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EL RETRATO

Había acabado el día para Antonio. La noche estaba al caer y los insectos se estaban ensañando con su delicada piel. Arrastró, no sin esfuerzo, la mecedora de mimbre donde cada tarde pasaba las horas leyendo, observando, pensando. Sobre todo recordando. Razo, su único acompañante desde hace años,  entró también junto con él a casa. Ya no tenía la misma energía de antes, ni corría tras los conejos como solía hacer en sus  mejores tiempos, pero continuaba mirando a su dueño con aquellos mismos ojos fieles con los que le miró la primera vez.

 Muchas personas le habían mirado a los ojos con calidez, con cariño, incluso con amor. Pero también Antonio había visto la transformación de aquellas miradas amables en miradas de desprecio. ¡Cómo aprendió él de las miradas! ¡Cómo sintió las vibrantes emociones esparcirse por su pecho cada vez que esas miradas luminosas se convertían en lejanos recuerdos de bondad!

Pero lejos de sentir remordimientos, se sentía satisfecho por haber sido de esas personas que no devuelven mal por mal. Había aprendido que en la vida no se puede ser realmente feliz a no ser que el amor y el perdón tomen el lugar del rencor y el odio. Y él había sido feliz todos estos años. ¿Cómo podrían empañar aquellas miradas oscuras todas las maravillosas miradas  que había recibido?

Al entrar al salón de su casa, vio que el viejo retrato de su Diana estaba empolvado. Con una tierna urgencia, se apresuró a tomar un paño y limpiarlo. Había sido su mejor amiga, su compañera de viajes, su amada. Se había marchado antes que él partiéndole el corazón. Pero así era la vida. Antonio jamás podría olvidarla. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos haciéndose camino por sus arrugadas mejillas. Él intentó secarlas con sus rudas manos. No dejaba de observar sus ojos tímidos y su sonrisa confiada. Era su Diana, su amada. Solo sabía cuánto la había amado, y que seguramente estaría en un lugar mejor.

Una vez lo hubo dejado impecablemente reluciente, agachó la cabeza. Sonrió. Miró a su fiel compañero, quien pacientemente esperaba que el anciano culminase su empeñosa tarea. Volvió a mirar los ojos de aquella mujer sencilla:

-“Tú no estás en este retrato. Estás en mi corazón”.

 

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