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HUELLAS

Las personas nos dejan huellas. Y eso nos define. Marcan un antes y un después entre lo que somos y lo que llegaremos a ser. Y hoy simplemente quería rendir un pequeño homenaje a ciertos momentos y personas que fueron verdaderamente determinantes en mi vida.

Gracias a la maestra de tercer grado, Graciela, que descubrió mi libreta amarilla con mis escritos en mi mochila durante el recreo, y me dejó una nota escrita en rojo que jamás olvidaré, pues fue la primera vez que tuve la sensación de que alguien valoraba lo que escribía. Graciela descubrió no sólo mi libreta: también me descubrió a mí…

Gracias a Carmen, una especie de monja de mi Instituto, que me enseñó a abrazar con los dos brazos, y entablar calidez con la gente que me rodeaba. Jamás olvidaré las conversaciones que mantuvimos. En ese momento de soledad, ella fue un toque magistral de humanidad y de inteligencia. En cierta ocasión me reprendió por algo, y yo la miré sonriente a los ojos. Ella respondió, sonriendo también: “tienes una mirada muy segura”. Eso me enseñó a que es válido equivocarse, pero es aún más plausible admitirlo mirando a la vida de frente, y avanzar.

Gracias a mi profesor de literatura por haberme seleccionado con 17 años (aunque sé que no fui la primera opción) para representar a mi Instituto en un evento frente a las máximas autoridades de mi ciudad: tuve la oportunidad de exponer un atrevido tema acerca de la crisis de liderazgo (frente al alcalde de mi ciudad) y poniendo de ejemplo a Jesús como el liderazgo eficaz que todos deberíamos seguir. El alcalde me envió personalmente su felicitación, la cual resonó públicamente en todo el instituto. Sí, ese fue una gran día…

Gracias a una mujer que tuve el privilegio de tener como mi Pastora durante los cinco primeros años de mi fe, los cuales sin duda fueron los más determinantes de mi vida. Se tomó el tiempo de formarme, discipularme, animarme, capacitarme. desafiarme, edificarme. Después de mis padres, sin duda, ha sido la persona que más ha influenciado mi existencia. Sentí lo que sintió Pablo con Gamaliel, lo que sintió Juan con Jesús, y lo que sintió Timoteo con Pablo, porque me adoptó como su hija. Mucho de lo que soy hoy, lleva su sello indiscutible.

Gracias al árbitro de aquel partido importante de baloncesto, que en pleno saque (y delante de mí) le recomendó a mi entrenador que me sacara del juego si quería ganar el partido. Mi entrenador no me sacó. Ganamos el partido. Y yo aprendí que por cada persona que no cree en ti, siempre habrá alguien que sí lo hará.

En este tiempo de mi vida, en el que Dios me permite trabajar con niñas, adolescentes y jóvenes, más que nunca recuerdo la importancia y el impacto que -los adultos- podemos ejercer en la generación que se viene. Y yo deseo más que nada en el mundo, cumplir bien mi papel.

De corazón, gracias… 🙂

Todos caminaron. Pero pocos dejaron huellas. . .

José Narosky.

lihembensayel

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