CONFESIONES :o, MUY PERSONAL

[CON AMOR, PARA V.E.C.]

Querida V.E.C.:

Hoy estuve escuchando ópera todo el día. Me gustaría dedicarte una de las canciones más hermosas -y melancólicas- de la historia de la música: Caruso. ¡Qué historia tan triste! Pero a la vez es tan bella y tan sensible, que es imposible escucharla sin sentir que tu corazón se derrite.

Amo el invierno. Intenté escoger una imagen para este post que mostrara el esplendor del invierno. Pero hay tantas, que simplemente tuve que tomar una decisión rápida, o de lo contrario, no publicaría esto hoy para ti.

Sí, definitivamente amo el invierno. ¡Y eso que nunca he vivido un invierno de verdad! Ni siquiera conozco la nieve… ¿No es patético acaso, amar algo que desconoces en esencia? No comprendo por qué muchas personas relacionan al invierno con algo negativo, oscuro, o incluso cruel. Hasta en poesía se usa al invierno como sinónimo de tristeza o de vacío.

No para mí.

Para mí, el invierno es resaltar la luz más allá de lo imaginable. Es pureza, es silencio. Es paz. Para mí, el invierno, es un lugar donde se puede estar. Y es posible que no encuentres a muchas personas allí, lo cual me hace pensar que talvez sea precisamente ese el motivo por el cual me gusta tanto: el invierno no posee muchos adeptos.

No creas que te escribo esto únicamente para hablarte de ópera, o de mi estación favorita del año. Pero lo uso como introducción, porque sabes que hace mucho estaba deseando escribirte esto. Lo bueno para ti, es que te guste leer, y que sabes leerme entre líneas. Por eso no me avergüenzo de divagar: tienes el don de interpretar las más extrañas divagaciones de mi mente. Eso, me gusta. Rectifico: eso, lo aplaudo.

A veces, me he imaginado que sosteníamos una de nuestras conversaciones hasta altas horas de la noche, hablando acerca de todo. De las dos, tú eres la que más habla. Y ¡menos mal! Porque entonces nuestras reuniones parecerían más una sala de meditación, que una reunión entre dos amigas. Como siempre, yo prefiero escuchar…

En los dos últimos años han ocurrido cosas en mi vida que […] me han traído de cabeza. Como nunca, he tenido que hacer uso de mi fe para enfrentar batallas difíciles. Pero una vez me dijiste -y no hace mucho tiempo- que lo importante es no “quedarse allí”. Lo entendí enseguida. No debía quedarme en el dolor, porque sino, sería como esas almas que vagan perdidas en el mundo, siempre pensando en el pasado, en lo tristes, vulnerables, y desgraciadas que son. Vaya, por favor… ¡yo no pretendo ser de esas! Me gusta estar guapa, hablar bien, sonreír, y caminar con elegancia. ¿Puede ser bella una persona permanentemente triste? ¡No arriesgaré mi actual status! [Te estás riendo, ¿verdad? Como ves, sigo con mis bromas egocéntricas. Haram, pero ¡sólo son bromas! En el fondo, soy tan tímida como el patito feo.] 

Tú me conoces, bueno, bastante bien, digamos.

Mi personalidad [un tanto… “diferente”] no evoca normalmente las cualidades que se supone que una persona “como yo” debe tener. ¡Siempre he detestado la falta de originalidad! Tú y yo somos creativas, agresivas con lo que creemos, y no soportamos los moldes. Creo que por eso nos caemos tan bien.

Nos importa poco -o nada- el convencionalismo, la futilidad de la vida, la pose. Si hay que decir algo, se dice. [Siempre en su momento adecuado, claro. Que no se diga de nosotras que somos necias o insensatas, carentes de educación.] Si hay que sentir algo, se siente. Si hay que arrepentirse, una se arrepiente. ¡Qué se le va a hacer! ¡No somos perfectas! Aunque, eso tú lo llevas mejor que yo… A mí me cuesta no sentir las cosas bajo control. Siempre tan acomedida. Siempre tan reservada.

Admiro tu espontaneidad. Y además, no tienes problemas para intimar.  Yo aún no llego allí, y no sé exactamente por qué. Pero no lloro por eso, tampoco te creas… Intimo con la poesía, con la música y con la buena literatura. Supongo que en el mundo hay gente como tú, y luego… hay gente como yo. Es la vida, simplemente eso.

De vez en cuando surge una buena conversación. [Con “de vez en cuando” quiero decir: realmente “de vez en cuando”]. Y cambiando de tema, ahora me acabo de dar cuenta de que estoy teniendo problemas con algunas puntuaciones. Las revisaré luego.

Estoy leyendo a Salinger. Espero que no me decepcione. De momento, lo llevo bien. No me he sentido extasiada con alguna frase apoteósica, pero, le daré la oportunidad de que me hable de sea lo que sea que quiera hablarme. Voy por el quinto capítulo y aún no memorizo el nombre del protagonista. Supongo que he estado un poco despistada estos días. Ya sabes, “todo aquello” me abstrae. Ayer, sin más, escribí 7 entradas en este blog, simplemente porque sí. Necesitaba hablar, y por eso, escribí.

Te echo de menos. Pero seguro que no tanto como tú a mí, [risas…]. Sigo siendo una chulita indomable en algunos aspectos. Y, en el fondo, espero que eso no cambie. Forma parte de mí, ¿no crees? Al igual que tú siempre serás tú, a pesar de la distancia, y de los años. Tú conoces -o, mejor dicho, te he dejado conocer- mi corazón. ¿Por qué fingir que soy quien no soy?

Seguiré escribiéndote. Tendrás que estar pendiente…

Siempre tuya,

LbS…

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“…un uomo abbraccia una ragazza
dopo che aveva pianto;
poi si schiarisce la voce,
e ricomincia il canto…”

[CARUSO]

PROSA

[SEGUIRÉ ESTANDO]

Mírame. Mírame bien, porque voy a morir. Porque esta mirada jamás volverá a repetirse, ni tampoco esta sonrisa melancólica. Ni siquiera este atardecer. Mírame. Porque pronto no volverás a escuchar mi voz, ni me verás saltando cerca de ti, como graciosa gacela, que bebe de tus frescas aguas. Mis manos no volverán a tocarte, ni sentirás mi aliento en tus labios. Mis abrazos ya no serán más abrazos, sino sólo recuerdos de esos instantes llenos de magia, donde lo único que parecía importar era la intensidad de su luz. Mírame bien, porque algún día dejaré de escribirte cartas, y de dedicarte poemas inspirados en las luminosas madrugadas llenas de lucecitas de estrellas. Mírame bien, porque mis manos dejarán de tocarte. Mi calidez se convertirá en yermo frío, y mi gallardía en memorias del pasado. Yo invierno, tú, verano.
Pero estaré. De alguna manera seguiré estando: en las palabras susurradas, en las miradas a escondidas, en las viejas cartas y en los polvorientos poemarios. En los diarios que nadie abrirá, sino sólo tú.
Y me recordarás danzando como las hojas de los árboles, en movimiento constante como las aguas de un caudaloso río. Porque he sido apacible sólo por breves instantes: mi esencia es fuego, y eso lo sabes bien.
Escucharás mi risa, allí donde no imagines: cuando veas a una niña jugando con papá. Porque siempre fui como una niña, excepto en las ocasiones en las que me tocó ser mujer.
¿Recordarás mi cabello? ¿Cómo se enredaban tus dedos en él? ¿Y la forma en que reclamaba tu atención? Jamás te gustó verme llorar, pero, amor mío, ahora quien te ve llorar soy yo.
¡Y si supieras de las veces que me arrepentí de hacerte daño! Mi corazón se hizo pedazos cada vez que te fallé. Sin embargo, siempre hemos creído que lo mejor está llegando, y aunque yo me iré, recuerda: seguiré estando.
En la luna que brilla de noche, en el violín que llora en alguna canción lejana, en la rosa que adorna un jardín extraño, en el papel en blanco y en la pluma cargada, en un verso apasionado, en el silencio contemplativo, en las breves moléculas de tu espacio…

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Lihem ben Sayel…

[The Making of: Seguiré estando]

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES, VIVENCIAS DE UNA ESCRITORA

¿POR QUÉ YA NO ESCRIBIMOS CARTAS?

No sé si escribiré algo más este año, por lo tanto este es mi regalo final. Me refiero a “Hallelujah” de Leonard Cohen, pero interpretada por Jeff Buckley. Si aman la música como yo, seguramente coincidirán conmigo en que este tema es profundamente hermoso. Amo esta versión en especial…

NOTA: lo siguiente es un poco visceral. 😀 😀 😀

Todo va muy rápido. Vertiginosa, sería talvez la palabra exacta para describir la velocidad a la que el mundo nos somete. Casi no hay libertad para ser sinceros, para ser nosotros mismos sin máscaras. Casi que nos asfixia la superficialidad y el encantamiento de “lo veo, lo quiero”. Todo así, todo tan básico. Tan torpe y deshonesto. Carente de valor, de honor, de calidez.

Esta entrada es una protesta hacia lo que veo y no quiero aceptar. Quizás la palabra que más resuena en mi mente es “indignación”, mientras que en mi corazón hay una llama muy pequeñita que este sistema ha querido apagar, pero que protejo con toda la fuerza de mi ser.

¿Por qué ya no escribimos cartas? Y no, no solamente me refiero al hecho literal en sí. Vamos a leer entre líneas. Me refiero a ¿por qué hemos permitido que todo ahora sea tan superficial? ¿Por qué hemos dejado que el gélido viento de la indiferencia y del egoísmo penetren en nuestras almas?

Hace unos días eliminé mi perfil público de Facebook; y no conforme, eliminé también de mi teléfono la aplicación de Whatsapp. ¿Por qué? Pues porque cuando me senté y quise pensar a cuántas personas podría escribirle una carta (la cual valorarían), la lista era devastadoramente pequeña.

Eso me entristeció, debo decirlo. Pero no hablo de una tristeza momentánea. Hablo de ese tipo de tristeza de, cuando por ejemplo, tus hijos tienen 20 años y de pronto te dices: ¿en qué momento dejaron de ser niños? Te das cuenta de que algo se ha ido, y que amenaza con no volver.

¡SÍIII! ¡LO ADMITO! ¡Me harté de los mensajitos de “copia y pega” para estas fechas! ¡NO! Me resisto a esto como una persona cuerda a la que quieren forzar a entrar en un manicomio. Cuando estaba pensando cómo argumentar esta entrada, no quería hacerlo desde el punto de vista victimista, ni excesivamente melancólico, ni fríamente pragmático, ni coléricamente alarmante, ni puramente retórico. Sólo quería que fuera real. Y sólo quería que alguien, al leerlo, pudiera sentirse provocado a decirme: “sí, siento exactamente lo mismo que estás sintiendo”.

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Creo que esa sería la única forma de sentirme feliz, complacida, acompañada: sabiendo que no soy la única que lo echa de menos, ya sabes, aquello de ser genuino, auténtico, de ser cálidos, bondadosos, de mirar de verdad por las necesidades de los demás, de si el que está al lado necesita una sonrisa cómplice, un abrazo de consuelo, unas palabras de ánimo… o una carta donde expreses cosas hermosas y sinceras que llegarán al corazón.

Confieso esto: estuve al borde de decir “¡rayos! a mí hace muchísimo tiempo que nadie me escribe una carta de esas buenas, así que ¿por qué debo de hacerlo yo? ¿Por qué debo intentar mantener esa pequeñita pero sublime llama dentro de mí? ¿Por qué mantener esto cuando tal vez ya es demasiado arcaico?”

Y créanme, no sé si son las hormonas, o la Navidad, o que soy una sensiblona, o la voz de Jeff Buckley que escucho al fondo mientras escribo esto, pero se me hace un nudo en la garganta y se me llenan los ojos de lágrimas. Y entonces, recapacitando, me digo a mí misma: no dejes de hacerlo, no dejes de escribir cartas, no dejes de expresar tus sentimientos.

Y eso haré. Iré a la papelería, compraré papel bonito y cinta dorada, y me sentaré en mi bendita mesa, pondré a Ludovico o a Debussy de fondo y escribiré cartas a las personas que más amo en esta tierra. Enrollaré la carta con la cinta dorada y pondré el sello de cera sobre ella, la perfumaré y la pondré en una bolsa de colección que compré en Irlanda hace mucho. E iré entregando esas cartas con una sonrisa, un abrazo, y un “espero que te guste”.

Sí… eso haré… 🙂 🙂 🙂

Porque soy humana. Porque no soy de piedra. Y porque no quiero parecerme a un bonito, rápido, eficaz e inteligente robot que haga de todo, menos sentir. Quiero ser cercana. Real. Cálida.

Siempre vuestra,

eeeee

🙂

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P.D: por cierto, el libro de abajo es una nueva publicación de Salamandra, (siento debilidad por esta Editorial). Me lo voy a comprar y/o lo voy a regalar. Se llama “Cartas Memorables”. Y como ven, ya sabrán de qué va. Besitos…!

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CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, VIVENCIAS

SERIE: CARTAS PERDIDAS (III)

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En honor a esas decenas de cartas que he escrito y que jamás han llegado a su destino, ya sea por cobardía o por sensatez…

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#3

Esta carta es ese tipo de carta que jamás entregaría, por nada del mundo, pero a la vez me gustaría reunir la suficiente valentía como para hacerlo -sin arrepentirme a los cinco segundos. Sin embargo tengo claro que me arrepentiría de entregarla a los cinco segundos, e incluso a los cuatro.

Me gustaría ser más tu amiga. Me gustaría tener más confianza en ti y derribar las murallas que se han levantado en nuestra relación, murallas que son invisibles, pero que me echan atrás cada vez que quiero acercarme un poco más.

¿Sabes qué es lo malo? Que no sé cómo se hace… no sé lidiar con la sensación abrumadora de sentirme tan querida, tan amada, y a la vez sentirme tan diferente, sentir que no soy yo. Sí, ese es el principal problema, supongo… que no puedo ser realmente yo. Me guardo demasiado, demasiado. ¿Pero por qué? Tampoco lo sé… me lo pregunto de vez en cuando frente al espejo, pero no capto ninguna señal.

O talvez sí…. sí, seguro que sí. Pero sigo sin sentirme lo suficientemente fuerte como para dar el paso. ¿Será porque sería mejor si tomaras la iniciativa más a menudo? ¿Cambiaría eso las cosas a nuestro favor? Seguramente. Con el paso de los años me hago más tímida. ¿Tiene eso sentido?

Lo que te quiero decir es esto: gracias por tus detalles, por tu cariño, por tu sensata comprensión, por ‘estar ahí’ a pesar de los ‘cambios raros’ que ha habido en nuestra relación. Te tengo un cariño especial porque también hemos compartido cosas especiales. Y de hecho, aunque seamos muy diferentes, tú eres alguien especial con un corazón inmenso.

En fin… aunque no me atreva a darte esta carta (porque me daría vergüenza, corte, y un largo etc…), al menos sé que aún de lejos sigues allí. Sigues allí. Y quizás de algún modo eso me baste, y me haga feliz.

🙂

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, REFLEXIONES, VIVENCIAS

SERIE: CARTAS PERDIDAS (II)

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En honor a esas decenas de cartas que he escrito y que jamás han llegado a su destino, ya sea por cobardía o por sensatez…

#2

Bien… compartimos muchas cosas, eso sí es verdad. Me parece increíble recordar todo lo que significaste para mí, y que ahora no seas nada, absolutamente nada, ni una pequeña llama en una hoguera a punto de extinguirse. Nada. Creo que fue la primera situación verdaderamente traumática que tuve que confrontar con respecto a las relaciones. ¡Y vaya si me hiciste daño! Y sí, yo también te lo hice. Porque soy impulsiva, porque por aquel entonces primero sentía (y escribía), y después pensaba, y porque no me iba a quedar sentada viendo cómo sencillamente te arrancabas de mi pecho, como si no doliera, como si no te hubiera querido nunca, como si tus promesas y tus palabras no hubieran significado nada. Creo que eso fue lo peor: darme cuenta de que la gente que me quiere también puede ser capaz de romperme las promesas en la cara, y seguir con sus vidas como si nunca hubieses existido. Ajá, no has sido la primera persona que lo hace. Y me temo que no serás la última.

Pero ¿te das cuenta? Ya no soy esa niña que tenía dificultades para decir lo que pensaba. Ahora soy una mujer segura y contundente. Y mi contundencia también se olvidó de ti, como se olvidó de tantos otros episodios, los cuales decidí que no me amargarían la vida para siempre. ¿Y tú, dónde estás? ¿Estás bien? ¿Estás conforme con tu vida? Por que yo sí. Yo amo mi vida. Y ahora soy mejor, más fuerte, más sabia, más experimentada.

Y por eso te doy gracias. Porque tu insensatez me hizo crecer. Me hizo aprender más acerca de las personas.Acerca de mí misma. De hasta dónde soy capaz de soportar. Y también me permitió darme cuenta de una realidad: sí, te quise, pero tampoco lo suficiente como para recordarte con excesivo cariño.

¿Mi gran recompensa? Escribir todo esto, teniendo la clara convicción de que jamás llegarás a leerlo…

CONFESIONES :o, MUY PERSONAL, PROSA, REFLEXIONES, TESTIMONIOS

SERIE: CARTAS PERDIDAS (I)

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En honor a esas decenas de cartas que he escrito y que jamás han llegado a su destino, ya sea por cobardía o por sensatez…

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(Play mientras lees…)

#1

Hola, cómo estás… quería tomarme este tiempo para decirte un par de cosas. Sí, ya sé que han pasado muchos años, y que quizá sea demasiado tarde, pero no podía pasar una noche más con esta sensación tan profunda ahogándome. 

Simplemente quería pedirte perdón:

Perdón por no haber comprendido tu amor por mí.

Perdón por haberte hecho sentir culpable más de una vez.

Perdón por haberte “castigado” con mi indiferencia en represalia al daño que nos hicimos en el pasado.

Perdón por no haberte demostrado con mis abrazos que ya el pasado estaba olvidado, que sólo nos quedaba seguir adelante sin más remordimientos.

Perdón por haber dejado pasar demasiado tiempo, demasiados silencios, demasiados momentos que sé que ya no volverán.

Por eso te escribo esto, porque quizá de algún modo u otro aún no sea demasiado tarde para mirarnos a los ojos, tomarnos de las manos y darnos ese abrazo que tanto he deseado, sobre todo en los minutos más oscuros de mi vida, cuando en silencio gritaba tu nombre para que vinieras a socorrerme, porque sabía que sólo tu presencia me ayudaría a sentirme protegida una vez más.

¿Tú qué crees, podríamos lograrlo…?

Sí, seguramente dirías que sí, y me apretarías contra tu pecho haciéndome sentir lo mucho que has esperado esta carta, este momento en tu vida.

Pero nunca he tenido tu valentía para decir las cosas tan de frente, ya sabes, las emociones no son mi fuerte, y llorar ante alguien sigue siendo para mí una especie de estigma de fragilidad. No sé por qué me vuelvo tan loca con esto, si de todas formas he aprendido a asimilar mi fragilidad, pero ya ves… hay cosas que siguen sin cambiar.

Ahora sé que todo podría ser distinto, todo podría ser tan bueno si yo te entregase esta carta y si rompiese a llorar de todas formas sin importarme demasiado desnudar mi alma.

Pero esta carta no llegará a su destino, una vez más.

Y así, seguiremos tan cerca pero tan lejos…

Nunca me ha gustado mi exceso de complejidad.