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AUNQUE TÚ NO LO SEPAS…

Para L.

David amaba el amanecer. Cada vez que podía, justo después de bostezar y estirarse, se ponía en pie y corría la cortina de su habitación para mirar aquella estrella de la mañana, aquel lucero brillante e insomne que incluso en ocasiones le sorprendía junto a la luna llena: y ese era el caso de ese día. Él al ver aquella imagen, instantáneamente sonrió, y una sensación de paz le recorrió desde las entrañas: ¿qué podía salir mal después de tal regalo del cielo?

A sus 31 años, y con la vida prácticamente resuelta, David no le temía a nada. Excepto a una cosa.

Aquel día, atravesó el pasillo que conducía a la cocina. Tenía sed, y le esperaba un largo día. Pero de pronto, justo antes de abrir la nevera, un gélido escalofrío se apoderó de su cuerpo. Él no entendía qué pasaba, pero sencillamente se quedó inmóvil.

El teléfono sonó.

-¿Sí, diga?

David salió corriendo.

Arrancó el coche con el pijama puesto. El corazón le latía a mil. No podía pensar, así que únicamente podía dejarse llevar por la inercia de la adrenalina que le invadió todos los sentidos. Iba a tanta velocidad por la carretera, que hasta en dos ocasiones realizó maniobras que podrían haberle costado caro. También recibió gestos de enfado de los conductores a los que sobrepasaba rozando el peligro mortal.

Al fin llegó a su destino.

-¿Rubén Arias? ¡¡La habitación de Rubén Arias!!

Una enfermera sabía exactamente a quién estaba buscando: era a aquel jovencito de 15 años que había llegado por urgencias con severos traumatismos craneoencefálicos a causa de un accidente de tráfico.

-Estaba en el coche de unos amigos que lo llevaban al instituto. Y al parecer el que conducía no tenía el carné. Se pasó un stop peligroso. 

-¿También están heridos?

El doctor se aclaró la garganta antes de responder.

-La policía los localizó hace poco. Intentaron huir.

Él no podía creer lo que oía. Se llevó el puño izquierdo a la boca y lo mordió hasta que sus labios gustaron su propia sangre. Las lágrimas de dolor e impotencia no dejaban de inundarle el rostro. Las palabras del doctor entraban y salían, pero rasgaban su alma al salir. David estaba absorto, mirando a través de la puerta de cristal a su enano, como le solía llamar.

-No podemos asegurarle nada, -le confesó el doctor con la indolencia propia de aquellos que se acostumbran a ver a la vida y a la muerta entrar y salir de aquel lugar.

David hizo guardia todo el día y toda la noche. Su hermano permanecía en estado de coma. David le suplicaba una y otra vez que no le dejara, que era todo lo que tenía. Le prometía que jamás volvería a dejarlo solo.

Los hermanos jamás conocieron a su padre. Y la madre simplemente desapareció dejándolos al cuidado de otros familiares, hasta que David se hizo mayor y huyó del infierno y la humillación constante a la que los sometían.

-Fui egoísta, pequeñajo, lo sé… -admitía David entre lágrimas, mientras besaba la mano inmóvil  de su hermano. -Perdóname, perdóname… -sentenciaba entre un mar de sollozos incontenibles.

Pasadas las horas, el amanecer comenzaba a hacerse notar, brillante y apoteósico, tal como lo describía David, quien no había podido dormir toda la noche ahogado en resentimiento y culpa, y albergando una intensa pero fugaz esperanza de que su hermanito volviese a abrir los ojos.

Casi mecánicamente se levantó y corrió ligeramente la cortina, acercándose lo más que podía para que los sutiles y apocados rayos del sol no inundasen la habitación. Ahí estaba la estrella, y ahí estaba la luna, plena y hermosa.

Rubén abrió los ojos. Miró a su hermano David de pie en la ventana. Sintió su mano derecha completamente empapada: David no había dejado de llorar junto a él. Rubén no podía hablar, pero de los ojos comenzaron a brotarle las lágrimas más cargadas de sentimientos que jamás habían salido de él. Desde su corazón, sonrió. No estaba solo. Su héroe estaba allí con él.

David, casi sin saber por qué, se volteó y vio a Rubén, quien había vuelto a cerrar los ojos. David caminó despacio hacia él, y vio su rostro bañado en lágrimas. Sus manos estaban frías. Ya no tenía pulso. Rubén había partido, dejando el corazón de su hermano hecho mil pedazos. Sin embargo él se había ido de este mundo con aquella sensación de saber que, en los últimos instantes de su vida, pudo experimentar el amor, el arrepentimiento y el perdón…

Vivir en el corazón de 
los que dejamos atrás 
no es morir. 


T. Campbell

 

lihembensayel

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