ya que la hora de mi encuentro con Menahem se aproxima. ¡Él sigue siendo igual de puntual, como siempre! Y debo estar allí cuando él aparezca en la tienda. Te envío  todo mi afecto, como siempre. Debemos seguir fielmente las instrucciones de Menahem, como hasta ahora. El día de nuestra reaparición en Palacio Noor se acerca, y debemos estar a la altura de la situación. No permitiremos que Krêttos, manipulado por el espíritu del Dragón, destruya el reino de mi Padre. Como ya me ha dicho Menahem: «Todo lo que te ha pasado —tu encierro en la Torre, tu sanidad, tu tiempo escondida en el desierto—, te ha reconducido hasta aquí, para que seas la Vocera de YHWH. Solo mantente obediente, Lihem, y La Profecía se cumplirá.»

Siempre tuya, tu fiel amiga, Lihem Ben Sayel, —la exiliada y escondida— Amira al-Yerushalayim.

Shalom, querido Turios, Príncipe de las tierras del Este.

MUY PERSONAL, TESTIMONIOS, VIVENCIAS

INMIGRANTE

 

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(pongo los dos videos por petición del público,

y pues, cada uno escuche la que más le guste…)

 

Ya me huele a Navidad. Los adornos, las luces en las casas, los turrones y los regalos que se empiezan a preparar. Algo se mueve en el ambiente siempre, en esta época. Algo especial. Pero esto es diferente a los recuerdos de mi niñez y de mi adolescencia. Me estoy sintiendo extraña. Casi una invasora.

Voy caminando por las calles del pequeño pueblo  isleño donde hago todo, menos dormir. Me fundo entre el asfalto y los semáforos. Entre las tiendas y el sonido de las bocinas. Entre lo que soy y lo que fui.

Escucho a los orientales hablar y reír. También veo a una pareja de marroquíes tomando a su pequeño hijo de la mano. Un grupo de chicos está reunido en una esquina: son latinos. Y fijándome en ellos, casi tropiezo con una anciana pero afable pareja de ingleses que dicen “sorry” mientras me sonríen amablemente.

Y ahí estoy yo. En medio de toda esa mezcla de culturas. Y empieza a divagar mi mente…

“¿Dónde está mi grupo de amigos? La esquina que yo frecuentaba está muy lejos de aquí. Por allá, por la Cordillera de Los Andes. Donde se escucha la música de los indígenas y de los que aún tienen esperanza de ver días mejores. Porque yo nací en un país donde sueñan al compás del bombo, el charango, la quena y el siku.

Mi gente habla quechua también. Y dependiendo de su región visten distintos y coloridos ropajes, que en algunos lugares son vitoreados, y en otros marginados. Nací en un país donde el Cóndor pasa, soberbio y protector. Vigilante de sus tierras. Orgulloso de su origen. Nací en el país donde Darwin vislumbró el origen de las especies. 

Nací en un país hermoso, donde el río Amazonas forma parte de nuestra sangre, por las guerras que hemos tenido que librar. Donde las playas se contonean al ritmo de la luna; donde el sol sí se puede alcanzar. Comemos el Yahuarlocro, encebollado de pescado, cebiche de camarón, caldo de bolas de verde, tortillas de yuca, colada morada, fritada, guatita y demás.

Sí. Ese es el lugar donde yo nací. Donde las amistades tienen la fama de ser para siempre, donde  “amistad” es una palabra de mucho valor. Vaya donde vaya, siempre será el lugar donde Dios decidió ponerme. El bendito lugar donde nací: Ecuador.

Pero yo estoy muy lejos de allí. Y no he vuelto, tras tantos años… Y no lo olvido. Porque amo ese lugar. Aunque Dios en sus insondables planes me llevó por otras sendas, a cruzar un océano entre los conquistados y los conquistadores, entre lo nuevo y lo viejo, entre el pasado y el presente de mi vida.”

Pero no tan rápido… Sigo caminando por las calles del pequeño pueblo isleño. En verdad, ¿de dónde soy? Por mi nombre y mi apellido, unos me dirían mora. Por el acento… (¿y mi acento, de dónde es mi acento…?).  Otros, simplemente me dicen latina o sudamericana. O… […]

De todos modos, eso no importa tanto. Soy INMIGRANTE. No soy de aquí, pero ahora mismo tampoco soy de allá. Soy una de esas tantas y tantas personas que vinieron arrastradas por una fuerza mayor, mayor aún a mis sueños, deseos y anhelos. Aún mayor a mi voluntad. Abandoné. Dejé atrás. Tantas cosas dejé atrás. Sería necia si dijera que no las echo de menos.   

Pero ahora tampoco soy capaz de irme de aquí, de donde estoy. Amo igual este lugar. Me ha dado tanto… ¿Podría ir a mi país de origen y sentirme en casa? Yo creo que no. Al igual que tampoco me siento en casa aquí. Pero es que, pensándolo bien, da igual dónde haya nacido, dónde esté viviendo, o hacia dónde pueda llevarme luego el destino.

Pues tampoco soy de este mundo. Y sí, es por eso que no hay lugar en el mundo donde pueda sentirme realmente “en casa”. Estoy pasando por aquí, como el cóndor, pero mi hogar es el cielo.

Y algún día, volveré…

 

“Nosotros tenemos nuestra patria en el cielo.”

San Pablo, Carta a los Filipenses 3:20

 

 

 

 

 

 Nejath Lizett Hidalgo Mahmud