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CAPRICHOS DE MI NATURALEZA

 

 

 

Pasar un día de Sant Jordi en Barcelona. Regalar un libro; recibir una rosa.

Tomarme unos crepes en la calle Príncipe, de Vigo (Galicia). Caminar de la mano con él.

Despertar, y de pronto saber que estoy en Israel. Caminar por las calles que recorrió mi abuelo en su juventud, en esa vieja hermosa Jerusalén. 

 

 

 

 

 

Levantar la mirada, y ver las prepotentes dunas dibujar el horizonte.

Ver la puesta de sol en Arabia, montada en un camello.

Sintiéndome un poco más yo.

Pararme en medio del gran Egipto, e inventarme mi propia historia de Nefertiti.

 

 

 

Estar ahí en primera fila. Ver un ballet de Tchaikovsky (Swan lake). Escuchar el Concierto nº 2 para piano andante de Shostakovich. Y terminar con Moonlight de mi querido Debussy… salir a la calle y descubrir efectivamente que había luna llena. Y llorar de la desbordante emoción.

 

 

Caminar por la 5th Avenue, así, a lo Sarah Jessica Parker, mirando las tiendas, deseando aquellos Manolos, imaginándome en ese vestido rojo de Armani, pasar por una cafetería de las míticas y entrar. Tomarme un café hirviendo y tropezarme en la caja con Geraldine Brooks. Llevar mi diario y pedirle que me lo firme, para el recuerdo… Llamar a la primera persona que se me ocurra para contárselo y gritar histéricamente como toda buena principiante de la literatura. Bueno, y ya que estamos por NYC, ¿por qué no aceptar una cordial y desesperada invitación de Maha Akthar a su piso para sostener una interesantísima charla acerca de nuestras últimas novelas? Terminar bailando, ella a lo hindú y yo a lo bellydancer.

 

 

 

Ir a la hacienda perfecta. Me pido Inglaterra y esos paisajes inspiradores para soñar… y escribir. Luego de una sesión de cinco horas sin parar finalizando el penúltimo capítulo de…hmmm… no sé…. ¿la tercera saga de la novela? ir a cabalgar a Bunny (se me ha ocurrido que así se pueda llamar la pura sangre que tengo allí en el establo, ansiosa de pasear conmigo como de costumbre). Detenernos al atardecer a descansar, y darnos cuenta de que somos la persona (y el animal) más felices del mundo. Levantar una acción de gracias.

 

 

 

 

 Escribir en Google “LihemBenSayel” y que salgan millones de resultados que hablan de una prestigiosa y prolífica (amo esta palabra) escritora cristiana cuyas novelas han sido traducidas a innumerables idiomas. Tener la biblioteca que la bestia le regala a Bella (Beauty and the beast). Conocer a J. K. Rowling y presentarle a Cristo ¿saben donde? en la Elephant house. Convertirnos en amigas inseparables (siempre se me dio mejor con gente bastante mayor que yo) al estilo C. S. Lewis y Tolkien. 

 

 

 

Ir a Ecuador, a mi Quevedo natal, y quedar con todos mis amigos de la infancia en la heladería de la esquina (como solíamos en la adolescencia) y revivir las anécdotas. Visitar mi escuela, mi instituto… pensar que aún es 2003 y que tengo los mejores amigos del mundo, aquellos con los que creciste y que jamás olvidarás a pesar de la distancia. Comer mi comida típica. Ver el Cotopaxi. Ir a las Galápagos para entender mejor a Darwin. Ver las ballenas azules danzar frente a mí. Ver Guayaquil de noche. Ir a la mitad del mundo. Esperar en el paso de cebra mil horas antes de que un coche se digne a cederme el paso. Regresar a la ciudadela San José (mi casa). Volver a mi habitación. Encontrarme algún diario de mi niñez. Empezar otra vez…

 

 Lihem Ben Sayel…

The Princess Of  The Lord…

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