PROSA

No te marches, amor mío

No había voces, pero tampoco silencios. Había únicamente una preciosa e inquietante calma antes de la tempestad. Esa calma tan difícil de describir, casi como los sueños, que cuando recobras plena consciencia, ya no recuerdas muy bien los detalles, y solo te quedas con sensaciones. No había lágrimas, ni mucho menos sonrisas. Los rostros eran lacónicos e inmutables, como una roca de peñasco, como un susurro anodino, como una copa de vino vacía, como una huella de zapato en medio de la nada. Más allá de todo, las manos se entrecruzaron, y se intercambiaron miradas. Las palabras siguieron siendo mudas. Las muecas, inexistentes, como el viento que se atrapa en un frasco, del cual no hay prueba alguna de su presencia. Ninguna imagen. Nada a lo que aferrarse, más allá del latido de sus corazones. Así, se fraguó una despedida eterna, que se fue desvaneciendo. Y mientras más se alejaban sus rostros, más pequeñas se volvían sus figuras, hasta el punto de no poder distinguirse. Se bifurcaron sus caminos, como tantos muchos otros. Y al final, un balbuceo inenarrable salió de una boca suplicante [algo así como un “no te marches, amor mío“]. Pero ya era demasiado tarde. El tren, ya se había ido.

—Lihem Ben Sayel.

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4 comentarios en “No te marches, amor mío”

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