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Aprendí a amar la vida.

Si te preguntase qué es aquello sin lo cual no podrías vivir, ¿cuál sería tu respuesta? Yo no podría vivir sin amor. Me ha faltado de todo, y a la vez, he tenido de todo. Sin embargo, en cada momento de mi vida, el amor vino a rescatarme y a mostrarme un camino más excelente; una senda más pura y luminosa.
Mi vida ha sido marcada irremediablemente por el Amor. Estaré ligada al amor tan intensamente, como intensa ha sido su búsqueda por mí.
Mi meta este año es el AMOR. Estoy consciente de que, el hecho de enfrentarme pronto a una nueva faceta de mi vida —la maternidad—, me permitirá tener una mayor consciencia acerca de la acción de amar. Y, sobre todo, de amar incondicionalmente.
Miro atrás, y doy gracias por todo lo que ha ocurrido en mi vida. Por todas las personas que he conocido. Por todas las etapas maravillosas que he vivido. Pero no puedo mentir en esto: no siento ninguna nostalgia con respecto al pasado. He aprendido a amar la vida. No sólo la vida que he vivido, sino, sobre todo, la que estoy viviendo. Y ese aprendizaje se debe, quizás, al hecho de que no me sienta aferrada a nada más que a lo que se me permite disfrutar día a día.
Quiero sembrar en mis relaciones, empezando por las dos más importantes en mi vida: Dios y mi esposo. La tercera será la relación con mi hijo. Después, quiero sembrar en el resto de mi familia, y en mis amistades. Sí, quiero cuidar a mis amistades. Sé que cada relación tiene un tope de fluidez. Hay un momento en que, o la relación se profundiza, o se disipa. Será cuestión de tiempo, pero ocurrirá. Las relaciones son organismos vivos. Si están vivas, estarán en constante evolución. Si están muertas, se estancarán.
No existe mejor forma de mostrar que alguien te importa que demostrándoselo. No hay que dar nada por hecho, o la relación terminará en sequía; y cuando quieras intentar recuperarla, puede que ya sea demasiado tarde.
Esto lo sé bien, puesto que he dejado que relaciones que eran importantes para mí se sequen por mi falta de esfuerzo en cuidarlas.
Amo la vida que estoy viviendo. Amo mi relación con Dios, mi matrimonio, y el hijo engendrado en mi vientre. Amo a mi familia. Amo a mis amigos. Amo mis 31 años. No los cambio por ninguno de mis “veinte”. Amo lo que he ganado en este tiempo. He aprendido a amar la vida. Y que siga siendo así…
—Lihem Ben Sayel.

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