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MDUP: Y LAS MONTAÑAS HABLARON…

*Ya he cambiado al menos en cinco ocasiones la canción de este post. Khalas. Se queda así, y punto.

I

Mi tía Luisa ha muerto.

No he soltado ni una lágrima, ni se me ha estremecido el corazón. Ella era hermana de mi abuela paterna, en realidad, pero la recuerdo como una mujer cercana, sonriente, sencilla. Mi padre me ha dicho que sufrió de vejaciones, y del rechazo de su propia familia; eso duele.

Llevo los suficientes años conviviendo con mi alma, como para saber que mi estado inicial es de shock. “Haram”, es lo único que puedo pensar. “Khalas”, concluyo. Es verdad que no pensaba en ella de forma recurrente, hasta que me avisaron de su enfermedad hace unos días, -y de la gravedad de su situación-, pero siempre te fastidia saber que estás lejos, que no puedes despedirte, que alguien a quien recuerdas desde tu niñez ya se fue, ya partió. Y ni siquiera estás seguro de si la volverás a ver. Sí, este es uno de los casos en los que fastidia ser inmigrante.

II

Van pasando las horas, y ya he recibido la primera llamada con respecto al tema. “Cariño, la tía de tu padre falleció. ¿Te enteraste?”. Suspiré hondo. “No” -mentí, sin saber realmente por qué. Tal vez temiendo que, al no haber manifestado aún ninguna reacción ni emoción, pensaran que soy -como desgraciadamente me han dicho algunas personas que no se tomaron el tiempo de conocerme durante muchos años de mi adolescencia- una insensible. Desde luego que eso me marcó. Por algún extraño motivo nadie entendió que simplemente era introvertida, y que me costaba expresar mis emociones, precisamente porque era muy sensible, sensible a todo. En fin, ese estigma me persiguió toda mi adolescencia y en gran parte de mi adultez, hasta que mirando dentro de mí misma, aprendí a conocerme, y a darme cuenta de que yo no era el problema, sino aquellas personas que (sin ninguna mala intención, deduzco) prefirieron  en su desesperación juzgarme, en lugar de tener la paciencia de conocerme.

III

A la segunda llamada yo ya tenía un nudo en la garganta. “Ya está empezando, me dije. Se suponía que hoy iba a ser un día magnífico, porque visitaría mi librería favorita (por no decir en realidad que es la única que vale la pena en el sur), y compraría mi primer libro de un autor que me ha conquistado arrebatadoramente con su prosa y su don innato para narrar. “Voy a comprar sus tres libros, eso está claro. Y nada de versiones de bolsillo; compraré la mejor versión tapa dura, acto digno de una bibliófila. Luego de haber recitado interiormente mi nuevo código de honor bibliófilo, puse mi mejor sonrisa para pedir cinco minutos -aunque me tomaría al menos quince- para ausentarme brevemente de mi trabajo y comprar mi nuevo gran tesoro narrativo, como lo llamé. Empezaría así sin más mi trayecto hacia Bárbara, y sentiría un placer exquisito. O al menos eso pensé.

IV

Poseo una sonrisa amable y amigable que me permite distraer la mirada de las personas de mis ojos y dirigirlas a aquella amplia y afable sonrisa. Es uno de mis mecanismos de defensa. Si alguien me mira a los ojos sabrá lo que pienso, entrará en mi alma y me delataré sin que haya forma de negación coherente. Lo expreso todo con la mirada; y con las letras. A estas alturas ya tenía ganas de llorar, y en dos ocasiones las lágrimas contenidas en mi garganta y en mis ojos quisieron salir, pero no las dejé. “Este no es el mejor lugar; y además me arruinaría el maquillaje, y no traje mi neceser”. Algunas mujeres compran joyas para mitigar su dolor, otras se refugian en algunos brazos sin compromiso alguno, o salen por la noche a enseñar las piernas, fuman o beben, o se dedican a llorar por las noches. Yo compro libros.

V

Camino a la librería, y con el calor del sur golpeándome, recordé aquella frase de Borges que había leído hace unas semanas y me había desconcertado: “Uno no es lo que escribe, sino lo que lee. Algunos se jactan de lo que han escrito; yo me jacto de lo que he leído”. ¡¿Qué?!, pensé. Uno puede pensar, “claro, dice eso porque no ha sido capaz de escribir nada interesante”. Improcedente. Estamos hablando de Borges. Al principio quedé K.O., y me mostré reticente y escéptica, como era de esperar de alguien que escribe y es en lo que piensa todo el día. Sin embargo, los días fueron pasando y aquella idea caló profundo en mi interior. “Sí, asúmelo, no vas a ser ni Kafka ni Hosseini ni Tolkien ni Lewis ni Neruda. Así que es mejor que escribas para desahogarte, y leas para…Y leas.” Fue así como me determiné a comprar al menos un libro al mes (que en verdad valga la pena, no por las corrientes de basura comercial a lo que está acostumbrado ahora el sistema) para acrecentar mi biblioteca personal. Y tal como reza mi credo bibliófilo: nada de ediciones de bolsillo. 

VI

Me encontré a mucha gente en el camino. La mujer menuda peninsular con el vestido de playa turquesa que iba lentamente delante de mí. Hablaba por el móvil y le decía a su interlocutor: “la juventud se conoce todas las canciones”.  Vi a los dos hombres que pasaron junto a mí, vi a las mujeres árabes con sus velos que sonreían entre ellas, vi a la mujer rumana sentada en un poste de luz, pidiendo limosna -disculpe, señora, pero hoy sólo voy a centrarme en mi dolor. Sí, egoísmo. Porque cuando te centras y te encierras en tu dolor, eso es egoísmo. Y de eso sé yo mucho: tanto de egoísmo, como de dolor.– Pasé por delante de la gente que comía en el bar. Un hombre me dijo: “hola qué tal”, con la euforia de quien  te conoce. Caminé dos pasos y decidí voltear. El tipo sonreía con el cigarrillo humeante en la mano. No lo conozco, ni me conoce, -disculpa, tío, pero hoy no es un buen día para aguantar tus tonterías-. Fue entonces, cuando a lo lejos pude ver el cartel: LIBRERÍA. Faltaba poco para sentirme refugiada.

VII

Al entrar a Bárbara me dirigí sin pensarlo dos veces a la zona donde dos días antes había visto que estaban los libros de Khaled Hosseini. Quería (o más bien necesitaba) encontrar su último libro por mí misma, sin ayuda de los libreros. Después de varios minutos de inútil búsqueda, tal vez por mi reticencia a usar gafas cuando salgo a la calle, no fui capaz de hallar el ansiado libro. Me rendí, y acudí a la dueña: “buenas tardes, ¿tiene el libro Y las montañas hablaron?” Sonrió afirmativamente, y el hombre que la acompañaba (su esposo, supongo) fue al mismo rincón donde yo había estado antes, y como queriendo humillarme (aún él sin saberlo) tomó el libro de sopetón, como sabiendo que vendría a por él. “Lo tenías delante y no lo viste…es tan típico de ti” pensé. Me lo entregó en mis manos y me decepcioné un poco:no es tan gordo como esperaba, como quería. ¿Podrán estas trescientas y algo páginas saciarme y aplacarme? Pero al menos tenía esa impresionante narrativa en mis manos; ya era mía. 

VIII

Salí de la librería con distintas sensaciones, y satisfacción. Vuelvo a ver gente. Paso por delante de aquel bar, y el tío impertinente seguía allí: “qué tal guapa, cómo estás”, vuelve a decir con sorna. Seguí sin mirar. Yo caminaba triste, contenta y decepcionada al mismo tiempo. Tía Luisa murió. Compré mi primer libro de Khaled Hosseini. Y aún no he llorado.

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