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VIVENCIAS II: CONFESIONES

*Nota: por motivos de fuerza mayor, he tenido que omitir algunos textos.

Género: relato corto. Ficción.  Narrativa.

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Su Aliento en mi Nuca

Su aliento en mi nuca. Nunca soporté su aliento detrás de mí. Su respiración me producía temor, me generaba rechazo. Cuando sentía que caminaba por las calles y me veía, o pasaba junto a mí y me decía palabras… esas palabras. ¿Con qué derecho?  Pero era uno más de los secuaces del enemigo, uno más de los que él enviaba para perturbar mi paz y hacerme sentir nuevamente usada, humillada, ultrajada. Mi fuerza interior era sobrenatural, pero no podía evitar bajar la cabeza y caminar. En cierta ocasión, una mensajera del Templo me miró a los ojos y me dijo: «Has llorado mucho, mucho». ¿Cómo podía saberlo ella? Seguro lo sintió así del Consejero. Éste se lo reveló. En las Escrituras hay una mujer con la que me identifico mucho: La Reina Ester. Hallé puntos de contacto entre su vida y la mía. Cuando leo su libro o pienso en ella me digo: «Para ella tampoco fue fácil» y me da fuerzas para continuar. También está María Magdalena. El Mesías, Yeshua, perdonó sus pecados, la dejó en libertad y ella le siguió hasta el fin. A veces me sentí como ella, pero supongo que su historia también me da fuerzas.

En una ocasión uno de ellos me preguntó, a cierta distancia de mí: « ¿Qué se siente al ser tan atractiva y llamar la atención de los hombres?». En ese preciso instante sólo se me ocurrió pensar en cómo me había vestido, descubrí que vestía como siempre, recatada, modesta, tapando mi cuerpo, cubriéndolo de la forma como fui instruida que debía hacer. No era yo en sí la provocadora. Y mi repuesta, en una fracción de segundos fue mirarle a los ojos y decirle: « ¡Nada!». « ¿Nada?», preguntó él. «Nada», respondí. Y me volví en otra dirección.

¿Matrimonio? ¿He de desear esto para mí? En muchas ocasiones pensé hasta qué punto mi cuerpo era el responsable de todos esos ultrajes. En qué forma mis actitudes demostraban que era merecedora de esos golpes, de esos insultos, de esos castigos. Entonces llegué a consolidar la idea de que mientras menos provocativa me mostrara, sería mejor. Pero nunca fui provocativa, sin embargo ocurrió. Tengo sangre oriental. La cultura promueve a la mujer con una elegancia exquisita y una sensualidad provocativa, por el mismo hecho de que sus vestiduras ocultan lo que sólo uno tendrá derecho a poseer. De ahí vengo yo. Mi Consejero fue muy firme: «Sólo el Príncipe al que escojas disfrutará del derecho de tenerte. Recuerda que El Rey lo ha elegido para ti. No dudes de que sea el mejor. Así que hasta que esto acontezca, deberás guardarte sólo para él, olvidando a los demás. Guardando tu sensualidad sólo para Él».

Fui instruida en la sabiduría de Salomón y sus libros. En uno de ellos está el proverbio: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida». Nunca lo olvido, es mi deber recordarlo siempre. Me encanta reír, es algo que tampoco pudieron quitarme, aunque lo intentaron con todas sus fuerzas. Pero, ¿qué hacía yo cuando terminaba el abuso? Lo recuerdo como si fuera ayer. Tomé la costumbre de no llorar frente al furioso dragón, sólo aguantaba, con los ojos mirando al piso. Y aunque intentara defenderme no podía hacer mucho, era más fuerte que yo en todas sus magnitudes. Sólo podía aguantar. ¿Pero dónde estaba mi mejor amigo? En ocasiones lo miré pidiendo auxilio. Aún me parece un misterio el conocer por qué no acudió a ayudarme, aunque sabía que estaba viéndolo todo y sabía como me sentía.

En esos momentos venían a mi mente varias porciones de Las Escrituras, entre ellas, una escrita por Saulo, llamado también Pablo, en su carta a los Romanos, capítulo 8 verso 28: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les suceden para bien. Esto es para los que conforme a su propósito son llamados».

Propósito y llamado. El Rey siempre me habla mucho de esto, y le encomendó al Consejero que me lo recuerde y no lo olvide. Pero también recuerdo un proverbio chino que dice: «Las flores más bellas son las que crecen en la adversidad». Me identifico, entonces, con aquellas flores. Me acostumbré a no llorar frente al furioso dragón. Miraba al piso. Mi alma estaba rota otra vez, pero no lloraba. Luego me encerraba en mi habitación con alguna excusa tonta y me miraba al espejo. Esa no era yo. Yo estaba peinada y sonriente, no llorando. Mi rostro tampoco me ardía y no tenía esos rasguños en mi cuerpo. Mis labios tampoco estaban hinchados. En mi habitación, a oscuras, lloraba ahogando mis gritos y mi llanto profundo en mi almohada. Me peinaba. Y al cabo de cinco minutos tenía que salir otra vez o volvería a enfurecerse. Secaba mis lágrimas y lo que se esperaba de mí era que mantuviera la actitud sumisa de siempre. «Aquí no ha pasado nada», pensaba. Sólo era una pesadilla más de todas, una más de las que rogaba no volviera a acordarme jamás.

Luego la ducha, el cuarto de baño. ¡Mi momento de paz!  Lo anhelaba con todas mis fuerzas. Sólo estábamos el agua y yo y ya nadie podía herirme. Recuerdo como hasta hace poco llenaba la bañera y entre el estruendo del agua cayendo desde mi cabeza hasta los pies se confundían mis lágrimas y se ahogaban mis gritos de tristeza. Me era muy común llevarme las manos a la cabeza mientras sentía el agua con su peso sobre mi cuerpo e inclinaba mi cabeza mirando hacia abajo, sentada en la bañera. Mi larga cabellera negra, antes rizada, se alisaba por el efecto del agua y me cubría. Quizás por esa sensación de protección que me daba mi cabello aún hoy prefiero tenerlo largo. Hubo momentos en los cuales llegué a confundir el agua que salía con fuerza de la ducha con manos y me sentía incómoda, tenía ganas de llorar. Bajaba la ducha y la desviaba a otra dirección que no fuera mi cuerpo, asustada. Todo era psicológico. Pero me decía a mí misma: «Tranquila, sólo es agua, no te puede dañar». Y continuaba duchándome.

Cuando me sumergía en la bañera, completa, entera, era como si todo desapareciera. El dolor, la humillación, los gritos, las palabras y todas aquellas veces en las que me sentía tan dañada. Rogaba que la frustración y el llanto se quedaran en la bañera, pero al resurgir del agua me daba cuenta de que seguían ahí y mientras hablaba con mi Consejero, Éste me recordaba mi propósito y me hacía sonreír de felicidad. La presencia del Rey también estaba ahí y eso me llenaba y me hacía olvidar todo. Una vez más ya estaba lista para continuar. De pronto, unos golpes atacan la puerta, parece que están a punto de atravesarla. Unos gritos y una voz furiosa me dice que salga rápido, que hay cosas por hacer. Mi corazón palpita fuertemente. Se terminó este momento tan mío donde ya nadie podía herirme. Tenía que salir y enfrentarme una vez más.

rosa2520y2520libro2520de2520misterio

Lihem ben Sayel…


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Un pensamiento en “VIVENCIAS II: CONFESIONES

  1. Sabes?la primera vez que leí esto…era sólo una niña…no entendía muy bien lo que querías decir con todo esto…pero mi interior me recordaba algunas cosas de mi vida…que creo que fueron un de los motivos por los que quise empezar esta gran amistad contigo…desde siempre me he sentido muy identificada con las cosas que escribes…y recordandolo casi se me saltan las lágrimas…por que el tiempo pasa volando y los recuerdos se quedan en el aire..gracias por Recordarme que es importante los inicios pero más aún el final de esta gran historia

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