PROSA

Hojas caídas y mariposas doradas

El pasado es un brillo antiguo, lejano. Un trago amargo que, a veces, bebemos simplemente para recordar que estuvimos vivos. Las ilusiones son trampas que se deslizan lentamente por el laberinto de nuestras emociones. Siempre traicioneras. Siempre inconsistentes. Luchamos día tras día para convertirnos en alguien que jamás seremos. Pero nos acaricia el miedo, y emprendemos la huida. Nunca antes nos pasó de esta forma; esto, —de estar muertos—, no era más que un juego. Jugábamos a morir, mientras vivíamos a solas, escondidos en un rellano, esperando que nadie nos encontrase. [Esperando a gritos que alguien nos encontrase, y nos explicara todo aquello que jamás comprendimos.] Y ahora, mientras los minutos se convierten en cadáveres del tiempo, nos angustiamos imaginando que siempre será así. Entonces es cuando tú y yo nos tomamos de la mano, y nos miramos, y nos juramos amor eterno. Porque al fin y al cabo, no tenemos a nadie más. No hay quien escuche, no hay quien respire. Lo que se ha derrumbado, no podrá jamás volver a ser reedificado. Pero tú y yo seguiremos construyendo nuestro espacio, nuestras lluvias y poemas, nuestras hojas caídas y nuestras mariposas doradas. Nuestro barro se unió ya hace algunos años, y el agua de las tempestades nos ha ido dando forma. Yo llevo tu marca; tú llevas la mía. Hasta que la muerte nos separe. Hasta que los cielos desaparezcan.

—Lihem ben Sayel.

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3 comentarios en “Hojas caídas y mariposas doradas”

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