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Introducción a mi nueva serie: “The deep seeking” [La búsqueda profunda]

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[…y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.] 

Hablaré claro. Conozco los detalles grosso modo del porqué vine a esta tierra desde que tengo 17 años. Pero desde siempre supe lo que quería: servir a Dios. Así, tan claro y simple como eso. Claro y simple como lo es el evangelio: sin dobleces, sin intenciones de grandeza [ministerial], sin ir más allá del mero acto del “servicio total y absoluto”. En otras palabras, quería ser “esclava” suya. Y no me avergüenzo de usar este término. La gente hoy en día es esclava de muchas cosas [tanto como lo fui yo tiempo atrás]. Sus “amos” son malvados y crueles. Lo exigen todo a cambio de sensaciones placenteras que derivan en muerte, destrucción y dolor. Mi “dueño”, mi Señor Jesús, me ama de tal forma que entregó su vida por mí para que yo fuera libre, sana, santificada y justificada. Y derramó su preciosa sangre para que yo no siguiera siendo torturada en las manos de mis verdugos.

Casi 20 años después de haber tomado la decisión de seguir las huellas de Jesús, miro atrás y puedo ver la vida de una adolescente, de una joven, y de una mujer que sólo ha podido avanzar por la gracia de Dios. Hubo un tiempo en el que creía que el “hacer buenas obras” me convertiría en mejor persona. Cuán equivocada estaba.

¿De qué sirve la memorización de la Biblia si tu corazón carece de amor? ¿De qué sirven las horas de oración si no muestras bondad al prójimo? ¿De qué vale dedicar tu vida al servicio eclesiástico si en tu hogar eres una persona completamente diferente?

Yo era una joven ambiciosa. Siempre he querido ir más alto. Siempre he querido ir donde los demás no llegaban. Quería pisar la cima “primero” para tener la aplastante satisfacción del ganador. Pero olvidé, por mucho tiempo, que Jesús fue esa clase de persona que se agachaba para lavar los pies sucios de unos pescadores nada glamurosos.

Entonces, recibí la llamada de mi consciencia: había que volver a las bases, a la profundidad. Y para ir a la profundidad no puedes ir cargado de cosas. Sólo debes llevar lo vital: el oxígeno. Todo lo demás será innecesario. Así que me tocó despojarme de lo que “llevaba de más”.

Esta nueva serie que empiezo (y que seguramente durará todo este mes) será con respecto a la vida cristiana. Si estás leyendo esto, y sientes el fuego de la pasión por Dios en tu corazón, déjame decirte que me gustará que recorras este viaje conmigo. Si no conoces a Dios o tienes dudas, permíteme presentarte a aquel “Dios desconocido” del cual muchos hablan, pero pocos se toman el tiempo de conocer, y aún menos viven de acuerdo a Él.

No puedo [ni quiero, ni pretendo] negarlo: Dios es mi vida. Mi pasión. Mi todo. Es el motor de mi vida y el fundamento sobre el cual reposa mi hogar.

Intentaré escribir cada día. Pero si resulta que no tengo algo lo suficientemente “profundo” o “valioso” para compartir, preferiré no escribir nada.

—Lihem Ben Sayel.

 

 

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