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LEVANA

El siguiente, es un extracto de los escritos de Emma Carrère:

“LEVANA”

La luna estaba inyectada de una fuerza que ella jamás había visto antes en las noches anteriores. La luz blanca y tenue se cernía sobre la ventana, donde la sombra de su perfil descansaba mientras ella permanecía quieta, sentada. Sus ojos se clavaron en una pequeña mancha en el cristal, y a lo lejos, el choque de las olas sobre las rocas hacía eco en el espacio exterior. Había mucho en qué pensar, puesto que habían cosas importantes por decidir, pero Aisha no contemplaba la opción de decidir en un estado tan diverso e inseguro: sus emociones estaban a flor de piel, porque ver a su futuro esposo aquella mañana, aquel a quien su padre le había entregado, no era cualquier cosa.

– Nabila, tráeme un libro, -pidió ella amablemente, aunque con un tono algo desorientado, con lo cual su criada no supo si era una orden o una súplica.

– ¿Cuál prefieres, Aisha?

– Cualquiera… sólo me apetece leer algo.

Nabila sonrió, aunque su risa estaba algo fingida, porque en verdad sentía lástima por su joven señora, quien se veía presa de un destino que no había elegido y al cual siempre rehuyó. Pero había llegado la hora del compromiso con Taled, y aquello era tan imposible de rehuir, así como las olas no pueden permanecer más que escasos segundos en la orilla.

– Ten, Aisha.

Nabila sonrió al depositar suavemente el libro en las manos de Aisha, y ésta le devolvió la sonrisa, aunque su mirada le demostró a la criada que ella estaba en otra parte, soñando talvez, con lo que habría sido de ella si las circunstancias fueran otras.

-Éste es uno de mis favoritos… -susurró Aisha, suspirando al principio de la frase, y sonriendo ligeramente al final, como quien no quiere despertar al bebé que duerme en su regazo y sólo se atreve a acariciar el momento con la yema de los dedos. Y así fue como Aisha acarició el lomo del libro, girándolo luego para contemplar la portada, recubierta por la misma delicada luz que bañaba la mitad de su rostro expuesto en la ventana.

“Cada mirada tuya me reflejó el sol, cada recuerdo que tengo de ti, tuyo y mío, nuestro, es como una puerta que queda abierta para ir rumbo al paraíso, a ese lugar donde nos encontraremos. Allí mis ojos te mirarán hasta que los riachuelos de nuestra juventud se sequen, y aún después, te juro, te seguiré mirando. ¿Por qué?, te preguntarás, en tu inocencia que tanto amo. Te responderé, pues, mi princesa de cuentos antiguos:

Mirarte significa huir de la angustia, saborear la más tórrida victoria, visitar el cielo -una y otra vez-, y abrazar la gloria. Mirarte es subir a las nubes y hacer de ellas mi hogar, acariciar la lluvia, gobernar el mar. Mirarte es contemplar la belleza de un ansiado atardecer. Por eso no dejo de hacerlo; mirarte es todo lo que sé.”

Una lágrima se acomodó dócilmente en uno de sus ojos, pero al pestañear Aisha la desprendió de su cuerpo, como queriendo saber que aquello, lo que estaba sintiendo era real, tan real como esa lágrima, como ese momento.

– Siempre he amado lo que escribe Saláh,- concluyó.

– Aisha, ¿qué deseas que haga con tus cuadernos, con tus diarios y demás escritos?

– Quémalos. 

Su voz en este caso fue tan contundente como una locomotora veloz de la cual apenas adviertes su aproximación hasta que ya te ha arrollado por completo. La mirada de Nabila se posó en los ojos avellanados y oscuros de su joven señora. Nabila lo sabía: no habría manera de convencerla de lo contrario, así que finalmente (pues Aisha lo estaba esperando a forma de confirmación y acato) Nabila asintió con la cabeza, aunque esta vez sus ojos estaban clavados en el suelo.

– Y…¿tus libros, mi señora?

Aisha  recogió su larga cabellera negra y la reposó sobre su hombro derecho, luego se abanicó con la mano izquierda y reposó su codo en el alféizar de la ventana, para luego reclinar la cabeza en su mano. Mientras tanto, Nabila espera pacientemente la respuesta de Aisha, quien al parecer estaba debatiendo en su fuero interno qué destino le depararía a su vasta colección de libros y manuscritos, la mayoría herencia formidable de su difunta madre.

– Sólo me quedaré con este, ya sabes, para recordar esta noche-. Hizo una pausa. -Los demás los puedes conservar.

Nabila juntó sus manos sobre su regazo, nerviosa, y empezó a jugar con la tela de su vestido.

– Mi señora, yo no, no puedo. Siempre has amado estos libros más que cualquier joya o pertenencia, más que cualquier obsequio real, más que…

– Por esa misma razón, mi fiel Nabila, por esa misma razón. Sé que sabrás cuidar de ellos tan bien como me has cuidado a mí todos estos años. Por esa misma razón, esta es la última orden que te doy. Ahora déjame sola, necesito pensar.

Nabila se retiró, no sin contener las lágrimas que querían salir como torrentes ansiosos de sus ojos. Estaba sorprendida. Y agradecida. La criada salió de la habitación respetuosamente, como siempre lo había hecho. Le habría encantado abrazar a Aisha, darle las gracias, no sólo por esto si no por todo, pero su señora ya estaba muy lejos, pues su mirada reposaba en la luna llena que lucía al fondo, al horizonte, la cual emitía delicados rayos plateados y sublimes que teñían el mar con su luz.

Entonces Nabila lo comprendió todo: el fragmento de la poesía de Saláh que Aisha había leído antes, no hablaba de un amor carnal entre un hombre y una mujer, no. Era el romance de su señora con la luna, su amiga perpetua y silenciosa.

“Por eso no dejo de hacerlo; mirarte es todo lo que sé.”

Nabila jamás la volvió a ver.

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