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3, 2, 1…NUNCA.

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Para mis hermanos R y R, quienes me contaban sus historias de cómo protegían a los más débiles en el colegio o en el instituto, ignorando, talvez, el profundo orgullo que me hacían sentir sus historias llenas de justicia, honor, valor, y amor por el prójimo.

El timbre sonó.

Era la hora de salir de clase. Y en la brevedad de un suspiro, o de un pestañeo más que fugaz, el patio del colegio se convertiría pronto en una jauría de niños que parecían ser empujados por algún tipo de fuerza numinosa que les hacía estallar de un incontrolable pero inevitable frenesí, en cierta forma molesto, en cierta forma contagioso, que le hacía recordar a uno la vitalidad enigmática y febril que encierran aquellos seres tan restados en días, pero tan llenos de futuro.

Sin embargo, como aquella excepción irónica que toda regla presenta, también estaban aquellos otros niños que, por algún extraño desacuerdo entre la gracia que de por sí aporta la infancia, y el recorrido propio de la naturaleza, no poseían aquella virtud del ánimo, de la personalidad, del brillo estelar. Eran prácticamente nulos. Certeramente desconocidos. Inexorablemente olvidados. Descaradamente evitados.

Luis era uno de esos niños, apocados y opacados por fuerzas aún mayores y energías aún más estridentes, las cuales le envolvían mordazmente como con látigos, como con rabia. ¿Por qué no pudo ser él como los demás?

Su esquelético cuerpo, y su casi inexistente masa muscular sólo podían ser peores que su corta estatura, muy por debajo de lo que se espera a su edad. Y así, ya a los ocho años, la imagen paupérrima de Luis en las gradas que delimitaban aquella espantosa frontera, (pues eran dos gradas de cemento las que separaban el controlado universo de las aulas, donde todo parecía estar más tranquilo, del espantoso espectáculo que se cernía en el patio), no era ni más ni menos que el desafortunado presagio que se cernía sobre su futuro, destinado al bando de los fracasados y exiliados. Todo le conducía a ser carne de cañón.

Era entonces,  cuando el infierno comenzaba.

-Ahí está Luis, el tonto. El enano. El frágil. El triste. El solo. El abandonado. El mariquita. El rarito. El pobre. El feo. El marginado. El callado. El ratón. El exiliado.

Luis, zumo en mano, no hacía nada más que escuchar. Sólo de vez en cuando, en un atisbo de valentía mezclada con estupidez, se atrevía a levantar la mirada desafiante, desde el suelo, -siempre desde el suelo-, en un intento fallido y casi inoportuno de demostrar que estaba harto. Sí, en un intento inoportuno y exasperado. Porque no tardaban las patadas, los puños, las bofetadas y los escupitajos en abalanzarse sobre él como la única respuesta válida a su pobre lucha, a su tenue e inepto acto de valor. ¿Qué de malo había en tener la necesidad de que le dignificaran?

-¿Cuándo va a pelear Luis? ¿Cuándo va a defenderse Luis? Tres, dos, uno…¡nunca!

Esto le decía el grandullón de turno, mientras, a la vista morbosa y cáustica de su séquito de opresores, aquel gigante insensible conducía a la asfixia al indefenso Luis, apretando su cuello con la avidez y la firmeza de un predador, quien a duras penas podía rozar el suelo con la punta de sus desgastados zapatos, intentando, infructuosamente, zafarse de su castigador.

La historia siempre terminaba de la misma forma: algún maestro gritaba, desde lejos, algo así como “¡paren ya, dejen al pobre muchacho!”, cuya deficiente y dispersa orden no producía ningún tipo de efecto redentor en el abusado, mucho menos disipaba el disimulado estupor de sus perturbadores. El timbre sonaba de nuevo, y entonces toda aquella jauría desquiciada volvía a entrar a sus respectivas jaulas; y en el trayecto, cómo no, pisoteaban al escuálido Luis, quien, con el rostro casi morado, y con las marcas de tono rojo agresivo en su cuello, aún intentaba desesperadamente recuperar el aliento a bocanadas.

(¿Es que nadie lo veía? ¿Nadie lo notaba? ¿A nadie le importaba?).

Una vez todos dentro, Luis se disponía a entrar, no sin ser escrutado por la cruel y acusadora mirada del profesor de ciencias, quien le juzgaba por no estar correctamente aliñado, ignorando, quizás sí, quizás no, el episodio beligerante  al cual Luis se acababa de enfrentar. El pequeño se acomodó las gafas y entró con la mirada clavada en sus zapatos negros, los mismos que había usado su hermano mayor el año pasado.

Al día siguiente, a la misma hora,  Luis cierra el libro de matemáticas.

El timbre suena.

Los gritos se agolpan en aquel patio con un ritmo frenético y ensordecedor.

-¿Cuándo va a pelear Luis? ¿Cuándo va a defenderse Luis?

Tres.

Dos.

Uno…

Quizás tú puedas impedirlo.

———-

“Para que triunfe el mal

sólo es necesario

que los buenos no hagan nada.”

Edmund Burke

 

LihembenSayel

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